
Por Mike Sain't Louis ·
«Nada me sorprende»: el aburrimiento, la mente que se escapa a otro planeta y cuándo deja de ser normal
«Elon Musk ha anunciado» empieza muy lejos de cualquier cohete. Las primeras estrofas son una sucesión de frases cortas, casi telegramas, que dibujan una mañana sin color: despertar sin nadie al lado, calles anónimas, gente sin cara. Y en seguida aparece el bloque que se repite igual que se repiten los días:
Rutina Todo se repite Rutina Nada me sorprende Rutina Siempre lo mismo ¡Me ofende!
Solo entonces llega la salida: una noticia inventada, el anuncio de una primera expedición con tripulación rumbo a un planeta recién descubierto que se llama, cómo no, GayFolk. La canción imagina una fuga a otro mundo y hasta invita a quien la escucha a subirse a la nave.
De esa forma de escribir la rutina con dos palabras ya hablé en «Café amargo y un cohete inventado», y del espacio como escenario de mis discos, en «Cohetes, estrellas y un planeta nuevo». Hoy quiero ir a otro sitio: a la psicología del aburrimiento. Esa sensación que todos conocemos y que, curiosamente, se ha estudiado en serio mucho más tarde que otras emociones. Qué es exactamente, por qué la mente se nos escapa a otros planetas, qué tiene de útil y, sobre todo, cuándo ese «nada me sorprende» deja de ser aburrimiento y empieza a ser otra cosa que merece atención.
Qué es el aburrimiento, según la psicología
Durante mucho tiempo se pensó que el aburrimiento era simplemente no tener nada que hacer. Pero cualquiera que se haya aburrido en una reunión llena de tareas, o en una fiesta con mucha gente, sabe que no es así. Se puede estar ocupadísimo y aburrido a la vez.
En 2012, un equipo de psicólogos canadienses encabezado por John Eastwood publicó un artículo titulado «The unengaged mind», la mente desconectada, que propuso una definición muy citada desde entonces. Según ellos, el aburrimiento es la experiencia desagradable de querer, sin conseguirlo, implicarse en una actividad que nos satisfaga. Es decir: no es la falta de estímulos, sino la falta de conexión. Quieres atender a algo, quieres que algo te importe, y no lo logras.
Esa definición explica por qué el aburrimiento se parece tanto a una pequeña frustración. Hay una necesidad, la de que nuestra atención encuentre dónde agarrarse, que no se está cumpliendo. Y también explica por qué el tiempo parece estirarse cuando nos aburrimos: cuando la atención no tiene dónde posarse, se vuelve hacia el propio reloj.
El aburrimiento que viene de fuera y el que viene de dentro Los investigadores distinguen a menudo entre el aburrimiento que provoca una situación concreta, como una cola interminable o un trabajo repetitivo, y la tendencia más general de algunas personas a aburrirse con facilidad. El primero es universal y pasajero. El segundo se ha relacionado en distintos estudios con más problemas de atención, de ánimo y de impulsividad, aunque la relación es compleja y no siempre está claro qué provoca qué.
La canción, si la leemos con calma, retrata las dos cosas a la vez. Hay una situación aburrida, el «trabajo insípido» y el «café amargo». Y hay algo más profundo, una sensación de que «todo es tan rígido» y de que las emociones están «siempre oprimidas». Ahí el aburrimiento ya no es solo el de una tarde. Es el de una vida que no deja espacio.
Mejor una descarga que pensar
En 2014, la revista «Science» publicó un experimento que dio la vuelta al mundo. El psicólogo Timothy Wilson y su equipo dejaron a personas solas en una habitación sin decoración durante unos quince minutos, sin móvil ni nada que leer, con una sola instrucción: entretenerse con sus propios pensamientos. En la habitación había un botón que les daba una pequeña descarga eléctrica, la misma que antes habían probado y que muchos habían dicho que pagarían por no volver a recibir.

