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Ponerle a una canción el peor título posible

Un vinilo negro sobre fondo rosa chicle. En el centro, donde iría la galleta con el nombre del sello, una espiral rosa y reluciente con la forma exacta del emoticono de la caca. Encima, en letras de grafiti con salpicaduras, el título: «Esta canción es una mierda».

Me lo dijeron antes de que existiera. No con esas palabras exactas, quizá, pero con todas sus primas: que si mis letras son raras, que si son demasiado personales, que si eso no es música, que si cualquiera puede hacerlo con un botón. Así que hice lo que haría cualquier maricón con un mínimo de dignidad y un máximo de mala leche. Le puse el insulto de título. Si vas a llamarme mierda, por lo menos que la mierda la firme yo.

Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y la ficha de la canción ya cuenta de qué va. Aquí quiero contar por qué un título así funciona como una vacuna, qué hay debajo de la broma y por qué, a estas alturas, me da más risa que pena.

Nació del cansancio, pero también de la risa

El texto que acompaña a la canción lo explica con una frase que podría ponerse en la puerta de mi casa: nació del cansancio, pero también de la risa. Cansancio de tener que justificar cada letra. Risa porque, llegado a cierto punto, el cansancio se vuelve cómico.

Cuando llevas años escuchando que lo tuyo no vale, puedes hacer dos cosas. Una, esconderte debajo del edredón con una tarrina de helado de Mercadona y ver capítulos de Aquí no hay quien viva hasta que se te pase. Otra, coger el insulto, darle la vuelta y ponérselo de sombrero. La primera es muy humana y muy respetable. Pero la segunda produce canciones, y la primera solo produce michelines.

La canción es el resultado de la segunda opción. Una protesta con carcajada incluida.

Un título que se insulta a sí mismo

Un título así hace algo muy raro: le quita el arma al enemigo antes de que dispare. El que iba a escribir en los comentarios de YouTube «vaya mierda de canción» se encuentra con que ya está escrito, en mayúsculas, en la portada. ¿Qué va a decir ahora? ¿Que sí, que es una mierda? Pues muy bien, coincidimos. Bienvenido al club.

Es el mismo mecanismo que usa la cultura queer con los insultos desde siempre. Te llaman maricón y tú contestas «maricón, sí, ¿y qué?». Te llaman loca y te pones una boa de plumas. Escribí sobre esa jugada en «Cateto, de insulto a bandera», con otra palabra y la misma lógica. Lo que hago aquí es aplicarla a la crítica musical. Si el insulto ya es tuyo, deja de doler.

Además tiene algo de chiste meta que me divierte. Una canción que se llama «Esta canción es una mierda» es una canción que habla de sí misma, como esos personajes de comedia que miran a cámara. Es la versión pop de Paco Martínez Soria guiñando el ojo al público del teatro.

La ironía como escudo

La ironía me sirve de escudo, y no me avergüenza decirlo. Cuando algo duele, pongo una capa de cachondeo por encima, como quien pone papel film a un plato para que no le entren moscas. Debajo sigue estando la comida. Pero protegida.

Hay quien piensa que la ironía es una forma de no decir las cosas. Yo creo que es lo contrario: una forma de decirlas sin que te las devuelvan a la cara. Si digo «me duele que digan que mis letras son malas», me expongo. Si digo «esta canción es una mierda», el que se expone es el que me critica, porque queda como alguien que ha tardado mucho en llegar a una conclusión que yo ya tenía impresa en la portada.

Lo dejé dicho en las reglas de la casa que tengo en mi página de presentación: con humor también se dice la verdad. Lo camp, lo exagerado y lo cotidiano son formas serias de hablar de la vida. Esta canción es la prueba de que esa regla me la aplico a mí mismo, que es lo más difícil.

Las letras son mías, la ironía también

Hay una frase en el texto que es casi una firma notarial: «Las letras son mías, la ironía también».

Fotogramas del videoclip oficial de «Esta canción es una mierda», de Mike Sain't Louis

La escribí para quien piensa que todo lo que hago lo hace una máquina. Las letras las escribo yo, palabra por palabra, desde la primera hasta la última coma. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir y arreglar, y eso lo cuento siempre y sin esconderlo. Pero la palabra no la delego. Ni la ironía, que es la parte más mía de todas.

