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La prueba del delito: por qué mis desamores acaban siempre en un objeto

Un bañador de flamencos rosas tirado en la arena. Al lado, una botella de leche de cristal, sudando al sol. Al fondo, la caseta de socorrista pintada de fucsia y un mar de anuncio de crema solar. Ni una persona en la foto. Eso es la portada de «Si Don AussieBum hablase», y cada vez que la miro pienso que es la imagen más sincera que tengo sobre el desamor.

Porque no sale él. Sale lo que dejó.

Llevo tiempo dándome cuenta de una manía mía al escribir. Cuando una historia de pareja se rompe, yo no escribo sobre el corazón, ni sobre la luna, ni sobre la herida en abstracto. Escribo sobre un calcetín. Sobre un cojín. Sobre unos bañadores de marca. La rabia, en mis letras, siempre acaba pegada a un objeto como el chicle a la suela. Y este post va de eso: de por qué me pasa, de qué gano y de qué me ahorro cuando hago que un trozo de licra cargue con todo.

Los buenos volaron

Empiezo por el detalle que me hizo escribir la canción entera. No es que alguien se llevara unos bañadores. Es que eligió cuáles.

«Los de Aliexpress bien que los ha dejado», dice la letra. Los baratos, los de imitación, los que se destiñen al tercer lavado, esos se quedaron en el cajón. Los AussieBum originales, los que había comprado yo, esos se fueron sin pensárselo dos veces. Ahí hay un retrato completo de una persona y no hace falta añadir nada más. Ni adjetivos, ni diagnósticos, ni psicólogos.

Me fascina lo mezquino cuando es tan preciso. Una ruptura en sí es un drama que todo el mundo entiende. Una ruptura en la que el otro hace control de calidad antes de saquearte el armario es otra cosa: es una comedia de costumbres. Y es ahí donde yo me siento cómodo escribiendo.

Además, el detalle me salvaba de algo que me da mucha pereza, que es la autocompasión de manual. Si yo escribo «me has roto el corazón», el oyente pone cara de circunstancias. Si escribo que se llevó los buenos y me dejó los de AliExpress, el oyente se ríe, se indigna y, en el fondo, entiende exactamente lo mismo. Ha habido un abuso. Ha habido un cálculo. Solo que contado con etiqueta y talla.

Esa es la primera ventaja del objeto: dice la verdad sin pedir lástima.

El inventario como género

Si repaso mis letras con calma, el inventario aparece por todas partes. Hay canciones enteras que podrían ser la lista de una mudanza.

Está «El calcetín», que convierte la prenda más triste del cajón en una lección sobre la autoestima; la tengo contada en su ficha del blog. Está «No quiero otro novio cojín», donde el novio entero se reduce a un objeto de sofá, blandito y decorativo, que no sirve para nada cuando hace falta. Está el hermano mayor de esta canción, Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca, que es la misma herida desde otro ángulo, con el título convertido en sentencia de juzgado. Y podría seguir: maletas, mensajes de WhatsApp, coronas de flores, fotos del iPhone.

No lo planeé. Me di cuenta un día ordenando mi propio archivo, que es algo que cuento en cómo ordeno mis letras de la A a la Z. Al poner los títulos en fila, vi más cosas que personas. Como si mi cancionero fuera el almacén de objetos perdidos de una estación de autobuses, con cada cosa esperando a que alguien venga a reclamarla.

Nadie viene, claro.

Creo que el inventario me gusta porque es un género sin trampa. Una lista de cosas no opina. Una lista de cosas se limita a estar. Y sin embargo, si la ordenas bien, la lista acaba acusando. Lo aprendí de las madres de barrio que, en lugar de decirte que eres un desastre, te enumeran lo que hay tirado por tu habitación: el vaso, los calzoncillos, el cargador, la toalla mojada encima de la cama, la bolsa de pipas abierta. No hace falta el insulto. La lista ya es el insulto.

Personificar el bañador

Luego está el truco que da título a la canción, y que es de las cosas que más me divirtieron escribir: darle tratamiento de señor a un bañador.

Fotogramas del videoclip oficial de «Si Don AussieBum hablase», de Mike Sain't Louis

Don AussieBum. Con su «don», como un notario de pueblo o como el párroco al que todo el mundo le cuenta sus pecados. Porque eso es lo que es el bañador en la canción: el confesor involuntario de un montón de gente. Si hablase, dice la letra, nos quedaríamos todos sin maridos, sin parejas, sin conocidos. Y la lista se desmadra hasta llegar a la prima Carmen y al que va de santo en la iglesia.

