
Por Mike Sain't Louis ·
Un sitio que todavía no existe: Oz, Fire Island y el planeta Gayfolk
«Dicen que hay un límite en el mundo.»
Así empieza «Canguros», una canción del segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Y lo que viene después es una lista de rumores: un faro en la bahía, una estrella que, si la sigues, te deja en un barco de madera, sirenas y sirenos, canguros saltando en la luna. Todo empieza con «dicen». Nadie lo ha visto. Pero todo el mundo lo ha oído contar. (La letra completa de «Canguros» está en gayfolkplanet.com.)
Me gusta esa canción porque resume algo muy antiguo de la cultura queer: la costumbre de imaginar un sitio que está más allá del límite del mapa. Un sitio del que se habla en susurros, como de un rumor, al que se llega siguiendo una estrella, donde por fin no hay que dar explicaciones.
Ya he escrito sobre el espacio en la trilogía, sobre cohetes y estrellas y sobre por qué el planeta se llama Gayfolk. Este texto va de otra cosa. No mira hacia arriba, hacia el cielo de mis canciones, sino hacia atrás, hacia la historia. Porque el planeta Gayfolk no es el primer lugar soñado de la cultura queer. Tiene antepasados: un país detrás del arcoíris, una isla frente a Nueva York, unas playas del Mediterráneo español y una idea académica preciosa que dice que lo queer es, precisamente, un sitio que todavía no ha llegado.
Más allá del arcoíris
El primer antepasado lleva zapatos rojos.
«El mago de Oz», la película de 1939, cuenta la historia de Dorothy, una chica de Kansas que un tornado lleva a un país de colores donde hay brujas buenas y malas, un león cobarde, un hombre de hojalata sin corazón y un espantapájaros sin cerebro. Antes de salir de casa, Judy Garland interpreta «Over the Rainbow»: una canción sobre un lugar, más allá del arcoíris, donde los sueños se cumplen.
Pocas películas han tenido tanto peso en la cultura gay. Durante décadas, en Estados Unidos, «amigo de Dorothy» fue una forma discreta de decir que alguien era gay, una contraseña que permitía reconocerse sin decirlo abiertamente. El origen exacto de la expresión se discute, pero la idea está clara: la gente que soñaba con otro sitio se identificaba con la chica que un día se despertó en uno.
Y luego está el arcoíris. Gilbert Baker diseñó la bandera arcoíris en 1978, para el Orgullo de San Francisco. Hay quien relaciona el símbolo con la canción de Oz y hay quien no, pero es difícil no pensar en las dos cosas juntas. Un lugar más allá del arcoíris y una bandera hecha de arcoíris.
En mis letras, el arcoíris aparece en inglés, en «Madrid to Benidorm», con una invitación a bailar bajo el arcoíris de Madrid a Benidorm. Lo que me llama la atención es que ahí el arcoíris ya no está al otro lado de nada. No hay que cruzarlo para llegar a un país mágico. Está encima de la autovía, entre dos ciudades que existen. El lugar soñado se ha vuelto un trayecto.
Fire Island: una isla con barco de vuelta
El segundo antepasado es una isla de verdad.

Fire Island es una isla larga y estrecha frente a la costa de Long Island, cerca de Nueva York. Dos de sus pueblos, Cherry Grove y The Pines, se convirtieron a mediados del siglo XX en uno de los primeros refugios de veraneo para gays y lesbianas de Estados Unidos. No había coches. Se llegaba en barco. Y durante unos días se podía vivir de una forma que en la ciudad era imposible.
Una de las tradiciones más famosas de la isla nació en 1976. Cada 4 de julio, un grupo de drag queens de Cherry Grove llega en barco a The Pines, en lo que se conoce como la invasión de The Pines. Empezó como una respuesta a un desplante y se convirtió en una fiesta que se repite cada año. Es decir, incluso dentro del refugio había fronteras, y alguien tuvo que cruzarlas disfrazado.
Me gusta Fire Island como imagen porque es una utopía con barco de vuelta. Llegabas, eras libre durante el verano y luego volvías a la ciudad, a la oficina, a la familia. El paraíso tenía horario de ferry.
En mis letras hay un barco que va a un paraíso y no llega. En «Croquetas en el crucero», alguien se apunta a un crucero por el Mediterráneo pensando en playas, sol y algún italiano, y se encuentra un buffet de croquetas, queso malo, una alarma de evacuación y la duda de si aquello era un crucero o un tanatorio en alta mar. Es Fire Island al revés: el barco promete una isla de libertad y te deja en una comedia de errores. Y, aun así, la canción se lo pasa en grande contándolo.