Los resultados fueron llamativos. Entre los participantes que habían asegurado que pagarían por evitar la descarga, el 67 % de los hombres, doce de dieciocho, y el 25 % de las mujeres, seis de veinticuatro, se la dieron al menos una vez durante el rato que estuvieron solos. Para muchos, una descarga era preferible a no hacer nada.
Conviene matizar, porque este estudio se ha contado muchas veces de forma exagerada. La mayoría de los participantes no se dio ninguna descarga, y un comentario posterior en otra revista científica recordó que el experimento no demuestra que la mayoría de la gente prefiera el dolor a pensar. Pero sí ilustra algo que todos reconocemos: estar a solas con la propia cabeza, sin estímulos, puede resultar sorprendentemente incómodo.
Pascal ya lo había dicho Más de tres siglos antes, el filósofo y matemático francés Blaise Pascal escribió en sus «Pensamientos» una frase que hoy circula en tazas y carteles: que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, no saber quedarse tranquilos en una habitación. Pascal pensaba en la diversión como huida, en cómo buscamos ocupaciones, juegos y ruido para no enfrentarnos a nuestra propia condición.
Y en 1843, el danés Søren Kierkegaard, en «O lo uno o lo otro», dedicó un texto irónico, «La rotación de cultivos», al aburrimiento, al que presentaba como la raíz de todos los males. Proponía, medio en broma, cambiar constantemente la manera de mirar las cosas, como el agricultor que rota los cultivos para no agotar la tierra. Es una idea que me parece muy útil, y volveré a ella en la parte práctica.
La mente que se escapa a otro planeta
En la canción, el remedio contra la rutina es un viaje imaginario. No hay ningún cohete real, por supuesto: hay una fantasía que aparece en mitad del día gris. Eso, en psicología, tiene nombre. Se habla de mente errante o divagación mental, y es una de las cosas que más hace nuestro cerebro.
En 2010, dos investigadores de Harvard, Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert, publicaron también en «Science» un estudio con una aplicación para el móvil que preguntaba a la gente, en momentos al azar del día, qué estaba haciendo, en qué estaba pensando y cómo se sentía. Recogieron respuestas de miles de adultos. Su conclusión más conocida fue que las personas tenían la mente en otra parte, pensando en algo distinto de lo que hacían, casi la mitad del tiempo, en torno al 47 %. Y el título del artículo resumía su segunda conclusión: una mente que divaga es una mente infeliz. En general, la gente se sentía peor cuando su mente se iba que cuando se quedaba en lo que estaba haciendo.
No todas las escapadas son iguales Esa conclusión hay que leerla con matices. En aquel estudio, las divagaciones hacia temas agradables no hacían a la gente más infeliz que estar concentrada; eran las divagaciones hacia temas neutros o desagradables las que empeoraban el ánimo. Y otras líneas de investigación han señalado que dejar vagar la mente también tiene funciones valiosas: planificar el futuro, ensayar conversaciones, conectar ideas que parecían no tener relación.
Dicho de otra forma: la huida al planeta GayFolk no es mala en sí misma. Puede ser un respiro, un juego, una forma de imaginar otra vida posible. Se convierte en un problema cuando es el único sitio donde uno está bien, cuando volver al presente se hace insoportable o cuando la cabeza se escapa siempre hacia el mismo pozo. La diferencia entre soñar despierto y no querer despertar.
Lo que tiene de bueno aburrirse
No todo es negativo. Muchos investigadores defienden que el aburrimiento cumple una función: es una señal que nos avisa de que lo que estamos haciendo no nos llena y nos empuja a buscar otra cosa. Como el hambre nos avisa de que hay que comer, el aburrimiento nos avisa de que hay que cambiar algo.

