
Por Mike Sain't Louis ·
Timonel sin gravedad: «Stars cibernéticas», Sally Ride, los cíborgs y el traje azul de charol
Hay palabras que suenan a futuro y tienen más de dos mil años. «Cibernética» es una de ellas. La oyes y piensas en cables, en pantallas, en robots de película de sobremesa. Rascas un poco y aparece un barco de remos en el Mediterráneo, con un hombre de pie en la popa sujetando el timón. Esa mezcla de lo antiquísimo y lo que todavía no ha llegado es justo lo que me gusta del título que le puse a esta canción.
En este post no voy a contar la letra, porque no la he publicado. Voy a hacer otra cosa: coger cada pieza de la portada y del título y seguirle el rastro hasta donde lleve. Al timonel griego, a un matemático de Massachusetts, a dos científicos que en 1960 imaginaron a un astronauta medio máquina, a una mujer que voló al espacio en 1983 y se guardó su vida privada hasta el final. Y, de vuelta, a un chico descalzo con un traje azul que flota encima del planeta como si fuera lo más natural del mundo.
El chico que no toca el suelo
La imagen es sencilla de describir y difícil de olvidar. Un chico suspendido en el vacío, con los brazos abiertos en cruz y los pies desnudos, flota por encima del globo terrestre. Su ropa es de un azul eléctrico que refleja la luz igual que el charol de unos zapatos de domingo. Alrededor hay planetas, polvo de estrellas y unas líneas de neón rosa que cruzan el negro del fondo como las estelas de un avión que nadie ve.
Arriba, el título: letras plateadas con un degradado que recuerda a la pantalla de inicio de una consola de los ochenta, cuando los juegos se cargaban desde una cinta y había que esperar cinco minutos mirando rayas de colores. Debajo, mi nombre.
No hay nave, no hay casco, no hay cable de seguridad. Eso es lo primero que me llama la atención cada vez que la miro. Cualquier astronauta de verdad moriría en segundos en esas condiciones. El chico de la portada, en cambio, parece estar tomando el sol. Es una fantasía, claro, y de eso va precisamente: de imaginar un sitio donde el cuerpo no pesa y nadie te pide explicaciones.
Antes de despegar: qué sé y qué no
Una aclaración de casa antes de seguir. La letra de esta canción no está en mi página de letras. Cuando no tengo publicada una letra, no la parafraseo ni me fío de lo que transcriben las plataformas de vídeo de forma automática, que con música de fondo confunden palabras con una alegría preocupante.
Lo que sí puedo usar está a la vista de cualquiera. La portada. El título, que junta el inglés stars con el castellano «cibernéticas». La fecha en que colgué el videoclip en mi canal, el 26 de junio de 2026. El disco al que pertenece. Y lo que dejé escrito en la ficha de la canción aquí en la web, donde hablaba de purpurina digital y de divas de otra galaxia. Con eso y con datos que se pueden comprobar en cualquier biblioteca hay viaje de sobra.
Kybernétes: el hombre del timón
En griego antiguo, kybernétes era el piloto de una embarcación, el que manejaba el timón y decidía el rumbo. De la misma raíz viene el verbo que los romanos convirtieron en gubernare, y de ahí, con los siglos, nuestro «gobernar» y nuestro «gobierno». Es decir: cada vez que alguien dice que un país va a la deriva, está usando sin saberlo una metáfora náutica de hace veinticinco siglos.
Platón ya comparaba al buen gobernante con un piloto que conoce el mar. Y en 1834 el físico francés André-Marie Ampère, el del amperio, propuso la palabra cybernétique para una ciencia del arte de gobernar que nunca llegó a cuajar con ese nombre.
Me hace gracia pensar en eso con la portada delante. El chico no lleva timón, ni motor, ni mapa. Flota con los brazos abiertos y deja que el espacio decida. Es exactamente lo contrario de un timonel. O quizá es el timonel después de jubilarse: el que por fin ha soltado el mando y descubre que, sin gravedad, tampoco hace tanta falta.