Torremolinos, Sitges y Benidorm
El tercer antepasado está mucho más cerca.
En los años sesenta, mientras España seguía bajo la dictadura, el turismo de masas abrió unas grietas en la costa. Torremolinos se llenó de extranjeros, bares y una vida nocturna que en el resto del país no se veía. Allí estaba el Pasaje Begoña, un callejón de bares donde se reunía gente gay. En junio de 1971, la policía hizo una redada en el pasaje y en las calles de alrededor: identificó a más de trescientas personas y detuvo a 114. Hoy se recuerda como uno de los lugares donde empezó la historia de los derechos LGTBI en España.
Sitges, en la costa de Barcelona, se convirtió en esos años y en los siguientes en otro de los grandes destinos gays del Mediterráneo, con su carnaval, sus playas y sus bares. Y Benidorm, con sus rascacielos y su ambiente de vacaciones sin complejos, tiene su propio lugar en la mitología de la costa española.
Lo que tienen en común estos sitios es que eran utopías de temporada. Lugares donde, por ser zonas de turismo, se toleraba lo que en el pueblo o en la capital no se toleraba. Una libertad a medias, vigilada, que podía terminar con una redada. Pero libertad, al fin y al cabo.
Benidorm sale varias veces en mis canciones. En «Madrid to Benidorm», como destino de un baile. Y en «La playa del Mal Pas», una pequeña playa entre el puerto y el casco antiguo, que su presentación describe como un refugio secreto al que se vuelve aunque sea con la memoria. Esa idea del refugio que se mira desde lejos me parece muy de la costa española: el paraíso del verano que, en invierno, solo existe en el recuerdo.
Utopía quiere decir ningún sitio
Antes de seguir, una parada en la palabra.
«Utopía» la inventó Tomás Moro en 1516, para el título de un libro sobre una isla imaginaria con una sociedad perfecta. La palabra juega con el griego: puede leerse como «ningún lugar» o como «buen lugar». El buen sitio es, por definición, un sitio que no existe.
Me hace gracia que el término naciera ya con esa trampa. Desde el principio, la utopía es un lugar que se describe con mucho detalle precisamente porque no se puede visitar. Moro describe las calles, las casas, las leyes y las costumbres de su isla. Pero no da la dirección.
El planeta Gayfolk funciona igual. En mis canciones y en sus presentaciones hay muchos detalles: cómo es la gente allí, qué no hay, qué se puede hacer. Pero el título del segundo disco ya avisa de lo que pasa con la dirección. No es «Viaja a Gayfolk». Es «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Ojalá. Es decir, todavía no se puede. Es una utopía en el sentido exacto de Tomás Moro: un buen lugar que es, a la vez, ningún lugar.
Lo queer todavía no está aquí
El cuarto antepasado no es un sitio, sino una idea.

En 2009, el teórico cubanoestadounidense José Esteban Muñoz publicó «Cruising Utopia», un libro que se ha vuelto un clásico de los estudios queer. Su tesis empieza con una frase que me parece de las más bonitas que se han escrito sobre este tema: lo queer todavía no está aquí. Para Muñoz, lo queer no es algo que ya tengamos, sino un horizonte. Una forma de sentir que el presente no basta y de imaginar otro mundo posible.
Muñoz defendía que esa sensación no es una debilidad, sino una fuerza. Que la esperanza, el deseo de algo mejor y la nostalgia de un futuro que no ha llegado son formas de resistir a un presente que te dice que esto es todo lo que hay. Y buscaba esa esperanza en sitios pequeños: una actuación en un bar, un poema, una fotografía, un gesto.
Cuando leo a Muñoz pienso en la presentación de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que habla de un lugar donde el amor no duela y la identidad no se negocie. Eso es un horizonte en el sentido de Muñoz. No describe un sitio al que se pueda ir mañana. Describe un sitio que se echa de menos sin haberlo conocido. Y el «ojalá» del título es la palabra española perfecta para esa sensación: una palabra que nombra un deseo sabiendo que todavía no se ha cumplido.
Dicen que en la luna hay canguros
Vuelvo a «Canguros», porque creo que es la canción del catálogo que mejor entiende esta idea.
Toda la letra está construida con «dicen». Dicen que hay un límite en el mundo. Dicen que hay un faro en la bahía. Dicen que si sigues a esa estrella terminarás en un barco de madera. Dicen que hay sirenas y sirenos. Dicen que lo más bonito del mundo es que alguien te diga te quiero. Dicen que te encontraré de nuevo.
