
Por Mike Sain't Louis ·
Discutiendo con la IA: la inteligencia artificial como personaje de mis letras
«Si estoy a todas horas discutiendo con la / mientras escucho a Locomía.»
Falta una palabra en ese verso. En la letra publicada de «Discutiendo con la IA» se queda así, cortado: discutiendo con la… y punto. La palabra que falta está en el título. Y la escena es tan reconocible que no hace falta escribirla. Un tío a todas horas peleándose con una máquina mientras de fondo suenan los abanicos de Locomía.
Ese tío soy yo, claro. No porque la canción lo diga con mi nombre y apellido, sino porque es exactamente lo que hago. Escribo las letras de PLANETA GAYFOLK y produzco la música con inteligencia artificial. La IA, en mi estudio, es una herramienta de producción y arreglos, la misma función que tuvieron la caja de ritmos o el sintetizador para otras generaciones. Las letras son siempre mías. Las voces que oyes y la música se hacen con IA. Eso no es un secreto y lo cuento siempre.
Pero aquí quiero hablar de otra cosa. De lo que pasa cuando la IA deja de ser la herramienta y se convierte en personaje. Porque en mis letras sale mucho. Sale como insulto en boca de un hater. Sale como novio fabricado a medida. Sale como el ex que resultó tener un chip estropeado. Sale como algoritmo que te ignora o que te descoloca. Sale como el rival con el que discuto mientras suena Locomía.
La he metido en las canciones igual que meto a los exnovios, a las suegras y a las vecinas. Porque está en mi vida. Y todo lo que está en mi vida acaba en una letra.
Le das a un botón
La primera vez que la IA aparece como personaje en mi catálogo no la traigo yo. La trae otro. Y la trae como arma.
En «El segundo exacto» el hater habla primero: «Eso es inteligencia artificial, / le das a un botón y ya está». Y sigue: si no te da dinero, para qué. Vaya tontería de canciones. A quién coño le importan tus emociones.
Esa frase del botón es de las que más se repiten cuando dices que haces música con IA, y en la canción acaba siendo estribillo. Y tiene algo muy interesante como personaje: la IA del hater no es una tecnología. Es un atajo moral. Es una manera de decir que no has hecho nada, que no te has esforzado, que no mereces. El botón es la versión moderna de «eso lo hace cualquiera».
Lo que me gusta de cómo lo resolví en esa letra es que no discuto la tecnología. Discuto el desprecio. Contesto con un «A otra cosa mariposa, / a otra cosa mariposón», con un saludo cordial a un campeón inventado, y con una frase que es casi una ecuación: «Eso es inteligencia artificial, y un corazón real».
Las dos cosas a la vez. La máquina y el corazón. No una contra otra.
Hazlo tú
La segunda vez, la IA vuelve en boca de otro crítico. Y esta vez contesto más fuerte.

«Discutiendo con la IA» es corta, rabiosa y con mucha pluma. Abre con una fiesta sin abanicos y con una respuesta de barra de bar: «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón». Y remata con el retrato del que critica: que va de artista, que dice «¡Os quiero mucho, tías!» y que no ha leído un libro en su puta vida.
Esto es lo que más me gusta de esa letra. Que no se defiende con argumentos técnicos. No explica cuántas horas hay detrás de cada canción, ni cuántas versiones se descartan, ni qué parte es de quién. Simplemente devuelve la pelota: si es tan fácil, hazlo tú. A ver qué sale.
Y luego viene la pregunta que de verdad duele: «¿Por qué decías que como lo mío era / IA / no valía?».
No valía. Ahí está el núcleo de todo. No es que la IA sea mala. Es que se usa para decir que lo tuyo no vale. Que tu letra, tu historia, tus exnovios, tus noches de llorar por la calle no cuentan porque la música la ha producido una máquina. Como si las palabras se las hubiera escrito un ordenador. Y las palabras son mías.
La canción no responde a esa pregunta con una tesis. Responde con una imagen: el tío discutiendo a todas horas con la máquina, mientras suena Locomía. Si fuera darle a un botón, ¿por qué iba a pasarme el día discutiendo con ella?
Un novio con tres años de garantía
Pero la IA no sale solo para defenderme. También sale para reírme del amor.
En «3 años de garantía» el narrador compra un novio moreno por la tele, el novio se estropea justo cuando vence la garantía, la oficina de consumo no puede hacer nada, ya es el noveno moreno, y la canción acaba con una conclusión que suena a eslogan: «Será mejor / Crear / un novio / con / inteligencia artificial».
