
Por Mike Sain't Louis ·
Girl, reina, tía: de quién es una canción de ligue en «Mi salvador»
Hay una palabra en «Mi salvador» que a más de uno le habrá hecho levantar una ceja. Está al principio de la segunda estrofa, sin anestesia:
Girl, your curves make it hard to breathe
Girl. Chica. Curvas. En una canción de un artista abiertamente marica, metida en un disco que se llama «El día de la liberación» y que forma parte de una trilogía sobre un planeta gay. ¿Qué hace ahí esa chica?
Podría contestar con una teoría muy elaborada, pero prefiero empezar por algo que sabe cualquiera que haya salido de noche por Chueca, por el Raval o por la zona de bares de cualquier ciudad: en una pista queer, «girl» se le dice a todo el mundo. Al camarero, al amigo que acaba de llegar, al chulazo de la barra y a la drag que presenta el concurso. «Girl, qué pelo.» «Girl, no me lo puedo creer.» «Tía, ven aquí.» «Reina, ¿otra?»
En la ficha de la canción ya conté de qué va esta noche de baile y por qué el salvador del título es un ritmo y no un héroe. La letra completa está publicada. Aquí quiero hablar de otra cosa: de a quién pertenece una canción de ligue cuando suena en un sitio como el nuestro, y de por qué esas palabras, girl y reina, son mucho menos inocentes de lo que parecen.
Las canciones que nos prestaron
Empecemos por lo obvio. Durante décadas, casi todas las canciones de amor que sonaban en la radio estaban escritas para un chico que quiere a una chica o para una chica que quiere a un chico. Los maricas y las bolleras crecimos con ese repertorio. No había otro. Y lo que hicimos con él fue algo muy inteligente: nos lo quedamos.
Cambiamos el pronombre en la cabeza. Le pusimos otra cara al «tú» de la letra. Berreábamos en el karaoke canciones de despecho escritas para una mujer pensando en el compañero de clase que no nos miraba. La diva heterosexual que lloraba por un hombre se convirtió en portavoz de nuestras penas, y la canción de ligue de discoteca, con su «baby» y su «girl», en la banda sonora de nuestras noches.
No es casualidad que tantas divas del pop tengan un público gay entregadísimo. Sus canciones hablaban de amores imposibles, de esperar un sí, de bailar para olvidar. Y nadie entendía mejor que nosotras lo que era un amor imposible.
Así que cuando una letra de pista dice «girl», un oído queer no se queda en la superficie. Escucha la frase como siempre ha escuchado todas: con la libertad de colocar ahí a quien le dé la gana.
He escrito alguna vez que hacen falta canciones de amor gay que salen bien, y lo sigo pensando. Pero también me gusta que exista lo contrario: canciones que no aclaran nada, que dejan el «tú» abierto, que juegan con las etiquetas sin pedir permiso. «Mi salvador» es de esas.
Girl no es una chica
Lo de «girl» merece párrafo propio, porque es una de las palabras más viajeras del argot queer.

En inglés, el uso de «girl» entre hombres gays tiene una historia larga que viene de la cultura de los ballrooms, de las comunidades negras y latinas de Nueva York, de la jerga drag. Ahí, «girl» deja de ser una descripción y se convierte en un saludo, una exclamación, un comentario, un gesto de complicidad. Puede significar «qué fuerte», «te quiero», «no me hagas reír» o «date la vuelta que te veo». Depende del tono, de la ceja y del momento.
En español tenemos nuestras propias versiones. «Tía» es la más castiza. «Reina» es la más cariñosa. «Maricona», según quién la diga, puede ser un insulto o una medalla. Todas tienen en común que le dan la vuelta a la gramática: un hombre llamando «tía» a otro hombre está haciendo algo pequeño y subversivo, aunque lo haga mil veces al día sin pensarlo.
Por eso me divierte tanto esa chica de la letra. Dentro de la canción, la escena es la de siempre: alguien baila, alguien mira, alguien no puede respirar. Pero en cuanto la canción sale del disco y suena en un sitio lleno de gente como nosotras, la chica puede ser cualquiera. Puede ser la drag del escenario. Puede ser el chico con el que llevas toda la noche cruzando miradas. Puede ser tu mejor amiga lesbiana, que baila mejor que nadie. Puede ser tú misma delante del espejo antes de salir.
