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Gallina y huevos: el valor, el miedo y el disfraz rosa de «Esta es la composición nutricional de un huevo»

Hay títulos que prometen una cosa y portadas que te dan otra. «Esta es la composición nutricional de un huevo» suena a cartel de centro de salud, a etiqueta de cartón de supermercado, a diapositiva de clase de Ciencias Naturales. Esperas una tabla: proteínas, grasas, colesterol, vitamina B12. Y entonces miras la imagen y te encuentras a un hombre con barba, cara de no estar bromeando en absoluto, metido dentro de un disfraz de gallina rosa de peluche, con cresta roja, pico amarillo y ojos saltones, sujetando contra el pecho un montón de huevos también rosas, con muchísimo cuidado, como si fueran de cristal.

La letra de la canción todavía no está publicada. En gayfolkplanet.com aparece con el aviso de «próximamente», así que en este post no voy a citar ni a imaginar versos. Lo que sí tengo es esa portada, el título, el sitio que ocupa en la lista de singles y el idioma en el que todo esto ocurre. Y en español, una gallina con huevos es mucho más que un animal de granja. Es una pequeña guerra de palabras.

Lo que esperas leer en una etiqueta

Empecemos por lo literal, porque el título lo pide. Desde finales de 2016, en la Unión Europea es obligatorio que casi todos los alimentos envasados lleven una declaración nutricional: valor energético, grasas, grasas saturadas, hidratos de carbono, azúcares, proteínas y sal. Lo establece un reglamento europeo de 2011 sobre la información alimentaria que se facilita al consumidor. Desde entonces, leer la parte de atrás de un paquete se ha convertido en un gesto cotidiano, casi un rito de supermercado.

Un huevo mediano, por cierto, ronda las setenta kilocalorías y aporta unos seis gramos de proteína, con la yema concentrando casi toda la grasa y buena parte de las vitaminas. Es uno de los alimentos más estudiados del mundo y también uno de los más discutidos: durante décadas se le culpó del colesterol, luego se le absolvió a medias, y hoy sigue apareciendo en titulares que se contradicen cada pocos años.

Me hace gracia que el título adopte ese tono de dato objetivo. «Esta es» suena a presentación oficial, a alguien que te pone delante un documento y dice: aquí está la verdad, en cifras. Es la retórica de la ciencia divulgativa, la de los carteles con flechas y porcentajes. Y la portada responde a esa seriedad con un disfraz de peluche. El contraste es el chiste. Pero, como pasa con los buenos chistes, debajo hay algo.

Gallina quiere decir cobarde

En español, llamar a alguien «gallina» es llamarle cobarde. Lo sabe cualquier niño que haya jugado en un patio. El que no se atreve a saltar el muro, a tocar el timbre del vecino o a meterse en el agua fría es gallina, y los demás se lo dicen con el cacareo correspondiente, brazos doblados como alas incluidos. Es uno de los primeros insultos que aprendemos, y uno de los más eficaces, porque toca algo muy profundo: el miedo a que te vean con miedo.

El insulto existe en muchos idiomas. En inglés, «chicken» funciona igual, y de ahí viene el nombre de ese juego temerario de dos coches que van de frente hasta que uno se aparta. El que se aparta pierde. El que no se aparta, a veces, muere. Que hayamos construido juegos enteros alrededor de la idea de no ser gallina dice mucho de lo que una cultura premia y de lo que castiga.

Lo que hace la portada con esa palabra es casi provocador. El protagonista no huye del insulto: se lo pone. Se mete dentro de la gallina, literalmente, como quien se pone una camiseta con la palabra que le gritaban en el colegio. Y lo hace en rosa, que es el color que durante décadas se ha usado para marcar lo afeminado, lo débil, lo que no debe ser un hombre. Es una apropiación doble: me pongo la cobardía que me atribuís, y me la pongo en el color que me reprocháis.

Huevos quiere decir valor

Y entonces están los huevos. En el castellano coloquial, pocas palabras tienen tantos usos. «Tener huevos» es tener valor. «Echarle huevos» es atreverse. «Hasta los huevos» es estar harto. «Costar un huevo» es costar muchísimo. «A huevo» es tenerlo fácil, o ponérselo fácil a otro. Y todo el mundo sabe que, en la mayoría de esas expresiones, el huevo no es el de la gallina.

