
Por Mike Sain't Louis ·
«Se me ha cruzado un cable»: los pronombres que reparten culpas en mis letras
En español casi nadie rompe un vaso. Al vaso se le cae a alguien.
Lo pensé releyendo «Spoiler», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». La canción cuenta un tonteo en redes que va subiendo de nivel, de los me gusta a fotos de Madonna a los corazones en los comentarios, y en mitad de la escena hay una frase que me hace mucha gracia ahora que la miro con lupa: «Y encima ofendido me gritas que se me ha cruzado un cable». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)
Se me ha cruzado un cable. Fíjate en la construcción. El cable se cruza solo, como si tuviera voluntad propia, y yo aparezco en un pronombre pequeño, me, que me convierte en el sitio donde ha ocurrido la avería. No soy el que cruza el cable. Soy el aparato estropeado. Y quien me lo dice, encima, está ofendido.
Un poco antes, la misma canción ofrece otra joya del reparto de culpas: «y lo que surja es totalmente involuntario». Aquí ya ni siquiera hay pronombre personal. Lo que surja surge. Nadie lo provoca. Es el tiempo, el algoritmo, el destino.
Este texto va de esos pronombres pequeños, me, te, se, le, que en español hacen un trabajo enorme sin que nadie los mire. De cómo reparten la responsabilidad, el cariño y, sobre todo, la culpa. Y de por qué, en una pelea, la gramática también toma partido.
Se me ha cruzado un cable: el cable que se cruza solo
La expresión se me ha cruzado un cable, o se me cruzaron los cables, significa perder la cabeza un momento, hacer o decir algo sin pensar. Es una metáfora eléctrica muy de nuestra época: el cerebro como una instalación con cables, y la locura pasajera como un cortocircuito.
Lo interesante no es la metáfora, sino la gramática. En vez de decir crucé un cable, con un sujeto que actúa, el español prefiere decir que el cable se cruzó y que yo fui el afectado. Las gramáticas lo describen como una construcción con se y un dativo, y en las clases de español para extranjeros suelen llamarlo se accidental o se de involuntariedad. Es la diferencia entre tiré el vaso y se me cayó el vaso. Entre rompí el móvil y se me rompió el móvil.
En «Spoiler» esa construcción está en boca de la otra persona, que es quien acusa. Es decir, me echa la culpa usando una forma que, en principio, sirve para quitar culpas. Me está diciendo que he perdido los papeles, pero con la gramática de un accidente, como si mi enfado fuera un fallo técnico y no una reacción a lo que he visto en sus historias.
Me parece una manera muy fina de desactivar una queja. Si se me ha cruzado un cable, el problema es mi instalación, no lo que está pasando en su móvil.
Lo que surja: la culpa que no tiene sujeto
La frase de «lo que surja es totalmente involuntario» es todavía más radical. Aquí directamente no hay nadie. Surgir es un verbo que no necesita a nadie que lo empuje: las cosas surgen, como las setas o los problemas.
Cuando la escribí estaba imitando una manera de hablar que conozco muy bien: la de quien está haciendo algo y lo describe como si le estuviera pasando. No estoy tonteando, simplemente ha surgido. No he empezado nada, ha ido saliendo. En la canción la frase va con retintín, claro. El totalmente delante de involuntario es lo que la delata. Nadie que de verdad no ha hecho nada necesita jurar que fue involuntario.
En inglés hay una fórmula famosa para esto. Mistakes were made, se cometieron errores. La usó Ronald Reagan en su discurso del estado de la Unión de 1987 para hablar del escándalo Irán-Contra, y desde entonces se cita como ejemplo de cómo la pasiva permite admitir algo sin decir quién lo hizo. Los errores se cometieron. Solos. Como los cables que se cruzan.
En español tenemos todavía más recursos que el inglés para borrar al responsable. Lo cual, para alguien que escribe letras de despecho, es una mina.
Se me olvidaba: el despiste como recurso
No siempre que uso esta construcción es para acusar a nadie. A veces la uso para mí, y de manera muy consciente. En «Un puñetazo al día» aparece un «Ah, se me olvidaba» que funciona como un giro de guion. Hago como que se me ha olvidado algo, cuando en realidad lo he guardado para el final.

Es un truco muy de monologuista. Lo importante se presenta como un despiste. El público sabe perfectamente que no se me había olvidado nada, y ese saber compartido es lo que hace gracia.
