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Defecto de fábrica: el desamor contado como avería en «Mi último ex era una IA disfrazada»

Hay dos maneras de contar que alguien te ha engañado.

La primera es la de siempre: era un mentiroso, un sinvergüenza, un cabrón. Funciona, desahoga y tiene siglos de tradición detrás. La segunda es más rara y, para mí, más divertida: no era mala persona, era un aparato defectuoso. Le fallaba una pieza. Venía mal de fábrica.

En «Mi último ex era una IA disfrazada» elegí la segunda. Y cuanto más vueltas le doy, más me convence que el vocabulario del servicio técnico sirve para hablar del desamor mejor de lo que parece.

La ficha de la canción en el blog ya cuenta el chiste principal y su estructura. En este texto quiero ir por otro lado: por la avería como metáfora, por la lista de requisitos del novio perfecto y por eso que, según la propia letra, no viene incluido en la caja.

La lista de requisitos

La canción empieza con una propuesta casi comercial: «Será mejor crear un novio con inteligencia artificial».

Lo que viene después es una lista de ventajas, como en el folleto de un electrodoméstico. Te dirá siempre la verdad. Te contestará con sinceridad. No te engañará. Tres puntos, tres casillas marcadas. Si fuera un anuncio de la teletienda, ahora saldría alguien con una sonrisa enorme diciendo que no puedes vivir sin él.

Me interesa mucho qué cosas pone la narradora en esa lista, y sobre todo qué cosas no pone. No pide que sea guapo. No pide que tenga dinero, ni coche, ni un piso en el centro. No pide que sepa cocinar ni que tenga buen gusto para la ropa. Pide una sola cosa repetida de tres formas: que no mienta.

Eso dice mucho de quién habla. Dice que viene de una relación en la que la mentira lo ocupó todo. Que ha llegado a un punto en el que la sinceridad le parece un lujo tan grande que está dispuesta a buscarlo en una máquina. No es una persona exigente. Es una persona cansada.

Y eso, que en la letra se dice en tono de broma, es bastante triste si lo piensas un segundo. Cuando el requisito mínimo de una relación se convierte en el sueño máximo, algo ha ido muy mal antes.

El verbo crear

Hay un detalle en la primera frase que me hace pensar cada vez que la releo: el verbo. No dice comprar un novio, ni descargar un novio, ni alquilarlo. Dice crearlo.

Crear un novio es una fantasía antiquísima. Está en el mito de Pigmalión, el escultor que se enamora de su estatua. Está en Frankenstein, aunque ahí la cosa sale fatal. Está en mil películas de ciencia ficción en las que alguien diseña a la pareja perfecta en un laboratorio. Siempre con la misma idea de fondo: si no encuentro lo que busco, me lo fabrico.

Y siempre con el mismo problema: lo que fabricas a tu medida no te sorprende nunca. No te lleva la contraria. No tiene un mundo propio. Es un espejo con forma de persona. Eso, que al principio parece una ventaja, acaba siendo una soledad muy rara.

La canción no llega tan lejos, porque no es una canción filosófica, es una canción de cotilleo. Pero el verbo está ahí, y quien quiera pensar un poco más puede tirar de ese hilo. Lo que se crea a medida, se queda a medida. Y el amor, por definición, no cabe en ninguna medida.

Lo que no viene en la caja

Toda lista de ventajas tiene su letra pequeña. Y esta canción la lee en voz alta, con todas las letras.

Fotogramas del videoclip oficial de «Mi ÚLtimo Ex Era una Ia Disfrazada», de Mike Sain't Louis

Lo único que el novio artificial no podrá darte nunca, avisa la canción, son «besos, abrazos y polvazos».

Me encanta esa enumeración, y me encanta sobre todo la tercera palabra. Las dos primeras son de tarjeta de San Valentín. La tercera es de conversación de bar a las tres de la mañana. Ponerlas juntas, con la misma naturalidad, es una forma de decir que el cuerpo no es un extra. Que el deseo no es una opción del menú que puedas desmarcar.

He escrito en otro sitio sobre escribir del cuerpo sin pedir perdón, y esta canción es un buen ejemplo de esa idea. No hay vergüenza en la palabra polvazos. No va entre comillas, no va con un guiño. Va en la misma fila que los besos y los abrazos, porque para la narradora pesa lo mismo.

Y ahí está el dilema de la canción entera. Por un lado, la verdad sin cuerpo. Por otro, el cuerpo con mentiras. Como si no hubiera una tercera opción. Como si el mundo solo ofreciera esas dos ofertas, y hubiera que elegir entre una pantalla sincera y un hombre de carne y hueso que te la juega.