Collage con un detalle de la carátula de «Esta es la composición nutricional de un huevo» y las carátulas de «Canguros», «Chihuahua», «Roar Roar», «Mentes diabólicas»

Esa equivalencia entre valor y testículos es una de las más arraigadas del idioma. Dice, sin decirlo, que el coraje es una cosa de hombres, que se lleva en el cuerpo masculino, que quien no tiene ese cuerpo, o no lo usa como se espera, no puede ser valiente. Es una idea tan vieja que ya ni la vemos. Y tiene consecuencias. Durante generaciones, la valentía se ha medido en gestos de macho: pelear, no llorar, no echarse atrás, no pedir ayuda.

La portada junta las dos palabras en una sola imagen. Una gallina, que es la cobarde, sostiene los huevos, que son el valor. Y los sostiene con delicadeza, sin exhibirlos, con el cuidado de quien lleva algo frágil. Para mí ahí está la clave del chiste. El valor no es un trofeo para enseñar. Es algo que se cuida. Y a veces lo lleva en brazos quien menos te esperas.

El doble sentido del huevo, en un proyecto como PLANETA GAYFOLK, no necesita mucha explicación. Pero la lectura que me interesa no es la del chiste verde, que también está, sino la del diccionario: qué palabras usamos para medir quién es valiente, y a quién dejan fuera.

El valor que no se ve

He pensado mucho en esto desde que hablo abiertamente de mi salud mental. Hay un tipo de valor que el idioma no sabe nombrar con huevos. El valor de levantarse de la cama un día en que todo pesa. El de pedir cita con una psicóloga. El de decirle a alguien que lo estás pasando mal. El de salir del armario en un pueblo, en una oficina o en una familia donde sabes que va a doler. El de dejar una relación que te hace daño, aunque te hayan convencido de que sin ella no eres nada.

Ninguna de esas cosas parece heroica desde fuera. Nadie te aplaude por llamar al teléfono de ayuda o por contarle a alguien de confianza lo que te pasó de pequeño. Y, sin embargo, requieren más coraje que muchas de las hazañas que el idioma celebra. A menudo, quien las hace se siente precisamente gallina: asustado, temblando, con ganas de salir corriendo. Hace la cosa igual. Eso es el valor.

Por eso me gusta tanto la imagen de la gallina que sostiene los huevos. Es la persona con miedo que, aun así, carga con lo que hay que cargar. No ha dejado de tener miedo. Lo lleva puesto, como un disfraz de peluche. Y debajo, la cara seria de quien sabe que esto no es ninguna broma.

Si estás pasando por algo así, quiero dejarlo escrito aquí también: pedir ayuda es valiente, no lo contrario. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas, también si solo necesitas hablar con alguien. En una emergencia, el 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

El rosa y el disfraz

El disfraz es rosa de arriba abajo, y los huevos también. No es un detalle decorativo. El rosa tiene una historia curiosa: durante buena parte del siglo XIX y principios del XX no estaba tan claramente asignado a las niñas como hoy, y hubo épocas y lugares en que se consideraba un color apropiado para niños. La asociación rígida entre rosa y feminidad se consolidó sobre todo a mediados del siglo XX, con la publicidad y la industria de la ropa infantil.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, junto al título «Esta es la composición nutricional de un huevo»

Para la cultura queer, además, el rosa tiene una carga especial. El triángulo rosa fue el distintivo que los nazis obligaron a llevar a los hombres acusados de homosexualidad en los campos de concentración. Décadas después, el movimiento LGTBI lo recuperó como símbolo de memoria y de lucha. Usar el rosa, en un proyecto como el mío, nunca es del todo inocente: es un color que se ha llevado como marca de vergüenza y que se ha convertido en bandera.

Y luego está el disfraz en sí. Los disfraces de animal tienen algo de carnaval, de mascota de equipo, de fiesta infantil. También de performance. Muchas drags y artistas queer han jugado con la idea de meterse dentro de un personaje absurdo para decir algo serio desde ahí. El disfraz protege. Permite decir lo que con la cara al descubierto costaría más. Y a la vez, al ser tan evidente, no engaña a nadie. Lo expliqué con más calma en «El camp no es un chiste, aunque te rías»: la exageración es un escudo, pero también una forma de señalar.

El sol de cartel antiguo

Detrás de la gallina hay un fondo de rayos de sol, de esos que se usaban en carteles retro, en verde, amarillo y rojo, con el papel desgastado como si llevara sesenta años pegado en una pared. Ese fondo le da a la imagen un aire de anuncio de otra época: de producto de granja, de huevos frescos con garantía, de propaganda optimista de los años sesenta.

Me gusta esa elección porque refuerza la idea del título. Un cartel con rayos de sol es un cartel que vende algo. Te dice que lo que hay en el centro es bueno, sano, natural. Y lo que hay en el centro es una gallina rosa con barba. Es como si la propaganda de toda la vida, la que vendía familias perfectas y hombres de una sola pieza, se hubiera equivocado de modelo. O como si el modelo hubiera decidido colarse en el cartel sin pedir permiso.

