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Noventa y tres canciones en vez de trece: el examen permanente y la marca blanca

Tengo. Que. Demostrar. Constantemente.

Así empieza la letra, y no es una errata de maquetación. La escribí con una palabra por línea, una detrás de otra, como quien sube cinco pisos sin ascensor con las bolsas del súper clavándose en los dedos. Si la lees en la página de letras parece una lista de la compra vertical. Tengo, que, demostrar, constantemente, a, toda, la, gente, que, tengo, talento. Veinte peldaños para llegar a una idea que cabe en un tuit.

Pues ese es el chiste. Y también es la queja.

Este texto va de esa escalera. De por qué una canción que en apariencia se ríe de Madonna, de un desodorante y de un supermercado valenciano es en realidad la canción en la que más claro dejo lo cansado que es tener que pasar examen cada vez que publico algo. Y de cómo, al final, me rendí a la marca blanca y descubrí que también funciona. Bueno, descubrir no: comprobé. Que esa palabra la tengo vetada en mis propios textos y ya me estoy portando mal en el primer párrafo.

Una palabra por línea, como un interrogatorio

Cuando alguien te pregunta si lo tuyo es de verdad, no te lo pregunta de golpe. Te lo va sacando a trocitos. «¿Pero las letras las escribes tú?» «¿Y la música?» «¿Y eso no lo hace la máquina sola?» «¿Entonces qué haces tú exactamente?» Es un interrogatorio de comisaría en el que tú eres el sospechoso y el delito es haber terminado una canción.

Quise que la forma de la letra tuviera ese ritmo. Que cada palabra cayera sola, con su pausa, como cuando alguien te obliga a explicarte despacito porque da por hecho que no le estás diciendo la verdad. Tengo. Que. Demostrar. Hay algo humillante en tener que deletrear lo obvio. Y hay algo muy cómico también, porque a la cuarta línea ya te estás riendo de ti mismo por la solemnidad con la que te defiendes.

La primera estrofa dice entera: «Tengo / Que / Demostrar / Constantemente / A / Toda / La / Gente / Que / Tengo / Talento / Y / Que / Lo / Mío / No / Es / Un / Cuento». Diecinueve líneas para una frase. Si la pusiera en prosa ocuparía una línea y media. En vertical ocupa media pantalla del móvil.

Y luego viene el final de esa escalera, que es donde está la trampa: a pesar de usar. Usar qué. Ahí se corta. Y lo que llega después no es una palabra, es un tartamudeo.

I A, I A, IA IA IA IA

Las dos letras. Separadas primero, como quien las pronuncia con miedo, y luego pegadas y repetidas cuatro veces, como una sirena de ambulancia o como el rebuzno de un burro, que cada uno elija la imagen que más le divierta. A mí me gusta pensar en las dos cosas a la vez.

Escribí así las siglas porque eso es exactamente lo que pasa cuando las dices en voz alta delante de según qué gente. Las pronuncias y notas cómo cambia la cara del otro. Es la palabra que lo explica todo y no explica nada. La dices y el resto de la conversación ya no importa. Da igual que lleves años escribiendo letras, da igual que cada verso tenga una historia detrás, da igual que el disco tenga una idea y un planeta inventado con sus leyes. Has dicho las dos letras. Ya estás sentenciado.

Lo he contado en otros sitios con más rabia. En «El segundo exacto» le respondo al que me dice que eso se hace dándole a un botón. En «Discutiendo con la IA» me peleo con la propia herramienta mientras de fondo suena Locomía. Aquí el tono es otro. Aquí no discuto: me encojo de hombros y grito.

«¡Sí, que pasa! ¡Eso no significa nada!»

Esa es la segunda cita de la canción y la escribí con los signos de exclamación por delante y por detrás, en el orden correcto, porque es la única línea de toda la canción que no admite matices. Que sí. Que la uso. Que pasa. Que no significa nada. Lo mío son las letras. La música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial como Suno, y lo digo en mi página de presentación sin esconderlo, igual que lo digo aquí. Lo que no voy a hacer es pedir perdón cada vez.

