
Por Mike Sain't Louis ·
Cada verso nace de algo que sentí: de dónde salen mis canciones
«Cada imagen, cada nota, cada verso de este proyecto nace de algo que sentí antes de escribirlo.»
Es una frase del texto de «Outsider radical». Y la frase sigue con una lista: la pérdida, el abuso emocional, la rabia, la belleza, la locura y la esperanza.
Seis cosas. Todas sentidas antes de escribirse.
Muchas de mis canciones vienen acompañadas de un texto. A veces es una descripción, a veces un manifiesto, a veces una carta. Y en bastantes de esos textos cuento de dónde salió la canción. No con detalles de estudio ni con anécdotas de madrugada. Con algo más sencillo: qué sentía cuando la escribí, por qué la escribí, de qué nació.
Leídos juntos, esos textos dibujan un mapa bastante claro de cómo escribo. Este artículo es ese mapa. No voy a añadir nada que no esté ya dicho en ellos. Solo los voy a poner uno al lado del otro.
Antes de escribirlo
Empiezo por la idea que lo sostiene todo: primero se siente, luego se escribe.
Parece obvio, pero no lo es tanto. Hay canciones que se escriben al revés: primero se busca un tema que funcione, una fórmula, un estribillo que se pegue, y luego se le pone algo de sentimiento encima. Mis textos dicen que conmigo es al contrario. Lo que hay detrás de cada verso estaba ahí antes del verso.
La lista de «Outsider radical» es muy honesta. No dice que mis canciones nazcan del amor, ni de la inspiración, ni de las musas. Dice que nacen de la pérdida, del abuso emocional, de la rabia. Y también de la belleza, de la locura y de la esperanza. Las tres primeras duelen. Las tres últimas no tanto. Y todas van juntas, en la misma frase, como van en la vida.
La página de la canción lo resume así: todo eso se sintió antes de escribirse. La técnica, sea cual sea, solo ayuda a convertirlo en universo.
La IA no inventa eso
Justo después de esa lista, el texto de «Outsider radical» dice dos frases que son, probablemente, lo más claro que he escrito sobre la inteligencia artificial: «La IA no inventa eso. / Solo me ayuda a convertirlo en universo».
Ahí está la división del trabajo. Lo que se siente, la pérdida, la rabia, la esperanza, no lo pone ninguna máquina. Lo pongo yo. Lo que hace la herramienta es ayudarme a convertirlo en canción, en sonido, en imagen.
Mi web lo dice de otra manera: la inteligencia artificial es mi herramienta de producción y arreglos, igual que otras generaciones usaron la caja de ritmos o el sintetizador. Las letras llevan siempre mi firma.
Y «Outsider radical» hace la misma comparación, con otras palabras. Me han dicho muchas veces que usar IA no es arte, que lo que hago no cuenta. Pero nunca dicen lo mismo de un pintor que usa pinceles, ni de un músico que usa un sintetizador.
Y añade una frase que me gusta mucho: «yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme».
Revelarme. Es lo contrario de lo que mucha gente piensa. Creen que la herramienta es una máscara. Para mí es una forma de enseñar lo que hay. Las letras las escribo yo. La música y las voces se hacen con IA. Y lo que sale de ahí es más mío, no menos.
Nació del cansancio
El texto de «Esta canción es una mierda» cuenta su origen en una sola frase: nació del cansancio, pero también de la risa.

Ya escribí sobre esa frase cuando hablé de las reglas de mi casa, así que aquí solo me fijo en lo que dice sobre cómo escribo. Que una canción puede nacer de dos cosas a la vez, y que esas dos cosas pueden parecer contrarias. Cansancio y risa. Hartazgo y carcajada.
Creo que muchas de mis canciones nacen así. De algo que me cansa y me hace gracia al mismo tiempo. Un comentario cruel, un ex que se cree muy listo, una frase que alguien me dijo y que de tan absurda acaba siendo cómica. El cansancio pone el tema. La risa pone el tono.
La página de la canción añade que, más que una canción al uso, es un manifiesto. Una lista de enemigos muy reconocible para cualquiera que haya hecho algo y lo haya enseñado en internet.
Recoger los comentarios
Hay otra canción que cuenta su proceso de una manera muy concreta. «Tus letras son basura».
Su página empieza recordando lo que me han dicho durante años: que mis letras eran demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales. Y luego explica lo que hago con eso: «los recojo, les pongo título en mayúsculas y los convierto en canción».
Es casi una receta. Recoger el insulto. Ponerle título. Convertirlo en canción.