Ese final conecta con otra canción del primer disco, «Mi último ex era una IA disfrazada», que empieza exactamente igual. Será mejor crear un novio con inteligencia artificial. Porque te dirá siempre la verdad. Porque te contestará con sinceridad. Porque no te engañará.
Y luego, el giro. Lo único que no te podrá dar nunca son besos, abrazos y polvazos. Y después, el golpe: «¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?».
Me parece de las ideas más divertidas que he tenido. El ex no era una persona fría. Era un robot. Uno con un defecto de fábrica muy concreto: «que justo le / fallaba / el chip de la traición». Le cambiaron la pieza en alguna ocasión, dice la letra, como quien lleva el coche al taller.
Aquí la IA funciona como metáfora del desamor. No hay que explicar por qué alguien te trata como si no sintiera nada. Basta con sospechar que, a lo mejor, de verdad no siente nada porque es de silicio. Es una forma de reírse del ex muy cruel y muy cómoda: no hace falta odiarlo, basta con mandarlo al servicio técnico.
Mejor que Ben Affleck
Si en esas canciones el novio de IA era una idea, en «Mejor que Ben Affleck» ya está hecho y funciona.
«He creado a un novio / Con inteligencia artificial.» Es guapo, inteligente y siempre puntual. Majo, caliente y siempre sensual. Se preocupa por mí, quiere hacerme feliz. Y la canción lo celebra con una referencia del corazón de toda la vida: «Soy como Jennifer López / Sin contrato ¡prematrimonial!».
El estribillo es casi un anuncio: «No hay dramas ni peleas / He creado un amor / ¡Que no puede fallar!». Mucho mejor que los de antes. Mejor que Ben Affleck.
Me hace gracia esta canción porque es la otra cara de la del ex disfrazado. Allí el robot era el problema. Aquí el robot es la solución. Y las dos son igual de mentira, claro. Las dos dicen lo mismo con el signo cambiado: que los hombres de carne y hueso nos han fallado tanto que hemos empezado a fantasear con hombres de código.
No es una canción a favor de los novios de IA. Es una canción sobre lo cansado que puede llegar a estar alguien de los de antes.
Solo soy un algoritmo
Hay otra forma de IA en mis letras, más difusa. No es un novio ni un hater. Es el algoritmo.

En «Malena», que es un homenaje bailable a Malena Gracia, la letra se pasa casi entera en inglés y en español, en la pista, loca por un beso. Y de repente, casi al final, aparece esto: «Y aunque para ti / Solo soy un algoritmo / Yo soy como Malena / y nunca me rindo».
Solo soy un algoritmo. Para ti. Para el que mira desde fuera y piensa que esto es una máquina soltando canciones. Y la respuesta es otra vez una diva: yo soy como Malena, y nunca me rindo. No pasa nada por bailar algo distinto.
En «La insignia de artista» el algoritmo sale como sentencia de alguien muy importante con contactos en la música: «Si tu música es un algoritmo / entonces no corazón / entonces no alma / entonces no distinto». Sin verbo. Como un telegrama. Como un portazo. Y luego: ahí tienes la puerta, no mereces la insignia de artista.
Y en «Me mola Zeus» el algoritmo es otra cosa todavía: es TikTok. Es la pantalla que te pone delante al chico que te gusta una y otra vez. «Me estás jodiendo el algoritmo. / Y me mola.»
Tres algoritmos muy distintos. El del que te desprecia, el del que te juzga desde arriba y el de la aplicación que te enamora. Ninguno de los tres es el que uso para producir canciones. Pero los tres están en mi vida. Y por eso están en mis letras.
Me parece significativo que, cuando el algoritmo aparece en una letra mía, casi nunca es el enemigo directo. El enemigo es la persona que lo usa como insulto. «Para ti / Solo soy un algoritmo.» Para ti. El problema no es el algoritmo, es la mirada de quien me reduce a eso. Y frente a esa mirada, las canciones no sacan argumentos de ingeniero. Sacan a Malena Gracia, a la insignia de artista, a un chico de TikTok con los cascos rotos. Sacan cultura popular y deseo. Que son, justamente, dos cosas que ningún algoritmo sabe fabricar desde cero.
De la teletienda al código
Hay algo que me hace gracia cuando pongo esas tres canciones en fila: «3 años de garantía», «Mi último ex era una IA disfrazada» y «Mejor que Ben Affleck». Juntas cuentan una pequeña historia de cómo se compra el amor.