Norbert Wiener y las máquinas que se corrigen solas
La palabra resucitó en 1948. Ese año el matemático estadounidense Norbert Wiener, profesor del MIT, publicó un libro con un título largo y sin ninguna concesión al marketing: Cibernética, o el control y la comunicación en el animal y en la máquina. Wiener había trabajado durante la Segunda Guerra Mundial en sistemas para apuntar cañones antiaéreos, y de ahí sacó una idea que cambió muchas cosas: la retroalimentación.

Un termostato es el ejemplo de manual. Mide la temperatura, la compara con la que debería haber y enciende o apaga la calefacción según la diferencia. No piensa, pero se corrige. Wiener vio que ese mismo esquema servía para explicar cómo una persona coge un vaso sin derramarlo, cómo un piloto mantiene el rumbo o cómo una sociedad se organiza.
De ahí salió el prefijo que luego lo invadió todo: ciberespacio, cibercafé, ciberacoso, cibernauta. Lo que empezó como el nombre técnico de una teoría se convirtió en la etiqueta de cualquier cosa con enchufe. Por eso, cuando digo «cibernéticas», la palabra arrastra a la vez el barco griego, el laboratorio de posguerra y el cibercafé de barrio con olor a bocadillo.
1960: el astronauta mitad máquina
Doce años después de Wiener, en septiembre de 1960, dos investigadores de un hospital de Nueva York, Manfred Clynes y Nathan Kline, publicaron en la revista Astronautics un artículo titulado «Cyborgs and Space». Ahí inventaron la palabra cyborg, contracción de cybernetic organism: organismo cibernético.
Su propuesta era bastante loca y muy de su época. En lugar de llevar al espacio una burbuja de Tierra, con su aire y su presión, ¿por qué no adaptar el cuerpo humano al espacio? Hablaban de bombas que inyectaran fármacos automáticamente, de sistemas que regularan la respiración o el sueño sin que el astronauta tuviera que pensarlo. Querían liberar a la persona de las tareas de mantenimiento para que pudiera, en sus palabras, explorar, crear, pensar y sentir.
Leída hoy, esa frase tiene algo de poema. Y conecta muy bien con el chico de la portada, que flota sin escafandra como si su cuerpo hubiera aprendido solo a vivir allí arriba. Si hubiera que ponerle una etiqueta científica a esa imagen, sería la de un cíborg de los que soñaban Clynes y Kline: alguien que ya no necesita protegerse del vacío porque el vacío se ha vuelto su casa.
Del cíborg al manifiesto
La palabra no se quedó en las revistas técnicas. En 1985 la filósofa y bióloga Donna Haraway publicó su Manifiesto cíborg, uno de los textos más citados del pensamiento feminista de finales del siglo XX. Haraway usaba la figura del cíborg para atacar las fronteras que parecían naturales: entre humano y animal, entre organismo y máquina, entre lo físico y lo que no lo es. Y, de paso, entre lo masculino y lo femenino.
Su idea, resumida mucho, era que muchas categorías que nos venden como eternas son construcciones, y que mezclarlas puede ser una forma de libertad. No hace falta haber leído el manifiesto para entender por qué ha tenido tanto eco en el pensamiento queer: es una invitación a no encajar.
Yo lo traigo aquí sin pretender convertir la canción en un ensayo. Pero un título que mezcla dos idiomas, una portada que mezcla la Tierra con el neón de discoteca y un chico que mezcla la pose de astronauta con la de estrella del pop tienen algo de ese espíritu. Nadie le ha pedido al chico que elija entre ser científico o diva. Lleva las dos cosas puestas.
Brazos abiertos a 108 minutos de casa
El 12 de abril de 1961, el soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en salir al espacio. Su vuelo a bordo de la Vostok 1 duró 108 minutos y dio una sola vuelta a la Tierra. Dos años después, el 16 de junio de 1963, Valentina Tereshkova fue la primera mujer en hacerlo, en la Vostok 6, y pasó casi tres días en órbita.

Para llegar al espacio, según la convención más usada, hay que superar la llamada línea de Kármán, a unos cien kilómetros de altura. Es menos de lo que separa Madrid de Toledo en coche. Me encanta ese dato porque pone las cosas en su sitio: el espacio está muy cerca en distancia y lejísimos en todo lo demás.