La página añade una idea que explica por qué funciona: hay algo muy liberador en repetir el insulto en alto hasta que pierde fuerza y empieza a sonar ridículo en boca de quien lo dijo.
Me parece una forma bastante exacta de describir una parte de mi trabajo. No todo lo que escribo nace de dentro. A veces nace de fuera, de lo que me dicen. Pero incluso entonces pasa por dentro antes de salir. El comentario llega, duele o hace gracia, y luego se convierte en otra cosa.
La escribí cuando necesitaba respirar
No todas mis canciones nacen del conflicto. Algunas nacen de lo contrario.
El texto de «Flow / We Glow» empieza así: es una de esas canciones que nacen de la calma y del mar. Y luego: la escribí en un momento en el que todo lo que necesitaba era respirar, dejarme llevar y fluir.
Y añade algo que me parece importante sobre el proceso: no hay historia de amor ni de dolor detrás, solo la sensación de paz cuando el cuerpo y la mente por fin van al mismo ritmo.
Es una canción sin anécdota. Sin ex, sin narcisista, sin comentario cruel. Solo un estado. Y eso también es una forma de escribir: no contar algo que pasó, sino algo que se siente. La paz no tiene argumento. Pero se puede escribir.
El texto la describe también como mitad en inglés, mitad en español, «como yo: entre dos mundos».
La escribí para convencerme
Hay canciones que nacen de una necesidad muy concreta: decirse algo a uno mismo.
El texto de «Ya no te quiero» lo explica así: la escribí en ese punto en el que sabes que deberías soltar, pero algo dentro de ti sigue aferrado.
Y después, una frase que describe el proceso mejor que cualquier explicación técnica: «Cada verso nace del deseo de convencerme… y del fracaso inevitable de hacerlo».
Me parece una de las cosas más honestas que he dicho sobre cómo escribo. A veces escribo para convencerme de algo. Para que se haga verdad diciéndolo. Ya no te quiero, ya no te quiero, ya no te quiero. Y cada vez que lo escribo, sé que todavía no es verdad.
La página de la canción lo resume así: el título es una frase que digo para que se haga verdad, pero que todavía no me creo del todo. Y el texto termina con una definición perfecta: una verdad que aún no me creo.
Eso es escribir como conjuro. No para contar lo que pasó, sino para que pase.
Lo escribí porque el silencio también es abuso
Hay canciones que nacen de algo más duro. De la necesidad de nombrar lo que no tiene nombre.

«Ni con un palo» habla de una forma de violencia silenciosa en las relaciones con un narcisista: el castigo de negar el cuerpo para dominar al otro. Su texto es largo y muy claro. Y en un momento dice por qué existe la canción: «Lo escribí porque el silencio también es abuso».
Y añade: porque muchas víctimas no lo cuentan, ya que «no pasó nada». Pero pasó todo.
Aquí el motivo de escribir no es desahogarse ni reírse. Es poner nombre a algo que mucha gente ha vivido sin saber cómo llamarlo. El texto describe la canción como una autopsia emocional. Un espejo donde se refleja el dolor sin ruido.
Me parece importante que algunas canciones nazcan así. Para que alguien que las escucha diga: esto me pasó a mí, y no sabía que tenía nombre.
Nace desde el respeto
Los homenajes de mi catálogo también cuentan de dónde salen.
El texto de «Free Britney» dice que ese homenaje «nace desde el respeto, desde el dolor y desde la admiración por alguien que sobrevivió al propio espectáculo».
Respeto, dolor y admiración. No son tres palabras al azar. Cuando escribo sobre alguien real, sobre una artista o una figura pública, lo primero que hay es respeto. Luego el dolor, que es lo que me une a ella. Y luego la admiración, que es por qué la elijo.
El texto de «Louvre» describe un origen distinto, más visual: dice que nace del deseo de mezclar arte, identidad y libertad. Y cuenta algo del proceso que me parece muy revelador: cuando empecé a imaginar el videoclip, pensé en cómo sería entrar en un lugar tan solemne con alas de mariposa y convertirlo en una pista de baile.
Ahí la canción nace de una imagen. No de una frase ni de un sentimiento, sino de una escena. Es lo que dice la tercera regla de mi casa: la estética se piensa a la vez que la letra.
Antes de que pasara
Hay un texto en mi catálogo que cuenta algo curioso sobre el momento en que se escribió una canción.
En «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh», después de explicar que la canción va a favor de Amaia y Leire y en contra del envoltorio domesticado de la industria, digo: «Lo curioso es que escribí esta canción antes de que se anunciara la vuelta de Amaia al grupo».