Mirwais y la corona

Para defenderme, la letra no saca un estudio ni una estadística. Saca a una reina.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «¡Sí, que pasa! ¡Eso no significa nada!» de «El productor de Madonna no compra en Mercadona»

«Ya lo lleva usando Mirwais el Productor de / ¡Madonna! / Desde hace veinte años y mira donde sigue la reina / ¡con su corona!»

Mirwais es el productor francés que trabajó con Madonna en discos como «Music», aquel de principios de siglo en el que la voz de la reina sonaba troceada, robótica, pasada por filtros, con vaqueros y sombrero de cowboy. Lo uso en la canción como se usa en una discusión de bar a un primo que tiene un amigo que trabaja en la tele: como argumento de autoridad totalmente desproporcionado. Tú me dices que lo mío no vale porque uso máquinas y yo te saco a Madonna. Ya está. Discusión cerrada. A ver quién es el valiente que le quita la corona a Madonna.

Ahora bien, sé perfectamente que no es lo mismo. Lo de Mirwais eran filtros, cajas de ritmos y ordenadores, y lo mío son herramientas que generan música y voces a partir de lo que les pido. No estoy diciendo que sea idéntico. Estoy diciendo otra cosa: que cada generación ha tenido su máquina sospechosa y que cada máquina sospechosa ha acabado en la radio. El sintetizador era trampa. La caja de ritmos era trampa. El autotune era trampa. El sampler era robar. Y aquí seguimos, con la reina en su trono y el resto de los mortales diciendo que lo de antes sí era música.

Me hace gracia la palabra corona en la letra. Porque la corona de Madonna no se la dio nadie por portarse bien. Se la ganó a base de escándalo, de llevar la contraria y de hacer exactamente lo que le decían que no hiciera. Si hay una figura en el pop que entiende lo que es que te pongan en duda cada dos años, es ella.

Así que la saco en la canción como abogada defensora. Aunque luego, ya verás, la despido.

El concurso literario y la falsa modestia

Hay una parte de la canción que me da un poco de vergüenza releer, y por eso mismo la dejé tal cual.

La canción pregunta, escandalizada, si de verdad alguien piensa que no tengo talento, y se contesta sola: soy un revolucionario, una vez gané un concurso literario.

Es la respuesta más ridícula que se le puede dar a alguien que te dice que no tienes talento. Sacar un concurso literario como si fuera el Nobel. Y llamarte revolucionario a ti mismo, en la misma línea, sin pestañear. Es el típico momento de cena familiar en el que te pican y saltas con lo primero que encuentras en el bolsillo: el diploma del colegio, la mención honorífica, el premio de redacción de cuando tenías once años.

Lo escribí así a propósito porque me parece muy honesto. Cuando te ponen en duda durante mucho tiempo, acabas presumiendo de cosas absurdas. Te defiendes con lo que tienes. Y lo que tienes, a veces, es poquito. El concurso, por cierto, tiene su propia canción, «El concurso literario», que está muy cerca de esta en la lista de singles, y que si la escuchas después de esta tiene otra gracia.

Me gusta mucho la palabra aquél en la segunda vuelta, cuando el concurso pasa a ser aquél famoso concurso. Con tilde y todo, como si fuera un acontecimiento histórico que todo el mundo debería recordar. Famoso. Aquél. Como el Mundial de 2010 o la boda de la Pantoja. Es la grandilocuencia del que no tiene nada más grande a mano.

Y eso es autoparodia, pero también es defensa propia.

Noventa y tres en vez de trece

Luego la letra se pone retadora, y aquí es donde la canción se vuelve más mía que nunca.

Collage con un detalle de la carátula de «El productor de Madonna no compra en Mercadona» y las carátulas de «El segundo exacto», «Discutiendo con la IA», «El concurso literario», «Que te mola el cruising»

La estrofa promete esforzarse más, superar con creces cualquier disco tradicional: noventa y tres canciones en vez de trece, con sus noventa y tres videoclips incluidos si hace falta, todo con tal de que no le den la lata.

