
Por Mike Sain't Louis ·
El reloj que se arrastra: «Beats Drop Time Stops», la depresión y las dos maneras de pararse el tiempo
Hay dos maneras de que se pare el tiempo, y se parecen tan poco que da casi vergüenza usar la misma frase para las dos.
La primera ocurre en una pista de baile. Llevas un rato dentro de la música, la canción va subiendo, notas que algo está a punto de pasar, y de repente entra el golpe grave, el suelo vibra y todo el mundo levanta los brazos a la vez. Durante unos segundos no existe el lunes, ni la factura, ni el mensaje que no te han contestado. Solo ese instante, estirado como un chicle.
La segunda ocurre un martes cualquiera, a las cinco de la tarde, en el sofá. Miras el reloj del móvil, haces algo, vuelves a mirar y solo han pasado cuatro minutos. La tarde se ha convertido en un pasillo larguísimo. Cada hora pesa como tres. No hay música, no hay brazos en alto, no hay nada que esperar. El tiempo no se ha detenido de alegría. Se ha atascado.
Conozco bien la segunda. Durante años conviví con una depresión mayor grave que todavía hoy forma parte de mi tratamiento, y lo que peor sabía explicar era precisamente eso: no tanto la tristeza como la sensación de que los días no avanzaban. Este diario va de las dos paradas del reloj. Y de lo que la ciencia ha averiguado sobre por qué, cuando uno está mal, el tiempo cambia de textura.
Una corte que no mira el reloj
Empiezo por la imagen, porque es la que me ha traído hasta aquí. La portada de «Beats Drop Time Stops» es una noche de cuento de terror elegante. Detrás, una luna llena enorme y un castillo erizado de torres finas como agujas. Delante, farolillos que tiñen el aire de un rosa eléctrico, casi fucsia. Y en primer plano, tres personajes vestidos de encaje negro y terciopelo: dos chicos con gesto grave a los lados y, en medio, una chica rubísima, de pelo casi blanco, con los labios pintados de oscuro.
Tienen pinta de aristócratas de la noche, de esos que llevan siglos acudiendo a la misma fiesta. Gente para la que una hora más o una hora menos no significa nada. Y el título, en inglés, se lee como un pequeño manual de instrucciones: cuando cae el ritmo, el tiempo se para.
Me hace gracia la mezcla. Por un lado, la fiesta, el momento del subidón, la discoteca convertida en salón de baile de vampiros. Por otro, la estética gótica, que siempre ha tenido algo de melancolía, de luto elegante, de gente que se siente más cómoda a oscuras. Las dos paradas del reloj caben en esa portada. La que da euforia y la que da peso.
Lo que mide el reloj y lo que siente la persona
Durante mucho tiempo pensé que la sensación de que los días se arrastraban era una exageración mía, una forma de quejarme. Luego descubrí que es una de las experiencias más descritas por quienes atraviesan una depresión, y que la psiquiatría lleva casi cien años intentando entenderla.
Uno de los primeros en tomársela en serio fue el psiquiatra Eugène Minkowski, que en 1933 publicó un libro titulado «Le temps vécu», el tiempo vivido. Su idea, muy resumida, era que en la melancolía profunda no falla tanto el estado de ánimo como la relación con el futuro: la persona deja de sentir que el tiempo la lleva hacia algún sitio, y el porvenir se cierra como una puerta. El presente se queda solo, sin dirección, y por eso se hace eterno.
Casi un siglo después, la investigación experimental ha puesto números a esa intuición. En 2015, los psicólogos Sven Thönes y Daniel Oberfeld publicaron en la revista Journal of Affective Disorders un metaanálisis, es decir, un estudio que reúne y compara los resultados de muchos trabajos anteriores, sobre la percepción del tiempo en la depresión. Su conclusión tiene dos partes, y las dos me parecen importantes.
La primera: las personas con depresión, cuando se les pregunta cómo sienten que pasa el tiempo, dicen que pasa más despacio que quienes no la tienen. La diferencia no es pequeña; los autores la describen como un efecto de tamaño medio.
La segunda: cuando a esas mismas personas se les pide que hagan tareas de medir duraciones, como calcular cuántos segundos ha durado un sonido o reproducir un intervalo, lo hacen igual de bien que el resto. Su reloj interior no está roto. Lo que cambia es la vivencia, la sensación del paso del tiempo, no la capacidad de medirlo.
