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A quién le hablo: el tú de mis canciones

«Duérmete limón, ya es hora de dormir.»

De todas las personas a las que les hablo en mis canciones, solo hay una que no me ha fallado nunca. Y no es una persona. Tiene nombre de fruta, ocupa medio cojín y, según la letra, tenemos una conexión telepática, cosa que consulté con un gurú, porque soy así de serio para mis cosas. A ese tú le escribí una nana. A los demás, en general, les he escrito otra cosa.

Hace poco me puse a mirar mis letras con una pregunta muy tonta: ¿a quién le estoy hablando? No de qué hablo. A quién. Y me di cuenta de que casi nunca escribo al aire. Casi nunca le cuento algo a un lector abstracto, a «la gente», a «vosotros los que me escucháis». Siempre hay un tú. Un tú con nombre o sin él, con cara o sin ella, pero un tú al que se le puede señalar con el dedo.

Ese tú cambia. Y cuando cambia, cambia la canción entera.

No me vengas con tus rollos

El tú por defecto, el que más se repite, es el ex. No hace falta que lo diga. Si abres cualquier disco de la trilogía al azar, lo más probable es que caigas en una letra que le habla a alguien que ya no está, o que está pero no debería.

«La casa de los mil cadáveres» es el ejemplo más claro, y también el más tramposo. Arranca así: «Pero ¿Cómo soy tan tonto?». Fíjate. Antes de hablarle al ex, me hablo a mí. Me insulto yo primero. Y solo después, en el segundo verso, me giro hacia él: «No me vengas con tus rollos». Lo tengo bastante estudiado: si me río de mí antes de atacarte, ya no puedes acusarme de creerme mejor que tú. Primero me desarmo. Luego disparo.

Lo que viene después es una ristra de condicionales. «Si yo hubiera sabido.» «Si yo hubiera escuchado.» «Si hubiera captado que tú eras un payaso.» Todo está escrito en el tiempo de lo que ya no tiene remedio. Es la gramática del portazo que llega tarde. Y aun así le hablo a él, de tú, como si estuviera delante. Como si me oyera. Lo bonito y lo triste de escribirle al ex es que casi nunca lo va a escuchar, y la canción lo sabe.

Por eso el final de esa letra es tan exagerado: «Te mando un hasta nunca ¡ maldita cucaracha!». Cuando sabes que el otro no va a contestar, puedes decir lo que te dé la gana. Puedes llamarle cucaracha. Puedes compararte con la protagonista de una película de terror. No hay réplica. El ex de mis canciones es un muñeco de prácticas.

Y eso tiene una parte buena. En la vida real, al ex no le dices casi nada. Te callas, bloqueas, borras, aguantas. En la canción, en cambio, se lo dices todo. La canción es el sitio donde la conversación que no tuvo lugar por fin sucede. Aunque la tenga yo solo, con un cuaderno y una taza de café frío.

Hija mía

El segundo tú más frecuente es el hater. El que opina.

Fotogramas del videoclip oficial de «Limón», de Mike Sain't Louis

No lo conozco. No tiene nombre. Es una mezcla de comentarios de YouTube, mensajes privados y frases sueltas que he oído en persona y que se repiten con una regularidad que asusta. Y como no tiene cara, le invento un trato. En «Discutiendo con la IA» le llamo «hija mía». Así, de entrada, con condescendencia de tía mayor que te ve venir. «Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón.»

Ese «hazlo tú» es la clave. Al hater no le discuto. Le paso el bolígrafo. Si es tan fácil, adelante. Ahí tienes el cuaderno, ahí tienes la herramienta, ahí tienes toda la noche por delante. A ver qué sale.

En «El segundo exacto» el hater habla él primero. Le dejo las primeras líneas enteras, con sus palabrotas y su desprecio, como quien deja que el contrario saque de centro. Y cuando por fin le contesto, no le grito. Le despido como a un comercial que llama a la hora de comer: «recibe un cordial saludo campeón». El insulto va envuelto en papel de oficina. Eso duele más que un «gilipollas», te lo garantizo.

Me gusta escribirle al hater de tú porque lo convierte en persona. Y en cuanto es persona, ya no es una masa amenazante de comentarios: es un señor concreto, con su bolígrafo en la mano y sin saber qué escribir. Ya no me da miedo. Me da un poco de pena.

Hay otra ventaja, más práctica. Cuando le hablo al hater de tú, le obligo a quedarse quieto mientras le contesto. En internet, el que comenta suelta la frase y se va. No espera respuesta. No lee la réplica. En la canción no tiene escapatoria: está atrapado dentro de la letra, con su frase entre comillas, durante tres minutos y medio, cada vez que alguien le da al play. Es una forma de castigo bastante elegante. Le condeno a escucharme.