La reina del final
Hay otra palabra en la letra que va en la misma dirección y que, para mí, cierra el círculo. Está en la última estrofa:
Reina on the dance floor, it’s true
Reina. Aquí ya no hay dudas sobre el idioma en el que habla la canción. «Reina» es la palabra que se le dice a quien domina la pista, a quien entra en el bar como si fuera suyo, a quien se ha ganado la admiración de todos con un movimiento de cadera. En cualquier bar de ambiente de España, «reina» es un título nobiliario que se concede por méritos propios cada noche y caduca al amanecer.
Lo bonito es cómo convive con el «girl» del principio. La canción empieza con un piropo que suena a reguetón de manual y termina con una coronación que suena a bar de ambiente. Entre una cosa y otra, la noche ha ido cambiando de tono, y quien escuchaba con un oído heterosexual de repente se da cuenta de que estaba en otra fiesta.
Esa es una de las cosas que más me gustan del pop: puede decir dos cosas a la vez sin que nadie le pida explicaciones.
El spanglish como paso de baile
La otra gran rareza de «Mi salvador» es el idioma. Mejor dicho, los idiomas. La letra no tiene una sola estrofa enteramente en castellano o enteramente en inglés. Salta de uno a otro dentro de la misma frase, a veces dentro del mismo verso, como en ese «Mueve así, kill this dolor» del estribillo, donde el dolor se queda en español y el verbo que lo mata está en inglés.
Hay quien ve el spanglish como un desastre lingüístico, como si mezclar idiomas fuera una forma de no saber hablar ninguno. A mí me parece lo contrario. El spanglish es una forma de hablar de mucha gente real, sobre todo en Estados Unidos y en las comunidades latinas, y en la música urbana se ha convertido casi en una lengua propia, con sus reglas y su ritmo.
En una canción de baile, además, tiene una función muy física. Cada cambio de idioma es un pequeño giro, un cambio de peso, como cuando la pareja de baile te da la vuelta. El oído está esperando una palabra en castellano y le llega en inglés, o al revés, y eso le da a la frase un empujón extra. Es ritmo hecho con vocabulario.
Hay también una cuestión de público. Una canción que salta entre idiomas puede abrazar a más gente a la vez: al que solo entiende español, al que solo entiende inglés y, sobre todo, al que entiende las dos cosas y disfruta del juego. Sobre lo de escribir para distintos acentos y distintos países conté más cosas en Una canción, veinte acentos, y sobre por qué escribo en español aunque mi web también esté en inglés, en este otro artículo.
«Mi salvador» es, en ese sentido, una excepción dentro de mi catálogo. La mayoría de mis letras están en castellano de Madrid, con sus tacos y sus giros de barrio. Esta se va de vacaciones lingüísticas. Y, como pasa con las vacaciones, a la vuelta trae algo puesto que no tenía cuando se fue.
Esperar el sí
Antes de llegar al estribillo hay un verso en el que casi nadie repara y que a mí me parece de lo mejor de la canción: «Espero el sí que me va a encender».

Fijaos en el orden. Primero el sí, luego el fuego. El narrador no se lanza, no da por hecho nada, no interpreta una mirada como un permiso. Espera. Y lo que le enciende no es la otra persona sin más, sino su respuesta. El deseo arranca cuando el otro dice que sí.
Parece una tontería, pero en el género de la canción de ligue de discoteca es bastante raro. La tradición está llena de letras donde el «no» se lee como un «sigue insistiendo» y donde la noche se cuenta solo desde las ganas de uno. Que una canción de pista ponga el consentimiento como chispa, y no como trámite, me parece un detalle precioso.
Y encaja con todo lo demás. Con el cazador rendido, con el que quiere estar en el juego del otro, con el que pide que le curen el corazón en lugar de exigir nada. «Mi salvador» es una canción de deseo muy intensa, pero en la que nadie avasalla a nadie.
En las pistas queer esto se ha hablado mucho en los últimos años, porque también en nuestros espacios hay quien confunde la libertad con barra libre para tocar sin preguntar. Una buena noche de baile es la que todo el mundo quiere estar teniendo. El sí, también en el cuarto oscuro del ligue, es lo que enciende.
Un cazador en la pista
Hay un verso del estribillo que, leído con calma, tiene más miga de la que parece: «Tonight I'm your hunter, amor». Esta noche soy tu cazador.
