
Por Mike Sain't Louis ·
«Agárrame de la cintura»: órdenes, consejos y prohibiciones en mis letras
«Agárrame de la cintura bien fuerte, papito.»
Es el verso que abre el estribillo central de «Tattoo de fénix», el single número 79 de mi catálogo, del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Es una canción de pista, de las que se escriben para bailar, y está casi entera en imperativo. Agárrame. Gira conmigo. Baila conmigo. Siente. Sube.
Me hizo gracia darme cuenta de algo al releerla: es una canción que no describe casi nada. No cuenta cómo es la discoteca, ni quién es el chico, ni qué pasó antes. Da instrucciones. Y sin embargo se entiende perfectamente la escena, porque las órdenes, cuando se ponen en fila, dibujan una situación mejor que muchas descripciones.
Este texto va de eso. Del imperativo en mis letras. De las órdenes, los consejos, las súplicas y las prohibiciones que hay en mis canciones, de cómo funcionan en español y de por qué una letra que manda puede ser, a veces, la más vulnerable de todas.
El modo de las órdenes
Empiezo por la gramática, porque el imperativo español es más raro de lo que parece.
En sentido estricto, el imperativo solo tiene formas propias para «tú» y para «vosotros»: baila, bailad; agarra, agarrad. Para «usted» y «ustedes» se usa prestado el presente de subjuntivo: baile, bailen. Y en cuanto la orden se pone en negativo, desaparece el imperativo y entra también el subjuntivo. No se dice «no baila», se dice «no bailes». No se dice «no mira», se dice «no me mires». Cada vez que alguien prohíbe algo en español, cambia de modo verbal sin darse cuenta.
Luego están los pronombres, que en el imperativo afirmativo se pegan al final del verbo: agárrame, dímelo, déjalo, ignóralo. Eso obliga muchas veces a poner una tilde que la palabra sola no llevaría, porque el acento se queda en su sitio mientras la palabra crece. En el negativo, en cambio, los pronombres se van delante: no me agarres, no me lo digas, no lo ignores. Es la misma orden, pero dicha del revés, con las piezas colocadas en otro orden.
Y hay algo que la gramática no dice pero que cualquiera nota: el imperativo es el modo más corto. Agárrame tiene cuatro sílabas y contiene una persona que habla, otra que escucha, una acción y una parte del cuerpo implícita. Por eso las canciones lo adoran. Cabe en un compás.
La pista da instrucciones
«Tattoo de fénix» pertenece a una familia muy antigua de canciones: las que le dicen al público lo que tiene que hacer con el cuerpo.
La historia del pop está llena de ellas. En 1960 Chubby Checker convirtió «The Twist» en un fenómeno enseñando un baile con la letra. Dos años después Little Eva grabó «The Loco-Motion», que es literalmente un tutorial: mueve las caderas, ahora salta, ahora haz el tren. En España, en el verano de 2002, Las Ketchup llenaron las verbenas con «Aserejé», y medio país aprendió la coreografía de los brazos. Son canciones que funcionan como manuales de instrucciones para la pista.
Mi canción hace algo parecido, pero dirigida a una persona concreta y no a una multitud. «Sube el volumen», dice, y es una orden al ambiente, al DJ, al mundo. Luego, en el estribillo, la orden se vuelve íntima: «baila conmigo, siente el momento». Y en el siguiente bloque llega la más física de todas: agárrame de la cintura, gira conmigo, en este baile movidito.
Me gusta esa progresión, porque va de lo público a lo privado. Primero se le habla a la sala entera. Luego a alguien. Luego a sus manos. El imperativo va acercando la cámara hasta que solo quedan dos cuerpos.
Y hay otra cosa que me interesa. El narrador de «Tattoo de fénix» se presenta con un ave fénix tatuado en el pecho, en lo que la canción llama el club despecho. Es alguien que viene de una ruptura y ha decidido renacer en la pista. «Sigo el impulso, no hay quien me frene», dice antes del estribillo. Las órdenes que da después son las de alguien que ha recuperado el mando. Ya no espera a que le saquen a bailar. Lo pide, y lo pide fuerte.