Me encanta darle voz a lo que no la tiene. Es un recurso de cuento infantil, el de la tetera que habla o el reloj que se queja, pero aplicado a una prenda que ha estado en sitios donde los cuentos infantiles no entran. Esa mezcla, lo tierno del recurso con lo guarro del contenido, es para mí la gracia de la canción. Es como si Disney hubiera hecho una película en una zona de cruising de Maspalomas.

Y hay una cosa más. Cuando el objeto habla, yo no tengo que hacerlo. Si el que acusa es Don AussieBum, el narrador queda limpio, con las manos en los bolsillos, silbando. «Yo no he dicho nada, lo ha dicho el bañador.» Es la táctica de la vecina cotilla, la que siempre empieza con «a mí me lo han contado», y que ya retraté en el personaje que todos tenemos en el rellano. El chisme más feroz es siempre el que viene de una fuente anónima.

En este caso, la fuente anónima es de licra y tiene un canguro bordado.

Lo que se quedó en casa

Hay una línea en la canción que no tiene ni un gramo de chiste, y que yo considero el centro de gravedad de todo lo demás: «y yo mientras limpiando la casa y cuidando de los animales».

La puse justo después del robo de los bañadores, sin transición, para que doliera por contraste. Mientras uno se paseaba por la playa con mis AussieBum como reclamo, el otro estaba en casa fregando el suelo y poniéndoles comida y agua a los animales. No hay metáfora. No hay imagen de terror. Es una fregona y un cuenco de pienso.

Esa es la parte de las rupturas que no sale en las películas. En las películas hay lluvia, portazos, maletas en el rellano y una banda sonora de violines. En la vida real hay alguien que limpia mientras el otro se divierte, y que no se entera de nada hasta mucho después. El trabajo de casa es invisible justamente porque funciona: nadie aplaude un baño limpio, nadie le da las gracias al que se acordó de comprar la arena del gato.

Cuando escribo sobre narcisismo, que es un tema al que vuelvo mucho, este reparto me parece más revelador que cualquier escena de gritos. Uno pone la cara bonita en la orilla. El otro pone el cuerpo en la cocina. Y luego, cuando todo explota, el de la orilla todavía tiene el valor de decir que el otro no aportaba nada.

Por eso la línea va sin adornos. Ahí no quería reírme.

Del chiste a la licra: por qué el objeto me protege

Mucha gente me pregunta, a veces con cariño y a veces con cierta mala leche, por qué me río tanto de mis ex en las canciones. Lo he intentado explicar en me río de mis ex porque es la forma más honesta que tengo de contarlo, y el objeto es una parte importante de esa respuesta.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «y yo mientras limpiando la casa y cuidando de los animales» de «Si Don AussieBum hablase»

El objeto me protege de dos peligros. El primero es el melodrama sin freno. Si escribo directamente sobre lo que sentí, corro el riesgo de quedarme ahí dentro, dando vueltas como la ropa en la centrifugadora, y de convertir una canción de tres minutos en una sesión de terapia que nadie ha pedido. El objeto me obliga a mirar hacia fuera. A describir. A contar cuántos bañadores, de qué marca, dónde estaban, quién se los llevó.

El segundo peligro es más feo: el de convertir la canción en un ajuste de cuentas contra una persona concreta. Eso no me interesa en una canción como esta. Me interesa que cualquiera que haya perdido algo en una ruptura se reconozca. A unos les quitaron los bañadores, a otros la Thermomix, a otros el perro, a otros el abono del gimnasio que pagaban a medias. El objeto es concreto, pero la situación es de todos. Por eso funciona como chiste de barra: cada uno pone en la cabeza su propio bañador.

Y luego está la ventaja más tonta, que a mí me parece la más importante. Un bañador es gracioso. Una herida no. Si consigo que el oyente se ría del bañador, ya le he colado la herida por debajo de la puerta.

La playa sin nadie

Vuelvo a la portada, porque creo que explica todo esto mejor que yo.

La foto es una playa de catálogo. Cielo azul intenso, olas blancas, la caseta de socorrista de color chicle a la izquierda. En primer plano, en la arena, un bañador slip azul celeste lleno de flamencos rosas, abierto como si alguien se lo acabara de quitar a toda prisa. Y al lado, de pie, una botella de cristal de leche, medio llena.

Ni un cuerpo. Ni una toalla. Ni una huella.