Hay en eso una pequeña revancha. Durante mucho tiempo, las personas como yo no salíamos en los carteles. Si salíamos, era como chiste. Aquí el chiste existe, pero lo controla quien está dentro del disfraz. La mirada seria a cámara lo deja claro: me río, sí, pero no de mí.

El huevo y la gallina

No puedo escribir sobre una gallina con huevos sin mencionar la pregunta más vieja de la sobremesa: ¿qué fue primero? El debate tiene siglos. Plutarco ya lo recogió en sus charlas de banquete, donde varios comensales discuten si fue antes el huevo o el ave, y cada uno defiende su postura con argumentos filosóficos. La pregunta ha llegado intacta hasta hoy, convertida en sinónimo de cualquier problema circular.

Aplicada a la portada, la pregunta tiene una lectura que me parece preciosa. ¿Qué viene antes, el miedo o el valor? ¿Eres valiente porque no tienes miedo, o solo puedes ser valiente si primero lo tienes? Yo creo que lo segundo. Sin miedo no hay valor, solo inconsciencia. La gallina va primero. Los huevos, después.

También está la idea del huevo como origen. Romper el cascarón es una de las metáforas más usadas para hablar de salir del armario, de empezar una vida nueva, de dejar atrás lo que te protegía y te encerraba al mismo tiempo. Un huevo es un lugar seguro y una cárcel a la vez. Los huevos rosas que sostiene la gallina, con tanto cuidado, pueden leerse así: vidas que todavía no han salido, que hay que cuidar hasta que estén listas.

Fabergé y el huevo como joya

Hay otra tradición en la que el huevo deja de ser comida para convertirse en objeto de lujo. En 1885, el zar Alejandro III encargó al joyero Peter Carl Fabergé un huevo de Pascua para regalárselo a su esposa. El primero, conocido como el huevo de la gallina, tenía por fuera un esmalte blanco que imitaba una cáscara, y dentro una yema de oro que a su vez escondía una gallina, también de oro. A partir de ahí, la casa Fabergé fabricó una serie de huevos imperiales que hoy están entre los objetos más famosos del mundo.

Collage con un detalle de la carátula de «Esta es la composición nutricional de un huevo» y las carátulas de «Dientes, dientes», «El día de la liberación»

Me encanta que el primer Fabergé fuera, precisamente, un huevo con una gallina dentro. Es casi la misma imagen que la portada, pero al revés. Allí el huevo contiene a la gallina. Aquí la gallina contiene a los huevos. En los dos casos, lo que se protege es lo que va dentro. Y en los dos hay algo de exceso, de lujo innecesario, de capricho llevado al extremo. El camp tiene mucho de Fabergé: convertir algo cotidiano en una joya ridícula y preciosa.

Un bestiario con cara seria

La gallina rosa no está sola. Mi catálogo tiene un pequeño zoológico de títulos con animales: «Canguros», «Chihuahua», «Roar Roar». No voy a resumir aquí lo que cuenta cada una, porque cada una tiene su ficha. Pero me interesa la costumbre en sí, la de usar animales para hablar de personas, porque es una de las más antiguas de la literatura.

Las fábulas atribuidas a Esopo, en la Grecia antigua, ya ponían a zorros, cuervos, tortugas y cigarras a representar vicios y virtudes humanas. Siglos después, Jean de La Fontaine publicó en 1668 el primer volumen de sus fábulas, que convirtió esa tradición en un clásico de la lengua francesa. Y en España, a finales del siglo XVIII, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte escribieron sus propias colecciones, con las que aprendieron moral generaciones enteras de escolares.

La gracia de la fábula es que el animal funciona como máscara. Puedes decir que alguien es vanidoso, cobarde o envidioso sin señalar a nadie, porque quien habla es un cuervo o una zorra. Y la persona que se reconoce en el animal no puede quejarse sin delatarse. Es una forma de crítica que protege al que la hace. Por eso floreció en épocas en que decir las cosas a la cara costaba caro.

La portada de este single hace algo parecido, pero con una vuelta de tuerca. En la fábula clásica, el animal habla y el humano escucha la lección. Aquí es el humano el que se mete dentro del animal, y lo hace sin esconder la cara. La barba asoma por debajo del pico. No hay engaño posible. Es un hombre disfrazado de gallina, y quiere que lo sepas.

