
Por Mike Sain't Louis ·
«El chollo se te ha terminado»: la rutina, el inventario de mentiras y el adiós al novio cojín
Hay rupturas que se anuncian con un portazo y hay rupturas que se anuncian con un bostezo. La segunda clase es la más traicionera, porque nadie la ve venir. Ni siquiera quien la vive. Un día te das cuenta de que llevas meses despertándote con la sensación de que todo se repite, de que el café sabe a nada y de que tu vida se ha convertido en un pasillo sin ventanas. Y tardas todavía un poco más en preguntarte quién apagó la luz.
«No quiero otro novio cojín» es una de las canciones de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y está construida justo así: primero el bostezo, luego el portazo. En la ficha de la canción ya conté de qué va a grandes rasgos, y la letra completa está publicada. Aquí quiero ir más despacio y fijarme en tres cosas: qué hace la rutina en una canción de desamor, cómo se reconoce a alguien que vive de ti y por qué el final, tan sencillo, me parece de lo más valiente que hay en el disco.
Lo de siempre antes de empezar: los personajes de mis canciones son personajes. El novio cojín no tiene DNI ni hace falta buscárselo. Lo que sí existe, y mucho, es el tipo de relación que retrata.
Una canción que tarda en decir lo que es
Si alguien pone la canción sin saber el título, durante un buen rato pensará que es otra cosa. La letra publicada arranca con una lista de imágenes cortas, de dos o tres palabras cada una: despertar sola, miradas vacías, olvidar el tiempo, rutina fría. Luego la calle sin nombre, los pasos sin prisa, la gente sin rostro. Parece una canción sobre la ciudad, sobre el trabajo, sobre esa niebla que se te mete dentro en los meses malos.
Y el estribillo de esa primera parte es un bucle literal. La palabra «rutina» se repite una y otra vez, como un fichaje: todo se repite, nada sorprende, siempre lo mismo. Y entonces, cuando ya te has acostumbrado al gris, salta una exclamación que rompe el tono: «¡Me ofende!».
Esa estructura no es un capricho. Pasa mucho en la vida real. Antes de entender que el problema tiene nombre y apellidos, lo vivimos como un malestar general. No decimos «mi pareja me está usando». Decimos «estoy cansada», «no sé qué me pasa», «todo me da igual». La primera mitad de la canción es eso: la etapa en la que todavía no has señalado a nadie y solo notas que te estás apagando.
Me interesa mucho ese momento porque es donde se queda atrapada muchísima gente. Hay relaciones que no se rompen por una gran traición, sino porque una de las dos personas se va quedando sin color poco a poco. Y como no hay un día concreto en que ocurra, no hay tampoco un día concreto en que reaccionar.
La rutina como decorado
Conviene ser justos con la rutina, porque no es el enemigo. Todas las vidas tienen repetición: el despertador, el metro, la compra, el mismo bar de los jueves. La repetición puede ser un refugio. A mucha gente le da paz saber qué viene después.
La rutina de la canción es otra cosa. Fíjate en los adjetivos: fría, insípido, amargo, rígido. Las risas son distantes, los sueños están dormidos y las emociones son mutantes. Y al final de la estrofa aparece una palabra que no es de rutina sino de otra cosa: oprimidos. Ahí la letra deja de describir un aburrimiento y empieza a describir una jaula.
La diferencia entre las dos es sencilla de explicar y difícil de ver desde dentro. La rutina buena es la que eliges y te sostiene. La rutina mala es la que te imponen y te vacía. Una te deja energía para lo demás; la otra se come la energía que tenías.
Cuando una relación se basa en que una persona da y la otra recibe, la vida de quien da se va llenando de esa segunda rutina. Trabajar, pagar, organizar, resolver. Y como el otro no aporta casi nada, todo pesa el doble. Por eso, en la canción, el trabajo es insípido y el café es amargo. No es que el café haya cambiado. Es que no queda nada dulce alrededor.