Mueve así, en dos idiomas
Si hay una canción mía donde el imperativo manda de verdad, es «Mi salvador», del disco «El día de la liberación».

Es una canción en spanglish, y lo curioso es que las órdenes cambian de idioma sin ningún esfuerzo. Give me light, dale color. Mueve así. Baila aquí. Light up this love. La mitad de los imperativos están en inglés y la otra mitad en español, y suenan igual de naturales, porque el imperativo es la forma verbal que mejor viaja de una lengua a otra. Es corta, va siempre al principio, y no necesita conjugarse con un sujeto que la complique.
Hay una razón práctica para eso. En casi todas las lenguas, el imperativo es la primera forma verbal que aprenden los niños, la primera que se aprende en un idioma extranjero y la que se entiende aunque no se hable bien. Cualquiera que haya estado en una discoteca de otro país sabe que «dance», «baila» o «danse» se entienden igual de bien con las luces encendidas. En una canción de pista bilingüe, el imperativo es el puente.
Y en «Mi salvador» hay un detalle que me parece bonito: las órdenes no son para el otro, son para curarse uno. Mueve así para matar el dolor. Baila aquí para quemar el temor. El imperativo está dirigido a una pareja de baile, pero lo que pide es una especie de tratamiento. Que el movimiento del otro haga lo que el narrador no consigue hacer solo.
Duérmete, la orden más tierna
No todas las órdenes son de pista. Hay una que es casi lo contrario.
En «Limón» el estribillo es una nana: duérmete, Limón, que ya es hora de dormir, que tú eres chiquitín. Limón es un compañero de cuatro patas, y la canción es una declaración de amor de quien lo cuida: siempre te voy a proteger, nunca me vas a fallar. Ya hablé de esta nana en otro texto sobre las horas del reloj, así que aquí solo me fijo en su verbo.
Duérmete es una orden, pero nadie la siente como tal. Es la más tierna de las órdenes, porque se da sabiendo que el otro no la puede obedecer a voluntad. Nadie se duerme porque se lo manden. Las nanas de toda la tradición hispánica están llenas de ese imperativo imposible: duérmete, niño, que viene el coco; a la nanita, nana. Son órdenes que no buscan obediencia, sino compañía. Lo que se dice, en el fondo, es «estoy aquí mientras te duermes».
Me parece una buena lección sobre el imperativo. Su forma es autoritaria, pero su uso puede ser lo contrario. Depende de quién lo diga, a quién y en qué tono. El mismo verbo que en boca de un jefe es una amenaza, en boca de quien te arropa es una caricia.
No me mires
Las prohibiciones son el lado oscuro del imperativo, y en mis canciones aparecen mucho.

La más clara está en «Licenciada en derecho», una canción en la que una mujer pasea por la ciudad con tacones y libros de leyes en el bolso, y repite: no me mires el pecho, que soy licenciada en derecho. La estructura es perfecta para un estribillo. Primero la prohibición, en negativo y con subjuntivo, como manda la gramática. Luego un «que» que da la razón. No me mires, porque soy otra cosa además de un cuerpo.
Ese «que» causal es muy de la lengua hablada. En español de la calle no decimos «no me mires porque soy licenciada», decimos «no me mires, que soy licenciada». Es un «que» que pide paso, que explica sin dar demasiadas explicaciones. Y la rima entre pecho y derecho hace el resto. La prohibición se vuelve pegadiza, que es la mejor manera de que una prohibición funcione.
