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Ordenar mis letras de la A a la Z: archivar lo que uno mismo ha escrito

Hay una tarea que no sale en ninguna foto y que me ha ocupado más horas de las que pensaba: pasar a limpio todas mis letras y ordenarlas alfabéticamente. Las 273 canciones que he publicado tienen letra, y la escribí yo, cada una. Ahora están en mi web, mikesaintlouis.com, en una sección de la A a la Z. Llegar hasta ahí fue menos sencillo de lo que parece la palabra «ordenar».

Quiero contar lo que aprendí haciéndolo. Archivar tu propia obra te obliga a tomar decisiones que nunca te habías planteado.

¿Cuál es la versión buena?

Lo primero que me encontré es que muchas letras tenían varias versiones. La que escribí en el cuaderno, la que pasé al ordenador, la que ajusté cuando la canción ya estaba producida, la que alguien transcribió en un comentario con sus propias erratas. Al ponerlas una al lado de otra, no siempre coincidían. Una palabra cambiada aquí, un verso que se cayó allá, una repetición del estribillo que en el papel estaba y en la canción no.

Tuve que decidir cuál era la oficial. Mi criterio fue sencillo, aunque costoso de aplicar: la letra que vale es la que suena. Si en la canción terminada se oye una cosa, eso es lo que va en la web, aunque en el cuaderno pusiera otra. Algunas de esas versiones de cuaderno me gustaban más, lo confieso. Pero un archivo no es el sitio para corregir el pasado. Es el sitio para dejar constancia de cómo quedó.

Las letras de canciones suelen escribirse con una puntuación muy relajada. Muchas comas que faltan, frases que se cortan sin punto, mayúsculas al principio de cada línea porque sí. Cuando una letra solo existe para acompañar una canción, no pasa nada. Cuando quieres que se pueda leer como texto, sí pasa.

Pasé días decidiendo cosas como si cada verso empieza con mayúscula, si pongo punto al final de una estrofa, cómo marco una frase dicha por otro personaje. Parecen manías de corrector, y lo son. Pero de esas decisiones depende que alguien lea la letra y la entienda, o que tropiece cada dos líneas.

No llegué a una norma perfecta. Llegué a una norma razonable y la apliqué a todas por igual. Eso me parece más importante que acertar en cada caso: que el archivo sea coherente consigo mismo.

El alfabeto no tiene favoritos

Ordenar por orden alfabético tiene algo muy democrático. No hay canciones destacadas ni éxitos arriba. «Tan Cateto», con la que mucha gente me conoció en TikTok, está en la T, entre lo que le toque, sin trato especial. Una canción que casi nadie ha escuchado puede estar justo encima.

Me gusta eso. En las plataformas, las canciones más escuchadas tapan a las demás, y la obra parece más pequeña de lo que es, porque solo ves cinco títulos. En un índice alfabético cada canción ocupa una línea, la misma que las otras. Ni más ni menos.

También tiene su lado cómico. La L está abarrotada. «La vecina cotilla», «La dieta del cucurucho», «La primera drag». Por lo visto tengo una debilidad por los títulos que empiezan con artículo, y el alfabeto me lo ha echado en cara. La M también va bien servida: «Mi novio de Albacete», «Mitad Venezuela, mitad Pakistán». Y hay letras del abecedario que andan casi vacías. Me he planteado si debería escribir algo que empiece por la K solo por equilibrar, y he decidido que no.

Alfabético o cronológico

Dudé mucho entre los dos órdenes. El cronológico cuenta una historia: cómo empecé, cómo fui cambiando, qué temas aparecían en cada época. Es el orden del autor. El alfabético no cuenta nada, pero es el que mejor sirve a quien busca una canción concreta. Es el orden del lector.

Elegí el del lector para esa sección. Me costó, porque una parte de mí quería que se viera la evolución, y sigo pensando que algún día haré algo con el orden cronológico, aunque sea para mí. La web tiene además un buscador para quien solo recuerda un trozo, y cada canción su propia página. Pero la sección de la A a la Z está pensada para que alguien entre, vaya a la letra que necesita y encuentre lo que busca sin rodeos.

Archivar obliga a releer. Todo. Y releer 273 letras propias seguidas es una experiencia que no recomiendo a nadie con baja autoestima, aunque al final, curiosamente, me sentó bien.

Hay letras de las que me avergüenzo un poco, y aun así no las he quitado. Hay otras que había olvidado y me hicieron reír como si fueran de otra persona. Y hay patrones que no veía: temas que vuelven, frases que se responden entre canciones separadas por meses. La autoestima, el orgullo, el amor gay, los ex. Al leer todo seguido, se nota que hay una sola mano detrás, con sus obsesiones, y eso me tranquilizó más de lo que esperaba.

Por qué tomarse la molestia

Alguien podría preguntarme por qué dedicar tanto tiempo a algo que pocos van a mirar con atención. La respuesta corta es que si no lo hago yo, no lo hará nadie. Soy el CEO de mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS, y en un sello de una sola persona no hay archivero.

La respuesta larga tiene que ver con el respeto. Escribí estas letras con cuidado, y dejarlas dispersas, con erratas y en versiones contradictorias, me parecía un descuido hacia mi propio trabajo. Archivar es una forma de tomarse en serio. Sin solemnidad, pero en serio.

Las letras, de la A a la Z, están en mikesaintlouis.com.

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