España tardó en tener su propio viajero. Pedro Duque despegó el 29 de octubre de 1998 en el transbordador Discovery, en la misión STS-95. Y en 2022 la Agencia Espacial Europea eligió a Pablo Álvarez como astronauta de carrera y a Sara García como reserva. La portada de «Stars cibernéticas» no habla de ninguno de ellos, pero cada vez que alguien de aquí sube, la fantasía del chico flotando se vuelve un poco menos fantasía.
Sally Ride y la vida guardada
El 18 de junio de 1983, Sally Ride despegó a bordo del Challenger en la misión STS-7 y se convirtió en la primera mujer estadounidense en el espacio. Era física, tenía treinta y dos años y respondía con mucha paciencia a periodistas que le preguntaban si lloraría en caso de avería o si el vuelo afectaría a su capacidad de tener hijos.
Ride murió el 23 de julio de 2012. En la nota que se publicó tras su muerte apareció un dato que casi nadie conocía fuera de su círculo: durante veintisiete años había compartido su vida con Tam O'Shaughnessy, también científica y compañera suya en una empresa de divulgación para niñas. Así se supo que la primera astronauta estadounidense era también la primera persona del colectivo LGTBI conocida que había viajado al espacio. En 2013 recibió a título póstumo la Medalla Presidencial de la Libertad, y fue Tam quien la recogió.
Me emociona esa historia porque dice mucho de cuánto se callaba antes, incluso en la cima. Alguien que había estado más arriba que casi nadie tuvo que esperar a no estar para que se nombrara a la persona con la que vivía. Cuando miro al chico de la portada flotando con los brazos abiertos, sin esconder nada, pienso en todas las Sallys que no pudieron hacerlo.
Lo que la ingravidez le hace al cuerpo
La portada vende ligereza, y la ligereza es real, pero tiene letra pequeña. En microgravedad la columna vertebral se estira y los astronautas pueden ganar unos centímetros de altura mientras están en órbita; los pierden al volver. Los huesos, sin peso que soportar, pierden densidad: según la NASA, algunas zonas del esqueleto pueden perder alrededor de un uno por ciento al mes. Los músculos se atrofian si no se ejercitan, por eso en la Estación Espacial Internacional se hacen unas dos horas de deporte al día.
Hay más rarezas. Los líquidos del cuerpo suben hacia la cabeza y la cara se hincha un poco; las piernas adelgazan. Muchos astronautas sienten mareos los primeros días, el llamado síndrome de adaptación espacial. Y al volver, caminar en línea recta cuesta como después de una noche larga.
Me gusta conocer esa parte porque convierte la imagen en algo más tierno. Flotar es maravilloso, pero el cuerpo humano está hecho para tener los pies en algún sitio. Quizá por eso el chico va descalzo: para cuando le toque aterrizar.
Un traje azul de charol
El conjunto azul metalizado de la portada no tiene nada que ver con un traje espacial de verdad, y eso lo hace más divertido. Los trajes reales son armaduras de muchas capas. Los que llevaron los astronautas del Apolo a la Luna, los A7L, los fabricó ILC Dover, una empresa salida de la International Latex Corporation, la misma casa que producía sujetadores y fajas de la marca Playtex. Las costureras que sabían coser lencería con precisión milimétrica fueron las que cosieron los trajes que pisaron la Luna en 1969.
Ese dato me parece puro camp: la conquista del espacio dependiendo de las manos que hacían corsetería. Y le da sentido al traje de la portada, que no protege de nada pero brilla muchísimo. Es más disfraz de gala que equipo técnico. Más pasarela que plataforma de lanzamiento.
En la moda, el plateado y el azul metalizado tuvieron su momento espacial en los sesenta, cuando diseñadores como Pierre Cardin o André Courrèges presentaron colecciones inspiradas en la carrera espacial, con cascos, botas blancas y tejidos que parecían de otro planeta. El chico de la portada es heredero de esa idea: vestirse para el futuro aunque el futuro no llegue nunca.
Estrellas con mayúscula y con minúscula
Stars, en inglés, son las estrellas del cielo y también las del espectáculo. En castellano pasa lo mismo, y eso permite que el título funcione a dos alturas. Las estrellas de verdad son bolas de gas a millones de grados que llevan ahí desde mucho antes que nosotros. Las otras son personas que brillan porque las miramos.