Hay otras prohibiciones con otro tono. En varias canciones aparece el «no me hagas hablar», que en español es casi una amenaza educada: sé cosas que no voy a contar, de momento. En «No quiero otro novio cojín» hay un «no me hagas volver a lo de antes» que suena a súplica disfrazada de advertencia. Y en «Toxina coreana» hay un «no me toques» mucho más grosero que no repito aquí, pero que también tiene su gracia: la prohibición más corta posible, la de alguien que ya no tiene paciencia para subordinadas.
Ustedes no se fíen
Hay una forma de imperativo que aparece poco en las canciones pop y que a mí me encanta usar: el de «usted» y «ustedes».
En «Carta de recomendación» el narrador escribe, en tono de documento oficial, una carta sobre un ex para quien venga detrás. Y en un momento se dirige al público entero: cuidado, chicas y chicos, no se fíen de ese coordinador de mercadillo. Ese «no se fíen» es un imperativo de ustedes, con su subjuntivo y su pronombre delante, y tiene un efecto muy concreto: suena a aviso público. A cartel de ayuntamiento. A megafonía de estación.
Antes, en la misma carta, hay una advertencia en singular: no te fíes de sus ojos azules, que son lentillas de colores. El paso del «tú» al «ustedes» convierte una confidencia en una campaña. Ya no es un consejo de amigo. Es una alerta sanitaria.
El humor de esa canción depende mucho de ese cambio de registro. El imperativo formal lleva consigo toda la solemnidad de los avisos oficiales, y aplicarlo a un ex que lleva lentillas de colores produce una mezcla de seriedad y ridículo que es muy de mi manera de escribir. Mandar con la boca pequeña y la sonrisa grande.
Vete con tu madre
Luego están las órdenes de expulsión, que en español son un género en sí mismo.
En «No quiero otro novio cojín» el narrador le suelta al ex, sin más preámbulo, que se vaya con su madre. No necesito secretario, dice, soy empresario. Y en «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!» hay una variante con destinatario incluido: que se vaya con el tonto de turno.
El español tiene una colección enorme de maneras de mandar a alguien lejos. Vete a paseo. Vete a la porra. Vete a freír espárragos. Vete a hacer puñetas. Anda y que te zurzan. Casi todas son imperativos de movimiento, órdenes de desplazamiento con un destino absurdo o humillante. Lo que tienen en común es que no buscan que el otro se vaya de verdad a freír espárragos. Buscan cerrar la conversación. Son puntos finales con forma de verbo.
Me gusta usarlas en las canciones porque tienen una energía que ninguna explicación tiene. Después de una estrofa entera de reproches, un «vete con tu madre» hace lo mismo que un portazo, pero con gracia.
En «Buscando el polvo perfecto» aparece un pariente cercano de estas órdenes: el consejo ofensivo. Ponte a hacer deporte, Romeo. Vete a llorar al cirujano. Son consejos que nadie ha pedido y que, en realidad, son insultos con formato de recomendación. La forma es la de un amigo que te ayuda; el fondo es una bofetada.
Anda, venga, porfa
Hay un detalle del español que llama mucho la atención a quien lo aprende desde fuera: lo directos que somos con las órdenes.

En inglés, pedir algo en la mesa suele ir envuelto en preguntas y condicionales: ¿podrías pasarme la sal? En español es perfectamente educado decir «pásame la sal», sin más, y nadie se ofende. La cortesía no está en evitar el imperativo, sino en lo que lo rodea: el tono, una sonrisa, un «porfa» al final, un «anda» o un «venga» al principio. «Anda, pásame la sal.» «Venga, baila conmigo.» Esas palabritas no significan nada por sí solas, pero suavizan la orden hasta convertirla en una invitación.
Las canciones juegan mucho con eso. Un imperativo seco puede sonar a pelea, y el mismo imperativo con un «papito» detrás suena a coqueteo. Es lo que pasa en «Tattoo de fénix»: el «bien fuerte, papito» del final cambia por completo la temperatura de la orden. Ya no es una exigencia. Es una broma cariñosa, un guiño de pista, una manera de mandar sonriendo.