Y luego está «Tus letras son basura». El título es la frase del hater, literal, sin comillas. Le cedo hasta el nombre de la canción. Es mi forma de decirle: mira, tu frase ahora es mía, la he publicado, tiene su portada y su página. Te la he robado. Ya no puedes usarla contra nadie sin anunciarme.

Señoras, señores, stop

A veces el tú se queda pequeño. Una persona no basta. Necesito público.

En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», a mitad de la letra, dejo de hablarle al ex y a la suegra y me dirijo a un auditorio entero: «Señoras, señores, stop, stop, un momento». Es el momento plató. Imagino un decorado de programa de tarde, un regidor que me hace señas, una grada de jubiladas con abanico. Y yo, de pie, con el micrófono de corbata, explicando que no soy imbécil.

Pasar del tú al «señoras, señores» es pasar de la discusión de pareja al juicio público. Y eso, en la vida gay, pasa mucho. Las rupturas no son de dos. Son del grupo de amigos, del bar de siempre, del grupo de WhatsApp, de la vecina, del portero. Todo el mundo opina, todo el mundo ha visto algo, todo el mundo tiene una versión. Cuando escribo «señoras, señores», en realidad le hablo a esa gente. A los que se enteraron antes que yo.

El vosotros es el tú de las grandes ocasiones. Lo uso poco, porque si lo uso mucho pierde gracia. Pero cuando sale, la canción cambia de tamaño. De la cocina al Palacio de los Deportes en un verso.

Nunca te ha querido

Hay un tú que me interesa más que todos los demás, y es el más resbaladizo. Es el tú que no sabes muy bien a quién se refiere.

En «El narcisista» la letra habla del narcisista en tercera persona: él odia, él miente, él tiene el corazón congelado. Pero a quien le habla es a otra persona. «El narcisista nunca te ha querido ni amado.» Ese «te» puede ser el oyente. Puede ser un amigo al que estoy aconsejando. Puede ser yo mismo, mirándome desde fuera, diciéndome lo que tardé años en entender. Y a mitad de la canción, sin avisar, el tú se convierte en yo: «por dejarme moribundo desnudo mientras me ahogaba en el lodo».

No es un error de concordancia. Bueno, igual en algún verso sí, no te voy a engañar, que escribo deprisa. Pero el cambio grande es a propósito. Cuando has vivido algo así, no sabes si contarlo en primera persona o en segunda. En primera da vergüenza. En segunda, como si le pasara a otro, se puede decir. Y la letra va saltando de una a otra como quien cambia de silla en una sala de espera porque ninguna es cómoda.

Ese tú que eres tú pero también soy yo es lo más parecido a hablarse en el espejo. Y en un tema como el narcisismo, donde lo que te roban precisamente es la confianza en tu propia versión de los hechos, el espejo es el primer sitio al que hay que volver.

Lo pienso y no me sale ningún chiste. Así que no lo pongo.

Hola, Paco León

Luego está el tú imposible. El de la carta a un famoso.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Que tú eres chiquitín, y no te olvides mi amor.» de «Limón»

En «La dieta del cucurrucho» hay un momento en el que la letra se pone a escribir una carta en directo: «Hola Paco León / Soy Miguel Ángel de León». Me presento con nombre y apellido. Con mi nombre de verdad, el de la partida de nacimiento. Y le hablo de tú, con la confianza de quien le ha visto «varias veces en Chueca». Es una carta que nunca se va a mandar, a alguien que probablemente nunca la va a leer, y por eso puedo decirle lo que le digo, que no voy a repetir aquí porque mis lectores tienen una edad.

El tú del famoso tiene algo de fan y algo de broma. Es como escribirle a la tele. Pero en mi caso tiene además una cosa que me hace mucha gracia: la canción tiene dentro su propio comentario. Unas líneas antes, la pareja de la letra se enfada por el numerito. Y luego la letra admite: te podrías enfadar, y con razón, si escucharas una canción en la que alguien le escribe esto a un actor. O sea, que la canción le habla a Paco León y, al mismo tiempo, le pide perdón al novio por hablarle a Paco León. Dos tús en una misma letra, uno de cada lado de la cama.

Esa es la cosa del tú: nunca está solo. Siempre hay alguien escuchando por detrás de la puerta.

No te asustes, mi hermano

Hay un tú que casi no uso, y por eso cuando aparece me sorprende hasta a mí. El tú del consuelo.