Es una canción de rumores, y los rumores son el idioma de las utopías. Nadie ha estado en Oz, pero todo el mundo ha oído hablar de él. Durante décadas, mucha gente oyó hablar de Fire Island o de Torremolinos antes de poder ir, como quien oye hablar de un país lejano. Los lugares soñados se transmiten de boca en boca.
Antes de seguir, un detalle pequeño que me encanta: «Dicen que hay sirenas y sirenos». La letra no se conforma con las sirenas de siempre, las de los cuentos y los marineros. Añade sirenos. Duplica el mito para que quepa todo el mundo. Es un gesto mínimo, una sola palabra, pero hace lo que hacen todas las utopías queer: coger un lugar imaginario que ya existía y abrirle la puerta a quien se había quedado fuera. Si en el fondo del mar hay sirenas, ¿por qué no iba a haber sirenos?
Y hay otro detalle de «Canguros» que me parece clave. En medio de todos esos «dicen», aparece una frase que no es un rumor, sino una reacción: «Mírame a los ojos», y después, no te creo. Es la persona que escucha todas esas promesas y desconfía. La utopía necesita a alguien que se la crea, pero también a alguien que dude. Si no, se convierte en propaganda.
Me gusta que la canción no elija. Termina con alguien que espera y con una promesa de volver a encontrarse. No sabemos si los canguros de la luna existen. Sabemos que alguien está esperando.
El planeta como refugio y como pista de baile
Hay dos maneras de imaginar un lugar soñado, y la cultura queer ha usado las dos.

La primera es el refugio: un sitio donde esconderse, donde estar a salvo, donde nadie te encuentra. Es la casa de Fire Island en invierno, el bar sin letrero, el piso compartido con la puerta cerrada. Es un lugar que te protege del mundo.
La segunda es la pista de baile: un sitio donde, en vez de esconderte, te ven. Donde puedes ser exagerada, brillar y llevar tacones. Es la invasión de The Pines, la fiesta del Orgullo, el carnaval de Sitges. Es un lugar que te enseña al mundo.
Las dos aparecen en mis letras. «Boys Like Us» está llena de imágenes de pista: brillar, levantarse, no esconderse, llevar tacones y caminar erguido. Pero en medio hay un verso de refugio: él me coge de la mano donde nadie lo ve. Es una canción de orgullo que todavía guarda un rincón secreto.
Y «Soy marica sideral» mezcla las dos cosas en su primer verso: no vine a salvar tu mood, vine a tomar mi space. Ese «space» tiene doble sentido. Es el espacio exterior, porque la marica es sideral. Pero también es mi espacio, mi sitio. La utopía ya no está en otro planeta. Es el metro cuadrado que alguien ocupa sin pedir permiso.
París, la escapada que no se hizo
No todos los lugares soñados son paraísos colectivos. Algunos son pequeños, íntimos, de dos personas.
«Paris restera gris» habla, según su presentación, del final de una relación gay de muchos años y de una escapada a París que se planeó mil veces y nunca se hizo. De maletas que no salieron del armario y de hoteles vistos en el mapa del móvil. Y la presentación tiene una frase que me parece la mejor definición posible de una utopía rota: los recuerdos que se quedan viviendo en los lugares donde no llegamos a estar.
Es lo contrario de Fire Island. En Fire Island se llegaba en barco. París, en esta canción, no se pisa nunca. Pero tiene algo en común con todas las utopías queer: es un sitio que existe sobre todo en la imaginación de quien lo desea. Y cuando la pareja se rompe, la ciudad soñada se queda gris, como dice el título en francés.
Me interesa que la trilogía tenga a la vez un planeta entero inventado y una ciudad real que se vuelve imaginaria. Las dos cosas son formas de lo mismo: lugares que solo existen porque alguien los soñó con otra persona.
El Louvre con alas de mariposa
Hay otra forma de utopía que no consiste en ir a un sitio nuevo, sino en ocupar uno viejo.
«Louvre», según su presentación, nace de imaginar cómo sería entrar en un lugar tan solemne con alas de mariposa y convertirlo en una pista de baile. El texto dice que el videoclip no está grabado en París, pero lo parece, y que el Louvre ahí no es un museo, sino un símbolo.
Es una utopía muy distinta de la de Oz. No hay que viajar más allá del arcoíris. Hay que entrar en el museo y cambiarle el uso. Es la idea de que el lugar soñado puede estar dentro del mundo real, si te atreves a bailar donde se supone que hay que estar callado.
