
By Mike Sain't Louis ·
Un hombre solo entre humo rosa y turquesa: el videoclip de «El productor de Madonna no compra en Mercadona»
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Hay videoclips que necesitan veinte decorados, y otros que se sostienen con uno solo. El de mi canción sobre la estrella del pop y el supermercado es de los segundos. Casi todo el vídeo transcurre en el mismo sitio: un mirador con suelo de baldosa, una barandilla de hierro, una chimenea de ladrillo a un lado y, detrás, un valle enorme bajo un cielo pálido. En medio, un hombre con un abrigo largo negro y gafas de sol. Y alrededor, humo. Mucho humo rosa y mucho humo turquesa.
El clip se estrenó en YouTube el 8 de enero de 2025 y dura cuatro minutos y veinticinco segundos. Es una de mis canciones más largas y más gamberras, y ya le dediqué un artículo a su letra, el del examen permanente y la marca blanca. No voy a repetirlo. Hoy quiero hablar de lo que pasa en la pantalla y de por qué un solo hombre bailando entre humo de colores es la mejor imagen posible para esta canción.
El cartel de neón
El vídeo empieza con el protagonista ya en su sitio, de pie en el mirador, y una nube de humo turquesa que le sube por las piernas. Encima aparece el título, escrito con letras de neón en cursiva: «El productor de» arriba, en pequeño; «Madonna» en el centro, enorme, en amarillo; «no compra en» debajo, y «Mercadona» cerrando la frase. Mi nombre, también en neón, se queda en una esquina.
Ese tipo de letra, la del rótulo luminoso de un bar de carretera o de un club de los ochenta, le va perfecta a la canción. Tiene algo de glamour barato, de cartel de discoteca de pueblo. Y es justo lo que la canción hace con su título: junta a una estrella mundial y a un supermercado de barrio en la misma frase, y deja que el contraste haga el chiste.
Un mirador y un valle
Lo primero que me llama la atención del clip es el sitio. No es un plató, no es una discoteca, no es una calle de ciudad. Es un mirador de piedra en lo alto, con una barandilla de barrotes negros, unas baldosas gastadas y, a la derecha, una chimenea o pilar de ladrillo rojo. Más allá de la barandilla hay un paisaje abierto: un valle, unas colinas, lo que parece un pueblo a lo lejos, y una línea de horizonte muy baja.
Es un escenario que da sensación de altura y de exposición. Quien está ahí está a la vista de todo el mundo, sin un rincón donde esconderse. Y eso encaja con la primera estrofa, que está escrita de una forma muy concreta: una palabra por línea.
Tengo Que Demostrar Constantemente
La letra se lee como si alguien tuviera que justificar cada palabra antes de pasar a la siguiente. Ya hice algo parecido en otra canción, y lo conté en el artículo sobre escribir una palabra por línea en «Envejecer». Aquí la intención es otra: no es ternura, es cansancio. Es la sensación de estar en un examen permanente, de tener que demostrar talento a cada paso. Y el vídeo pone a su protagonista en lo alto de un mirador, solo, delante de un público que no se ve pero que se intuye en todo ese paisaje.
El abrigo negro
El protagonista lleva el mismo vestuario de principio a fin: un abrigo largo negro que le llega casi a los tobillos, ropa oscura debajo y gafas de sol. Tiene el pelo corto y la barba arreglada. No cambia de ropa, no cambia de sitio. Lo único que cambia es lo que hace con el cuerpo y el humo que le rodea.

Me gusta que vaya de negro, porque todo lo demás es color. El humo rosa y turquesa, el cielo verdoso, el ladrillo. Él es la única mancha oscura del plano, y eso le convierte en el centro de cualquier encuadre. Es una figura seria en una canción que no lo es. Va vestido como para un entierro o para un desfile de alta costura, y se pone a bailar en un mirador como quien baila en la cocina.
Hay algo muy de mi universo en esa mezcla. La pose de diva y la realidad doméstica. El abrigo de pasarela y el supermercado de la esquina. Es la misma mezcla que hace el título.
El baile
Durante casi todo el vídeo, el protagonista baila. No es una coreografía de academia. Son gestos amplios, teatrales: abre los brazos en cruz, como si recibiera un aplauso; levanta un brazo hacia el cielo; gira sobre sí mismo con el abrigo volando; da unos pasos hacia la cámara y se para en seco. En algunos planos se queda de espaldas, mirando al valle, con el humo subiendo a su alrededor. En otros se acerca tanto que casi solo vemos el torso, las gafas y una mano.