Lo que más me gusta de esa imagen es que es la escena del crimen después de que se haya ido todo el mundo. El bañador está ahí como la tiza que dibuja el contorno del muerto en las series policiacas. Alguien estuvo aquí. Alguien hizo algo. Pero ya no queda nadie para contarlo, excepto la prenda. Por eso Don AussieBum es el único testigo y por eso la canción entera es su declaración.

La botella de leche la dejo a la imaginación de cada cual. Hay quien me ha dicho que es inocencia, hay quien me ha dicho que es otra cosa mucho menos inocente. Yo no pienso aclararlo. Si la canción es guarra, que la portada también juegue.

La pongo al lado de la portada de «La playa del Mal Pas», que es mi canción más limpia y más seria sobre una playa, y me hace gracia lo distintas que son. Allí hay una playa pequeña que se mira desde lejos. Aquí hay una playa de anuncio con un slip abandonado. Las dos son mías. Las dos hablan, de alguna forma, de lo que queda cuando alguien ya no está.

El filete de saldo

La canción no se corta con el sexo, y no pienso pedir perdón por eso. Hay una línea que me hace reír cada vez que la oigo: «hoy tengo de saldo el filete».

Collage con un detalle de la carátula de «Si Don AussieBum hablase» y las carátulas de «El calcetín», «No quiero otro novio cojín», «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», «La playa del Mal Pas»

El vocabulario del supermercado aplicado al cuerpo me parece de lo más honesto que hay en el ligoteo gay contemporáneo. Las apps han convertido a la gente en escaparate. Fotos de producto, medidas, ofertas, «hoy solo hoy». Y el bañador de marca, en ese contexto, es el envoltorio premium. Sienta bien para promocionar, dice la canción, el paquete y la parte trasera. Es publicidad. Es packaging.

Lo cuento con humor porque es la única forma que tengo de contarlo sin ponerme estupendo. No quiero escribir un sermón sobre la cosificación en las aplicaciones de ligar. Quiero escribir sobre un tío que se lleva mis bañadores buenos para salir de caza y que encima tiene el morro de usarlos de reclamo. El sermón ya lo escribirá otro.

Si te interesa cómo escribo sobre el cuerpo sin taparme la cara con las manos, lo tengo más desarrollado en escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón. Allí hablo de por qué no uso eufemismos. Aquí solo añado que un slip con flamencos es incompatible con la solemnidad. Lo he intentado. No hay manera.

Ni que fueras tan importante

Y llego al final de la canción, que es donde el objeto se retira y aparece por fin la persona que escribe.

«Tú me hiciste insignificante», admite la letra. Es una frase durísima, de las que no se dicen en voz alta en una cena con amigos. Porque eso es lo que hace un cierto tipo de pareja: no te pega, no te grita, te va encogiendo. Te quita los bañadores buenos y te deja los de imitación, y un día te pillas sintiéndote tú también de imitación. De AliExpress. Con el estampado desteñido.

Pero la canción no se queda ahí. Antes de esa línea hay un desplante, el de recordarle al otro que tampoco es para tanto, que es mi forma de quitarle el micro al ex justo cuando iba a empezar el discurso. Y después llega el Ave Fénix, que es una imagen a la que vuelvo mucho, también en «Tattoo de Fénix». Y llega Isabel Pantoja, con su famoso grito de los dientes ante la prensa, sonrisa de folclórica ante los fotógrafos cuando todo se está hundiendo.

Ese momento de la Pantoja lo he visto en bucle más veces de las que voy a admitir aquí. La puerta de un juzgado, una nube de micrófonos, cámaras de las que te disparan el flash a un palmo, y ella sonriendo como si estuviera en la Feria de Abril. Es teatro puro. Es la copla llevada a la acera.

Me parece la mejor lección de supervivencia que ha dado la prensa del corazón española. No hace falta ganar. Basta con sonreír de tal forma que al otro le siente fatal.

Eso es Planeta Gayfolk para mí. Una rabia muy grande que acaba en una sonrisa enseñando todos los dientes.

Lo que el objeto no puede contar

Tengo que ser honesto con una cosa. El truco del objeto tiene un límite, y lo conozco bien.

Hay canciones mías donde no hay ningún objeto que me salve. En «Ni con un palo» no hay bañadores ni calcetines. Hay un texto seco sobre el castigo sexual y emocional, y ahí la comedia no tenía sitio. A veces el dolor no cabe en una prenda, y forzarlo sería frivolizar.