Esta forma de imaginar me parece muy cercana a lo que hacían las drag queens de Cherry Grove al llegar en barco a The Pines. No buscaban una isla nueva. Desembarcaban en la que ya existía y la convertían en su fiesta.
El primer vuelo tripulado
Hay una canción del segundo disco que lleva la utopía al terreno de la noticia: «Elon Musk ha anunciado».

La letra empieza con una rutina gris: despertar solo, miradas vacías, calle sin nombre, gente sin rostro, rutina sin risa. Todo se repite, nada sorprende. Y entonces llega la noticia que da título a la canción, con su «¡hoy!» entre exclamaciones: se ha anunciado «El primer viaje tripulado».
Lo que me interesa de esa canción no es el empresario del título, que aparece solo como el que da el anuncio, sino la estructura. Primero el presente insoportable. Luego la promesa de una salida. Es exactamente la estructura de «Over the Rainbow»: la granja gris de Kansas y el sueño de un sitio donde los problemas se derriten como caramelos de limón. Y es la estructura que describía Muñoz: un presente que no basta y un horizonte que se abre.
La diferencia es que en mi canción la salida la anuncia un telediario. La utopía del siglo XXI ya no llega con un tornado, sino con una rueda de prensa. Y eso tiene algo de chiste y algo de tristeza, porque sabemos que esos billetes no son para quien se despierta solo en una calle sin nombre.
La Gran Depresión y el sitio que no había
No todos los lugares soñados de la historia queer fueron islas o playas. A veces el único sitio posible era la noche, la habitación o la mirada entre dos personas.
«The Great Depression», del tercer disco, cuenta un amor entre hombres en los años treinta, en plena crisis económica en Estados Unidos. La letra empieza en octubre, con números leídos en un abrigo raído y hombres que sujetan el sombrero como sujetan su orgullo. Es una época en la que no había Fire Island todavía, ni bandera arcoíris, ni Pasaje Begoña.
Para esos hombres, el lugar soñado era mucho más pequeño que un planeta. Era un rincón donde no los vieran. Y me parece importante recordarlo cuando hablamos de utopías queer: antes de los grandes destinos, antes de las fiestas y los desfiles, hubo generaciones enteras para las que el único sitio posible fue el que dos personas podían crear entre ellas, en secreto.
Todavía no, pero ya
Termino con la idea de Muñoz, que es también la idea del «ojalá».
Lo queer todavía no está aquí. El planeta Gayfolk todavía no se puede visitar. El arcoíris de Oz sigue estando un poco más allá. Fire Island tiene ferry de vuelta. París se quedó gris.
Pero cada uno de esos lugares, por el simple hecho de haberse imaginado, cambió algo en el mundo real. La canción de Oz se convirtió en contraseña. Fire Island se convirtió en modelo. Torremolinos se convirtió en memoria y en reivindicación. Y una idea académica sobre el futuro se ha convertido en un libro que se lee en universidades de medio mundo.
Y la propia trilogía lo dice con sus títulos. El primer disco anuncia un descubrimiento, como un titular de periódico. El segundo suspira con un «ojalá». El tercero se llama «El día de la liberación», y su canción titular empieza con un «hoy» rotundo. Es el recorrido completo de una utopía: primero alguien dice que existe, luego alguien desea llegar y por último alguien decide que el día es hoy, aunque el sitio siga sin aparecer en ningún mapa. La liberación no llega cuando encuentras el planeta. Llega cuando dejas de esperar permiso para vivir como si ya estuvieras en él.
Por eso no me parece triste que el planeta Gayfolk sea un sitio que todavía no existe. Me parece que es justo lo que tiene que ser. Un horizonte. Un rumor, como en «Canguros». Algo que dicen que hay más allá del límite del mundo, y que alguien, en algún sitio, está esperando encontrar.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el planeta Gayfolk? Es el universo imaginario de la trilogía de Mike Sain't Louis: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y «El día de la liberación». Sus canciones y presentaciones lo describen como un lugar soñado, un refugio al que todavía no se puede ir.
¿Qué significa «amigo de Dorothy»? Fue una expresión discreta usada en Estados Unidos durante buena parte del siglo XX para decir que alguien era gay. Se relaciona con «El mago de Oz» y su protagonista, Dorothy, aunque el origen exacto se discute.
¿Quién era José Esteban Muñoz? Un teórico cubanoestadounidense de los estudios queer, autor de «Cruising Utopia» (2009), donde defiende que lo queer es un horizonte, algo que todavía no está aquí y que se intuye en pequeños gestos del presente.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.