Esa palabra de la letra, «letargo», me parece la clave de toda la primera mitad. El letargo es lo que hacen algunos animales en invierno: bajar el ritmo para sobrevivir. Es un estado de espera. Y eso es lo que siente la protagonista: que está esperando algo, sin saber muy bien qué, mientras la vida pasa con los pasos sin prisa de una calle sin nombre.
«¡Me ofende!»
De toda la primera parte, mi frase favorita es esa exclamación. Después de tanta imagen apagada, el personaje pega un grito y dice que todo eso le ofende. No le aburre, no le cansa: le ofende.

Me hace gracia porque es una reacción exageradísima, muy de telenovela, y a la vez es justa. Hay algo ofensivo en que te roben la alegría sin pedirte permiso. Hay algo ofensivo en que tu vida se vuelva gris porque alguien ha decidido instalarse en ella a coste cero.
Ese «¡Me ofende!» es el primer síntoma de que la protagonista se va a despertar del letargo. Todavía no sabe contra quién dirigirlo, pero ya no acepta el gris como algo normal. El enfado, en este caso, es una buena noticia. Es la señal de que queda algo vivo que protesta.
Lo he hablado otras veces: en mis letras el drama y el humor van juntos. Una exclamación así podría sonar ridícula en otro contexto. Aquí funciona como un despertador. Y en cuanto suena, la canción cambia de piel.
El cambio de tono: «Esto se ha acabado»
La segunda mitad empieza sin transición. La letra publicada pasa del bucle de la rutina a una frase que no deja margen: esto se ha acabado, el chollo se te ha terminado.
«Chollo» es una palabra estupenda para esto. En castellano un chollo es una ganga, algo que se consigue con muy poco esfuerzo y mucho beneficio. Decirle a alguien que se le ha terminado el chollo es decirle que hasta ahora ha estado viviendo de algo que no le correspondía, y que se acabó. No hay drama romántico en esa frase. Hay contabilidad.
Y justo después llega el título. No quiero otro novio cojín. Y la comparación que lo remata: ha quedado a la altura de un calcetín.
Ya expliqué en otro post del blog que el calcetín es una de esas palabras que vuelven en mis canciones, como el gofio. Basta con ver títulos como «El calcetín» o «Gofio de calcetín», cuya portada es un hombre con nariz de Pinocho comiendo gofio de un cuenco. No quiero repetir aquí ese diccionario. Solo diré que el cojín y el calcetín tienen algo en común: son objetos blandos, domésticos, que están ahí sin hacer nada. Un cojín se queda en el sofá. Un calcetín se pierde en la lavadora. Ninguno de los dos te va a sujetar si te caes.
Cómo reconocer al que se acomoda
Lo que viene después del título es, para mí, la parte más útil de la canción. La letra imagina qué hará el novio cojín ahora que se le ha cerrado la puerta. Y lo que imagina es un patrón.
Primero, una nueva «obra de teatrillo», con estreno y todo. Luego, la pregunta: ¿quién será el próximo pardillo? Y después el procedimiento, casi en orden: enamorar a alguien, pero antes fijarse en su dinero, en sus propiedades, en su coche. Hacer como que le interesan sus necesidades. Y usar todo eso para presumir delante de unos amigos a los que luego critica por la espalda.
No hace falta ningún estudio para saber que esto existe. Cualquiera que haya salido un poco por el mundo conoce a alguien que eligió pareja mirando antes el código postal que la cara. Lo que la canción hace bien es ordenar las señales, como si fuera un manual de detección:
- El interés aparece antes que el cariño. Primero se pregunta por el piso, el trabajo o el coche, y luego por lo demás.
- Las necesidades del otro se escuchan, pero solo cuando conviene. La letra lo dice con mucha precisión: «harás que te interesen». Es decir, el interés es una actuación.
- Hay un público. El coche no se quiere para viajar, se quiere para enseñarlo.
- Y hay una doble cara con todo el mundo, también con los amigos.
Si alguna de esas señales te suena de alguien cercano, no significa que estés con un novio cojín. Pero si aparecen todas juntas, merece la pena prestar atención. La canción no da consejos, pero describe un retrato muy reconocible.