Hollywood construyó en los años veinte y treinta lo que se llamó el star system: estudios que fabricaban estrellas con contratos larguísimos, nombres cambiados, biografías inventadas y romances de portada. Muchas de esas estrellas eran gais o lesbianas y vivían con su vida real escondida bajo una capa de purpurina obligatoria.
Cuando junto stars con «cibernéticas» pienso en una tercera categoría: estrellas que no son de gas ni de carne, sino de luz de pantalla. Divas de píxel. Y no me parece un insulto, al contrario. Las pantallas han sido durante décadas la ventana por la que mucha gente LGTBI veía por primera vez a alguien parecido a ella.
Starman en la tele
Es imposible hablar de estrellas, espacio y brillo sin pasar por David Bowie. En julio de 1969 publicó «Space Oddity», la historia del Mayor Tom perdido en órbita, que la BBC usó en su cobertura de la llegada del Apolo 11 a la Luna. Tres años después inventó a Ziggy Stardust, una estrella del rock venida del espacio, andrógina y llena de purpurina.
El 6 de julio de 1972 Bowie apareció en el programa británico Top of the Pops interpretando «Starman», con un mono ajustado de colores y el brazo pasado por encima del hombro de su guitarrista, Mick Ronson. Muchos chavales que lo vieron aquella noche en el salón de casa han contado después que sintieron, por primera vez, que existía otra manera de ser. Fue un gesto de tres minutos en la tele y para algunos significó una vida entera.
En 2013 el astronauta canadiense Chris Hadfield grabó una versión de «Space Oddity» a bordo de la Estación Espacial Internacional, flotando con su guitarra. Fue el primer videoclip grabado en el espacio. La fantasía del chico de la portada, en cierto modo, ya la había hecho realidad alguien con bigote y uniforme.
Ver la Tierra desde fuera
En la portada, la Tierra ocupa la parte de abajo. El chico está por encima, pero no le da la espalda: los brazos abiertos parecen abrazarla. Esa posición me recuerda a algo que los astronautas llevan décadas describiendo.
En 1987 el escritor Frank White bautizó como «efecto perspectiva» (overview effect) el cambio que contaban muchos al ver el planeta desde el espacio: una sensación repentina de fragilidad, de que las fronteras no se ven desde arriba, de que todo lo que conocemos cabe en una bola azul colgada en la nada. Algunos volvieron con ganas de cuidar más el planeta; otros, con menos paciencia para las peleas pequeñas.
Me gusta esa idea aplicada a lo cotidiano. A veces lo que más necesitamos es alejarnos un poco para entender el tamaño real de nuestros problemas. No siempre se puede, claro. Pero un rato de música con los ojos cerrados se parece bastante a subir cien kilómetros sin salir del sofá.
Rumba bajo el cielo sin fin
«Stars cibernéticas» comparte disco con otras canciones que también miran hacia arriba. En «Verde», que sí tiene la letra publicada, hay un verso que me viene a la cabeza cada vez que pienso en esta portada:
Rumba y risas bajo el cielo sin fin,
En «Verde» ese cielo es el de una plaza llena de palmas, a ras de suelo. En «Stars cibernéticas» el cielo sin fin ya no está encima, sino alrededor. Es el mismo cielo visto desde el otro lado: primero lo miras desde la fiesta y luego te encuentras flotando dentro de él.
No digo con esto que las dos canciones cuenten lo mismo, porque la letra de esta no la he publicado y no voy a jugar a adivinarla. Solo que, puestas una al lado de la otra, el disco dibuja un recorrido curioso: de la fiesta en la plaza al baile en la órbita.
Quién escribe las estrellas
En la lista de singles de gayfolkplanet.com, «Stars cibernéticas» ocupa el puesto 50 de 273. Justo antes está «Tus letras son basura», que tiene publicado un texto en vez de una letra al uso. En ese texto dejé escrita una frase que sigo firmando:

Lo que muchos no soportan es que mis letras las escribo yo.
Me parece un vecino perfecto para una canción que lleva la palabra «cibernéticas» en el título. Porque la gente suele mezclar las cosas: yo escribo las letras y compongo las canciones, y las voces de mis temas están hechas con inteligencia artificial. Lo he contado con calma en mi post sobre inteligencia artificial y autoría. La máquina forma parte del proceso, pero no se inventa mis historias.