La diferencia con olvidé es enorme. Olvidé suena a confesión. Se me olvidaba suena a guiño. El primero pone al sujeto en el centro, responsable de su descuido. El segundo hace que el olvido sea algo que me pasa, casi una visita inesperada, y me permite volver atrás sin pedir perdón.
Creo que esa elasticidad es una de las cosas más bonitas del español. Con el mismo verbo puedo culparme, disculparme o hacer un chiste, solo cambiando dónde coloco el pronombre.
Pasa lo mismo con otros despistes de andar por casa. Se me ha pasado la hora. Se me ha ido el santo al cielo. Se me ha quemado la tortilla. En todas esas frases el tiempo, el santo o la sartén tienen más iniciativa que yo. Y a nadie le parece raro, porque el idioma nos ha acostumbrado a pensar que buena parte de lo que nos pasa no lo hacemos del todo nosotros, sino que nos sucede por el camino, mientras estábamos a otra cosa.
Se te marcan las ojeras: el cuerpo en dativo
Hay otra familia de frases que usa estos pronombres para hablar del cuerpo. En español no decimos mi cabeza me duele, sino me duele la cabeza. No decimos tus ojeras se marcan, sino se te marcan las ojeras. El cuerpo se nombra con un artículo y el dueño aparece en el pronombre.
Los gramáticos lo llaman dativo posesivo, o simpatético. En «Toxina coreana» hay un ejemplo perfecto: «Oye tía las ojeras se te marcan». La amiga no comenta tus ojeras como si fueran un objeto. Te dice que se te marcan, que te están pasando, que te afectan a ti. Es una crítica estética con la gramática del parte médico.
Y en «El espejo de enfrente» la misma construcción sirve para lo contrario, para la pequeña victoria: «Ya se me marcan las abdominales». Las abdominales aparecen solas, como si hubieran decidido asomarse, y yo soy el afortunado al que le pasan. La frase no dice he conseguido marcar las abdominales, con todo el esfuerzo del gimnasio. Dice que se me marcan, como quien recibe un regalo.
Me hace gracia que en esa canción hasta el espejo tenga comportamiento propio: hoy se está portando bien, hoy se está portando fatal. No soy yo el que me veo mejor o peor. Es el espejo el que se porta. Es otra manera de quitarse responsabilidad, aunque aquí con un fondo menos divertido, porque habla de lo cruel que puede ser uno consigo mismo frente a un reflejo.
No me vengas: el dativo que se queja
Luego está el pronombre que no hace falta y que, justamente por eso, lo dice todo. No me vengas con tus rollos. No me llores. Se me ha puesto malo el niño. En esas frases el me no es el objeto de nada. Nadie me viene a mí ni me llora a mí. El pronombre está ahí para decir que lo que pasa me afecta, que yo lo vivo como algo mío.

Las gramáticas lo llaman dativo ético, o de interés. Es uno de mis recursos favoritos porque convierte cualquier orden en una queja personal. En «Dientes, dientes» está «No me vengas con tu falsedad barata». Sin el me, la frase sería no vengas con tu falsedad barata, una orden neutra. Con el me, se convierte en no me hagas esto a mí, que estoy harto.
En «Licenciada en derecho» la protagonista dice «No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho». Aquí el pronombre es a la vez posesivo y ético. El pecho es suyo, y además la mirada le molesta a ella, personalmente. Una sola sílaba lleva todo el peso de la protesta.
Lo bonito de este dativo es que no se puede traducir bien a otras lenguas. En inglés don't look at my chest pierde esa doble capa. El me del español no solo indica de quién es el cuerpo; indica a quién le duele la falta de respeto.
La vergüenza no se me da: decirlo al revés
En «Marica chill» hay una frase que me encanta por cómo retuerce una construcción conocida: «Porque la vergüenza no se me da». Normalmente decimos que algo se me da bien o mal: se me dan bien los idiomas, se me da fatal la cocina. Es otra forma de quitarse mérito o culpa, porque el talento parece algo que te ocurre, no algo que trabajas.
Aplicarlo a la vergüenza le da un giro. No es que yo no tenga vergüenza, que sonaría a insulto. Es que la vergüenza no se me da, como no se me dan las matemáticas. Es una incapacidad casi simpática, un don que me falta.
Para una canción sobre ir por la vida con brillantina en la cara y tacones en la playa, me parecía la manera perfecta de decirlo. La vergüenza queda como una asignatura que nunca aprobé, y yo tan tranquilo. Escribí algo más sobre ese orgullo de la palabra en «Marica con todas las letras».