La metáfora del ligue como cacería es viejísima y, en muchas canciones, bastante desagradable. El cazador persigue, la presa huye, y la cosa suele acabar como acaban las cacerías. Pero aquí está en una canción donde quien caza no tiene mucho poder. El narrador de «Mi salvador» se pasa la letra entera a merced de la otra persona: pierde el control con sus ojos, espera su sí, quiere estar en su juego, le pide que le cure el corazón. Es el cazador más rendido que te puedes encontrar.
Esa inversión me hace gracia. Es el típico chulito de discoteca que va de depredador y en realidad está deseando que le hagan caso. En la pista queer ese personaje lo conocemos de memoria: el que se apoya en la barra con cara de perdonavidas y a la tercera canción está bailando como si le fuera la vida en ello.
Bailar pegados
Hay una expresión que se repite en la primera estrofa: bailar «close», pegados, hasta el amanecer. Parece lo más normal del mundo. Dos personas que se gustan, una pista, una canción, los cuerpos que se acercan. Es la escena de mil películas y de mil verbenas de pueblo.

Para mucha gente queer, esa escena no ha sido nunca tan normal.
Durante buena parte del siglo pasado, en España, dos hombres bailando pegados en público era directamente un riesgo. Existió una ley de peligrosidad social que permitía perseguir a los homosexuales, y no se reformó para dejar de hacerlo hasta finales de los setenta. Los bares donde nos encontrábamos eran sitios escondidos, con la puerta entornada y alguien vigilando por si llegaba la policía. Bailar pegado a otro chico era algo que se hacía con un ojo en la pareja y otro en la entrada.
Hoy, en una ciudad grande, en un bar de ambiente, puedes bailar con quien quieras sin mirar a la puerta. Pero basta con salir de ese círculo para notar que la cosa no está tan resuelta. Dos chicos bailando pegados en la verbena de un pueblo, en la boda de un primo o en una discoteca generalista todavía provocan miradas, comentarios y, a veces, algo peor.
Por eso una canción que habla de bailar pegados hasta el amanecer, sin dramas, sin miedo, sin tener que esconder nada, tiene algo de pequeña victoria cuando suena en nuestros sitios. No dice nada político. No hace falta. El simple hecho de que la noche sea solo diversión y deseo, y no supervivencia, ya es un logro que costó mucho.
Sobre lo que pide una pista de baile para que sea de verdad de todos, sobre todo en fechas señaladas, escribí en Qué pide una pista de baile en el Orgullo.
Deseo sin ironía
Hay una cosa que me llama la atención cuando releo la letra de «Mi salvador» junto a las demás de mi catálogo. En la mayoría de mis canciones el deseo viene con un chiste pegado. El ligue sale mal, el ex es un desastre, el chulito resulta ser un pringado, la cita acaba en vergüenza ajena. El humor es mi manera natural de acercarme al amor.
Aquí no. «Mi salvador» se toma su deseo completamente en serio. No hay ningún guiño, ningún remate cómico, ningún verso que le quite hierro a lo que está pasando. Alguien baila, alguien mira, alguien quiere más, y la canción no se ríe de nadie.
Eso, en un catálogo como el mío, es casi una rareza. Y creo que tiene que ver con lo que decía antes del disco: después de los ajustes de cuentas, apetece una canción donde nadie sea el malo. Donde lo único que pase sea que la noche es buena.
Hay una tradición entera de pop queer que funciona así. Canciones de pista que celebran el cuerpo y el deseo sin pedir perdón y sin ponerse estupendas. Que no necesitan explicar que lo que sienten es legítimo, porque dan por hecho que lo es. Esa naturalidad es justo lo que durante tanto tiempo nos faltó, y por eso, cuando una canción la tiene, se nota.
No quiero decir que el humor sea una forma de esconderse. A veces lo es, y a veces es la forma más honesta de contar algo. Pero de vez en cuando también está bien escribir algo que no se ría, que solo baile.
Luces, cámara, acción
El puente de la canción convierte la noche en un rodaje. «Lights, camera, acción», con la última palabra en español, como si el director gritara en dos idiomas. Y luego viene una idea que me parece muy de ahora: la canción de los dos como una conexión que se repite en bucle.