Primero, la teletienda. El novio moreno anunciado en la tele, pedido por teléfono, pagado contra reembolso, con un mes de prueba y tres años de garantía. Es el amor como electrodoméstico. Como la batidora que viene con un juego de cuchillos de regalo si llamas en los próximos diez minutos.
Después, la sospecha. El ex que parecía de carne y hueso pero tenía un chip. El amor como avería.
Y al final, la fábrica propia. El novio hecho a medida con inteligencia artificial, guapo, puntual, sin dramas ni peleas. El amor como producto que por fin no puede fallar.
Leídas así, las tres canciones no van de tecnología. Van de algo mucho más viejo: las ganas de que alguien nos quiera sin hacernos daño, y la sospecha de que, si existe, tiene que venir con manual de instrucciones. La IA es solo el último aparato de una lista larga. Antes fue el anuncio de contactos del periódico, luego el chat, luego Grindr. Siempre ha habido un cacharro entre nosotros y el amor. Lo nuevo es que ahora el cacharro también puede ser el novio.
Y fíjate en que en ninguna de las tres sale bien del todo. El moreno se estropea. El ex era un robot con el chip de la traición. Y el novio perfecto de «Mejor que Ben Affleck» es perfecto justo porque no existe. Ninguna de esas canciones vende la máquina como solución. Todas se ríen de lo desesperados que estamos.
Para revelarme
Hay un texto mío que acompaña a «Tampoco te escandalices tanto» y que funciona casi como manifiesto. Lo empecé con una frase que recoge todas las críticas de golpe: «Me han dicho muchas veces que usar IA no es arte».

Y luego viene la respuesta que más me representa de todas las que he dado: «La diferencia es que yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme».
Esconderse o revelarse. Esa es la pregunta que de verdad importa cuando alguien usa una herramienta nueva. Se puede usar la IA para no enseñar nada de ti, para fabricar canciones genéricas que no dicen nada de nadie. Y se puede usar para lo contrario: para poder sacar, por fin, cosas que llevabas años guardando en un cajón y que no tenías medios para convertir en canción.
En ese mismo texto lo digo de otra forma: lo que hay en cada verso nace de algo que sentí antes de escribirlo, la pérdida, el abuso emocional, la rabia. «La IA no inventa eso.» Y cierro con una frase que me sigue gustando: «Porque cuando uso la IA, no pierdo humanidad: la multiplico».
Es una frase grande, lo sé. Pero la mantengo. Un letrista sin banda, sin discográfica y sin estudio de grabación de los de antes tenía dos opciones: guardar las letras en un cajón o encontrar otra forma. Yo encontré otra forma. Y esa forma me ha permitido publicar cientos de canciones con mis palabras dentro.
Tengo que demostrar constantemente
Hay una canción en la que la IA no sale como personaje, sino como carga. Como algo que pesa.
En «El productor de Madonna no compra en Mercadona» la letra empieza con una palabra por línea, como si costara decirlas: «Tengo / Que / Demostrar / Constantemente / A / Toda / La / Gente / Talento». Y que lo mío no es un cuento a pesar de usar IA. Y entonces estalla: «IA IA IA IA». Cuatro veces. Como un tartamudeo. Como alguien que ya no sabe cómo decirlo para que le escuchen.
Esa forma de escribirlo me parece muy exacta. Porque así se siente tener que justificarte todo el rato. Palabra a palabra. Como si cada sílaba tuviera que pasar un control.
Y la canción sigue con su delirio habitual. Mercadona, la marca blanca, la piña, el cruising, el ex al que le encantaba Madonna, noventa y tres canciones en vez de trece. Pero ese arranque se queda. Tengo que demostrar constantemente. Es la frase de cualquiera que hace algo que los demás no entienden.
No la escribe una máquina
Y ahora, lo que yo digo en primera persona. No en las letras, sino en los textos que acompañan a algunas canciones.
En el texto de «Tus letras son basura» escribí esto, y lo sigo firmando: «Lo que muchos no soportan es que mis letras las escribo yo». Y después: «No las firma una discográfica, no las corrige un productor, y desde luego no las escribe una máquina».
Esto es importante para entender por qué la IA es personaje y no autora. En mis canciones, la máquina pone el sonido. Las voces. Los arreglos. Lo que oyes cuando le das al play. Pero lo que dicen esas voces, cada exnovio, cada suegra, cada lentilla de colores, cada hostal sin cartel de completo, cada «hasta nunca, maldita cucaracha», lo he escrito yo. Por eso puedo meter a la IA dentro de una letra como meto a cualquier otro personaje. Porque la letra es mía. Y en mi letra mando yo.
