
Por Mike Sain't Louis ·
Si el necio aplaude, peor: Iriarte, Samaniego, las fábulas y «Esta canción es una mierda»
Hay una canción mía con el peor título posible, y lo sé porque le dediqué un artículo entero a explicarlo: «Ponerle a una canción el peor título posible». Se llama «Esta canción es una mierda», y el texto que la acompaña empieza presentándola como una respuesta:
Soy Mike Sain’t Louis, y esta canción es mi respuesta a todos los que opinan sin entender, a los que critican por criticar, a los que confunden la honestidad con la locura y el arte con una fórmula.
Hoy no quiero hablar del título, ni de las reseñas, ni del chiste de adelantarse al insulto. Quiero hablar de otra cosa que me vino a la cabeza releyendo esa frase: los críticos. Los que opinan sin entender. Y de cómo, hace más de dos siglos, un escritor canario resolvió el problema de responderles sin que pareciera una pataleta. Lo hizo con animales. Con un oso que baila, una mona que le critica y un cerdo que le aplaude.
Este artículo es un paseo por las fábulas españolas, por la rivalidad más famosa entre dos fabulistas y por lo que esas historias de animales enseñan sobre algo que a cualquiera que crea algo le toca vivir tarde o temprano: recibir una crítica. Y, sobre todo, aprender a distinguir cuál merece la pena escuchar.
Una fábula es una mentira que dice la verdad
La fábula es uno de los géneros más antiguos que existen. Una historia breve, protagonizada casi siempre por animales que hablan y actúan como personas, que termina con una enseñanza, la moraleja. La tradición la atribuye a Esopo, un personaje del siglo VI antes de Cristo del que sabemos muy poco, hasta el punto de que hay quien duda de que existiera. Las fábulas que llevan su nombre se transmitieron durante siglos de boca en boca y de libro en libro.
En Roma, Fedro las puso en verso latino en el siglo I. Y en el siglo XVII, en Francia, Jean de La Fontaine las convirtió en una obra maestra: su primera colección de fábulas apareció en 1668 y todavía hoy los niños franceses se aprenden de memoria la del cuervo y el zorro.
¿Por qué animales? Porque permiten decir cosas incómodas sin señalar a nadie. Si cuento que un zorro engañó a un cuervo para quitarle el queso halagándole el plumaje, nadie se siente aludido, aunque todos conozcamos a ese zorro. El animal funciona como una máscara. Y la máscara deja hablar con más libertad.
Esa es la misma razón por la que tantas canciones usan personajes. Ponerle un disfraz a una historia no la hace menos verdadera. Lo expliqué cuando hablé del valor, el miedo y el disfraz rosa de una gallina en «Gallina y huevos».
Samaniego y los alumnos de Bergara
En la España del siglo XVIII, la fábula vivió una época dorada gracias a dos autores que todos estudiamos en el colegio: Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte.
Samaniego era un noble vasco vinculado a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, una de esas sociedades ilustradas que querían modernizar el país a través de la educación. La sociedad tenía un colegio, el Real Seminario de Bergara, y Samaniego escribió para sus alumnos unas fábulas en verso con las que aprender moral de forma entretenida. Se publicaron en 1781 con el título de «Fábulas morales».
Muchas de ellas eran adaptaciones de Esopo, de Fedro, de La Fontaine y de otros autores, puestas en castellano con mucha gracia. De Samaniego son, por ejemplo, «La lechera», la de la muchacha que va al mercado haciendo cuentas con lo que ganará con la leche hasta que tropieza y se le rompe el cántaro, y su versión de «La cigarra y la hormiga». Son fábulas sobre la vida: la prudencia, la avaricia, la vanidad, el trabajo.
Iriarte y las fábulas sobre escritores
Un año después, en 1782, Tomás de Iriarte, un escritor nacido en Tenerife que vivía en Madrid, publicó sus «Fábulas literarias». Y aquí está la novedad: las fábulas de Iriarte no hablan de la vida en general, sino de algo muy concreto, la literatura. De escritores, de críticos, de lectores, de traductores, de plagiarios, de modas literarias.