A una máquina le puedes pedir una canción triste o una canción alegre. Lo que no le puedes pedir es que entienda por qué un maricón madrileño titula una canción con un insulto contra sí mismo y se ríe mientras lo hace. Eso requiere haber recibido el insulto antes. Sobre esa frontera escribí en «Lo que me preguntan cuando digo que hago música con IA», porque es la pregunta que más se repite.

Me niego a pedir perdón

La segunda frase que quiero citar es la que más me importa: «Por eso me niego a pedir perdón por hacer arte desde mis emociones».

Me niego. Así, con verbo de huelga general.

Durante mucho tiempo, escribir desde las emociones estaba mal visto. Demasiado intenso, demasiado personal, demasiado de diario de adolescente con candado. Lo elegante era la distancia, la frialdad, el tío con gafas de pasta que escribe sobre la lluvia en Berlín sin que se le note que tiene sentimientos. Yo no sé escribir así. Mis letras salen de lo que me pasa, y lo que me pasa casi siempre tiene un ex, un narcisista o un crucero con calimocho de por medio.

Y no me cambio por él. Las canciones sobre la lluvia en Berlín están muy bien para escucharlas con un vino natural en una librería de Malasaña, pero nadie las pone en el coche cuando acaba de dejarle el novio. Las mías sí, o eso espero. Prefiero ser el letrista al que se recurre en una crisis que el que se cita en una tesis doctoral.

Pedir perdón por eso sería pedir perdón por existir. Y para eso ya tuvimos bastante con la adolescencia en un instituto de los noventa.

Mis chihuahuas, mi historia y mi verdad

El texto termina con una firma que repito en varias canciones: con mis chihuahuas, mi historia y mi verdad. Los chihuahuas existen y salen en más de una descripción mía. La historia y la verdad son las de las letras.

Me hace gracia que en mitad de una declaración de principios tan seria aparezcan dos perritos de bolsillo. Es muy mío. Hablo de la autenticidad del artista frente a la crítica y acabo con un perro que pesa lo que un paquete de arroz. Eso es la autoparodia: no dejar que la solemnidad se instale, ni siquiera cuando hablo de mí. Si me pongo estupendo, que venga un chihuahua y me ladre.

La portada: un vinilo y una broma rosa

La carátula de este single es la más literal de todo el catálogo. Fondo rosa intenso, un vinilo negro visto casi de frente con los surcos brillando, el título en grafiti rosa con salpicaduras. Y en el centro del disco, donde iría la etiqueta del sello, la espiral rosa del emoticono que todos tenemos en el móvil.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Por eso me niego a pedir perdón por hacer arte desde mis emociones» de «Esta canción es una mierda»

El vinilo es el objeto más respetado de la música grabada. Es el formato de los coleccionistas, de las tiendas de discos de la calle del Espíritu Santo donde se habla bajito como en una biblioteca, de los señores que te explican durante cuarenta minutos por qué la edición japonesa suena mejor. Ponerle una caca rosa en el centro es cometer un sacrilegio pequeñito con mucho cariño. La portada dice lo mismo que el título, pero con estética de pop art y con un color que convierte la burla en caramelo.

El rosa es el color que más uso en Planeta Gayfolk. Pintar de rosa la crítica más fea posible es una forma de desactivarla: ya no es un insulto, es un objeto decorativo, casi un juguete para la estantería. Todas las portadas, en orden, están en la página de singles.

Una pequeña taxonomía de la crítica

Con los años he aprendido a distinguir varios tipos de crítica, y como soy un enfermo de las listas, las clasifico.

Está la crítica que escucha y luego opina. Esa es oro, aunque duela. Si alguien me dice que una canción le sobra un minuto y tiene razón, se lo agradezco y lo apunto. Luego está la crítica que opina sin escuchar, la de quien ve el título o la palabra IA y ya tiene el veredicto escrito antes de darle al play. Esa no se puede contestar porque no ha venido a hablar. Está también la crítica de manual, la del que te explica cómo debería ser una canción según unas reglas que nadie le ha enseñado a él tampoco. Y está la crítica que, en realidad, es un ataque personal disfrazado: no le gusta tu música porque no le gustas tú, o porque no le gusta que un maricón se ría tan alto.

Y luego hay una quinta, la que se hace cualquier letrista a las tres de la mañana releyendo lo suyo y pensando que es lo peor del mundo. Esa es la más cruel. Y la canción también va un poco para ella.