Hay incluso estudios que lo relacionan con la creatividad. En 2014, las psicólogas británicas Sandi Mann y Rebekah Cadman pidieron a un grupo de personas que copiaran números de teléfono de un listín durante quince minutos, una tarea deliberadamente tediosa. Después, les pidieron que inventaran usos para unos vasos de plástico. Quienes habían pasado por la tarea aburrida propusieron más ideas que el grupo que no la había hecho, aunque no necesariamente más creativas. Un segundo experimento, en el que la tarea aburrida era leer los números en lugar de copiarlos, sugirió que cuanto más espacio deja la tarea para que la mente vague, más puede aprovecharse ese vagabundeo.
Hay otra idea interesante en esa línea de trabajo: el aburrimiento nos obliga a preguntarnos qué queremos. Cuando todo nos entretiene, no hace falta elegir; vamos de un estímulo a otro sin pararnos. Cuando nada nos entretiene, aparece la pregunta incómoda de qué nos importaría de verdad. Por eso algunos autores hablan del aburrimiento como de una emoción que mira hacia delante, que no se conforma con lo que hay y empuja a buscar algo con más sentido. No siempre encontramos la respuesta, pero la pregunta ya es un comienzo. Muchas decisiones grandes, cambiar de trabajo, de ciudad o de vida, empiezan con una temporada larga de tardes en las que nada nos dice nada.
Son resultados modestos y no conviene convertirlos en un eslogan del tipo «abúrrete y serás un genio». Pero coinciden con una intuición que tenemos muchos de los que escribimos: algunas de las mejores ideas llegan en la ducha, en el autobús, fregando platos. No en los momentos de máxima estimulación, sino en los ratos muertos. Hablo de esos ritmos en «Escribir deprisa y escribir despacio».
La canción como prueba La propia canción es un ejemplo de esto. Nace de una rutina gris y, en lugar de quedarse en la queja, inventa un planeta. Ese salto, del «nada me sorprende» al «yo ya me he apuntado», es exactamente lo que el aburrimiento puede provocar cuando se le deja hacer su trabajo: empujarnos a imaginar algo distinto. El planeta GayFolk, que da nombre a todo mi universo y del que puedes saber más en la página del Planeta Gayfolk, es en cierto modo hijo de una tarde aburrida.
Cuando el aburrimiento es el trabajo
Hay un tipo de aburrimiento que merece un apartado propio, porque ocupa buena parte de la vida adulta: el del trabajo. La canción lo nombra sin rodeos, «trabajo insípido», y cualquiera que haya pasado meses delante de tareas que no le dicen nada sabe que ese aburrimiento cansa tanto como el exceso de trabajo.
En 2007, dos consultores suizos, Philippe Rothlin y Peter Werder, popularizaron un término para describirlo: «boreout», por oposición al conocido «burnout». Con él se referían a la combinación de falta de retos, falta de interés y sensación de no estar aprovechando las propias capacidades. Conviene dejar claro que no es un diagnóstico médico reconocido, sino una etiqueta divulgativa. Pero pone nombre a algo real: hay personas que se agotan no por hacer demasiado, sino por hacer durante años algo que no les importa nada.
Si te pasa, no es un fallo de carácter. Puede ser útil distinguir qué parte depende de ti y cuál no. A veces se puede pedir otras tareas, formarse en algo nuevo o cambiar de puesto. Otras veces el trabajo es el que es, y la energía hay que ponerla fuera: en una afición, en un proyecto propio, en la gente. Y si el aburrimiento laboral viene acompañado de ese otro «nada me sorprende» que no se va ni el fin de semana ni en vacaciones, es otra señal para mirar más allá del trabajo.
Cuando no es aburrimiento
Aquí llega la parte que más me importa, y quiero contarla con cuidado. Hay un «nada me sorprende» que no es aburrimiento. Se parece mucho desde fuera, pero por dentro es otra cosa.