Aquí hay una exageración, sí, pero menos de lo que parece. Si das una vuelta por la lista de singles verás que no estoy precisamente en el número trece. La trilogía de Planeta Gayfolk es enorme, hay vídeos para muchísimas canciones, hay shorts, hay letras publicadas una a una. Y parte de esa cantidad, lo confieso, nace exactamente de lo que dice la estrofa: de la sensación de que, como uso estas herramientas, tengo que hacer el triple para que se me tome en serio la mitad.

Es una trampa, claro. Porque nunca es suficiente. Si haces trece canciones, te dicen que eso lo hace cualquiera con una máquina. Si haces noventa y tres, te dicen que eso solo se puede hacer con una máquina. Pierdes siempre. Es como esas dietas en las que si comes poco engordas porque el cuerpo se asusta y si comes mucho engordas porque comes mucho.

Lo que me sigue gustando de esa línea es el final, lo de la lata. Toda la ambición de superar a cualquier disco tradicional, toda la épica de los noventa y tres videoclips, se resuelve en una frase de madre cansada. Que me dejen en paz. Ese es el objetivo real. No la gloria, no la corona: que no me den la lata.

Cuando escribo estas cosas pienso en cómo hablaba la gente en mi barrio. Nadie decía «quiero reconocimiento». Decían «a ver si me dejan tranquilo de una vez». Pues eso.

Madonna me cae fatal (por culpa de otro)

Y aquí la canción da un volantazo. Después de usar a Madonna como abogada defensora durante dos estribillos, de repente la despido.

Madonna, de repente, me empieza a caer fatal. La culpa la tiene un ex y lo que la letra llama su golpe letal.

Esto me pasa mucho al escribir. Empiezo con una idea seria, la de defenderme del examen permanente, y a la mitad se me cuela un ex por la ventana. No lo puedo evitar. Es como cuando vas a un funeral y te encuentras con alguien con quien te acostaste en 2014: ya no estás en el funeral, estás en otra película.

Al ex de la canción le encantaba Madonna, y lo único que le apasionaba tanto como ella era el cruising. Madonna y el cruising, las dos pasiones del señor. Me hace mucha gracia ponerlas en la misma frase, como si fueran aficiones equivalentes, como quien dice que le gusta el pádel y la cocina tailandesa. Si te interesa ese segundo tema, por cierto, tiene canción propia: «Que te mola el cruising».

Lo que pasa con los ex y la música es que te contaminan los discos. Hay canciones que ya no puedes escuchar porque las escuchabais juntos, o peor, porque las escuchaba él en bucle mientras tú le mirabas con cara de enamorado. Y de repente una diva a la que adorabas se convierte en la banda sonora de alguien que te hizo daño. No es culpa de ella. La pobre Madonna no sabe nada. Pero ya no es lo mismo.

Ese es el golpe letal: que el ex te robe hasta a tus divas.

Rexona, la que nunca te abandona

Y entonces llega la que, para mí, es la mejor línea que he escrito en esta canción. Es la que da sentido a todo:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Desde hace veinte años y mira donde sigue la reina ¡con su corona!» de «El productor de Madonna no compra en Mercadona»

«Madonna era como / Rexona / que nunca te abandona / pues mira bonito / me he cambiado / a la marca blanca de / Mercadona y / también funciona»

Rexona, que nunca te abandona. Quien haya visto la tele en España en los noventa tiene ese eslogan tatuado en algún sitio del cerebro, entre la canción de los Lunnis y el «hola, soy Edu, feliz Navidad». Es una frase de anuncio que todos sabemos completar. Y la uso para decir algo bastante cruel: que la diva, igual que el desodorante, era una promesa de fidelidad. Algo que creías que iba a estar ahí siempre. Algo de marca.

Y el giro es doméstico a más no poder. Me he cambiado a la marca blanca. A la de Mercadona. Y también funciona.