Esa imagen del bucle tiene algo de era del móvil. Hoy las canciones se escuchan así: un trozo de quince segundos que suena cuarenta veces en una tarde mientras deslizas el dedo. Lo que antes era «nuestra canción», la que sonaba en la radio el día que os conocisteis, ahora es más bien «nuestro fragmento», el que se repite sin parar en el vídeo que te mandó a las tres de la mañana.
Algo hablé de esto en Lo que TikTok y los Shorts me enseñaron sobre las canciones. Lo que no dije ahí es que el bucle también es una forma de amor. Repetir algo una y otra vez es la manera más sencilla de decir que no quieres que se acabe.
Benidorm, capital de la pista
No quiero repetir lo que ya conté en la ficha sobre Benidorm, pero sí añadir una cosa. Que una canción de baile en spanglish, con su girl y su hunter, acabe aterrizando en Benidorm me parece un gesto muy de mi planeta.

Porque Benidorm es justo ese tipo de sitio donde todo se mezcla. Los rascacielos con las sombrillas, el turista inglés con la jubilada de Albacete, el bar de karaoke con la discoteca de ambiente. Es una ciudad que habla spanglish por naturaleza, o más bien una mezcla de veinte idiomas con acento de paella y crema solar. Si había un lugar en España donde podía suceder esta noche, era ese.
Y Benidorm, además, es una de las capitales gays de la costa. No hace falta subrayarlo en la letra para que cualquiera que conozca el sitio lo tenga en la cabeza al oír el nombre.
La cara luminosa del disco
«Mi salvador» forma parte de «El día de la liberación», un disco que tiene canciones bastante más ásperas. Ahí están los ajustes de cuentas con los hipócritas, con los narcisistas, con los que hicieron daño. Por eso esta canción funciona casi como un respiro. Es la noche de fiesta que viene después de haber dicho todo lo que había que decir.
Escribí sobre ese disco y sobre lo que pasa después de la liberación en El día de la liberación y el día siguiente. Y una de las cosas que pasan al día siguiente, me parece, es que vuelves a tener ganas de bailar. Que el dolor que antes ocupaba todo se queda en un rincón y la pista vuelve a estar libre.
Por eso el salvador del título no podía ser una persona que te rescata. Si después de todo lo que cuenta el disco apareciera un príncipe azul a arreglarlo todo, sería mentira. Lo que te salva, si algo te salva, es una noche buena, un ritmo que te gusta, alguien con quien bailar y la sensación de que, por unas horas, el cuerpo vuelve a ser tuyo.
Para quién es esta canción
Vuelvo a la pregunta del principio. ¿De quién es una canción de ligue como esta?
Mi respuesta es que es de quien la baile. Las palabras de la letra pueden apuntar a una chica, a una reina, a un cazador o a una película, pero en cuanto empieza a sonar en un sitio lleno de gente, deja de importar a quién iban dirigidas. La pista hace con las canciones lo mismo que hemos hecho siempre los maricas con las canciones de amor: las reparte entre todos y cada uno se queda con su trozo.
Si estás montando una lista para salir de casa con ganas, tengo algunos consejos sobre cómo armar una playlist queer en español sin que parezca la de siempre. «Mi salvador» encaja bien al principio de la noche, cuando todavía te estás arreglando y la purpurina está a medio poner.
Y si alguien te llama «girl» esa noche, seas lo que seas, contesta con una sonrisa. Te están coronando.
Todas las letras del planeta, con sus personajes inventados y sus noches de baile, están en Letras.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Mi salvador»? Es una canción de baile sobre una noche de ligue en la pista, en Benidorm, en la que el ritmo de la otra persona funciona como salvación: cura el dolor y quita el miedo. La letra mezcla español e inglés en casi todos los versos.
¿Por qué «Mi salvador» está en spanglish? El cambio constante de idioma le da a la letra un ritmo extra, casi como un paso de baile, y la acerca al lenguaje de la música urbana latina. Es una excepción dentro del catálogo de Mike Sain't Louis, que escribe la mayoría de sus letras en castellano.
¿En qué disco está «Mi salvador»? Pertenece a «El día de la liberación», uno de los discos de la trilogía Gayfolk, y está disponible en Spotify y el resto de plataformas.
¿Quién hace «Mi salvador»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como el primer cantautor IA: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.