No estás calculando mal
Esa distinción me pareció, cuando la leí, una pequeña liberación. Porque una de las cosas que más daño hacen en la depresión es la sospecha de que todo lo que sientes es un error. Que exageras. Que lo vives mal porque piensas mal.

Pues no. Si tu tarde se hace interminable, no estás contando mal los minutos. Estás viviendo el tiempo desde un estado que lo hace pesado. Es tan real como el cansancio o la falta de apetito. Y, igual que ellos, suele cambiar cuando la depresión mejora.
Lo digo con cuidado, porque no soy profesional y no quiero que nadie lea esto como un diagnóstico. Pero creo que poner nombre a esa experiencia ayuda. Cuando alguien pregunta cómo estás y no sabes qué contestar, puede servir tener una frase a mano: «los días se me hacen muy largos». Es concreta, se entiende y abre la conversación con quien te trata.
En «La hora del lobo» escribí sobre esas horas de la madrugada en las que todo parece más oscuro de lo que es. Aquella era la noche. Esto es la tarde, el mediodía, la mañana entera. El mismo peso a plena luz.
El miedo también estira los segundos
Hay otra forma de que el tiempo se deforme que conocen bien quienes han vivido situaciones de miedo intenso. Mucha gente que ha tenido un accidente, una caída o una agresión cuenta que todo ocurrió a cámara lenta, que tuvo tiempo de ver cada detalle.
En 2007, un equipo dirigido por el neurocientífico David Eagleman quiso comprobar si eso era literalmente cierto. Su estudio, firmado con Chess Stetson y Matthew Fiesta en la revista PLoS ONE, tenía un diseño de película: voluntarios que se dejaban caer de espaldas desde una torre de unos treinta metros hasta una red, sin cuerdas. Una caída libre de verdad, de esas que disparan el miedo.
Después les pidieron que calcularan cuánto había durado su caída, y la juzgaron bastante más larga que la de otras personas a las que habían visto caer. Hasta ahí, la cámara lenta parecía confirmarse. Pero durante el salto llevaban en la muñeca un pequeño aparato que mostraba números parpadeando demasiado deprisa para leerlos en condiciones normales. Si el cerebro de verdad funcionara a cámara lenta durante el miedo, deberían haber podido leerlos. Y no pudieron.
La explicación que propusieron es preciosa: el tiempo no se ralentiza mientras pasa, sino al recordarlo. En los momentos de miedo, la memoria graba con muchísima más densidad, guarda muchos más detalles, y al recordarlos después, esa abundancia nos hace creer que duró más.
Una revisión de Sylvie Droit-Volet y Warren Meck, publicada también en 2007 en la revista Trends in Cognitive Sciences, recogía algo parecido desde otro ángulo: las emociones intensas cambian nuestra manera de percibir las duraciones, tanto por la activación del cuerpo como por la forma en que reparten la atención.
Cuando el pasado no se queda en su sitio
Esto me lleva a la parte del tiempo que más me toca. El trastorno de estrés postraumático es uno de mis diagnósticos, y tiene una relación muy rara con el reloj.

En el año 2000, los psicólogos Anke Ehlers y David Clark publicaron un modelo cognitivo del estrés postraumático que todavía hoy se usa mucho en terapia. Una de sus ideas centrales es que los recuerdos traumáticos no se archivan como los demás. Cuando vuelven, no se viven como algo que pasó hace tiempo, sino como algo que está pasando ahora. Les falta, por así decirlo, la etiqueta de la fecha. Por eso un olor, una frase o un tono pueden traer de golpe no solo la memoria de lo que ocurrió, sino la sensación física de estar allí otra vez.
Para quien lo vive, es otra forma de que el tiempo se pare. No en la pista ni en el sofá, sino en una escena concreta del pasado que se niega a quedarse atrás. Pasé dos décadas atado a dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y todavía hay frases que, dichas con cierto tono, me devuelven a aquel tiempo como si no hubiera terminado.
En «La bomba de relojería» hablé de las heridas antiguas que estallan años después. Y en «Un reloj parado que grita» escribí sobre los objetos que hacen ruido en mi mente. Este diario los une con un hilo nuevo: el reloj. Hay heridas que funcionan como relojes parados en una hora concreta.
