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Buscando mi nicho: el low cost como estética y Ojete Calor como vara de medir

Urgencias de un hospital cualquiera, sillas de plástico naranja, un fluorescente que parpadea. Un chico entra con las piernas cruzadas y la cara de quien ya sabe que esto va a ser largo. Así empieza «Ojete Calor en versión low cost», con una frase que no deja lugar a la poesía: «Doctor, doctor, me duele mucho al mear».

Yo podría haber empezado de otra manera. Con un amanecer, con un portazo, con un nombre propio. Empecé con una cistitis.

La ficha de la canción ya cuenta la anécdota de la consulta, el frío que no fue frío y las dos pastillas antes de la fiesta. Aquí quiero hablar de la otra mitad, la que casi nadie comenta porque va al final y porque es menos escandalosa que una pilila dolorida. Hablo de la frase en la que el narrador, después de soltar todo eso, se para, pide perdón y dice que está buscando su nicho. Y lo encuentra: «Tal vez sea algo estilo Ojete Calor / Pero en versión Low Cost».

Esa línea es lo más parecido a un currículum que he escrito en una canción.

Doctor, doctor

Primero, la escena, porque sin ella la frase final no tiene gracia.

Hay una tradición muy española de contar la vergüenza propia en voz alta. El chiste de médicos es casi un género: el paciente que miente, el doctor que no se entera, la enfermera que pone los ojos en blanco. Lo que yo hice fue meter en ese molde algo que en la tele de las nueve de la noche no sale nunca: la química de fin de semana, el cialis de refuerzo, la «chem party» dicha así, en inglés, como quien nombra una marca de yogures.

No lo hice para escandalizar. Lo hice porque así habla la gente que conozco cuando cuenta su lunes. Sin dramatismo y sin folleto del Ministerio. Con la palabra «pilila» en mitad de un asunto de adultos, porque el cuerpo, cuando duele, nos devuelve a los seis años. A nadie le duele «el aparato genitourinario». Le duele la pilila.

Y luego está la mentira. El médico dice que ha cogido frío. El paciente asiente. A quien escucha le cuenta la verdad. Esa complicidad, ese guiño por detrás de la bata blanca, es el corazón de la canción. Me interesa más el secreto que la infección.

Hay algo muy serio escondido ahí, y lo digo una vez y sin sermón: mentir en la consulta es la forma más tonta de jugarse el cuerpo. El médico no está para juzgar a nadie, está para saber qué te has metido. La canción se ríe de la mentira; no la recomienda.

Ya está. Vuelvo al chiste.

Dos veces la misma urgencia

Fíjate en cómo está montada. La historia del hospital entera, con el «doctor, doctor», el frío y las pastillas, se repite dos veces seguidas, igual, sin cambiar una coma. Y solo después llega la disculpa y la frase del nicho, que a su vez se repite cuatro veces.

No es pereza. Es el ritmo del cotilleo. Cuando alguien te cuenta en la barra que acabó en urgencias, no te lo cuenta una vez: te lo cuenta, se ríe, le preguntas «¿pero cómo que dos pastillas?» y te lo vuelve a contar entero, con los mismos detalles, porque el placer está en repetirlo. La canción imita esa segunda vuelta.

Y luego la coda, machacona, como quien ha encontrado por fin la frase que lo justifica todo y no la quiere soltar. Ojete Calor, low cost. Ojete Calor, low cost. Hasta que se te queda pegada como la purpurina de la portada.

El catálogo del bochorno

Si repasas lo que he publicado en Planeta Gayfolk verás que el bochorno tiene sección propia. Me gusta la vergüenza ajena como herramienta para escribir, y en esta canción la vergüenza es propia, que todavía tiene más mérito. Nadie me obligaba a poner a un narrador que va a urgencias por pasarse de frenada. Podría haber puesto a un vecino, a un ex, a un primo de Cuenca. Elegí la primera persona.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ojete Calor En Versión Low Cost», de Mike Sain't Louis

Esa es una regla que me impongo cuando me río de algo que roza lo sexual: que el primero que sale mal parado sea el que habla. Si el chiste va de la cama, el ridículo lo pone el narrador. Así nadie puede decir que me estoy riendo de los demás desde una silla alta. Lo explico mejor en el texto sobre hacer humor gay sin hacer daño, pero la idea cabe en una línea: la carcajada empieza en mi propio culo.

Y perdón por la imagen. O no.