Y luego: fue casi premonitorio. Como si el propio universo GayFolk intuyera que algo iba a moverse.
No lo cuento como mérito. Lo cuento porque explica algo de cómo nacen algunas canciones: de una intuición. De algo que está en el aire y que todavía no ha pasado. A veces escribes sobre un sentimiento colectivo antes de que tenga noticia. Y luego llega la noticia.
Cambiar de idioma para poder decirlo
Hay una canción cuyo texto cuenta de dónde sale y, además, por qué sale en otro idioma. «Tangled Light».
Su página empieza así: escribí «Tangled Light» en inglés y aun así es una de las canciones más personales que tengo. Y luego viene la explicación, que me parece una de las ideas más útiles que he dejado por escrito sobre cómo escribo: a veces cambiar de idioma ayuda a decir lo que en castellano todavía pesa demasiado.
Lo que sigue en ese texto es una advertencia. No es una canción de amor. Es el eco de veinte años intentando sobrevivir a alguien que creía que podía romperme, callarme, borrarme. Y una frase que conviene leer despacio: cada cicatriz que aparece en la canción es real.
Aquí el origen tiene dos capas. La primera es lo vivido, lo que estaba antes del verso, como dice «Outsider radical». La segunda es la distancia. El inglés funciona como un guante para tocar algo que quema. No cambia lo que se cuenta. Cambia lo cerca que tienes que estar para contarlo.
Creo que eso explica por qué en mi catálogo hay canciones en inglés que no son las más ligeras, sino a veces las más serias. No es una cuestión de mercado. Es una cuestión de peso.
Nace de una pregunta
Algunas canciones no nacen de algo que me pasó, sino de algo que me pregunto.

El texto de «Free Britney» empieza recordando que toda una generación creció bailando sus canciones, y que casi nadie se paró a pensar qué había detrás de los focos. Y entonces dice: «Free Britney» nace de esa pregunta.
Una pregunta como origen. Me parece una forma muy limpia de empezar a escribir. No tienes la respuesta. Tienes la duda, y la canción es el sitio donde la duda se queda a vivir. En ese caso, la duda es qué pasa con una persona cuando el espectáculo se la come.
Antes he hablado del respeto, el dolor y la admiración. Esos son los sentimientos. La pregunta es lo que los pone en marcha.
Nace de una mirada ajena
Otras canciones nacen de algo que veo en los demás. O, mejor dicho, de cómo nos miran los demás.
El texto de «Tan paleto» empieza con una lista de cosas mínimas: ir de la mano por la calle, darle un beso a tu novio en un banco. Cosas que para mucha gente siguen siendo un espectáculo digno de comentario. Y luego: «Tan paleto» nace de esa mirada ajena, la del que se cree juez de lo que hacen los demás.
Me gusta que el origen no sea el beso. Es la mirada sobre el beso. La canción no nace de lo que hacemos, sino de quien se cree con derecho a opinar sobre ello. Es un cambio de foco pequeño, pero lo cambia todo. El protagonista ya no es la pareja. Es el que mira.
Esto se parece a lo que contaba de «Tus letras son basura»: a veces la canción nace de fuera. De un comentario, de una mirada, de un gesto. Pero no se queda fuera. Se da la vuelta y apunta a quien la provocó.
Poner nombre al daño
Ya he hablado de «Ni con un palo» y de la idea de que el silencio también es abuso. Hay otra canción cuyo texto cuenta un origen muy parecido, con otra imagen.
El texto de «El abecedario de mi exnovio» explica primero el título: un abecedario sirve para aprender a nombrar las cosas. Y cuando has vivido una relación de maltrato, una de las partes más difíciles es encontrar palabras para lo que te pasó.
Luego lo dice directamente: la canción nace de esa necesidad de poner nombre al daño. Y aclara la intención. No está pensada para vengarse de nadie ni para señalar con el dedo. Está pensada para que quien la escuche reconozca lo que muchas veces se vive en silencio, y para que se pueda hablar de ello sin vergüenza.
Me parece importante esa aclaración, porque cambia cómo se lee la canción. El origen es una herida, sí. Pero el destino no es la venganza. El destino es el vocabulario. Darle a alguien las palabras que a ti te faltaron.
Del silencio al grito
Hay un texto en mi catálogo que describe el origen de una canción como un proceso, casi como una curva.
Es el de «Roar Roar». Dice que su letra habla de transformación: de algo que nace del silencio y termina en grito, de un pulso que se niega a apagarse. Y después lo resume en una idea que me parece central para entender muchas de mis canciones: no hay rugido sin una época previa de callarse. Primero te tragas las cosas, y un día dejan de caberte dentro.