Esa transparencia cambia el sentido de la máscara. Ya no sirve para esconderse, sino para señalar el disfraz que nos han puesto a todos. Porque, en el fondo, cada insulto del patio es un disfraz de animal que alguien te obliga a llevar: gallina, burro, cerdo, perra, zorra, pato. Lo que hace la portada es ponérselo voluntariamente, en rosa, con dignidad. Y una vez que te lo pones tú, deja de ser del todo suyo.

Me gusta pensar que esa es una de las cosas que hace la música pop cuando es buena: coger las palabras que se usaron para hacernos daño y convertirlas en estribillo, en portada, en camiseta. No borra el daño, pero cambia de manos la palabra.

Los vecinos de la lista

En la lista de singles, «Esta es la composición nutricional de un huevo» es la pista 245 de 273. Justo antes está «Mentes diabólicas», y justo después, «Dientes, dientes». La secuencia me hace sonreír. De la maldad calculada a una gallina rosa, y de la gallina rosa a una frase famosa sobre sonreír enseñando los dientes cuando alguien te ataca.

Ficha de la canción «Esta es la composición nutricional de un huevo» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay algo en común entre las tres. Las tres hablan, cada una a su manera, de cómo se responde a la hostilidad. Con una ceja levantada, con un disfraz, con una sonrisa forzada. Ninguna responde con violencia. Las tres eligen el teatro. Y eso es muy de mi planeta: cuando te atacan, en lugar de devolver el golpe, montas una escena tan absurda que el atacante queda en ridículo.

El single forma parte de «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía Gayfolk. Y cabe en ese disco con toda naturalidad: liberarse también es quitarle poder a los insultos. Si me llamáis gallina, me hago un disfraz. Si decís que no tengo huevos, aquí los tengo, en rosa y en brazos.

Las palabras que nos miden

Lo que más me interesa de este single, al final, es lo que dice del idioma. Las palabras que usamos para hablar del valor y del miedo no son neutras. Vienen cargadas de ideas sobre quién es fuerte y quién es débil, quién es hombre de verdad y quién no. Y esas ideas se nos meten dentro desde el patio del colegio, mucho antes de que podamos pensar en ellas.

Por eso escribo canciones con títulos absurdos y portadas que parecen bromas. Porque el absurdo es una forma de poner las palabras bajo la lupa. Cuando ves a un hombre con barba disfrazado de gallina rosa sujetando huevos, algo se te mueve. Te ríes, pero también piensas en todas las veces que alguien te llamó gallina, o en todas las veces que te dijeron que le echaras huevos a algo que te daba miedo de verdad.

Y quizá, solo quizá, la próxima vez que alguien te lo diga, te acuerdes de la gallina rosa. De su cara seria. De lo bien que cuida lo que lleva en brazos.

Para quién es esta canción

Para quien alguna vez fue el gallina del patio. Para quien tuvo miedo y lo hizo igual. Para quien está aprendiendo que pedir ayuda no es de cobardes. Para quien lleva años cuidando algo frágil sin que nadie lo vea: un secreto, un diagnóstico, una identidad que todavía no ha salido del cascarón.

También para quien disfruta de un buen chiste visual, de esos que funcionan a la primera y siguen funcionando a la décima. Y para quien lee las etiquetas del supermercado con atención y alguna vez se preguntó qué pondría en la etiqueta de una persona.

Mientras la letra no esté publicada, el single se puede escuchar en todas las plataformas y descargar gratis desde la página de descargas, sin registro ni pago. Cuando la letra llegue, estará en su ficha tal cual, sin tocar ni un huevo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Esta es la composición nutricional de un huevo»? La letra todavía no está publicada, así que este post no la cita. Lo que sí se puede leer es la portada: un hombre con barba disfrazado de gallina rosa que sostiene huevos rosas con mucho cuidado, frente a un sol de cartel retro. El post la lee como un chiste sobre el valor y el miedo.

¿Es una canción sobre nutrición? El título juega con el lenguaje de las etiquetas de los alimentos, pero la propia ficha del single avisa de que no es una clase de nutrición. El huevo tiene en español un doble sentido evidente.

¿Por qué una gallina? Porque en español «gallina» significa cobarde y «tener huevos» significa tener valor. La portada junta las dos palabras en una sola imagen: la cobarde sostiene el valor.

¿En qué disco está? En «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía Gayfolk. Es la pista 245 de 273 en la lista de singles, entre «Mentes diabólicas» y «Dientes, dientes».

¿Qué tiene que ver con la salud mental? El post lo relaciona con el valor que no se ve: pedir ayuda, ir a terapia o salir del armario. En España, el 024 atiende gratis las 24 horas y en una emergencia está el 112; fuera de España, el número de emergencias local.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como el primer cantautor IA. Escribe las letras y dirige la producción; la música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial.

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