El teatrillo
La palabra «teatrillo» no está escogida al azar. El diminutivo le quita importancia y a la vez la ridiculiza. No es teatro de verdad, es teatrillo: función pequeña, decorado de cartón, actuación barata.

En mis canciones el teatro aparece bastante cuando hablo de manipulación. Hay un single que se llama directamente «Una obra de teatro», y la idea de la relación como función ensayada vuelve en temas como «Mentes diabólicas». Me interesa esa imagen porque explica algo que cuesta mucho entender cuando lo vives: que el cariño que recibías estaba ensayado. Que había un guion, que tú eras el público y que la función ya se había representado antes con otro.
Eso es lo que más duele de descubrir a un novio cojín. No tanto el dinero o el tiempo perdido, sino darte cuenta de que la ternura también formaba parte del decorado. Y que el estreno de la próxima temporada ya tiene fecha.
El inventario de falsedades
Luego llega la parte que más me divierte. La letra se pone a enumerar, como en un informe o como en una sesión de un juzgado de pueblo: hay tantas cosas que contar. Punto uno, la edad: primera falsedad. Punto dos, el color de ojos: falsedad total. Punto tres, presume de sinceridad: ¡qué va, falsedad!
Me encanta que la lista empiece por lo más tonto. Mentir sobre la edad es casi un clásico de las aplicaciones de ligar, y mentir sobre el color de ojos ya entra en el terreno del esperpento. ¿Cómo se miente sobre el color de los ojos? Con lentillas, con filtros, con fotos muy bien elegidas. Es una mentira que se descubre en cuanto te acercas un poco. Y precisamente por eso es tan reveladora: alguien que miente en algo tan fácil de comprobar es alguien que no espera que lo mires de cerca.
El orden de la lista tiene su lógica. Empieza por lo superficial (la edad, los ojos) y termina en lo profundo (la sinceridad, la fidelidad). Es como pelar una cebolla: cada capa es una mentira, y cuando llegas al centro no queda nada. Y luego viene la frase que cierra el inventario: ante todo, su relato tiene que escenificar fidelidad. De nuevo el teatro. La fidelidad no se vive, se escenifica.
En el post sobre las cinco leyes de la exageración hablé de cómo me gusta inflar las cosas para que se vean mejor. Aquí pasa lo contrario: la lista es casi notarial. No hace falta exagerar nada. Basta con poner las mentiras en fila para que el retrato se dibuje solo.
Los amigos a los que pone a caldo
Hay un verso que me parece muy fino dentro de tanta burrada: los amigos con los que presume y a los que luego, a las espaldas, pone a caldo.
Esa doble cara es otra señal clásica. La persona que critica a todo el mundo en cuanto se da la vuelta suele hacer lo mismo contigo. Si te cuenta lo que dice de sus amigos, ya sabes lo que dirá de ti cuando no estés. Es una regla tan antigua que casi da vergüenza enunciarla, pero cuesta muchísimo aplicarla cuando estás enamorado.
La hipocresía es uno de los temas que más vuelven en Planeta Gayfolk. Tengo un single que se llama literalmente «Hipócritas», y en canciones como «El narcisista» o «El descarte del narcisista» el doble discurso está por todas partes. Lo que me gusta de este verso de «No quiero otro novio cojín» es que no hace falta explicarlo. Es una escena que todo el mundo ha visto en una cena: el brindis por delante y el cuchillo por detrás.
«Vete con tu madre a criticar por detrás»
La despedida llega con un adiós muy de barrio: adiós, patán. Y luego una imagen tan concreta que casi se puede ver: vete con tu madre a criticar por detrás.

Ahí la letra da a entender que la crítica por la espalda es casi una costumbre de familia, algo que se hace en compañía, en la mesa camilla. Es un golpe bajo, claro. La canción no pretende ser justa con el personaje, igual que nadie es justo con un ex en el momento de la ruptura. Es una canción de desahogo, y el desahogo no tiene por qué ser equilibrado.