Iriarte afirmó en la presentación de su libro que era la primera colección de fábulas enteramente originales que se publicaba en castellano. A Samaniego aquello no le gustó nada, porque él había publicado las suyas el año anterior. Es verdad que muchas de las de Samaniego eran adaptaciones y que las de Iriarte eran invención propia, pero el comentario sentó como una patada. Así empezó una de las rivalidades literarias más sonadas del siglo XVIII español, con escritos de burla de por medio.
Me hace gracia que dos señores que escribían fábulas para enseñar a comportarse acabaran peleados como los animales de sus propios libros. Es la prueba de que la moraleja es más fácil de escribir que de cumplir. Pero vamos a lo que importa, que son tres fábulas de Iriarte que me parecen perfectas para leer junto a la canción.
El oso, la mona y el cerdo
La fábula que da título a este artículo cuenta la historia de un oso que se gana la vida bailando. Un día, ensayando un baile nuevo, le pregunta a una mona qué le parece. La mona, que entiende de esas cosas, le dice que lo hace muy mal. El oso se ofende un poco y piensa que la mona no sabe apreciarle. Pero entonces pasa un cerdo y se pone a aplaudir con entusiasmo. Y ahí el oso se da cuenta: si la mona me critica, puedo dudar; pero si el cerdo me alaba, entonces es que bailo fatal.
La moraleja de Iriarte es de las más famosas de la lengua castellana: si el sabio no aprueba, malo; si el necio aplaude, peor.
Me encanta esta fábula porque cambia por completo la manera de pensar en la crítica. Normalmente nos preguntamos si algo ha gustado o no. Iriarte nos obliga a preguntarnos otra cosa: ¿a quién ha gustado? ¿Y a quién no? Una crítica de alguien que sabe es información valiosa, aunque duela. Un aplauso de alguien que no tiene criterio no vale nada, y a veces es una mala señal.
Ahora relee la frase de la canción: los que opinan sin entender, los que critican por criticar. La canción está separando, a su manera, a la mona del cerdo. No dice que toda crítica sea mala. Dice que hay críticas que no nacen de entender, sino de las ganas de criticar. Y que esas no merecen el mismo peso.
El burro flautista
La segunda fábula es la del burro flautista. Un burro pasa por un prado y encuentra una flauta que un pastor se ha dejado olvidada. Se acerca a olerla, resopla por casualidad, y la flauta suena. El burro, encantado, exclama que qué bien sabe tocar, y todos los que pasan se quedan admirados. La moraleja de Iriarte dice que, sin reglas del arte, hay borriquitos que una vez aciertan por casualidad.
Es una fábula sobre el éxito accidental, sobre la diferencia entre acertar una vez y saber hacer algo. Y tiene una lectura que me interesa mucho como letrista, compositor y productor musical: el oficio no se demuestra con un acierto, sino con la constancia. Una canción que funciona puede ser suerte. Cien canciones, escritas una detrás de otra, buscando cada vez una forma de contar algo, ya no son casualidad. Son trabajo.
Hablé de eso, de la diferencia entre escribir rápido y escribir con tiempo, en «Escribir deprisa y escribir despacio». Y de quién decide quién es artista y quién no, en «Talento o talón».
Los dos conejos
La tercera es probablemente la más citada en la conversación de todos los días, aunque mucha gente no sabe que es de Iriarte. Un conejo huye de unos perros que le persiguen. Se encuentra con otro conejo que le pregunta qué pasa. «Me persiguen dos galgos», dice el primero. «No son galgos, son podencos», responde el otro. Y se ponen a discutir si son galgos o podencos hasta que llegan los perros y los atrapan a los dos.