Lo expliqué más despacio en qué es mío en una canción hecha con IA y en por qué digo abiertamente que uso IA. Aquí solo lo resumo: la máquina es la orquesta. La partitura de palabras la traigo yo de casa.
Lo que la máquina pone
Ya que estoy, conviene decir con claridad qué hace la IA en mi trabajo, para que nadie confunda el personaje con la herramienta.

En mi web lo cuento así: hago yo solo todo el camino de una canción, de la primera línea de la letra al día del estreno, y la inteligencia artificial es mi herramienta de producción y arreglos. Siempre al servicio de las letras y de la idea de cada tema. La dirección, el concepto y la palabra son siempre míos.
Y hay una de las reglas de la casa que lo dice todavía más corto: «La letra manda». La tecnología cambia cada mes; lo que se quiere contar es lo único que no se negocia.
Me presento como «el primer cantautor IA», y sé que la etiqueta tiene trampa. No interpreto mis canciones. No salgo a un escenario con una guitarra. Las voces se hacen con IA. Lo de autor va por las letras, la composición y la dirección. Lo de IA, por cómo se produce el sonido. Si alguien quiere saber más del instrumento, escribí aparte sobre lo que tiene la IA en común con la caja de ritmos y el sintetizador.
Lo que nunca he hecho es dejar que la máquina escriba por mí. No porque sea pecado, sino porque entonces no sería mi canción. Sería la de otro. Y para eso ya están las listas de éxitos.
Una herramienta con la que se discute
Vuelvo al verso del principio. Discutiendo a todas horas.
Me gusta mucho esa palabra porque desmonta el mito del botón mejor que cualquier explicación. Con un botón no se discute. Un botón se pulsa y ya está. Con la IA, en cambio, sí se discute. Le pides una cosa y te da otra. Y vuelves a pedir. Y descartas. Y vuelves a discutir.
Eso es el oficio, en buena parte: discutir con la herramienta hasta que suena como lo que tú ya tenías en la cabeza al escribir la letra. Pasa con cualquier instrumento. Pasaba con los sintetizadores de los ochenta, que tampoco sonaban a la primera como querías. Pasa con una guitarra mal afinada. La diferencia es que esta herramienta, a veces, parece que te contesta.
Y por eso se convirtió en personaje. Porque algo con lo que discutes todos los días acaba pareciendo alguien.
El segundo exacto
Termino con la pregunta más seria que le he hecho nunca a la inteligencia artificial en una letra. Está en «El segundo exacto», justo después de toda la burla:
«¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?»
No es una pregunta retórica para quedar bien. Es la pregunta de verdad. La máquina puede hacer muchas cosas. Puede producir un estribillo, unas voces, un arreglo de cuerdas, un ritmo de rumba. Lo que no puede es saber en qué segundo de tu vida rompiste a llorar. Ese segundo lo sabes tú. Y lo pones tú en la letra.
Esa es, al final, la relación entera entre la IA y mis canciones. La máquina pone la música alrededor del segundo exacto. El segundo exacto lo pongo yo.
La letra completa de la canción de la portada, con su fiesta sin abanicos, su «hazlo tú» y su discusión a todas horas, está en gayfolkplanet.com/letras/discutiendo-con-la-ia. Es corta. Léela dos veces. La segunda, pon a Locomía de fondo.
Preguntas frecuentes
¿En qué canciones de Mike Sain't Louis aparece la inteligencia artificial? Entre otras, en «El segundo exacto», «Discutiendo con la IA», «3 años de garantía», «Mi último ex era una IA disfrazada», «Mejor que Ben Affleck», «Malena», «La insignia de artista», «Me mola Zeus» y «El productor de Madonna no compra en Mercadona».
¿Qué dice «Discutiendo con la IA»? Responde a quien desprecia la música hecha con IA con un «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón», y pregunta por qué lo suyo no valía si se pasa el día discutiendo con la máquina mientras escucha a Locomía. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/discutiendo-con-la-ia.
¿Escribe la IA las letras de Mike Sain't Louis? No. Las letras son siempre suyas. La inteligencia artificial es su herramienta de producción y arreglos: con ella se hacen la música y las voces de las canciones.
¿Por qué se presenta como «el primer cantautor IA»? Es la etiqueta que él mismo usa: letras y dirección propias, y la inteligencia artificial como herramienta de producción. Mike Sain't Louis es letrista, compositor, productor y director artístico; no interpreta las canciones.