Ojete Calor como vara de medir

Vamos a la frase.

Ojete Calor es el dúo de Carlos Areces y Aníbal Gómez, y para mucha gente de mi quinta son la prueba de que en España se puede hacer canción de verbena, absurda y descarada, con una seriedad enorme en el oficio. Hacen el tonto con una precisión de relojero. Visten como si hubieran saqueado el ropero de una tía abuela de Albacete y luego suben a un escenario y lo petan.

Cuando un artista se compara con otro, normalmente lo hace hacia arriba. «Soy el nuevo tal», «suena a cual». Es publicidad. Yo hice lo contrario: me comparé con un referente y en la misma frase me puse la pegatina amarilla de las rebajas. Estilo Ojete Calor, sí. Pero low cost.

Hay quien lo leyó como falsa modestia. No lo es. Es una descripción técnica.

Ojete Calor tiene detrás a dos actores con años de tablas, equipo, giras, una historia en la televisión y un público que los conoce desde hace mucho. Yo tengo un portátil, un cuaderno, una herramienta de inteligencia artificial que pone la música y las voces, y un sello que soy yo solo. Lo he contado en el texto sobre llevar un sello discográfico de una sola persona: el departamento de marketing, el de diseño, el de contabilidad y el de llorar en el baño están en la misma silla. Decir que lo mío es versión low cost es decir la verdad sobre los medios.

Lo que no es low cost es la intención.

La versión de mercadillo

En España «low cost» se ha convertido en un adjetivo para todo. Vuelos low cost, bodas low cost, gimnasios low cost, dentistas low cost que te dan miedo solo con el cartel. La palabra tiene algo de chiste y algo de resignación. Es la economía de quien quiere lo mismo que los demás pero con la tarjeta temblando.

Me gusta esa palabra porque describe una forma de mirar las cosas que es muy de barrio. El mercadillo de los martes, el chino de la esquina, el bazar donde compras el disfraz de Carnaval el viernes por la tarde porque se te olvidó. Lo low cost no es lo malo. Es lo que se hace con lo que hay, y lo que se hace con lo que hay tiene una dignidad que el lujo no conoce.

Mis portadas, por ejemplo, se piensan con ese espíritu. Ya conté en qué hace un director artístico cuando no hay presupuesto que la falta de dinero obliga a tener ideas. Si no puedes pagar un estudio de fotos con humo y focos, tienes que inventarte una imagen que funcione por sí misma. La carencia te empuja a la ocurrencia.

Pues con las letras pasa lo mismo. Una canción low cost no puede esconderse detrás de una producción enorme ni de un coro de cuarenta personas. Tiene que funcionar con la frase. Con la situación. Con la palabra «pilila» puesta en el sitio exacto. Si el chiste no está en la letra, no hay presupuesto que lo rescate.

Estoy buscando mi nicho

La palabra «nicho» tiene dos lecturas, y las dos me hacen gracia.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Tal vez sea algo estilo Ojete Calor Pero en versión Low Cost» de «Ojete Calor En Versión Low Cost»

Una es la del marketing: el público concreto que te compra, tu hueco en el mercado. Los gurús de LinkedIn no paran de decirlo: «encuentra tu nicho». La otra es la del cementerio. El nicho es donde te meten cuando te mueres, en una pared, con una lápida y un ramo de plástico que alguien cambia en noviembre.

Cuando el narrador dice «Siento si te ha molestado lo que he dicho / Pero es que estoy buscando mi nicho», yo oigo las dos cosas a la vez. Busca su sitio en la música y busca un agujero donde esconderse de la vergüenza. Las dos son verdad. Después de contar a todo el mundo lo de la infección y las pastillas, lo normal es querer que te trague la tierra. Y lo que encuentra no es un agujero: es un estilo.

Esa disculpa tiene trampa, claro. «Siento si te ha molestado» es la fórmula de quien no lo siente nada. Es la frase de los políticos pillados, de los famosos con un tuit viejo, del cuñado que ha soltado una burrada en la cena de Navidad. La pongo en boca del narrador para reírme de ella. No pide perdón por la canción: pide perdón como se pide en la tele, con la boca pequeña y los ojos brillando.

La pregunta del referente

Mucha gente que empieza a publicar me pregunta, de una forma u otra, cómo encontrar su sonido. En consejos sinceros para quien quiere empezar a publicar música hecha con IA doy algunas pistas, pero esta canción tiene otra que no conté ahí: decir en voz alta a quién te pareces.

Es un ejercicio de humildad y de puntería. Si sabes a quién te pareces, sabes también en qué no te pareces, y ahí está lo tuyo. Yo me parezco a Ojete Calor en las ganas de verbena, en el gusto por la letra absurda, en la estética de feria de pueblo pasada por una discoteca de Chueca. No me parezco en casi nada más. Ellos son dos. Yo soy uno. Ellos se suben a un escenario. Yo publico desde casa. Lo mío son las letras, la composición y la producción, y la interpretación la pone la máquina.

Esa diferencia, que en otro contexto sería una desventaja, aquí es el chiste entero. Imagina el póster: «Ojete Calor, gira de verano». Y debajo, en letra pequeña, con una fotocopia mal alineada: «Mike Sain't Louis, versión low cost, viernes en el bar de la esquina, consumición obligatoria».

Me río solo pensándolo.

La marca blanca también se compra

Hay una cosa del supermercado que siempre me ha parecido un retrato del país. La marca blanca. Al lado del paquete de galletas famosas está el de la marca del súper, con el mismo color de envoltorio, una tipografía parecida y un precio que da menos vergüenza. Durante años la gente la escondía en el fondo del carro. Ahora la presume.

Mi canción es un poco eso, la galleta de marca blanca que se sabe galleta de marca blanca. No intenta engañar a nadie con el envoltorio. Te dice en la etiqueta lo que es: versión low cost de un estilo que ya existe. Y tú decides si la metes en el carro.

Ese tipo de sinceridad me parece más interesante que la pose de genio. Prefiero un oyente que sabe exactamente lo que le doy a uno que se siente estafado porque esperaba otra cosa. Lo hablo también en avisar al oyente: contar desde el principio cómo están hechas mis canciones es parte del trato. El low cost, dicho con la boca grande, es otra forma de avisar.

Ni Eurovisión ni el Benidorm Fest

No tengo vestuario de festival, ni coreógrafo, ni cuerpo de baile. Eso no me da envidia. Me da material.

Collage con un detalle de la carátula de «Ojete Calor En Versión Low Cost» y las carátulas de «Karma (Versión Alternativa)», «La shakira y el piqué de todo a 1 euro»

En Planeta Gayfolk hay mucho brillo de saldo: lentejuelas de bazar, plumas de disfraz, purpurina que se queda en la alfombra tres meses. La estética del todo a un euro tiene un encanto que la estética de lujo no puede comprar, porque el lujo no se puede reír de sí mismo sin parecer que hace caridad. El low cost sí. El low cost se ríe de sí mismo desde la cuna.

Por eso no me veo en la fila de los festivales grandes. No por desprecio. Porque mi sitio es el otro, el de la verbena con orquesta de pueblo, el de la fiesta de la asociación de vecinos, el del karaoke del jueves donde una señora de setenta años se arranca con Raphael y el bar entero se pone de pie. Ese es el nicho que buscaba el narrador. No el del cementerio. El de la verbena.

Lo que me enseñó reírme de mí

Hay un texto en el blog que se llama me río de mis ex porque es la forma más honesta que tengo de contarlo. Esta canción es su hermana pequeña: aquí el ex soy yo. El ridículo del narrador no tiene culpable externo. No hay narcisista, ni infiel, ni vecina cotilla. Hay un tío, unas pastillas, una fiesta y una cistitis. Fin del reparto.

Escribir algo así me obliga a no tener a quién echarle la culpa. Y eso, después de muchas canciones ajustando cuentas, se agradece. No todo en la vida es un villano. A veces el villano de la semana eres tú, con tu mala cabeza y tus ganas de alargar la noche. Lo mejor que puedes hacer con eso es contarlo con gracia y abrigarte la próxima vez.

Aunque los dos sabemos que el frío no tuvo nada que ver.

Un querubín, una bola de espejos y medias de rejilla

Mira la portada antes de darle al play, porque ahí también está el low cost, pero en versión barroca.

Un chico tirado sobre una moqueta de pelo rosa, con una camisa de satén azul eléctrico llena de volantes rosas y unas medias de rejilla fucsia que le suben hasta el muslo. Tiene la mano en el pecho y la cabeza echada hacia atrás, en pose de diva desmayada de telenovela. Alrededor, un decorado imposible: una bola de espejos en el suelo, peluches, flores, un querubín volando arriba a la derecha y una columna rosa con una forma que no voy a describir porque todos la hemos entendido a la primera. El título va en letras hinchadas, rosas, como de globo de cumpleaños.

Todo es exceso, y todo parece comprado en el mismo bazar. Esa es la gracia. Si la canción dice «versión low cost», la imagen tenía que parecer un palacio de Versalles montado con lo que había en la tienda de disfraces del polígono. El querubín es de escayola de jardín. La columna, de cartón piedra. La pose, de la sobremesa de Antena 3.

Me gusta que el chico no parezca enfermo. Parece agotado de tanto glamour. Nadie diría, viéndolo, que acaba de salir de urgencias con una receta de antibiótico en el bolsillo. Esa es la mentira de la portada, igual que la del paciente al médico: por fuera, todo lentejuela; por dentro, escozor.

La palabra versión

Hay otra palabra en el título que merece un párrafo. «Versión».

Ficha de la canción «Ojete Calor En Versión Low Cost» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En la música, una versión es una canción de otro que tú haces a tu manera. En mi catálogo hay hasta un título con apellido, «Karma (versión alternativa)», porque a veces una misma letra pide dos ropas distintas. Pero aquí la palabra no se refiere a una canción concreta. Se refiere a una manera de existir. El narrador no hace una versión de un tema de Ojete Calor: se presenta a sí mismo como versión de un estilo.

Eso tiene algo de clon de baratillo y algo de homenaje. Como las muñecas que imitan a la Barbie en las tiendas de chuches, con el pelo un poco más tieso y un nombre parecido en la caja. Nadie las confunde con la original, pero los críos juegan igual con ellas. Y a veces las quieren más, porque se las compró la abuela con la pensión.

Me encanta ser la muñeca de imitación de alguien.

El idioma de la fiesta

Un detalle más de la letra, porque explica de dónde sale el narrador: dice «chem party» y no «fiesta química» ni nada parecido. Es la forma en la que ese mundo se nombra a sí mismo, en inglés de app de ligar, como si traducirlo al castellano lo volviera más feo. En la consulta el médico no la oye; la oímos nosotros.

Ese spanglish de madrugada aparece en varias canciones mías, y siempre con la misma función: marcar la frontera entre lo que se cuenta en casa y lo que se cuenta en el grupo de WhatsApp. Lo que en castellano suena a parte de urgencias, en inglés suena a plan. La letra juega con esa doble contabilidad.

Y luego vuelve al castellano de patio de colegio para el dolor. Porque el dolor no se dice en inglés. El dolor se dice «pilila».

Dónde suena en el disco

La canción vive en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, que es el disco de las ganas. Lo expliqué en la gramática de las ganas: es el disco del deseo y de la frustración, del querer ir y no poder. Encaja que esté ahí. El narrador quiere una fiesta que no acabe nunca y acaba en urgencias. Quiere ser Ojete Calor y se queda en la versión de rebajas.

El deseo, en este disco, siempre se queda a medio camino. Y en ese medio camino está la comedia.

La sombra de los referentes

Una última cosa sobre compararse.

Cuando escribes con referentes tan claros corres un riesgo: que te acusen de copiar. Y está bien que el riesgo exista, porque obliga a decir de dónde vienes. Yo prefiero nombrar a mis maestros a esconderlos. Si algo de esta canción suena a Ojete Calor, que conste en la propia letra, con nombre y apellido, para que nadie tenga que descubrirlo con lupa.

Es lo mismo que hago con Camela, con La Veneno, con Carmina Barrios o con Paco León en otras canciones. El homenaje con nombre propio es una forma de decir gracias sin ponerse cursi. Y si encima puedes reírte de ti al decirlo, el gracias sale más limpio.

El nicho, al final, no se encuentra. Se cava. Con lo que tienes a mano, aunque sea una cucharilla de plástico de las del café de máquina del hospital.

Preguntas frecuentes

¿De qué va «Ojete Calor en versión low cost»? De un chico que va a urgencias con una infección de orina, le miente al médico sobre la causa y, al final, se disculpa diciendo que busca su nicho: algo al estilo de Ojete Calor, pero en versión low cost. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Quién es Ojete Calor? Un dúo español de música y humor formado por Carlos Areces y Aníbal Gómez. En la canción aparecen como referente: el narrador se compara con ellos y se pone la etiqueta de «low cost».

¿Quién escribe la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, que también la compone y la produce. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

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