La diferencia, creo, está en el momento. Cuando escribo desde dentro del golpe, salen textos como ese, sin chistes. Cuando escribo desde un poco más lejos, con algo de perspectiva, aparecen los objetos. El objeto es la señal de que ya puedo mirar la escena del crimen sin desmayarme. De que ya puedo describir el bañador en la arena en lugar de tirarme yo en la arena a llorar.

Así que, en cierto modo, cada objeto en mis letras es un pequeño certificado de convalecencia. Si ya me río del slip, es que voy mejor.

Escribirlo yo, sonarlo con máquinas

Una aclaración que hago siempre porque me la preguntan siempre: la letra de «Si Don AussieBum hablase» es mía, escrita por mí y sin inteligencia artificial. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. Yo soy letrista, compositor y productor musical; no soy intérprete y no pongo mi garganta en estas canciones.

Ficha de la canción «Si Don AussieBum hablase» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo cuento porque en este tema concreto la división del trabajo se nota. La lista de bañadores, la prima Carmen, el «don», la Pantoja, el filete de saldo: todo eso salió de mi cuaderno, con mis manías y mis erratas. La máquina me ayudó a vestirlo con una base de playa y un estribillo de «bum bum» que se pega como la arena al culo mojado. Pero la máquina no sabe qué es que te roben los AussieBum buenos. Eso lo sé yo.

Lo explico con más calma en qué es mío en una canción hecha con IA, por si alguien quiere el desglose completo.

Mi propio armario de pruebas

Me he puesto a pensar qué objetos tendría yo en una vitrina si tuviera que montar el museo de mis desamores. Me salen muchos más de los que caben en una canción.

Un bañador con flamencos, para empezar, porque se lo ha ganado. Un calcetín sin pareja. Un cojín con forma de corazón que nadie se atrevió a tirar. Una corona de flores de entierro de broma. Un ticket del Mercadona de los que se doblan y se quedan en el bolsillo del abrigo de invierno hasta marzo. Una captura de pantalla de veinte estados vistos y ni un «me gusta». Un tupper que nunca volvió.

Cada uno de esos objetos podría ser una canción. Algunos ya lo son, y puedes buscarlos en la lista de singles. Otros esperan en el cajón, y ya sabéis que yo creo que una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie, así que tarde o temprano saldrán.

Lo que tengo claro es que no voy a dejar de escribir así. El día que me robe alguien la Thermomix, habrá canción. Ya tengo hasta el título en la cabeza. No lo voy a decir, por si acaso me lee.

Dientes, dientes

Si alguna vez te ha pasado algo parecido, si alguien se llevó lo bueno y te dejó lo de imitación, te propongo un ejercicio que a mí me funcionó. Haz la lista. Escribe todo lo que se llevó, con su marca, su color, su talla. No escribas cómo te sentiste. Solo las cosas.

Cuando termines, léela en voz alta. Te aseguro que en algún momento de la lista te vas a reír. Puede que sea en la Thermomix, puede que sea en el abono del gimnasio, puede que sea en el tupper. Pero te vas a reír. Y en ese momento habrás ganado la primera batalla, que es la de dejar de ser la víctima de tu propia historia para convertirte en el cronista.

Luego, si quieres, ponte la canción en la playa. En la zona que tú ya sabes. Mira alrededor. Seguro que algún bañador de marca tiene historia y que su dueño original está en casa, limpiando y cuidando de los animales.

Y si el dueño eres tú, deja la fregona un momento. Los animales pueden esperar cinco minutos. Ponte el bañador que te quede, aunque sea el de AliExpress con el estampado desteñido, y sal a la orilla. Nadie se fija en la marca cuando alguien camina con la cabeza alta.

Mándale un abrazo de mi parte. Y dile que sonría con todos los dientes.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Si Don AussieBum hablase»? De una ruptura contada a través de un objeto: un ex se lleva los bañadores de marca originales, deja los de AliExpress y los usa como reclamo. El bañador, convertido en «Don AussieBum», sabría secretos de medio mundo si pudiera hablar.

¿En qué disco está la canción? Pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía Planeta Gayfolk. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/si-don-aussiebum-hablase.

¿Quién escribe y quién interpreta la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Qué relación tiene con «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»? Comparten la frase que da título a la segunda y la misma historia de los bañadores robados. Son dos miradas a la misma ruptura, una centrada en el objeto que habla y otra en la sentencia del título.

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