Hay un gesto que se repite mucho: los brazos abiertos, las palmas hacia arriba, la cabeza ligeramente levantada. Es el gesto de «aquí estoy», de «¿qué más queréis?». Lo asocio con un momento muy concreto de la letra:
¿Qué No Tengo Talento? ¿En serio?
Esa pregunta, partida en trocitos, es la reacción de alguien que ya está harto de que le pidan pruebas. Y el «¿En serio?» final es pura actitud. El baile del clip tiene esa misma actitud. No pide permiso ni perdón. Ocupa el mirador entero.
Los botes de humo
El humo es el otro protagonista del vídeo. Sale de botes de colores que están en el suelo, o que el propio protagonista sostiene en la mano y levanta por encima de la cabeza, y forma nubes espesas que lo envuelven. Rosa chicle y turquesa, casi siempre juntos, a veces mezclados en un tono lila.
Hay planos en los que el humo es tan denso que el protagonista casi desaparece. Solo se adivina su silueta, el abrigo, un brazo. En otros, el viento lo empuja hacia un lado y se ve el valle detrás, limpio. El humo sube, baja, se arremolina, se deshace. Es lo único en el clip que no se está quieto nunca.
Para mí, ese humo es la parte más bonita del vídeo y la que mejor cuenta la canción. Porque esta canción es, en el fondo, una canción sobre el ruido que se hace alrededor de alguien. Las opiniones, las dudas, los comentarios, las comparaciones. Todo eso es humo. Se mueve mucho, hace mucho espectáculo y, al final, se va con el viento. Y en medio, el protagonista sigue bailando.
El estribillo de dos letras
No voy a esconderlo: el estribillo de la canción repite dos letras, «I A», una y otra vez, y responde con un «¡Eso no significa nada!». Es una canción que contesta a quienes me dicen que lo que hago no vale porque la música e interpretación vocal están hechas con IA. La letra y la producción son mías, como cuento en mi página sobre mí, y esta canción es mi manera de decirlo con humor y con una pizca de rabia.
No quiero convertir este artículo en un debate sobre eso, porque ya lo hice en «Discutiendo con la IA», sobre la inteligencia artificial como personaje de mis letras. Lo que sí me interesa es cómo el vídeo acompaña ese estribillo. Cuando llegan las dos letras, el protagonista abre los brazos, el humo explota en colores y la cámara se aleja un poco para enseñar el mirador entero. Es un momento de exhibición. No se justifica. Se exhibe.
La pelirroja en moto
En mitad del vídeo, y otra vez al final, aparece un plano que no tiene nada que ver con el resto. Una mujer de melena roja, intensa, montada en una moto grande en una carretera, con otros moteros detrás y un edificio industrial al fondo. Mira de frente. Es el único momento en que el protagonista desaparece y el mirador se cambia por el asfalto.

Ese plano siempre me ha parecido una aparición. La letra habla de una reina que, después de dos décadas, sigue en lo alto y sin quitarse la corona. Y de repente, en pantalla, una mujer que no necesita bajar de la moto para que todo el mundo la mire. No sé si es la reina de la que habla la letra o una versión inventada de ella, y no hace falta saberlo. Es una figura de poder, de carretera y de melena al viento, y su aparición rompe el bucle del mirador justo cuando el vídeo empezaba a parecer un solo plano infinito.
El ex y el desodorante
La parte más divertida de la letra llega cuando la canción cambia de tema sin avisar y se pone a hablar de un ex:
A mi ex novio Madonna le encantaba
Y a partir de ahí viene uno de mis juegos de palabras favoritos de todo mi catálogo. La comparación de la reina del pop con un anuncio de desodorante:
Madonna era como Rexona que nunca te abandona
Y el remate, que no voy a copiar entero para que lo descubras escuchándolo: el «mira, bonito» con retintín, el cambio a la marca blanca del supermercado y la confirmación de que funciona igual de bien.
Es la venganza más doméstica que he escrito, y pariente cercana de lo que conté sobre el low cost como estética. No hay drama, no hay portazos, no hay lágrimas. Hay una lista de la compra. El ex adoraba a una estrella; yo me paso a la marca blanca y descubro que funciona igual. Es una forma de decir que no necesito lo que él idolatraba para estar bien. En mi historia, que he contado otras veces, hubo dos relaciones largas que me hicieron mucho daño. Esta canción no es de las tristes. Es de las que llegan después, cuando ya puedes reírte de lo que adoraba el otro.