En psicología se llama anhedonia a la dificultad para sentir interés o placer por cosas que antes sí nos lo daban. Es uno de los síntomas centrales de la depresión, junto con el ánimo bajo. La diferencia con el aburrimiento es sutil pero importante. Cuando te aburres, quieres hacer algo que te llene y no lo encuentras; si apareciera, lo agarrarías con ganas. En la anhedonia, aunque aparezca el plan perfecto, no despierta nada. Puedes ir al concierto que esperabas, a la cena con tus amigos o a la playa, y sentir que lo ves todo a través de un cristal.
Algunas señales para no dejarlo pasar No soy profesional de la salud y este artículo no sirve para diagnosticar nada. Pero sí puedo compartir algunas señales que los especialistas suelen mencionar como motivo para consultar:
- Que la falta de interés dure semanas y no se vaya aunque cambien las circunstancias.
- Que afecte a casi todo, no solo al trabajo o a una situación concreta.
- Que venga acompañada de tristeza persistente, cambios en el sueño o el apetito, cansancio constante o dificultad para concentrarse.
- Que aparezcan pensamientos de inutilidad, de culpa o de que nada merece la pena.
Si te reconoces en varias de estas señales, lo más sensato es hablarlo con tu médico de cabecera, que puede orientarte o derivarte a salud mental.
Mi propia experiencia, en pocas palabras Lo cuento porque creo que puede servir. Tengo diagnosticada una depresión mayor grave, junto a otros diagnósticos que tardé años en ponerle nombre, y hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Durante mucho tiempo confundí lo que me pasaba con aburrimiento, con apatía o con pereza. Me decía que estaba cansado de la rutina. No era la rutina.
Escribir canciones me ayudó a sacar lo que sentía, y sigue ayudándome, pero no sustituye al tratamiento. Lo que me ha permitido estar mejor ha sido la combinación de las dos cosas, con una profesional que me acompaña. Lo explico con más detalle en «Gracias a mi psicóloga» y en «La música me está salvando».
Si el gris se vuelve tan espeso que aparecen ideas de no querer seguir, no lo dejes para mañana: en España puedes llamar al 024, una línea gratuita que funciona las veinticuatro horas para personas con pensamientos suicidas y para quienes se preocupan por ellas. En una emergencia, el 112. Y en «Salud mental sin tabú» he reunido más recursos.
Ideas para convivir con la rutina
Para el aburrimiento corriente, el de todos los días, hay estrategias sencillas que a mí me han funcionado y que coinciden bastante con lo que proponen los investigadores. No son recetas, solo puntos de partida.

Rotar los cultivos La vieja idea de Kierkegaard sigue siendo útil. No siempre puedes cambiar lo que haces, pero sí cómo lo haces. Cambiar el camino al trabajo, la hora del café, la música con la que friegas, el orden de las tareas. Pequeñas variaciones que obligan a la atención a despertarse.
Darle un sentido a lo repetitivo Una parte del aburrimiento viene de no ver para qué sirve lo que hacemos. A veces ayuda recordar el porqué de una tarea, o ponerse un pequeño reto: hacerla mejor, más rápido, de otra manera. Otras veces la tarea no tiene arreglo, y entonces vale la pena aceptarla como un trámite y guardar la energía para otra cosa.
Dejar ratos sin pantalla Puede parecer contradictorio, pero llenar cada minuto muerto con el móvil no siempre quita el aburrimiento; a veces solo lo aplaza y lo hace más intenso. Dejar algún rato del día sin estímulos, un paseo sin auriculares, una espera sin pantalla, da espacio a esa mente errante que, bien llevada, trae ideas.
Dejar que la mente viaje, pero con billete de vuelta Soñar despierto con otros planetas no tiene nada de malo. Lo importante es poder volver. Si notas que tus escapadas te dejan peor al regresar, o que siempre te llevan a los mismos pensamientos negativos, es una señal para hablarlo con alguien.
Apuntar lo que sí te sorprende Un ejercicio pequeño que me ha servido en épocas grises: al final del día, anotar una sola cosa que me haya llamado la atención, por mínima que sea. Un color en la calle, una frase oída en el metro, un perro con un abrigo ridículo. No se trata de forzar la gratitud ni de fingir que todo va bien. Se trata de entrenar la atención para que vuelva a posarse en algo. Algunos días cuesta encontrar esa cosa, y ese dato, si se repite mucho, también es información valiosa para contársela a un profesional.