El chip de la traición

Y entonces llega el giro que da título a la canción. Si un novio artificial no engaña, y el último sí engañaba, ¿qué era exactamente el último?

La respuesta de la letra es de comedia de enredo. Era una máquina, sí, pero con una pieza mal puesta: «justo le fallaba el chip de la traición».

Me gusta muchísimo lo que hace esa frase. En vez de decir que el ex era traidor, dice que tenía averiado el chip que tendría que haberle impedido traicionar. La traición deja de ser una decisión y pasa a ser un fallo técnico. Y luego remata: en alguna ocasión le cambiaron la pieza. Como quien lleva la lavadora al taller y se la devuelven con un repuesto que no es el original.

Todo eso es absurdo, claro. Y precisamente por absurdo funciona. Porque reírse de un ex llamándole aparato mal ensamblado tiene algo de liberador que el insulto clásico no tiene. El insulto todavía le concede al otro una cierta grandeza: la del villano. La avería no le concede nada. Le convierte en un trasto.

Repuestos que no son originales

Vuelvo un momento al verso de la pieza cambiada, porque tiene una segunda lectura que no quiero perder.

Si en alguna ocasión le cambiaron la pieza, eso significa que el ex no siempre fue así. Que hubo un momento en que funcionaba bien, y otro en que dejó de hacerlo. Que el aparato que la narradora conoció al principio no era el mismo que tenía en casa al final.

Eso le pasa a mucha gente en las relaciones largas. Te enamoras de alguien, y años después miras a la persona que tienes delante y no la reconoces. No sabes en qué momento cambió. No hubo un día concreto. Simplemente, un día te das cuenta de que te han cambiado la pieza sin avisarte.

La canción lo dice en broma, con su lenguaje de taller. Pero esa sensación de que el otro se ha convertido en otra persona sin que te dieras cuenta es una de las más desconcertantes que existen. Y es muy parecida a la que cuento en «Una obra de teatro», donde al final resulta que todo era una función.

El servicio técnico del corazón

Esta canción no es la única en la que hablo del amor con vocabulario de garantías y de piezas de recambio. En «3 años de garantía» la relación entera se plantea como un producto con fecha de caducidad legal. Hay algo en ese lenguaje que me resulta muy útil cuando escribo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Será mejor crear un novio con inteligencia artificial» de «Mi ÚLtimo Ex Era una Ia Disfrazada»

Creo que es porque el lenguaje técnico enfría. Cuando hablas de un desamor con palabras de poema, todo arde: el corazón, las lágrimas, la herida. Cuando hablas con palabras de manual de instrucciones, todo se vuelve un poco ridículo, y en ese ridículo hay distancia. Ya no eres la víctima de una tragedia. Eres una clienta insatisfecha que tiene derecho a reclamar.

Y una clienta insatisfecha tiene poder. Puede pedir la hoja de reclamaciones. Puede exigir que le devuelvan el dinero. Puede poner una reseña de una estrella. Esa posición, aunque sea en broma, es mucho mejor que la de la persona que llora en un rincón.

Me gusta pensar que la narradora de esta canción, después de flipar un rato, sale de la tienda con su hoja de reclamaciones rellenada. Producto defectuoso. Chip de la traición averiado. No lo recomiendo.

Flipada

Hay una palabra que se repite muchas veces en la letra y que no quiero pasar por alto: flipada.

«Me estoy quedando flipada.» En femenino. La narradora de esta canción habla en femenino, y lo hace con la naturalidad con la que muchos gays hablamos de nosotros mismos en femenino cuando estamos entre amigas, cuando algo nos escandaliza, cuando contamos un cotilleo. Flipada, muerta, loca, histérica. Es un registro muy nuestro, muy de patio, y aparece en mis letras siempre que el personaje está en modo escándalo.

No es una cuestión menor. Ese femenino cambia el tono entero. «Me estoy quedando flipado» sería una frase de sorpresa. «Me estoy quedando flipada» es una frase de teatro, con la mano en el pecho y los ojos muy abiertos. Es exageración con gracia, de la que he hablado al escribir sobre la exageración del habla cotidiana.

Y es también un recordatorio de que esta canción, por mucho que hable de chips y de inteligencia artificial, es una conversación entre amigas. No es un ensayo sobre tecnología. Es una reina contándole a otra lo que le ha pasado, y llegando a la conclusión más disparatada posible.