Eso también es una forma de nacer. No de un momento concreto, sino de una acumulación. La canción no aparece el día que pasa algo. Aparece el día que ya no cabe más.
Creo que muchas de mis letras más duras nacen así. No en caliente. Después. Cuando lo tragado ya ocupa demasiado sitio.
Una exhalación lenta
Y al otro extremo de la curva, hay canciones que nacen para soltar aire, no para gritar.

El texto de «The Northern Lights» empieza diciendo que no todo en mi planeta es drama y venganza, y que es una canción para respirar hondo. Luego cuenta cómo se pensó: la escribí pensando en una exhalación lenta, con un latido de reggae que brilla en la oscuridad como las auroras boreales del título.
Lo pongo al lado de «Flow / We Glow» porque son de la misma familia. Canciones que nacen de una sensación física, de la respiración, del cuerpo que por fin se calma. No cuentan nada que pasara. Cuentan cómo se está cuando por fin no pasa nada.
Un diario
Vuelvo a «Outsider radical», porque su texto tiene una definición de todo mi proyecto que me parece muy útil para entender de dónde salen las canciones.
Dice que el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», no es un experimento digital. «Es una autobiografía conceptual, una travesía entre lo humano y lo tecnológico, / un diario donde la inteligencia artificial se vuelve herramienta de catarsis.»
Un diario. Esa es la palabra que explica muchas cosas. Un diario no tiene un solo tema. Un día escribes de un ex, otro día de tu perro, otro de una diva, otro de la calma del mar. Un día estás furioso y otro día estás en paz. Y todo cabe porque todo sale del mismo sitio: de ti.
La página de la canción lo dice así: esa definición explica por qué conviven en el planeta canciones tan distintas. La copla de despecho, la fiesta camp, el bajón en inglés. Todo sale del mismo sitio.
La intención
El final del texto de «Outsider radical» tiene dos ideas que quiero dejar aquí, porque son el cierre natural de este mapa.
La primera: «Ojalá algún día entiendan que el alma no está en la técnica, / sino en la intención».
La segunda: «Y mi intención siempre fue clara: convertir el dolor en belleza, y la soledad en himno».
Convertir el dolor en belleza y la soledad en himno. Si tuviera que resumir de dónde salen mis canciones en una sola frase, sería esa. Del dolor y de la soledad. Y hacia la belleza y el himno.
La técnica cambia. La herramienta cambia cada mes, como dice la segunda regla de mi casa. La intención no. Y la intención es lo que se siente antes de escribir.
Lo que no cuento
Quiero terminar con una aclaración honesta. Este texto no cuenta cómo escribo en el sentido técnico. No digo a qué hora escribo, ni en qué cuaderno, ni cuántas versiones hago de cada letra. No lo digo porque no está en los textos de las canciones, y no quiero inventarme anécdotas que suenen bonitas.
Lo que sí está en esos textos es lo importante: de qué nace cada canción. De la pérdida y la rabia. Del cansancio y la risa. De la calma del mar. Del deseo de convencerme. De un silencio que también es abuso. Del respeto por alguien que sobrevivió. De una imagen con alas. De una intuición. De una pregunta, de una mirada ajena, de lo que ya no cabe dentro.
Y la IA no inventa nada de eso. Solo me ayuda a convertirlo en universo.
La letra de «Outsider radical» está en gayfolkplanet.com/letras/outsider-radical. Léela si alguna vez te han dicho que lo tuyo no cuenta.
Preguntas frecuentes
¿De dónde salen las canciones de Mike Sain't Louis? Según los textos que acompañan sus canciones, nacen de algo sentido antes de escribirlo: la pérdida, el abuso emocional, la rabia, la belleza, la locura y la esperanza, como dice «Outsider radical». Otras nacen del cansancio y la risa, de la calma, del deseo de convencerse o de un homenaje.
¿Qué papel tiene la inteligencia artificial en su proceso? Mike Sain't Louis escribe todas sus letras; la música y las voces se hacen con inteligencia artificial, que usa como herramienta de producción y arreglos. En «Outsider radical» lo resume así: «La IA no inventa eso. / Solo me ayuda a convertirlo en universo».
¿Qué es «Outsider radical»? Un manifiesto en primera persona sobre crear con IA y no pedir permiso. Termina con la idea de que el alma no está en la técnica sino en la intención. La letra está en gayfolkplanet.com/letras/outsider-radical.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA.