
Por Mike Sain't Louis ·
Qué hace un director artístico cuando no hay presupuesto
La palabra «director artístico» suena a despacho con vistas, a reuniones con un equipo de diseño, a muestras de color colgadas en una pared de corcho. Cuando digo que soy el director artístico de mi propio proyecto, alguien siempre se imagina algo así. Luego le explico que el equipo soy yo, que la pared de corcho es una carpeta en el ordenador y que el presupuesto es el que hay, y la imagen cambia bastante.
Pero el cargo sigue siendo real. Alguien tiene que decidir cómo se ve y cómo suena PLANETA GAYFOLK. Ese alguien soy yo, y lo que he aprendido es que la falta de dinero no elimina el trabajo de dirección. Lo vuelve más importante.
Dirigir es decir que no
Cuando hay presupuesto, los errores se pueden tapar con más recursos. Si una portada no funciona, se paga otra sesión de fotos. Si un videoclip queda flojo, se rueda un plano más. Sin dinero, cada decisión tiene que ser buena a la primera, o al menos tiene que ser coherente con las demás.
Por eso creo que la herramienta principal de un director artístico sin presupuesto es la palabra «no». No a esa tipografía que me gusta pero no pega. No a ese color que está de moda pero no es mío. No a ese efecto que queda espectacular en un vídeo y raro en el siguiente. Tengo más de 280 videoclips y cientos de portadas. Si cada uno fuera por su lado, el conjunto parecería un mercadillo.
Decir que no a cosas bonitas es lo más difícil. Decir que no a cosas feas lo sabe hacer cualquiera.
Una de las primeras cosas que hice fue ponerme reglas. No las tengo escritas en un manual con tapas duras; las tengo en la cabeza y en la forma de trabajar. Ciertos colores que vuelven. Un tono de humor que no se pasa al cinismo. Una relación con la copla y con lo camp que se nota en la imagen igual que en las letras.
Las reglas tienen una ventaja enorme cuando trabajas solo: te ahorran discusiones contigo mismo. Si ya sé que una portada de la trilogía GAYFOLK tiene que sentirse parte de un mismo mundo, no pierdo una tarde dudando entre veinte estilos. Pruebo dentro de un margen. Lo que se sale del margen, fuera.
Esto no significa que todo sea igual. Una canción como «La vecina cotilla» pide una imagen distinta a la de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», y las dos piden algo distinto a lo que sugiere «La primera drag». Lo que comparten es la manera de mirar. El director artístico protege esa manera de mirar aunque cambien los decorados.
El ingenio sustituye a los medios
Sin presupuesto, una idea graciosa vale más que un plano caro. Un título bien elegido ya es media portada. Si la canción se llama «La dieta del cucurucho», la imagen casi se dibuja sola, y lo que hay que hacer es no estropearla con demasiadas cosas. A veces dirigir es quitar.
Con los videoclips me pasa lo mismo. No tengo grúas, ni actores, ni localizaciones alquiladas en Madrid. Tengo herramientas de inteligencia artificial que dirijo, igual que dirijo la música con Suno, y tengo un criterio. Ese criterio decide qué tipo de imagen acompaña una letra, cuánto dura un plano, cuándo el vídeo tiene que reírse de la canción y cuándo tiene que tomársela en serio.
Los Shorts me enseñaron mucho en este sentido. En quince segundos no hay presupuesto que valga: o la idea se entiende enseguida o se pierde. Ese formato me obligó a pensar en la imagen como en un chiste, con su planteamiento y su remate, y luego esa manera de pensar se ha ido colando en todo lo demás.
Lo que no puedo delegar, y lo que me cuesta
Como llevo mi propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS, soy a la vez el que pide el trabajo y el que lo entrega. Eso tiene su parte cómica. Me encargo una portada a mí mismo, me la entrego, me pongo pegas y me la devuelvo. No hay nadie a quien culpar si algo sale mal. Tampoco hay nadie que me diga que ya está bien, que lo deje.
Esa es mi gran duda como director artístico. Sin un equipo que me lleve la contraria, corro el riesgo de enamorarme de mis propias manías. Un color que me encanta puede cansar a quien lo ve por vigésima vez. Intento vigilarlo, mirando de vez en cuando muchas portadas juntas para ver si el conjunto respira o si se ha vuelto monótono. No siempre lo detecto a tiempo.
Lo que tengo claro es que la dirección artística no es decoración. Es la forma en que todo el proyecto le dice al oyente quién soy. La web también entra ahí: mikesaintlouis.com tenía que parecer de la misma familia que los vídeos y las portadas, con las letras completas, los videoclips y las descargas en un sitio coherente. Si la imagen dice una cosa y la web otra, el oyente nota la grieta aunque no sepa nombrarla.
Otra cosa que he aprendido es a reciclar con intención. Un recurso que funcionó en un vídeo puede volver en otro, cambiado, como una broma interna que el oyente atento reconoce. Si está pensado, deja de ser pereza. Las series hacen lo mismo con sus personajes secundarios: los traen de vuelta porque ya forman parte de la familia.
Al final, un director artístico sin presupuesto hace lo mismo que uno con presupuesto: decide. Solo que con menos red debajo. Y con la ventaja de que nadie le obliga a meter el logo de un patrocinador en una esquina.
Lo que salió de todas esas decisiones está en mikesaintlouis.com.