La moraleja habla de los que, por discutir sobre cosas sin importancia, descuidan lo que de verdad importa. Y es una fábula perfecta para hablar de cierto tipo de crítica: la que se enreda en el detalle irrelevante y pierde de vista lo fundamental. Si una canción habla de dolor, de abuso, de soledad, y la discusión se va a si el título es de buen gusto o no, estamos discutiendo si son galgos o podencos.
No digo que el título no se pueda discutir. Claro que se puede, yo mismo lo he hecho. Digo que hay discusiones que sirven para no escuchar.
La cigarra, la hormiga y el artista
Hay una fábula que no puedo dejar fuera, aunque no sea de Iriarte, porque toca muy de cerca a cualquiera que se dedique a crear. Es la de la cigarra y la hormiga, que viene de Esopo, que La Fontaine hizo famosa y que Samaniego puso en castellano. La cigarra se pasa el verano haciendo música al sol mientras la hormiga trabaja sin descanso guardando grano. Llega el invierno, la cigarra no tiene nada que comer y va a pedirle a la hormiga. La hormiga le pregunta qué hizo en verano y, cuando se entera, la despide con desprecio.
La moraleja tradicional es clara: hay que ser previsor, trabajar hoy para comer mañana. Y está bien. Pero hay una lectura que siempre me ha incomodado. La cigarra es, en el fondo, la artista de la fábula. La que hace música, la que alegra el verano a todo el campo, incluida la hormiga, que trabajó todo el verano con banda sonora gratis. Y la fábula la castiga por eso.
No digo que la hormiga no tenga razón en lo práctico. Digo que esa fábula ha servido durante siglos para transmitir una idea muy concreta: que hacer arte no es trabajar. Y esa idea está detrás de muchas de las críticas que recibe cualquiera que crea algo. «Eso no es un trabajo de verdad». «Eso lo hace cualquiera». «Ponte a hacer algo útil».
Por eso me gustan tanto las fábulas literarias de Iriarte. Porque, a diferencia de la cigarra castigada, se toman en serio el oficio de escribir. Iriarte no se pregunta si la literatura es útil. Da por hecho que lo es, y se pregunta cómo hacerla bien y cómo distinguir a quien sabe de quien solo opina.
La lechera y los sueños que se rompen
Otra fábula de Samaniego que todo el mundo recuerda es la de la lechera. Una muchacha va al mercado con un cántaro de leche en la cabeza y, por el camino, empieza a hacer cuentas. Con lo que saque de la leche comprará huevos, de los huevos saldrán pollos, venderá los pollos y comprará un cerdo, venderá el cerdo y comprará una vaca con su ternero… Y, emocionada, da un salto, el cántaro se cae y se rompe. Adiós leche, adiós huevos, adiós vaca.
La moraleja de Samaniego advierte contra los castillos en el aire. Y, otra vez, tiene su parte de razón. Pero también es una fábula que se usa mucho para cortar las alas a quien sueña. Cuando alguien empieza un proyecto, siempre hay quien le recuerda el cántaro roto.
Yo prefiero leerla de otra manera. La lechera no fracasa por soñar, fracasa por saltar antes de tiempo. El sueño estaba bien; lo que faltó fue mirar dónde ponía los pies. Y eso, para quien crea, es una lección útil: puedes imaginar todo lo lejos que quieras, pero el trabajo se hace paso a paso, canción a canción, sin dar saltos con el cántaro en la cabeza.
Y si alguien te critica por soñar, piensa en la mona y el cerdo. ¿Te lo dice alguien que sabe de cántaros, o alguien a quien nunca se le ha ocurrido llevar leche al mercado?
Mi relación con la crítica
Aquí tengo que contar algo personal, porque si no, este artículo quedaría muy teórico. Tengo diagnosticada una fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación, además de otros diagnósticos por los que sigo tratamiento. Para alguien así, la mirada de los demás no es un detalle. Es, muchas veces, lo que más pesa del día. Una crítica que a otra persona le resbalaría a mí me puede durar semanas, y a eso se suma la sensación constante de estar molestando, que describí en «El miedo a molestar».