Para la primera tengo respeto. Para las tres siguientes, esta canción. Para la quinta, un vaso de leche caliente y dormir. Escribí más despacio sobre todo esto en «Lo que aprendí de los comentarios negativos».

Lo que duele hoy

La última frase que cito es la que cierra el texto: «porque lo que duele hoy… mañana será historia».

Tiene algo de refrán de abuela, de esos que se le decían a cualquier niño que volvía del colegio llorando porque le habían llamado mariquita en el recreo. Ya se te pasará. Mañana será otro día. Y una parte de mí se rebela contra esa resignación, porque hay cosas que no se pasan solas. Pero otra parte sabe que tiene razón.

Lo que duele hoy, un comentario cruel, una crítica injusta, un silencio en lugar de un «me gusta», mañana es una anécdota. Y pasado mañana, si eres letrista, es una canción. Esa es la venganza más dulce que conozco: convertir lo que te hizo daño en material de trabajo.

Su lugar en el tercer disco

La canción está en *El día de la liberación*, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Es el disco de llegar, de quitarse el peso de encima y celebrar. Una canción que se libera de la crítica poniéndosela de título encaja ahí como un guante de lentejuelas.

Collage con un detalle de la carátula de «Esta canción es una mierda» y las carátulas de «¡Que Polvo Tiene Paco León!», «Lai»

En el catálogo de 273 singles es la pista 236. Justo antes va «La dieta del cucurrucho», la de Paco León y Chueca, que es pura guasa. Justo después, «Not Your Supply», que va de negarle al narcisista su alimento. Una broma, un insulto asumido y un portazo. Sin buscarlo, la secuencia tiene su lógica: primero te ríes, luego te defiendes, luego cierras la puerta.

Si quieres escuchar los tres discos en orden, la guía para escuchar la trilogía de principio a fin te lo pone fácil.

Un título que no se puede decir en todas partes

Hay un problema práctico con un título así, y lo reconozco: no lo puedes decir en todas partes. Imagínate a un locutor de Cadena Dial presentándola a las nueve de la mañana. Imagínate a una tía cualquiera en una comida familiar de domingo preguntando cómo se llama mi última canción.

Eso también es parte del chiste. Un título que incomoda decir en voz alta obliga a quien lo dice a posicionarse. O te ríes, o te sonrojas, o cambias de tema. Ninguna de las tres reacciones es indiferente, y la indiferencia es lo único que no quiero para mis canciones.

Además, me ahorra trabajo con ciertos públicos. Quien se escandaliza por el título no iba a disfrutar de la canción. Quien se ríe ya ha entendido de qué va la casa antes de entrar.

Terminar y publicar

Hay una regla en mi casa que dice que una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Esta canción es, en el fondo, un homenaje a esa regla. Si hubiera hecho caso a cada crítica, a cada «eso no es música», no habría publicado nada. Tendría 273 canciones en una carpeta del ordenador y ninguna en el mundo.

Publicar es exponerse. Y exponerse es recibir críticas, algunas justas y muchas no. El título de esta canción es mi forma de decir que acepto el trato. Sé lo que me van a decir. Lo publico igual. Sobre ese miedo, y sobre cómo se le pierde, escribí en «El miedo a publicar».

La familia de canciones sobre el oficio

«Esta canción es una mierda» no es la única canción mía que habla de hacer canciones. Tengo una pequeña familia de temas metidos en el oficio, como esos cocineros que acaban haciendo un plato sobre la propia cocina.

Está «Tus letras son basura», que es casi su hermana gemela, con otro insulto de título y la misma respuesta: las letras las escribo yo, y no las firma una discográfica ni las escribe una máquina. Está «El segundo exacto», donde recojo literalmente lo de que todo es darle a un botón y le contesto con un «a otra cosa mariposón». Y está «Discutiendo con la IA», en la que me peleo con la herramienta mientras escucho a Locomía, que es una imagen bastante fiel de mi vida laboral.

Las cuatro forman un rincón del catálogo que podría llamarse «defensa propia». Ninguna pide permiso. Todas se ríen. Y todas tienen, debajo de la broma, a alguien cansado de explicarse.