Me río mucho con esa frase porque es una forma muy de andar por casa de hablar de una ruptura. No digo «he superado mi dependencia emocional». Digo que he cambiado de desodorante. Que lo que creías imprescindible era un logo caro, y que lo de debajo, lo que de verdad hace la función, lo tienes en el súper de la esquina por menos de la mitad.

Y luego está el «pues mira bonito». Esa expresión es puro Madrid de mercado, de señora que te contesta en la cola de la pescadería. Mira bonito. Con retintín. Con la cabeza ladeada. Es la forma más castiza de decirle a alguien que te importa un pimiento lo que piense.

Lo que en realidad es la marca blanca

Aquí me pongo un momento serio, que ya toca.

Cuando escribí lo de la marca blanca, no estaba hablando solo del ex. Estaba hablando también de mí. De lo que hago. Porque, en el fondo, el que lleva toda la canción defendiéndose del examen es un señor que hace música con herramientas que para mucha gente son eso: la marca blanca de la música. La versión barata. La copia de Hacendado del disco de verdad.

Y la canción, sin decirlo, responde: vale, ¿y qué? También funciona.

Si una canción mía le sirve a alguien un martes por la noche, si le hace reír o si le pone nombre a algo que le pasó, da igual qué etiqueta lleve la botella. Lo de dentro hace la función. No necesito que me den la corona. Me conformo con que la canción haga lo que tiene que hacer. Ya lo dejé escrito en mi web, en las reglas de la casa: «Una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie».

No es una frase para ganar ninguna discusión. Es solo por qué sigo.

Mercadonaaaaa

Y entonces llega el estribillo final, con la vocal estirada hasta el infinito: Mercadonaaaaa. Escrito así, con cinco aes, porque es lo que pide la palabra. Es un grito de estadio dedicado a un supermercado. Lo pensé como esos cánticos de fútbol que de tanto repetirse dejan de significar nada y se convierten en puro sonido.

El productor de Madonna no compra en Mercadona.

Que es una frase que, si lo piensas, no dice absolutamente nada. Claro que el productor de Madonna no compra en Mercadona. Vive en París o en Los Ángeles o donde viva la gente así. Pero me gusta precisamente por eso: porque es una obviedad dicha con una solemnidad tremenda, como esas pintadas de los baños del instituto que te hacen gracia sin que sepas explicar por qué.

Y también porque coloca a cada uno en su sitio. El productor de la reina, en su mundo de marca. Yo, en el pasillo de los lácteos. Y no pasa nada. Es mi sitio y lo tengo bastante bien localizado.

De siete a ocho, y la piña

La última parte de la canción baja al súper de verdad, con horario incluido.

Acabaré como todos los demás, dice, de siete a ocho en el Mercadona, aunque odio hacer la compra y en el súper no soy persona.

De siete a ocho de la tarde. La hora punta del Mercadona, cuando sale todo el mundo de trabajar y hay cola hasta en la sección de congelados. Me encanta la resignación de esa frase, la de acabar como los demás. Después de toda la canción presumiendo de revolucionario y de los noventa y tres videoclips, el destino final es el mismo que el de cualquier vecino: el carrito, la cola y la señora que se cuela con una sola barra de pan.

Lo de no ser persona en el súper es verdad. No lo soy. Me pongo de un humor de perros. Y eso no es ninguna anécdota inventada, es lo que dice la letra y lo dejo ahí.

Y luego, el remate, que es puro código para quien lo entienda: como encima no me gusta la piña, tendré que ir atento por si alguien me guiña. Quien sepa, sabe. Hay una leyenda urbana sobre la piña boca abajo en el carrito del Mercadona a determinadas horas, y la canción la usa para cerrar con un guiño literal. El de la marca blanca no ha perdido las ganas de ligar. Solo ha cambiado de pasillo.

Lo que esta canción comparte con sus vecinas

Si abres la ficha de la canción en el blog, verás que tiene la letra completa y el enlace para escucharla. Lo que no verás ahí, porque es otra forma de contarla, es cómo encaja con las demás canciones en las que hablo de la inteligencia artificial.