El chollo se te ha terminado: cuando el pronombre es una amenaza
El mismo mecanismo que sirve para quitarse culpas sirve también para cerrar una puerta. En «No quiero otro novio cojín» aparece «El chollo se te ha terminado». No digo te he quitado el chollo, que me haría responsable de una venganza. Digo que el chollo se ha terminado solo, y que tú eres el afectado.
Es casi una crueldad gramatical, y me gusta por eso. La frase se presenta como un parte meteorológico, como quien informa de que ha dejado de llover. No hay rabia en la superficie. Pero el te ahí metido señala con el dedo a quien sale perdiendo.
He descubierto que muchas de mis frases más duras tienen esa forma. No amenazo con lo que voy a hacer; constato lo que se ha acabado. Es más elegante y, sobre todo, más difícil de rebatir. Contra una amenaza se puede discutir. Contra un hecho consumado, poco.
Se alquila, se vende, se comenta: el se de nadie
Hay un se que no tiene dativo y que tampoco señala a nadie. Es el de los carteles: se alquila, se vende, se busca. Y el de los rumores: se dice, se comenta, se rumorea. Las gramáticas distinguen entre el se impersonal, el de se vive bien aquí, y la pasiva refleja, el de se venden pisos, pero para quien escribe letras la diferencia importa menos que el efecto: en las dos, el que actúa desaparece.

En el ambiente gay ese se es omnipresente. Se comenta que estáis juntos. Se dice que te vieron con otro. Nadie lo dice, pero todo el mundo lo sabe. Es el pronombre de la vecina que vigila desde el balcón, la que en «Marica chill» aparece en inglés diciendo que ese chico es demasiado.
Creo que por eso me gusta tanto escribir en primera persona y con nombres propios inventados. Es una manera de rebelarme contra ese se de nadie. Si en mis canciones alguien dice algo, tiene que dar la cara, aunque sea un personaje de ficción. Sobre ese tú al que siempre hablo reflexioné en «¿A quién le hablo?».
La dije que viniera: el laísmo de mi barrio
No puedo escribir sobre pronombres desde Madrid sin hablar del laísmo. En buena parte de Castilla, y en Madrid de manera muy marcada, mucha gente dice la dije que viniera en vez de le dije que viniera. Es decir, usa la, que en la norma es pronombre de objeto directo femenino, para el objeto indirecto.
La Real Academia lo considera incorrecto en la lengua culta, y yo procuro evitarlo cuando escribo. Pero lo oigo cada día en el metro, en el mercado, en la cola del pan, y forma parte de la música del español de mi ciudad. El leísmo, el de le vi para hablar de un hombre, es otra cosa: la Academia lo admite cuando se refiere a una persona masculina en singular, aunque recomienda lo vi.
Lo cuento porque los pronombres no son solo gramática, son también identidad. Si un personaje de una canción dice la dije, ya sé de dónde es, qué edad puede tener y qué barrio pisa. En una letra, un pronombre laísta vale tanto como un decorado. Hasta ahora no lo he usado como rasgo de un personaje, pero me lo apunto.
Y ya que estoy con los pronombres de la calle, hay otro rasgo que oigo mucho en los críos y en algunos adultos: me se ha caído, en vez de se me ha caído. El orden normativo pone el se delante, y me se suena a patio de colegio. A mí me parece entrañable precisamente por eso, porque delata a alguien que acaba de romper algo y lo cuenta deprisa, antes de que le riñan.
Hay incluso una historia escondida en el se lo de toda la vida. Cuando decimos se lo dije, ese se no es reflexivo ni impersonal. Es un le disfrazado. En el castellano medieval se decía gelo, como en gelo dio, y aquel ge venía del latín. Con los siglos, ge acabó confundiéndose con se, y hoy decimos se lo dije a ella sin pensar que ese se, en realidad, es un le que cambió de forma para que no chocara con el lo. Los pronombres pequeños tienen una vida secreta muy agitada.
Todo esto me sirve de recordatorio de que, cuando escribo, la gramática no es un reglamento sino un paisaje. Cada pronombre que elijo dice algo de quién habla, de cuánto le importa lo que cuenta y de hasta dónde está dispuesto a asumirlo.