Por eso esta canción tiene algo de ejercicio terapéutico, aunque no lo pareciera. Es una manera de poner distancia. Al convertir la crítica en canción, la saco de dentro y la miro desde fuera, como Iriarte convertía a sus críticos en monas y en cerdos para poder mirarlos con humor. No es que deje de doler. Es que, al reírme, recupero un poco de control.
si te molesta mi autenticidad, el problema no es mi canción, es tu filtro.
Esa línea, leída con calma, es casi una moraleja de fábula. No dice que yo tenga razón en todo. Dice que hay críticas que hablan más de quien las hace que de lo criticado. Y aprender a distinguir eso, para alguien con fobia social, es un trabajo de años. Lo sigo haciendo con ayuda profesional, y el juez que llevo dentro, el que cambia de humor cada mañana, lo describí en «De espaldas al espejo».
Cómo separar a la mona del cerdo
Te dejo algunas preguntas que me ayudan cuando recibo una crítica, sacadas en parte de estas fábulas y en parte de lo que voy aprendiendo.
- ¿Quién lo dice? Pregúntate si esa persona entiende de lo que habla o si opina sin entender. La mona de Iriarte sabía bailar; el cerdo, no.
- ¿Qué dice exactamente? Una crítica útil señala algo concreto que se puede mejorar. Una crítica inútil solo dice que no le gusta, o ataca a la persona en lugar de a la obra.
- ¿Sobre qué discute? Si la crítica se va a un detalle que no importa, puede que estés ante una discusión de galgos y podencos.
- ¿Te ha pasado antes? Si varias personas que saben te dicen lo mismo, conviene escuchar. Si una sola persona te lo dice siempre, quizá el problema sea su filtro.
- ¿Te ayuda a seguir? La buena crítica, aunque duela, te da ganas de mejorar. La mala solo te da ganas de dejarlo.
Ninguna de estas preguntas es infalible. Pero hacerlas, en lugar de reaccionar a la primera, ya es un cambio enorme. Y, si una crítica cruza la línea y se convierte en acoso, insultos por ser quien eres o amenazas, ya no estamos hablando de crítica. Eso no se responde con una fábula, se denuncia.
Por qué los animales nos dejan hablar
Hay algo en las fábulas que tiene mucho que ver con la manera en que muchas personas LGTBI hemos aprendido a contar nuestras cosas. Durante mucho tiempo no se podía decir a las claras quién eras ni a quién querías. Había que hablar en clave, con dobles sentidos, con personajes interpuestos. Las fábulas hacen exactamente eso: ponen un animal delante para poder decir lo que no se puede decir de frente.

No es casualidad que el humor queer esté lleno de máscaras, de personajes exagerados, de alter egos. Es una tradición que viene de lejos y que sirvió para protegerse; de dónde sale ese humor y cómo usarlo sin herir lo conté en «Hacer humor gay sin hacer daño». Hoy, por suerte, en España podemos decir muchas cosas sin máscara. Pero la máscara sigue siendo útil para otra cosa: para tomar distancia de lo que duele. Cuando conviertes a quien te hizo daño en un animal de fábula, en un personaje de canción, dejas de verlo tan grande. Se vuelve manejable.
En mis canciones hay muchos personajes que funcionan así, y muchas veces la gente me pregunta quiénes son. La respuesta casi siempre es la misma: los nombres de las letras son personajes inventados. Lo importante no es quién, sino qué representan, igual que no importa qué oso concreto bailaba mal delante de Iriarte.
Fábulas en el siglo de las opiniones
Lo que más me sorprende de las «Fábulas literarias» es lo actuales que son. Iriarte escribía en una época sin redes, sin comentarios, sin estrellas de valoración. Y sin embargo ya había entendido que el problema no es que haya opiniones, sino que todas parezcan valer lo mismo.