En «Ni un pimiento» la letra, por una vez, no le habla al que hizo daño. Le habla al que lo recibió. «Pero si algo malo viene no te asustes mi hermano / Eres un ángel caído un buen samaritano.» Es un tú de hombro, de barra de bar a las cuatro de la mañana, de amigo que te pide otra caña y te dice que ya pasará. Hasta te llama guerrero.

Luego, eso sí, la canción se tuerce. El tú consolado se mezcla con un yo que se pone a contar cómo rescató a un ex como quien rescata un pimiento caducado del suelo del supermercado. Y al final el tú vuelve a ser el ex, al que la letra prefiere no besar por motivos que dejo en la letra original. Nadie es perfecto. Ni mis consuelos.

Pero me quedo con esa frase, «no te asustes mi hermano». Es de las pocas veces que mis canciones le hablan a quien las está escuchando y está pasándolo mal. Y me doy cuenta de que me gustaría hacerlo más. Hay muchas canciones contra el ex. Hay pocas para el que se ha quedado sentado en el sofá sin saber qué hacer con las manos.

Te quiero, Pitufo

Y luego están los que no contestan. Ni bien ni mal. Los que no pueden.

Collage con un detalle de la carátula de «Limón» y las carátulas de «La Casa de los Mil CadáVeres», «Discutiendo con la IA», «El segundo exacto», «Tus letras son basura»

«Limón» es una nana. Le hablo a alguien que se duerme. «Que tú eres chiquitín, y no te olvides mi amor.» En toda la letra no hay ni un reproche, ni una ironía, ni un nombre de famoso, ni un insulto. Hay una promesa que en ninguna otra canción mía me he atrevido a escribir sin trampa: «Que tu dueño está aquí». Y un verso que, comparado con todo lo que les digo a mis exnovios, parece de otro autor: «tú nunca me vas a fallar».

Esa frase solo se la puedo decir a alguien que no habla. Lo pienso a menudo. Con las personas, el tú de mis letras siempre lleva algo detrás: una cuenta pendiente, una mentira, un juicio. Con Limón no hay nada detrás. Hay un cuerpo pequeño que respira y una canción para que se duerma.

En «El abrazo de Pitufo» pasa algo parecido, y la letra lo dice mejor de lo que yo podría explicarlo ahora: «Pitufo no pregunta, no finge, no exige». Tres verbos que, si te fijas, son exactamente los tres que más les reprocho a los tús humanos de mis otras canciones. Preguntar con segundas. Fingir. Exigir. Pitufo no hace nada de eso. Solo se acerca y se tumba encima. Y al final la letra se lo dice sin rodeos: «Te quiero, Pitufo».

Tengo muy pocas canciones que acaben en un «te quiero» sin ironía. Las que hay se las dedico a quien no me lo puede devolver con palabras. Me hace gracia y me hace pensar a partes iguales. No hace falta que me lo expliques. Ya lo sé.

Discutiendo con la máquina

Hay un tú del que no he hablado todavía y que, si soy sincero, es con el que más horas paso. La herramienta.

En «Discutiendo con la IA» la letra lo confiesa sin pudor: «Si estoy a todas horas discutiendo con la [IA] / mientras escucho a Locomía». Y es literal. Las letras son mías, de principio a fin, escritas a mano o en el móvil, tachadas y vueltas a escribir. Pero la música y las voces las saco con herramientas de inteligencia artificial, y eso significa que me paso tardes enteras hablando con un programa como quien habla con un músico de sesión muy obediente y muy cabezota a la vez. Le pido una cosa, me da otra. Le explico que quiero algo más de copla, me devuelve algo que parece una sintonía de supermercado. Le insisto. Le riño. Le doy las gracias cuando acierta, aunque sé perfectamente que no me oye.

Ese tú no sale en casi ninguna letra, pero está detrás de todas. Es el compañero de estudio con el que discuto bajito mientras el resto de la casa duerme. Y tiene una cosa que me hace gracia: es el único tú de mi vida creativa al que puedo decirle «otra vez» doscientas veces sin que se ofenda.

Por eso me río tanto cuando me dicen que esto es «darle a un botón». Si fuera darle a un botón, no estaría discutiendo. Estaría cenando.

El que viene después

Y hay un último tú que no es tú del todo, porque casi nunca le hablo directamente. El siguiente. El nuevo del ex.