Lo que sí me parece importante decir es que el humor de esa parte va contra el personaje y su forma de actuar, no contra nadie de verdad. En la letra aparecen también el gofio y una alusión a las islas, porque el personaje viene de allí. Eso es un rasgo del personaje inventado, igual que podría ser de Albacete. No es un retrato de nadie por su origen.
La respuesta del diario
Después la letra cuenta algo que pasa en casi todas las rupturas: que al otro le ha sentado fatal un comentario. El comentario es, efectivamente, bastante bestia: ojalá se atragante con el gofio. Humor negro de despecho, del que se suelta en un audio a las tantas y del que al día siguiente te ríes un poco y te arrepientes otro poco.
Y la protagonista no se disculpa. Responde: pues si quieres, te leo mi diario. Es decir, si te ha molestado esa frase, espera a escuchar todo lo que no te he dicho. Es una amenaza graciosa, muy de mis letras, porque no amenaza con nada violento. Amenaza con leer en alto.
Ahí está, creo, una de las ideas más interesantes de la canción. El diario es el lugar donde se guarda lo que se calló durante la relación. Todo lo que no se dijo para no discutir, para no estropear la cena, para no parecer exagerada. Y cuando la relación termina, ese diario se convierte en munición. No hace falta inventar nada: basta con leer lo que ya estaba escrito.
«No necesito secretario, soy empresario»
Este es el verso que más me gusta de toda la canción, y no por su rima, que es descarada, sino por lo que dice.
Un novio cojín vive de la idea de que es necesario. Se presenta como apoyo, como ayuda, como alguien que organiza, acompaña, gestiona. Y la protagonista le contesta que no le hace falta: no necesita secretario, porque es empresario. Es decir, se basta sola para llevar su vida, su dinero y sus decisiones.
Me parece una frase muy poderosa para cualquiera que haya salido de una relación de dependencia. Muchas veces quien se aprovecha de ti te hace creer que sin él no sabrías hacer las cosas. Que eres un desastre con el papeleo, con las cuentas, con los horarios. Y que menos mal que está él para ayudarte. La canción desmonta esa idea con una sola línea: lo llevabas todo tú. Siempre lo llevaste tú.
Fíjate también en el cambio de género gramatical. La letra arranca con un «despierto sola» y aquí dice «empresario». No voy a inventarme una explicación de por qué quedó así en la letra publicada. Lo que sí sé es que a mí me gusta leerlo como una señal de que el personaje no cabe en una sola etiqueta: el que habla es, sobre todo, alguien que se ha cansado.
Jurar por la memoria de los padres
Hay otro verso que retrata muy bien a ciertos mentirosos: no me hagas volver a lo de antes, que juras hasta por la memoria de tus padres.
Todos conocemos a alguien que jura demasiado. Que lo jura por su madre, por sus muertos, por lo más sagrado. Y todos hemos aprendido, a fuerza de golpes, que cuanto más se jura, menos se cumple. La persona que dice la verdad no suele necesitar avalistas. La que miente sí: necesita apoyar cada frase en algo que no se pueda tocar.
En la canción, ese jurar es lo último que la protagonista recuerda antes de cerrar la puerta. «No me hagas volver a lo de antes» quiere decir: no me obligues a recordar todo aquello, porque lo tengo muy presente. Es un aviso de que la memoria también se ha despertado del letargo.
«Desde hoy ya sí soy feliz»
Y entonces, después de tanto ajuste de cuentas, la canción hace algo muy sencillo. Dice: ¡ah, sí! Te tengo que decir que desde hoy ya sí soy feliz.

Me encanta ese «¡ah, sí!», como quien se acuerda en la puerta de algo que se le había olvidado decir. Es casi un comentario de pasada, y por eso tiene tanta fuerza. La felicidad no se presenta como una gran revelación, sino como un dato. Desde hoy, ya sí.