A mí me ha ayudado entender que una parte importante de las terapias centradas en el trauma consiste precisamente en devolver esos recuerdos a su sitio en el calendario. Que el cuerpo aprenda que aquello pasó, que fue terrible y que ya no está pasando. No es olvidar. Es fechar.
El presente que no avanza y el futuro que no llega
Si junto las piezas, me sale un mapa curioso. La depresión estira el presente. El trauma trae el pasado al presente. Y las dos, cada una a su manera, cierran el futuro.
Creo que esto explica algo que pasa mucho en los días malos: la dificultad de imaginar que las cosas puedan cambiar. Cuando el tiempo se arrastra y el pasado no se va, el mañana parece una copia exacta del hoy. Y desde ahí es muy fácil pensar que siempre va a ser así.
No lo es. Y esa es probablemente la frase más importante de este diario. La sensación de que el tiempo no avanza es un síntoma, no una profecía. El metaanálisis de Thönes y Oberfeld indica que lo que cambia es la vivencia, no el reloj; y esa vivencia, como los demás síntomas de la depresión, puede mejorar con tratamiento, con apoyo y con tiempo, por paradójico que suene.
En «Me prometiste» y «he estado esperando» repasé cómo uso los tiempos verbales del pasado en mis letras. Releído ahora, veo que muchas de mis canciones están escritas desde ese presente que no avanza. Escribirlas fue una manera de sacarlas de ahí, de ponerles una fecha, de convertir el atasco en algo que se puede mirar desde fuera.
La otra parada: el drop
Pero no quiero que este diario se quede solo en el lado oscuro, porque la portada no lo hace. Las tres figuras de encaje están de fiesta. Y el título habla de una parada del tiempo que no es un síntoma, sino un regalo.

Quien haya bailado alguna vez sabe de qué hablo. El drop, ese momento de la música electrónica en el que, tras una subida larga, entra de golpe la base con toda su fuerza, tiene algo de ritual colectivo. Todo el mundo lo espera, todo el mundo lo reconoce, y cuando llega, la pista entera reacciona a la vez. Durante unos segundos, la atención se concentra tanto en el sonido y en el cuerpo que el resto del mundo desaparece.
Esa es la parada buena del reloj. No tiene nada que ver con el peso de la depresión. Es lo contrario: el presente se vuelve tan lleno que no queda sitio para el pasado ni para el futuro. No es una huida, es una presencia total.
En «El único que no te juzga en la pista» escribí sobre bailar sin ironía, y en «El derecho a una noche sin drama» sobre la pista como refugio. Para muchas personas LGTBI, la discoteca ha sido durante décadas uno de los pocos lugares donde podían ser quienes eran sin dar explicaciones. No es casual que el tiempo se pare ahí. Es uno de los pocos sitios donde muchos hemos sentido que el presente nos pertenecía.
Cuando la fiesta tampoco funciona
Ahora bien, sería deshonesto decir que basta con ir a bailar para que la depresión se vaya. No es así. Una de las cosas más crueles de los días malos es que también apagan la capacidad de disfrutar de lo que antes te hacía feliz. La música que te levantaba suena plana. La fiesta que esperabas se convierte en un esfuerzo. Y estar rodeado de gente alegre puede hacer que te sientas todavía más lejos.
Lo conté en «Siempre apartado entre tanta gente»: la soledad que se nota más en una fiesta. Con la fobia social y la evitación entre mis diagnósticos, las pistas de baile han sido para mí tantas veces un sueño como un muro.
Por eso me gusta pensar en el drop no como una obligación, sino como una posibilidad. Algo que puede volver. No hace falta forzarlo ni ir a buscarlo a una discoteca a las tres de la mañana si no estás para eso. A veces la parada buena del tiempo llega en casa, con los auriculares puestos, una canción que te gusta y nadie mirando. A veces llega paseando a los perros, o en una conversación en la que te ríes sin darte cuenta. Lo importante es saber que ese tipo de presente existe y que la depresión no te lo ha quitado para siempre, aunque ahora mismo lo parezca.
Pequeños relojes para los días largos
No tengo recetas, y desconfío de quien las tiene. Pero sí puedo compartir algunas ideas que suelen recomendarse para atravesar esas tardes interminables. Las dejo como propuestas, no como instrucciones:
- Partir el día en trozos pequeños. En lugar de enfrentarse a una tarde entera, pensar en la próxima media hora. Qué voy a hacer ahora. Solo ahora.