Darle la vuelta a la culpa: cuando el se es una trampa
Vuelvo a «Spoiler», porque la frase del cable tiene una lectura más seria. «Y encima ofendido me gritas que se me ha cruzado un cable» describe una escena que reconoce mucha gente. Alguien ve señales de que su pareja está tonteando con otros, lo dice, y la respuesta no es una explicación sino una acusación: estás loco, se te ha ido la cabeza, te lo estás imaginando.

La psicóloga estadounidense Jennifer Freyd describió en 1997 un patrón que llamó DARVO, por las iniciales en inglés de negar, atacar e invertir los papeles de víctima y agresor. No todas las peleas de pareja son eso, ni mucho menos, y un tonteo en redes no es maltrato. Pero cuando la respuesta a una queja es sistemáticamente hacerte sentir que el problema es tu cabeza, conviene prestar atención. La gramática del cable cruzado, repetida muchas veces, puede ser una forma de que dejes de fiarte de lo que ves.
Hay otro sesgo que estudió la psicología social y que tiene mucho que ver con estos pronombres. Edward Jones y Richard Nisbett describieron en 1971 la asimetría entre actor y observador: tendemos a explicar nuestros errores por las circunstancias y los de los demás por su carácter. A mí se me cayó el vaso; tú eres un torpe. Los pronombres del español parecen hechos a medida para ese sesgo.
Si en tu relación sientes que todo lo que te preocupa se convierte en prueba de que estás mal, o si hay miedo, control o humillaciones, no estás exagerando por pedir ayuda. En España puedes llamar al 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas, si estás pasándolo mal, y al 112 si hay un peligro inmediato. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país o busca la línea de crisis local.
Lo que me pasa y lo que hago
Escribiendo canciones he aprendido a vigilar estos pronombres pequeños casi más que los adjetivos. Porque la misma escena cambia por completo según quién aparece como sujeto y quién como afectado. Rompí la relación y se me rompió la relación son dos historias distintas. En la primera decido yo. En la segunda soy víctima de un accidente.
Me interesa que mis letras tengan las dos cosas. A veces quiero que el yo de la canción asuma lo que hace, y por eso uso verbos con sujeto claro: he decidido, he tirado, me he ido. Lo conté al hablar del imperativo en «Agárrame de la cintura», donde las órdenes tienen siempre a alguien detrás. Y otras veces quiero mostrar cómo el otro se escurre, y para eso no hay nada mejor que dejarle hablar con sus se.
En «Spoiler» la canción termina con una promesa a mí mismo: «pero esta vez soy inmune, no me va a doler». Fíjate en el final. No me va a doler. El dolor sigue siendo algo que me pasa, que me llega desde fuera. Pero el soy inmune, con su sujeto clarísimo, es una decisión. Sobre esa inmunidad y esa serie B ya escribí en «Conocer el final antes de tiempo».
El tamaño de una sílaba
Si tuviera que quedarme con una sola idea de este texto, sería que en español la culpa cabe en una sílaba. Se, me, te, le. Pronombres que casi no pesan al leerlos, pero que deciden quién es responsable, quién sufre y quién se va de rositas.
Los he usado en mis letras para acusar y para disculparme, para hacer chistes y para cerrar puertas. Y he aprendido a desconfiar un poco de las frases en las que las cosas se rompen, se acaban y se cruzan solas. Porque casi siempre, detrás de un cable cruzado, hay alguien que no quiere decir quién lo tocó.
La próxima vez que alguien te diga que se te ha ido la cabeza, escucha bien la frase. A lo mejor la cabeza está en su sitio y lo que se ha movido es otra cosa.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el se accidental en español? Es una construcción con se y un pronombre de dativo que presenta un hecho como involuntario, como en se me cayó el vaso o se me ha cruzado un cable. El que habla aparece como afectado, no como causante.
¿Qué es el dativo ético? Es un pronombre que no cumple función de objeto y que indica que la persona está implicada afectivamente en lo que ocurre, como el me de no me vengas con tus rollos o no me llores.
¿Qué es el laísmo? Es el uso de la y las como objeto indirecto, como en la dije que viniera en lugar de le dije. Es frecuente en Madrid y en parte de Castilla, y la Real Academia lo considera incorrecto en la lengua culta.
¿Qué canción de Mike Sain't Louis dice «se me ha cruzado un cable»? «Spoiler», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», sobre un tonteo en redes sociales que va subiendo de nivel y una pareja que se defiende acusando.
¿Dónde pedir ayuda si una relación te hace dudar de ti? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en el número de emergencias local o en la línea de crisis de tu país.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.