Ese «ya sí» es lo más bonito de la letra. Da a entender que antes no. Que durante toda la primera mitad, la de la rutina gris, había algo que no encajaba y que no se sabía nombrar. Y que bastó con decir «esto se ha acabado» para que el gris empezara a irse.
Después el estribillo final repite tres veces la idea: no quiero otro novio cojín, el que tuve quedó a la altura de un calcetín. Ya no es una acusación al otro, es una declaración de intenciones para el futuro. No quiero otro. No es solo que este se vaya: es que no va a haber un sustituto.
Las dos mitades, leídas juntas
Cuando escuchas la canción entera, la primera mitad cambia de sentido. Aquella rutina fría ya no parece una queja sobre el trabajo o la ciudad. Parece el efecto secundario de una relación que lo absorbía todo. El café amargo, las risas distantes y los sueños dormidos eran la consecuencia de convivir con alguien que solo tomaba.
Por eso me gusta que la canción no lo explique al principio. Así se parece más a la vida. Nadie te avisa de que estás en una relación por interés. Lo descubres después, cuando miras hacia atrás y entiendes por qué estabas tan cansada.
La estructura también dice algo sobre cómo se sale de ahí. No se sale de golpe. Primero viene el malestar, luego el enfado («¡Me ofende!»), luego el inventario (las falsedades numeradas) y por último la decisión. Es un orden muy reconocible para cualquiera que haya cortado con alguien que le hacía daño.
Si te reconoces en la primera mitad
No soy psicólogo y esta canción no es un tratamiento. Pero si mientras la escuchas te reconoces en la primera parte, en la de la rutina que ofende, quizás merezca la pena hacerse algunas preguntas sencillas:
- ¿Cuándo fue la última vez que algo te sorprendió para bien dentro de tu relación?
- Si haces una lista de lo que das y de lo que recibes, ¿se parecen?
- ¿Te sientes libre para contar tus planes, tus ingresos o tus decisiones sin que la otra persona los convierta en algo suyo?
- ¿Tienes un diario, real o mental, donde guardas todo lo que no te atreves a decir?
Ninguna de esas preguntas tiene una respuesta automática. Pero hacerlas ya es salir un poco del letargo. Y si la situación te pesa, hablar con alguien de confianza o con un profesional siempre ayuda más que aguantar en silencio.
Por qué la escribí con humor
Podría haber escrito una canción triste sobre un novio que se aprovechaba. Habría sido legítimo. Pero en Planeta Gayfolk casi todo el desamor pasa por el humor, porque el humor es una forma de recuperar el control. Cuando te ríes de quien te hizo daño, deja de ser un monstruo y vuelve a su tamaño real: un patán con las lentillas de colores.
Eso es lo que busco con frases como «a la altura de un calcetín» o «no necesito secretario». No es crueldad gratuita. Es devolverle a la protagonista la palabra que le quitaron durante la rutina. En la primera mitad apenas se queja. En la segunda no para de hablar. Y esa diferencia es, en el fondo, el tema de la canción.
Como letrista, compositor y productor musical, lo que más me interesa de este tipo de canciones es ese recorrido: de la niebla a la frase clara. La música y las interpretaciones las genero con inteligencia artificial, pero el recorrido, el paso del bostezo al portazo, es lo que intento dibujar en cada letra.
Si quieres escucharla, está en la página de singles y en todas las plataformas, y puedes descargarla en la sección de descargas. Y si te ha pasado algo parecido, ya sabes: el chollo se acaba cuando tú lo decides.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No quiero otro novio cojín»? De una relación en la que una persona vivía a costa de la otra. La primera mitad describe una rutina gris y agotadora, y la segunda es la ruptura: un inventario de mentiras, una despedida y la frase «desde hoy ya sí soy feliz».
¿Qué es un «novio cojín»? Es una expresión de las letras de Planeta Gayfolk para hablar de alguien que se acomoda en tu vida sin aportar nada, como un cojín en el sofá. En la canción se compara además con un calcetín.
¿En qué disco está? Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis, disponible en Spotify y el resto de plataformas.
¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.