Me hace gracia que el insulto vaya cambiando de forma de una a otra. Basura, mierda, botón. Es el mismo reproche con distintos vestidos, como una drag que se cambia de peluca entre número y número. Y la respuesta también cambia: a veces es un portazo, a veces una carcajada, a veces un verso triste que se cuela sin avisar.

El emoticono más usado del grupo de WhatsApp

Lo del emoticono de la portada tiene más miga que una gamberrada. Es el dibujo más democrático que existe. Lo usa tu sobrina de doce años, lo usa el grupo de padres del colegio, lo usa tu jefe cuando le pides vacaciones en agosto. Es un insulto con ojitos y sonrisa, una caca que te guiña.

Ficha de la canción «Esta canción es una mierda» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa ambigüedad era perfecta para la canción. Una caca seria, marrón y realista, habría sido escatológica sin más, de humor de váter. Una caca rosa con brillo es otra cosa: es la crítica convertida en peluche. Es lo que pasa con el insulto cuando lo asumes. Sigue siendo una caca, pero ya no te da asco. Te da hasta ternura.

Me imagino a alguien con esta portada de fondo de pantalla del móvil, y me parece lo más punk que podría pasarle a una canción. Que el insulto acabe de decoración.

Autenticidad, esa palabra que se gasta

En el texto de la canción aparece la palabra autenticidad, y es una palabra que hay que usar con pinzas porque se ha gastado mucho. La dicen los influencers que venden cremas, la dicen los anuncios de cerveza con pueblos blancos y abuelos sonrientes, la dicen los políticos en campaña con la camisa remangada.

Yo la uso en un sentido muy concreto y muy poco glamuroso. Auténtico, para mí, es que la letra diga lo que pienso aunque quede feo. Que si me duele un ex, el ex salga en la canción con su apodo y su ridículo. Que si me dicen que mis canciones son una mierda, la canción se llame así. Nada de pose de artista torturado: pereza de mentir, y punto.

Porque mentir en una letra cansa muchísimo. Tienes que acordarte de la mentira en la siguiente canción, y en la siguiente, y al final tienes un personaje que mantener como quien mantiene una planta de interior que no le gusta. Prefiero decir la verdad, aunque sea con caca rosa encima. Me sale más barato.

Leerla antes de juzgarla

Con esta canción hago una petición que puede parecer contradictoria: antes de decir que es una mierda, léela. El texto entero está en su página de letras, y en el archivo de letras de la web están todas las demás por si quieres comparar.

Quien lea el texto va a ver que la broma del título tapa algo bastante serio: alguien que se niega a pedir perdón por cómo escribe. Y quien lo escuche después en Spotify va a notar que el tono no es de rabieta, sino de carcajada de quien ya ha pasado por ahí.

Si después de leerla y escucharla sigues pensando que es una mierda, estamos de acuerdo. Lo pone en la portada.

Lo que le diría a quien empieza

Si estás empezando a escribir canciones y te da pánico lo que digan, haz una prueba. Escribe el peor comentario que te puedan hacer. Ponlo en un papel. Léelo en voz alta con tono de presentadora de Pasapalabra. Si te da risa, ya ganaste. Si no te da risa, todavía no está maduro: guárdalo y vuelve a intentarlo dentro de un mes.

La propia canción cuenta que antes de la risa vino el cansancio. Y que al final la risa ganó tanto que el comentario acabó de título, con una caca rosa en la portada.

Y si un día alguien te dice que lo tuyo es una mierda, acuérdate de que hay una canción entera con ese título, con su vinilo, su videoclip y su caca rosa, y que el mundo no se ha acabado por eso. Al contrario: tiene su página, su ficha y hasta su sitio en un disco.

No sé si es una mierda. Sé que es mía.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Esta canción es una mierda» de Mike Sain't Louis? Es una respuesta irónica a quienes critican sin escuchar. El título asume el insulto antes de que llegue, y el texto reivindica escribir desde las emociones: «Las letras son mías, la ironía también».

¿En qué disco está «Esta canción es una mierda»? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles de Planeta Gayfolk es la pista 236, entre «La dieta del cucurrucho» y «Not Your Supply».

¿Quién escribió «Esta canción es una mierda»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. Las letras son suyas; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.

¿Cómo es la portada? Un vinilo negro sobre fondo rosa, con el título en grafiti rosa y, en el centro del disco, una espiral rosa con forma del emoticono de la caca.

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