Palabras sueltas

En la letra escrita, las frases aparecen partidas en trocitos. Una palabra por línea, a veces dos. Será mejor. Crear. Un novio. Con. Inteligencia. Artificial.

Lo escribí así a propósito, y me gusta cómo queda en el papel. Tiene algo de razonamiento lento, de alguien que explica una idea muy obvia a otra persona que no termina de pillarla. Paso a paso. Sin prisa. Como en una clase para principiantes.

Y tiene también, si quieres verlo así, algo de lenguaje de máquina. De instrucción que se procesa palabra a palabra. No digo que esa fuera la intención principal, pero me hace gracia que una canción sobre un novio artificial esté escrita como si cada palabra pasara por un procesador antes de salir.

Luego, en la parte final, todo eso se rompe con el grito de la sigla estirada. Lo ordenado y lo descontrolado, uno detrás de otro. Primero el manual de instrucciones, luego el escándalo.

La sigla que se estira

En la parte final de la letra pasa algo que en el papel se ve muy bien: la sigla del título se alarga hasta ocupar media línea. Las dos letras se convierten en un grito largo, con muchas íes y muchas aes.

En la letra escrita lo puse así, tal cual, con todas las letras repetidas, porque quería que se viera el escándalo. Es el momento en que la sospecha se convierte en certeza absurda y la narradora ya no puede decirlo de forma normal. Tiene que gritarlo.

Me hace gracia que precisamente la sigla de la tecnología sea lo que se estira hasta perder la forma. Como si la palabra técnica, fría, de dos letras, se derritiera de pura indignación. Es lo más humano de toda la canción: la sigla de la máquina convertida en un alarido de patio de vecinas.

Una canción hecha con lo mismo que critica

No puedo escribir sobre esta canción sin decir lo obvio. Yo escribo las letras sin IA, pero la música y las voces de mis canciones las hago con herramientas de inteligencia artificial. Lo cuento con detalle en Sobre mí y en un texto sobre qué es mío en una canción hecha con IA.

Collage con un detalle de la carátula de «Mi ÚLtimo Ex Era una Ia Disfrazada» y las carátulas de «Una obra de teatro», «3 años de garantía»

Así que hay algo juguetón en que una canción hecha con estas herramientas diga que una inteligencia artificial nunca podrá dar un abrazo. Y me parece bien que esté ahí, esa contradicción, a la vista. No la escondo.

Porque, en el fondo, la canción dice algo en lo que creo: hay cosas que una máquina hace muy bien y cosas que no hace en absoluto. Una herramienta puede ayudarte a construir una canción. Lo que no puede es haber vivido la ruptura de la que habla la letra, ni haber echado de menos un cuerpo a las tres de la mañana. Eso lo pone quien escribe. Y en mi caso, eso lo pongo yo.

Ya escribí en otro sitio que la IA no tiene exnovios. Esta canción es casi la versión cómica de esa idea, con la diferencia de que aquí la narradora sospecha que su ex sí era una IA. Si lo era, no hay duda de que estaba mal programado.

Por qué no hay tercera opción

Vuelvo al dilema, porque creo que es lo más interesante de la canción si la escuchas dos veces.

La narradora plantea las cosas como si solo hubiera dos opciones: un novio artificial que no miente pero no abraza, o un novio humano que abraza pero miente. Y claro, eso es falso. Hay hombres que abrazan y no mienten. Hay relaciones con besos y con verdad. Lo sabe cualquiera.

Pero cuando sales de una relación como la que intuye la letra, esa tercera opción desaparece del mapa. No porque no exista, sino porque desde dentro del dolor no se ve. El desengaño tiene eso: te convence de que lo que te ha pasado es la norma. De que todos son así. De que la sinceridad solo puede venir de una máquina.

La canción no corrige a la narradora. La deja ahí, flipando, con su hipótesis disparatada. Y creo que hace bien. Porque el humor de la canción depende de que ella se lo crea un poquito. Si apareciera un verso diciendo «bueno, en realidad hay hombres buenos», el chiste se moriría.

El oyente, en cambio, sí puede ver la tercera opción. Puede reírse de la narradora y, a la vez, saber que no tiene razón del todo. Ese doble plano es lo que más me gusta del humor: te ríes con alguien y, al mismo tiempo, un poquito de ese alguien.

Una tipología con piezas

Me he divertido mucho a lo largo de la trilogía inventando tipos de ex. He hecho incluso una pequeña tipología cómica de exnovios, con sus manías y sus defectos. El ex de esta canción entra en una categoría que no había previsto: el ex electrodoméstico.