Me parece que esa capacidad de mandar con cariño es una de las cosas más bonitas del español hablado, y una de las más difíciles de llevar a una canción sin que suene artificial. Cuando sale bien, el oyente no siente que le estén dando órdenes. Siente que le están invitando a algo.
El manual de instrucciones
Hay una canción mía que lleva el imperativo hasta su forma más pura: el manual.
«Manual de escape de un narci» empieza anunciando que aquí va la receta, y luego da instrucciones por orden, como un prospecto. Primero que nada, no le des reacción. Nunca le creas. Si te insulta, ríete. Si amenaza con marcharse, abre la puerta. Bloquea su número. Ya escribí sobre esta canción en otro texto, sobre la paradoja de dedicarle una canción entera a alguien a quien se recomienda ignorar. Aquí me interesa su forma.
El manual de instrucciones es uno de los géneros más viejos del imperativo. Las recetas de cocina, los prospectos de medicamentos, las normas de un reglamento, los mandamientos. Los diez mandamientos son, gramaticalmente, una lista de imperativos y prohibiciones, y han dado forma a miles de textos posteriores que imitan su tono. En la música pop hay un caso famoso: «Everybody's Free (To Wear Sunscreen)», que Baz Luhrmann publicó en 1999 a partir de una columna de la periodista Mary Schmich de 1997. Es una canción entera de consejos: ponte crema solar, no te preocupes por el futuro, baila. Fue un éxito en medio mundo.
Lo que tienen estos textos es que el imperativo crea una autoridad. Quien da instrucciones parece saber. Y en «Manual de escape» eso es justamente lo que se busca: que quien está atrapado en una relación que le hace daño escuche a alguien firme diciéndole qué hacer, aunque sea en clave de canción de pista.
Pero conviene decir algo con claridad. Una canción puede dar fuerza, y ojalá la dé, pero no sustituye a la ayuda profesional. Si estás en una relación que te anula, que te hace dudar de ti o que te da miedo, habla con alguien de confianza y busca apoyo especializado. Si en algún momento sientes que no puedes más o te cruzan pensamientos de hacerte daño, en España puedes llamar al 024, gratuito y disponible a todas horas, y en caso de peligro inmediato al 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.
No te quedes ahí parado
El imperativo también sirve para hablarle al oyente, no a un personaje.
En «Un político español» el estribillo dice que habrá que esperar y esperar a que aparezca un político honrado a quien votar. Y entonces llegan dos órdenes que se contradicen con mucha gracia. Pues espera bien sentado. No te quedes ahí parado.
La primera es un imperativo irónico, uno de los usos más españoles que conozco. Cuando decimos «espera sentado» no queremos que nadie espere sentado: queremos decir que lo que espera no va a llegar nunca. Es como «tú sigue así», que significa «como sigas así, verás», o «sigue soñando», que significa «eso no va a pasar». El imperativo dice una cosa y quiere decir la contraria.
La segunda, en cambio, va en serio. No te quedes ahí parado es una llamada a la acción, dirigida a quien escucha la canción. Y la tensión entre las dos es la de mucha gente con la política: el escepticismo de quien sabe que no va a cambiar nada y, al mismo tiempo, la sensación de que quedarse quieto tampoco es una opción.
Mírame, no digas nada
Hay imperativos que piden silencio, y son los más difíciles de escribir.

En «Me mola Zeus», después de todas las frases que se dicen los personajes, llega un momento en que el narrador lo resume todo en tres órdenes: baila, no digas nada, solo baila. Es una petición de que se acaben las palabras. Que el otro deje de explicar, de justificarse, de decir que no busca nada. Que se limite a moverse.
En «Canguros» pasa algo parecido con la mirada: mírame a los ojos, pide el narrador, y enseguida responde él mismo que no le cree. La orden pide una prueba de sinceridad, y la prueba falla.