Justo después en la lista llega «Breeze», con su chico levitando sobre una costa mediterránea al atardecer. Dos portadas seguidas de cuerpos que flotan: uno en el espacio, otro a pocos metros del mar. Si las escuchas en ese orden, es como bajar de la órbita a la terraza.
Junio, liberación y planeta propio
Subí el videoclip el 26 de junio de 2026, dos días antes del aniversario de Stonewall. La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer capítulo de la trilogía Gayfolk, el disco donde las cosas por fin se sueltan.
Toda la trilogía tiene vocación de ciencia ficción doméstica. El primer disco habla de descubrir un planeta, el segundo de las ganas de viajar a él y el tercero de lo que pasa cuando por fin llegas. Ya escribí sobre esa geografía imaginaria en el post sobre Oz, Fire Island y el planeta Gayfolk, sobre todos esos sitios que la gente LGTBI ha tenido que imaginar antes de encontrarlos.
El chico de «Stars cibernéticas» encaja ahí como la postal final del viaje: ya no está buscando el planeta, ya está fuera, flotando, mirando hacia atrás con los brazos abiertos.
Pantallas, robots y compañía
No es la primera vez que una portada mía mezcla cuerpo y máquina. En «Hipnótico robótico» hay un traje de neón y una estética de autómata que juega con lo mismo desde otro ángulo. Y hace tiempo conté medio en broma cómo me creé un novio con inteligencia artificial, un experimento que me enseñó bastante sobre lo que buscamos cuando buscamos compañía.
Lo cibernético, para mí, no es frío. Es una forma más de estar acompañado. Las pantallas nos han unido a gente que no habríamos conocido nunca y también nos han dejado más solos que nunca en según qué noches. Las dos cosas son verdad a la vez.
Cuando la órbita aísla
Flotar suena bonito, pero tiene un reverso. Hay rachas en las que uno se siente desconectado de todo, como si estuviera mirando su propia vida desde muy lejos, a través de un cristal. Si esa sensación de irrealidad o de aislamiento dura, se repite o te impide funcionar, no es un capricho: merece una consulta con tu médico o con un profesional de salud mental.
Si en algún momento aparecen pensamientos de hacerte daño, en España tienes el 024, la línea gratuita y confidencial de atención a la conducta suicida, disponible a cualquier hora. Ante un peligro inmediato, llama al 112. Si vives fuera de España, marca el número de emergencias de tu país o busca una línea de ayuda cercana en findahelpline.com.
He reunido más recursos en mi serie de salud mental sin tabú.
Para escucharla en órbita
La pensé para trayectos nocturnos, para cuando la ciudad se ve por la ventanilla como un panel de luces y uno se imagina que va dentro de una nave. Para quien de pequeño quería ser astronauta y acabó haciendo otra cosa. Para quien se pone purpurina un martes cualquiera porque sí.
También para quien sigue esperando el día de soltar el timón. A veces el rumbo no se decide apretando más fuerte, sino abriendo los brazos y dejando que algo más grande te sostenga un rato. Aunque solo sea lo que dura una canción.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Stars cibernéticas»? La letra todavía no está publicada, así que no la resumo ni la invento. La portada muestra a un chico descalzo con un traje azul metalizado flotando sobre la Tierra entre planetas y estelas de neón rosa. Este post recorre las ideas que despierta esa imagen: la cibernética, los cíborgs y los primeros viajes al espacio.
¿Qué significa «cibernética»? Viene del griego kybernétes, el timonel de un barco. Norbert Wiener popularizó la palabra en 1948 para hablar del control y la comunicación en animales y máquinas, y de ahí salió el prefijo «ciber».
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk. El videoclip está en YouTube desde el 26 de junio de 2026.
¿Por qué aparece Sally Ride en el post? Porque fue la primera mujer estadounidense en el espacio, en 1983, y tras su muerte en 2012 se supo que había compartido veintisiete años de vida con Tam O'Shaughnessy. Es contexto sobre el espacio y la visibilidad, no una explicación de la canción.
¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño y «el primer cantautor IA». Escribe, compone y produce; las voces están hechas con inteligencia artificial.