Lo que tiene de especial esta categoría es que no se le puede odiar del todo. A un mentiroso se le odia. A una tostadora rota, no. Se la mira con fastidio, se la desenchufa y se lleva al punto limpio. Esa es la emoción final de la canción, si la escuchas bien: no es rabia, es fastidio. Es la reacción de alguien que ha comprado algo caro y le ha salido rana.

Y ese fastidio, aunque parezca una emoción pequeña, es en realidad una señal de que la narradora ya ha empezado a curarse. Cuando el ex deja de ser un monstruo y pasa a ser un trasto, es que ya no te quita el sueño. Ya no ocupa tanto espacio. Ya está casi en el punto limpio.

La sinceridad como deseo

Quiero detenerme un momento en lo serio que se esconde debajo del chiste.

Ficha de la canción «Mi ÚLtimo Ex Era una Ia Disfrazada» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La canción pide verdad. La pide tres veces seguidas, con tres formas distintas de decir lo mismo. Y eso, en una época en la que tanta gente se queja de no saber con quién está hablando, de perfiles falsos, de conversaciones que desaparecen, de personas que se esfuman sin explicación, tiene un eco muy real.

No quiero convertir esta canción en un tratado sobre las aplicaciones de ligar, porque no lo es. Pero sí creo que el deseo que expresa, el de alguien que te conteste con sinceridad, es uno de los más extendidos que conozco. Mucha gente prefiere una verdad incómoda a una mentira bonita. Y cuando lleva tiempo recibiendo mentiras bonitas, empieza a pensar cosas raras. Como que estaría mejor con un robot.

La canción se ríe de esa idea, pero no se ríe del deseo que hay detrás. Eso lo respeta. La verdad sigue siendo lo primero de la lista.

Una reseña de una estrella

Me divierte imaginar la reseña que dejaría la narradora si su ex se vendiera en una tienda en línea. Seguro que la escribiría deprisa, con faltas, a las dos de la mañana, después de la tercera copa de vino.

Una estrella. El producto prometía mucho en las fotos. Al principio funcionaba bien: atento, cariñoso, muy conversador. A los pocos meses empezó a dar fallos. Contestaba con evasivas. Desaparecía sin explicación. Decía una cosa y hacía otra. He llamado al servicio técnico y nadie me coge el teléfono. No lo recomiendo. Si alguien sabe dónde se compra uno que no mienta, que me avise.

Es una broma, claro, pero esa es la misma voz narrativa de la canción. La de alguien que ha decidido tomarse su desgracia con el humor de una clienta estafada. Y esa decisión, la de reírse en lugar de hundirse, es para mí una forma de dignidad. No la única, pero sí una muy nuestra.

Porque hay gente que, después de una ruptura, necesita llorar mucho tiempo. Y hay gente que necesita reírse primero, para poder llorar después con algo de perspectiva. Esta canción es para la segunda. Aunque no descarto que también sirva a la primera, cuando ya se hayan secado un poco las lágrimas.

Para ponerla en una cena

Si me preguntan cuándo poner esta canción, mi respuesta es fácil: en una cena de amigas que se estén contando desastres.

Funciona como uno de esos momentos en los que alguien suelta la teoría más absurda y la mesa entera se ríe, y después, en silencio, cada una se pone a pensar en su propio ex. ¿Y si el mío también tenía un chip roto? ¿Y si le cambiaron la pieza en algún momento y yo no me di cuenta?

Es una canción para reírse en grupo de algo que, a solas, duele. Eso es lo que más me gusta hacer cuando escribo humor. No quitarle importancia al dolor, sino darle una forma con la que se pueda compartir. El camp no es un chiste aunque te rías, y esta canción tampoco lo es del todo.

Dónde encontrarla

«Mi último ex era una IA disfrazada» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía. La puedes encontrar junto a las demás en la discografía completa, y su letra, con la sigla estirada tal y como la escribí, está en mis letras. La ficha con la lectura principal de la canción está en el blog.

Y si después de escucharla te entra la sospecha sobre tu propio ex, no te preocupes. Es normal. La canción tiene ese efecto secundario. No viene en el prospecto, pero viene.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Mi último ex era una IA disfrazada»? De una narradora que, tras un desengaño, propone en broma crear un novio con inteligencia artificial porque no mentiría, aunque no podría dar besos, abrazos ni polvazos. Y acaba sospechando que su último ex era una máquina con el chip de la traición averiado. La letra está en gayfolkplanet.com/letras/mi-ultimo-ex-era-una-ia-disfrazada.

¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Quién ha hecho la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

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