Hoy cualquiera puede publicar su opinión sobre cualquier cosa en segundos. Eso tiene una parte maravillosa, porque da espacio a personas que antes no lo tenían. Pero también tiene una parte agotadora: el aplauso del cerdo y la crítica de la mona llegan mezclados, y a veces el cerdo grita más fuerte.
La canción, como las fábulas, propone una forma de defensa que no es el silencio ni el contraataque, sino el humor. Iriarte se reía de sus críticos convirtiéndolos en animales. La canción se ríe de los suyos poniéndose a sí misma el título que ellos le pondrían. En los dos casos, la burla desactiva la crítica injusta sin necesidad de pelearse con nadie.
Ya escribí sobre las reglas que me pongo antes de publicar algo en «Aquí se publica», y sobre los porteros que deciden quién entra en el arte en «No llamé, no esperé, me quedé».
La fábula que escribiría hoy
Si tuviera que escribir una fábula para esta canción, sería algo así. Un chihuahua pequeño ladra todas las noches en el balcón. Los vecinos se quejan: que si ladra mal, que si ladra fuerte, que si a quién se le ocurre tener un perro tan pequeño que ladre tanto. El chihuahua escucha a todos con atención. Al gato del tercero, que sabe de ruidos, le hace caso y baja un poco el tono. A la urraca del quinto, que se queja de todo lo que hacen los demás, ni la mira. Y sigue ladrando, porque ladrar es lo que hace un perro.
La moraleja podría ser: escucha al que sabe, ignora al que solo grita, y no dejes de ser lo que eres. Y si alguien te dice que tu ladrido es una mierda, ponle ese título a tu siguiente ladrido.
No sé si a Iriarte le habría gustado. A Samaniego, seguro que no, aunque solo fuera por llevarle la contraria. Y si quieres ver otro chihuahua de mis canciones, pasa por «Chihuahua».
Lo que duele hoy
Termino con la última frase del texto de la canción, que me parece una moraleja mejor que la mía:
que digan lo que quieran, porque lo que duele hoy… mañana será historia.
Las fábulas de Iriarte y de Samaniego sobrevivieron más de dos siglos. Las críticas que recibieron, las burlas que se cruzaron, las rencillas entre ellos, hoy son una nota a pie de página en los libros de texto. Lo que quedó fue el oso que baila, la lechera que sueña, el burro que toca la flauta por casualidad y los dos conejos que discuten mientras llegan los perros.
Eso es lo que hace el tiempo con las críticas: las convierte en historia. Y lo que hace con las obras, si tienen algo de verdad, es dejarlas. Si quieres ver el videoclip de la canción, está en la página de vídeos.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «si el sabio no aprueba, malo; si el necio aplaude, peor»? Es la moraleja de «El oso, la mona y el cerdo», una de las «Fábulas literarias» de Tomás de Iriarte (1782). Un oso que baila mal es criticado por una mona que entiende de baile y aplaudido por un cerdo; el oso concluye que, si el cerdo le alaba, debe de bailar fatal. Enseña que importa quién critica y quién aplaude.
¿Por qué estaban enfrentados Iriarte y Samaniego? Samaniego publicó sus «Fábulas morales» en 1781, pensadas para los alumnos del Real Seminario de Bergara. Al año siguiente, Iriarte presentó sus «Fábulas literarias» como la primera colección de fábulas enteramente originales en castellano, lo que Samaniego tomó como un desprecio a su obra. A partir de ahí se cruzaron escritos de burla.
¿Qué fábula es la de los galgos y los podencos? Es «Los dos conejos», de Tomás de Iriarte. Dos conejos discuten si los perros que les persiguen son galgos o podencos y, mientras discuten, los perros los atrapan. Se usa para criticar las discusiones sobre detalles sin importancia que hacen perder de vista lo esencial.
¿De qué trata «Esta canción es una mierda»? Es una respuesta con humor a quienes critican sin entender. El texto que la acompaña la presenta como una protesta y una carcajada a la vez, y defiende hacer arte desde las propias emociones sin pedir perdón, con la idea de que lo que duele hoy mañana será historia.