Estos imperativos tienen algo en común: piden algo que no se puede fingir. Bailar sin hablar, mirar a los ojos, dormirse. Son órdenes que, en el fondo, buscan una verdad del cuerpo que las palabras no dan.
Órdenes que uno se da a sí mismo
Una parte de los imperativos que aparecen en las canciones no están dirigidos a nadie más que a quien habla.
En «Vas a escuchar un disco muy raro» hay instrucciones de lo más cotidianas, casi de lista de recados: deja la bolsa en el mueble del pasillo, ve corriendo a chivarte a tu tía. Son órdenes a un personaje, con mucha guasa, pero tienen el tono de lo que uno se dice a sí mismo antes de salir de casa. Coge las llaves. Apaga la luz. No te olvides del móvil.
Creo que mucha gente vive con un imperativo interior constante. Respira. Aguanta. No llores aquí. Sonríe, que te están mirando. Ese diálogo con uno mismo en segunda persona es una de las formas más comunes del pensamiento, y las canciones lo recogen muy bien. Cuando un estribillo dice «olvídalo» o «sigue adelante», muchas veces quien escucha lo oye como una orden que él mismo necesitaba darse.
Por eso los estribillos en imperativo se quedan tanto en la cabeza. No los recordamos como frases de otro. Los recordamos como frases que nos decimos.
Pedir mandando
Termino con la idea que más me interesa de todo esto.
El imperativo parece el modo del poder. El que manda, ordena; el que obedece, calla. Pero en las canciones de amor y de pista el imperativo suele hacer lo contrario: es la forma en que alguien pide algo que necesita mucho sin atreverse a pedirlo como una pregunta. Decir «¿me agarras de la cintura?» deja abierta la posibilidad del no. Decir «agárrame de la cintura» la cierra, o finge cerrarla. Es una manera de pedir mandando, de protegerse del rechazo con la forma gramatical más segura de sí misma.
Horacio dejó escrito, hace más de dos mil años, uno de los imperativos más famosos de la historia: carpe diem, aprovecha el día. Desde entonces se ha repetido en tazas, tatuajes y camisetas, casi siempre olvidando que en el poema era un consejo dicho con cierta melancolía, a alguien que no sabía cuánto tiempo le quedaba.
Me parece que el «agárrame de la cintura» de «Tattoo de fénix» tiene algo de eso. Es una orden con mucha energía, de pista, de noche, de despecho superado. Pero debajo hay alguien que acaba de salir de una ruptura y que quiere, simplemente, que le sujeten fuerte. Y que ha encontrado en un verbo con un pronombre pegado al final la manera de decirlo sin que se le note el miedo.
Preguntas frecuentes
¿Qué canciones de Mike Sain't Louis usan el imperativo? Entre otras, «Tattoo de fénix» (agárrame de la cintura, sube el volumen), «Mi salvador» (mueve así, baila aquí), «Limón» (duérmete), «Licenciada en derecho» (no me mires el pecho), «Carta de recomendación» (no se fíen), «No quiero otro novio cojín» (vete con tu madre) y «Manual de escape de un narci» (bloquea su número).
¿Por qué el imperativo negativo usa el subjuntivo? Porque en español el imperativo solo tiene formas propias en afirmativo para «tú» y «vosotros». En negativo se usa el presente de subjuntivo: «mira», pero «no mires»; «agárrame», pero «no me agarres».
¿Qué es un imperativo irónico? Una orden que significa lo contrario de lo que dice, como «espera sentado» (no va a llegar) o «sigue soñando» (no va a pasar). En «Un político español» aparece con el «espera bien sentado».
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.
¿Dónde pedir ayuda si estoy en una relación que me hace daño? Habla con alguien de confianza y busca apoyo especializado. Si sientes que no puedes más, en España llama al 024 (gratuito, 24 horas); en peligro inmediato, al 112. Fuera de España, al número de emergencias local.