En el vídeo, este tramo coincide con algunos de los planos más alegres del protagonista: gira con el abrigo abierto, da pasos de baile casi de verbena, levanta un bote de humo como quien levanta una copa. No hay ni rastro del ex en pantalla. Solo alguien que ha cambiado de marca y está encantado.
«Voy a acabar como todos los demás»
El final de la letra baja de las alturas del mirador al pasillo del supermercado. El protagonista asume que terminará como todo el mundo, en el súper, en la franja de siete a ocho de la tarde. Es una referencia a esa franja de la tarde en la que, según dicen, se liga en el súper, y que en España se ha convertido en una broma conocida. La canción la recoge con desgana: no me gusta hacer la compra, cuando voy no soy persona, encima no me gusta la piña. Y aun así, ahí acabaré, atento por si alguien me guiña.
Lo bonito es que el vídeo no enseña nunca el supermercado. No hay carritos, ni estanterías, ni cajeras. El clip se queda en el mirador hasta el final, como si el protagonista se negara a bajar. La letra dice que acabará como todos los demás; el vídeo dice que todavía no. Esa pequeña contradicción me hace mucha gracia. Uno puede escribir resignación y bailar rebeldía al mismo tiempo.
El humo se lo traga
Hacia el final, el humo gana. En los últimos planos del mirador, las nubes rosas y turquesas suben tanto que cubren la barandilla, el suelo y al propio protagonista. Primero se ve su cabeza asomando por encima, luego un brazo, y al final nada: solo un muro de humo de colores contra el cielo.

Es un final que me encanta porque no es triste. No es que el protagonista desaparezca derrotado. Es que se funde con su propio espectáculo. Después de cuatro minutos demostrando, bailando y respondiendo, se esconde dentro de la nube que él mismo ha creado. Ya no hay nada que demostrar.
Después vuelve la pelirroja en su moto, con el título de neón encima, y el vídeo se cierra con mi nombre escrito tres veces, uno debajo de otro, en neón rosa, sobre un paisaje de tierra por el que vuela un dron. Tres veces el nombre, como quien firma un examen para que no quede duda de quién lo ha hecho.
Por qué un solo escenario
Algunos de mis vídeos son muy recargados y otros, como este, casi desnudos. En este caso creo que la sencillez es parte del mensaje. Una canción sobre tener que demostrar constantemente tu talento podría haber tenido un vídeo lleno de efectos, de cambios de escenario y de cosas que impresionan. Este hace lo contrario: un hombre, un mirador, unos botes de humo. Y lo sostiene durante más de cuatro minutos.
Es casi un desafío. Si lo que haces tiene algo, se tiene que notar con poco. Si no lo tiene, no lo salvarán veinte decorados. El clip apuesta por la primera opción y se queda quieto en su sitio, como el protagonista, que no se mueve del mirador aunque el humo se lo coma.
La cámara que se queda a distancia
Algo que se nota cuando ves el clip con calma es dónde se pone la cámara. Casi siempre está a la misma altura que el protagonista, a unos metros, como si fuera alguien del público plantado en el mirador. Hay pocos primeros planos. La mayoría son planos enteros, de los pies a la cabeza, con la barandilla y el valle detrás. Cuando la cámara se acerca, lo hace poco y por poco tiempo: unas gafas, un brazo levantado, el cuello del abrigo.
Esa distancia tiene sentido. La canción habla de alguien a quien observan y juzgan. La cámara hace de observador, pero no invade. Le deja espacio para bailar. Y en los planos en los que él se pone de espaldas y mira al valle, la cámara se queda detrás, respetuosa, como quien no quiere interrumpir a alguien que está pensando.
Esos planos de espaldas son mis favoritos. El protagonista, de negro, frente a un paisaje enorme, con el humo subiendo a los lados como dos alas de colores. Parece una pintura romántica de las de caminante frente al mar de niebla, solo que con botes de humo de feria y un abrigo de pasarela. Es la versión gayfolk de la contemplación: solemne y un poco ridícula a la vez.
Rosa y turquesa
No es casualidad que el humo sea de esos dos colores. El rosa y el turquesa son una pareja clásica del pop de los ochenta y de los noventa: carteles de neón, carpetas del instituto, chándales brillantes, portadas de casetes. Juntos tienen algo de chuchería, de feria, de verano. Y en el vídeo funcionan como dos bandos que se mezclan sin pelearse.
A veces el rosa domina el lado izquierdo del plano y el turquesa el derecho. Otras veces se cruzan por delante del protagonista y forman un lila que dura un segundo. Me gusta pensar que el humo rosa es el glamour de la estrella y el turquesa la vida corriente del barrio, y que el vídeo los mezcla igual que el título mezcla a la reina del pop con el súper. Es una lectura mía, claro. El vídeo no la explica. Pero cuando lo vuelvo a ver, es imposible no verla.