Ficha de la canción «El productor de Madonna no compra en Mercadona» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

Son, digamos, tres posturas distintas ante la misma pregunta. En «El segundo exacto» me pongo melancólico y me pregunto si la máquina podrá escoger el momento exacto en que alguien rompe a llorar. En «Discutiendo con la IA» me cabreo con ella como quien discute con un compañero de piso que no friega. Y en esta, la de Madonna, me río del examen y me voy al súper.

Ninguna es más verdadera que las otras. Depende del día. Hay días en los que la pregunta de si lo mío es de verdad me hace llorar, días en los que me hace gritar y días en los que me hace encogerme de hombros y pensar en la piña. Y como escribo según el día, tengo canciones para los tres estados de ánimo.

Hay una cuarta, si me apuras: «Tus letras son basura», que es la respuesta directa a los haters que ni siquiera se molestan en hablar de la IA y van directamente a la letra. Esa es otra guerra, pero del mismo ejército.

Por qué no me pongo a llorar en esta

Me preguntan a veces por qué algunas de mis canciones sobre temas que me duelen son tan cachondas. Y la respuesta está en esta canción mejor que en cualquier otra.

Porque si me pongo serio con lo del examen permanente, me hundo. Si escribo una balada triste sobre lo injusto que es que no te tomen en serio, me quedo en la cama tres días. Pero si lo convierto en una escalera de palabras sueltas, en una sirena de IA IA IA, en Madonna como abogada y Rexona como ex, entonces puedo mirarlo de frente. Puedo reírme de los que me examinan y, de paso, de mí mismo por tomarme tan en serio el examen.

Con humor, también se dice la verdad. Eso lo tengo escrito en las reglas de mi casa, y esta canción es la prueba de que me lo creo.

Pero ojo, que reírse no es lo mismo que no importar. Me importa. Me importa muchísimo que la gente sepa que las letras son mías, que no las ha escrito ninguna máquina, que cada línea de esta canción, incluida la de la piña, salió de mi cabeza un día cualquiera. La música y las voces las hago con IA. Las palabras, no. Y por eso, cuando alguien dice que lo mío es un cuento, me sale una escalera de veinte peldaños para contestarle.

Cómo la escucharía yo

Si me preguntas cómo escucharla, te diría que con el carrito. En serio. Ponte los cascos, entra en el Mercadona de tu barrio de siete a ocho, cuando más gente hay, y dale. Cuando llegue lo de la marca blanca, coge un desodorante de Deliplus y míralo con cariño. Cuando llegue lo de la piña, mira a tu alrededor.

Y si alguien te pregunta por qué te ríes solo en el pasillo de las frutas, le dices que estás escuchando a un revolucionario que una vez ganó un concurso literario.

Aquél. Famoso.

Si quieres más contexto sobre cómo trabajo, tienes las preguntas frecuentes, donde lo explico sin tanto chiste, y la página de letras, donde están todas las que ya he publicado. Y si eres de los que siguen pensando que esto es una tontería hecha con un botón, tranquilo: tengo noventa y dos canciones más para que me sigas examinando.

Preguntas frecuentes

¿Quién es el productor de Madonna del que habla la canción? La letra nombra a Mirwais, el productor francés que trabajó con Madonna en discos como «Music». La canción lo usa como ejemplo de que las herramientas tecnológicas en la música no le han quitado la corona a la reina.

¿La canción está hecha con inteligencia artificial? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. La canción habla precisamente de lo cansado que es tener que justificarlo una y otra vez.

¿Qué significa lo de la marca blanca de Mercadona? Es una comparación doméstica: Madonna era como Rexona, «que nunca te abandona», y el narrador se ha cambiado a la marca blanca y «también funciona». Habla de superar algo que creías imprescindible, en este caso una diva asociada a un ex.

¿Dónde puedo leer la letra completa? En la página de letras de gayfolkplanet.com y en la ficha de la canción del blog de mikesaintlouis.com, donde también está el enlace para escucharla en Spotify.

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