En «El concierto de Ismael Serrano» me paso la letra entera reprochándole al ex que me dejó plantado en la fila, «desde bien temprano», y de repente, al final, la mirada se va hacia otro sitio: «Y en el fondo siento pena por él, / ahora estará ilusionado». Ya no hablo con el ex. Hablo de otro. Del que ahora ocupa mi silla en las comidas, del que todavía cree todo lo que le cuentan.

No le hablo de tú porque no me atrevo. Sería demasiado. Sería como presentarme en su portal con una carpeta de pruebas. Así que le dejo en tercera persona, a una distancia prudente, como se mira a alguien que va a cruzar con el semáforo en rojo y no sabes si gritarle.

Ese es el tú que más me cuesta. El que todavía no sabe. Y casi siempre lo dejo para el final de la canción, cuando ya me he desahogado con el otro y solo queda una especie de pena tranquila.

Por qué no te hablo a ti, que me lees

Hay un tú que en mis letras casi no existe: el tuyo. El del oyente.

Ficha de la canción «Limón» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

No escribo canciones que digan «tú que me escuchas». No le hablo al público como público. Y creo que es por una razón muy simple: las conversaciones ajenas son más interesantes que los discursos. Si te hablo a ti directamente, te estoy dando una charla. Si le hablo a mi ex y tú estás al lado, escuchando, estás cotilleando. Y cotillear es mucho más divertido que recibir una charla. Lo sabe cualquiera que haya vivido en un bloque con patio interior.

Así que mis canciones son, casi todas, conversaciones que se oyen desde el rellano. Yo discutiendo con el ex. Yo contestándole al hater. Yo ante un plató imaginario. Yo escribiéndole a un actor. Yo arropando a un pequeñín. Y tú, al otro lado de la pared, con la oreja pegada al vaso.

Lo curioso es que en el blog hago justo lo contrario. Aquí sí te hablo a ti. Te tuteo, te cuento cosas, te pregunto. Supongo que el blog es la parte de la casa donde ya te dejo pasar al salón. Las canciones son la escalera. Lo que se oye antes de que abran la puerta.

Y hay otra razón, más íntima. Si te hablara a ti en una canción, tendría que imaginarte. Ponerte una cara, una edad, un barrio, un motivo para escucharme. Y no me sale. Prefiero no saber quién eres. Prefiero que te sientes donde quieras, en el metro, en la cocina, con los cascos puestos mientras friegas, y que escuches cómo le digo cuatro cosas a un señor que no conoces. Si te reconoces en él, eso ya es cosa tuya. Yo no te he señalado.

Cambiar el tú para cambiar la canción

Mirando el catálogo entero, se ve que cambiar el tú es cambiar la canción. Es casi un truco de oficio.

Una canción contra un ex que se queda plana cambia por completo si se le escribe a su madre. Una canción sobre la autoestima que se pone de autoayuda recupera la mala leche si se le dirige al hater. Algo demasiado amargo se aligera dirigido a un plató, porque en un plató todo se vuelve exagerado y lo exagerado me salva del victimismo. Y un tema que toca demasiado se puede pasar a segunda persona, como en «El narcisista», para poder decirlo sin que me tiemble el bolígrafo.

El tú decide el tono. Con el ex, rencor y risa. Con el hater, condescendencia. Con el plató, espectáculo. Con el famoso, travesura. Con el amigo, consuelo. Con la máquina, paciencia y riña. Con el que viene después, pena. Con el que no habla, ternura sin trampa. No es una regla que me inventara antes de escribir: la saqué después, mirando lo que había escrito, como quien encuentra el patrón de su letra en un montón de listas de la compra.

Si te apetece ver el reparto completo, todas las letras que cito están en el archivo de letras, y la nana a la que vuelvo siempre, la de los tres versos sin trampa, la tienes entera en gayfolkplanet.com.

Y si alguna vez escuchas una canción mía y no sabes a quién le estoy hablando, no te preocupes.

A veces tampoco lo sé yo.

Preguntas frecuentes

¿A quién se dirigen las canciones de Mike Sain't Louis? Casi siempre a un «tú» concreto: un exnovio, alguien que critica sus canciones, un público de plató imaginario, un famoso o, en las canciones más tiernas, alguien que no puede contestar. Muy pocas veces al oyente de forma directa.

¿De qué va «Limón»? Es una nana. La letra habla a un pequeñín que se duerme y le promete protección y lealtad. Está en «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía. La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

¿Los nombres que aparecen en las letras son personas reales? Los exnovios y personajes con nombre de las letras son personajes inventados. Las referencias a famosos, como la carta de «La dieta del cucurrucho», son guiños de cultura pop dentro de una ficción.

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