Buscar compañía para el viaje La canción acaba ofreciendo a quien escucha un asiento en la nave. Me parece una de las claves. El aburrimiento, como tantas otras cosas, se lleva mejor acompañado. Llamar a alguien, quedar para un plan sencillo, apuntarse a una actividad en grupo. Del espacio como lugar compartido hablé también en «Timonel sin gravedad».
Rutina, inventario y despedida
Hay otra canción mía que habla de la rutina desde un ángulo muy distinto, el de la pareja que se ha acomodado y el inventario de lo que queda cuando se acaba. La comento en «El chollo se te ha terminado». Ahí la rutina no es un día gris, sino una relación que se ha vuelto costumbre. Y también allí la salida es un movimiento: irse, cerrar, empezar otra cosa.
Lo que une las dos canciones es que ninguna se queda quieta. El aburrimiento, cuando lo escuchas, casi siempre dice lo mismo: algo tiene que cambiar. A veces es el camino al trabajo. A veces es una relación. Y a veces, si el gris no se va con nada, lo que tiene que cambiar es que pidas ayuda.
Lo que me llevo de todo esto
Después de leer tanto sobre el aburrimiento, he dejado de verlo como un enemigo. Es una señal incómoda, como el hambre o el cansancio, que tiene algo que decirnos. A veces nos avisa de que necesitamos variar la rutina. A veces nos empuja a imaginar planetas. Y a veces, cuando no se va con nada, nos está diciendo que lo que pasa no es aburrimiento.
«Elon Musk ha anunciado» es una canción divertida, con un multimillonario de verdad anunciando un viaje que no existe a un planeta inventado. Pero debajo del chiste hay algo muy humano: la necesidad de que algo nos sorprenda, de que la vida no sea siempre lo mismo. Si hoy te sientes así, ojalá encuentres tu propio viaje, aunque sea pequeño. Y si llevas mucho tiempo sin que nada te sorprenda, ojalá te animes a contarlo. Las emociones que no se nombran pesan más; ponerles nombre, a veces llorando, es parte del camino, como cuento en «Llorar en infinitivo». Y de dónde salen versos como «Nada me sorprende» lo explico en «Cada verso nace de algo que sentí».
Preguntas frecuentes
¿Qué es el aburrimiento según la psicología? Una definición muy citada, propuesta por John Eastwood y su equipo en 2012, lo describe como la experiencia desagradable de querer implicarse en una actividad satisfactoria sin conseguirlo. No es tanto la falta de cosas que hacer como la falta de conexión con lo que hacemos.
¿Es verdad que la gente prefiere una descarga eléctrica a aburrirse? El estudio de Timothy Wilson publicado en «Science» en 2014 encontró que, entre quienes habían dicho que pagarían por evitar una descarga, el 67 % de los hombres y el 25 % de las mujeres se dieron al menos una al quedarse solos unos quince minutos. La mayoría no lo hizo, así que no demuestra que la gente prefiera el dolor, pero sí que estar a solas con los pensamientos puede resultar incómodo.
¿Cómo distinguir el aburrimiento de la depresión? En el aburrimiento queremos hacer algo que nos llene y no lo encontramos. En la anhedonia, un síntoma central de la depresión, incluso lo que antes nos gustaba deja de despertar interés. Si la falta de interés dura semanas, afecta a casi todo y viene con tristeza, cambios de sueño o apetito o cansancio, conviene consultar con un profesional.
¿Qué significa el viaje a GayFolk en la canción? Es una huida imaginaria de la rutina: frente a un día gris, la letra inventa el anuncio de un viaje tripulado a un planeta recién descubierto llamado GayFolk e invita a quien la escucha a apuntarse también.