El cielo, en cambio, tiene un tono verdoso, apagado, casi de foto antigua. Eso hace que el humo resalte todavía más. Todo el color del clip está en el suelo, alrededor del protagonista. Arriba, nada. Como si el espectáculo lo pusiera él y el mundo se limitara a mirar.
Un título que es un chiste largo
El título de la canción es largo a propósito. Siete palabras que parecen un titular de prensa rosa o una pintada en un baño. Y el chiste está en el cruce: el productor de una estrella mundial no hace la compra donde la hacemos los demás. Es una manera de decir que hay gente que vive en otro planeta, y que el resto vamos de siete a ocho al supermercado con la lista en el móvil.

En el clip, ese cruce también está. El protagonista va vestido como para una gala, con un abrigo que no pega en un mirador de pueblo. Baila como si tuviera delante un estadio y lo que tiene es un valle. El vídeo juega a lo mismo que el título: poner el glamour en un sitio donde no le toca y ver qué pasa. Lo que pasa es que funciona.
Cómo verlo con la letra al lado
Si quieres hacer el ejercicio, te propongo un pequeño recorrido. En el primer minuto, fíjate en cómo la letra va palabra a palabra mientras el protagonista apenas se mueve: está tanteando el sitio, como quien llega a un examen. Cuando llega el primer estribillo, mira los brazos abiertos y el humo que explota. En la parte del ex, presta atención a los giros con el abrigo abierto, que son los más alegres del clip. Y al final, cuando la letra baja al supermercado, observa cómo el humo sube y se lo traga todo.
No es una guía oficial, es solo cómo lo veo yo. Pero creo que, con ese orden en la cabeza, el vídeo deja de ser un solo plano repetido y se convierte en una pequeña historia en tres actos: llegar, defenderse y desaparecer en tu propia nube.
Dónde encaja en mi mundo
Esta canción se cruza con otras de mi catálogo. La del concurso literario asoma en la propia letra, con un premio de escritura que se presume medio en serio y medio en broma. Las divas también vuelven una y otra vez en mis canciones, y lo conté en el artículo sobre las divas a las que me encomiendo. Y el ex que reparte culpas tiene su propio artículo, el de los pronombres que reparten culpas en mis letras.
Si llegas nuevo a mi mundo, la guía para escuchar la trilogía de principio a fin te sirve de mapa. Si quieres ver el vídeo, lo tienes en la página de videoclips, y la letra entera, con todas sus palabras sueltas, en la sección de letras. Te recomiendo verlo con la letra al lado. Es un ejercicio curioso: la letra va palabra a palabra, despacio, y el humo va a toda velocidad.
Lo que me llevo del clip
De todos mis vídeos, este es de los que más me relajan. Será por el humo, por el paisaje o por el baile sin coreografía. Me recuerda que, aunque la canción nazca de tener que justificarme, el resultado final no es una justificación. Es una fiesta en un mirador con un abrigo negro.
Y me quedo con la imagen del final: el humo que lo cubre todo y, por un momento, nada más que color. Ni el ex, ni las dudas, ni el supermercado. Solo una nube rosa y turquesa contra el cielo, y la sensación de que, después de todo, también funciona.
Preguntas frecuentes
¿Qué pasa en el videoclip de «El productor de Madonna no compra en Mercadona»? Casi todo transcurre en un mirador con barandilla y una chimenea de ladrillo, sobre un valle. Un hombre con abrigo largo negro y gafas de sol baila entre nubes de humo rosa y turquesa que salen de botes de colores. Hay planos de una mujer pelirroja en moto con otros moteros detrás, y el vídeo termina con el humo cubriéndolo todo y mi nombre en neón.
¿Cuándo se estrenó? El 8 de enero de 2025 en YouTube. Dura cuatro minutos y veinticinco segundos.
¿Por qué la letra va palabra por palabra? Para que se lea como alguien que tiene que justificar cada palabra antes de pasar a la siguiente. La canción habla de tener que demostrar constantemente que lo que haces vale.
¿Qué significa lo de la marca blanca? Es un chiste sobre un ex que adoraba a una estrella del pop. La letra la compara con un desodorante que nunca te abandona y remata diciendo que me he pasado a la marca blanca del supermercado y que también funciona.
¿Quién hace la canción? La letra y la producción son mías; la música e interpretación vocal están hechas con IA.