- Poner anclas en el reloj. Una hora fija para comer, una para salir a la calle aunque sean diez minutos, una para llamar a alguien. Las anclas no hacen que el tiempo pase más rápido, pero le dan forma.
- Anotar lo que sí ocurre. Cuando todo parece igual, escribir al final del día tres cosas que pasaron, por pequeñas que sean, ayuda a ver que el tiempo sí se mueve.
- Contarlo en consulta. Decirle a quien te trata que los días se te hacen eternos es información útil. No es una queja, es un síntoma que se puede trabajar.
- Música con cuidado. Hay canciones que acompañan y canciones que hunden. Vale la pena notar la diferencia y elegir.
La terapia me ha ayudado a encontrar mi propio ritmo, y de eso va «Gracias a mi psicóloga». Las canciones también han sido parte del proceso, como explico en «La música me está salvando». Escribirlas me ha permitido, muchas veces, sacar fuera lo que el reloj atascado me hacía sentir.
Kairós y cronos
Los griegos antiguos tenían dos palabras para el tiempo, y me parecen muy útiles para pensar todo esto. Cronos era el tiempo que se mide, el de los relojes y los calendarios, el que avanza siempre al mismo paso sin preguntarle a nadie. Kairós era otra cosa: el momento oportuno, el instante que importa, el tiempo cualitativo en el que algo ocurre de verdad.

Visto así, el drop de la pista es puro kairós. Un instante que no se mide en segundos, sino en intensidad. Y la tarde interminable de la depresión es cronos en su versión más cruel: minutos que se suceden uno detrás de otro, iguales, sin ningún momento que destaque.
Lo interesante es que los dos conviven siempre. El reloj de la pared no se detiene cuando bailas, aunque tú lo sientas así. Y en la tarde más gris también pueden aparecer, de pronto, pequeños instantes de kairós: una llamada inesperada, una risa, la luz de las siete entrando por la ventana. Uno de los aprendizajes más útiles que conozco es aprender a notarlos, aunque sean diminutos, porque son la prueba de que el tiempo sigue vivo.
No hace falta ningún esfuerzo heroico. Basta con mirar. Muchas veces, en los peores días, ese pequeño gesto de atención es lo único que se puede hacer, y aun así cuenta.
Los vampiros y el tiempo
Vuelvo a la portada para terminar. Me encanta que los personajes sean figuras de la noche, de esas que en las películas viven para siempre. Hay algo en el mito del vampiro que tiene que ver con el tiempo: criaturas que no envejecen, que ven pasar los siglos, que tienen toda la eternidad por delante y, a menudo, la viven como una condena.
Esa es la cara oscura del tiempo que no pasa. Quien vive en un presente eterno, sin futuro, se parece un poco a esos vampiros tristes de las novelas, atrapados en una noche que no termina.
Pero en la portada no hay tristeza. Hay encaje, fucsia, luna llena y una fiesta a punto de empezar. Los tres personajes parecen haber decidido que, si van a tener todo el tiempo del mundo, mejor gastarlo bailando. Y me quedo con eso. Con la idea de que el mismo tiempo que en los días malos se arrastra puede, en otros, detenerse de pura alegría. Que no son dos tiempos distintos, sino el mismo, visto desde dos lugares. Y que de un lugar se puede pasar al otro.
Si los días se te hacen eternos
Si estás atravesando una etapa en la que el tiempo no avanza, en la que el futuro parece cerrado y cada día es igual al anterior, merece la pena contarlo a alguien. Un médico de cabecera puede ser un buen primer paso para llegar a atención especializada en salud mental.
Y si un día el peso se vuelve insoportable o te ronda la idea de hacerte daño, marca el 024. Es el número que el Ministerio de Sanidad dedica a la prevención de la conducta suicida: no cuesta nada, contesta día y noche y sirve igual si llamas por alguien a quien quieres. Ante un peligro inmediato, 112. Quien todavía no ha cumplido los dieciocho puede llamar a la Fundación ANAR, 900 20 20 10, y el Teléfono de la Esperanza escucha en el 717 003 717.
Para hablar con gente que entiende lo que es ser LGTBI, está el servicio de COGAM, que coge el teléfono por la tarde en el 91 523 00 70, y la Línea Arcoíris de FELGTBI+, que lo hace por la mañana en el 91 360 46 05. Desde otro país, la web findahelpline.com localiza la ayuda gratuita de tu zona.
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