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«¡Qué descansada vida!»: Horacio, fray Luis, Guevara, Thoreau, el beatus ille y «La noche no es para mí»

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A las dos de la madrugada, en mitad de un bar o de una pista, hay un momento en que todo se ve con una claridad rara. El ruido sigue, las luces siguen, la gente sigue, pero algo dentro de ti se ha apagado y una frase empieza a repetirse sola. En mi canción esa frase es el título: «La noche no es para mí».

La noche no es para mí No para mí

Ya escribí sobre la hora del lobo, esas dos de la madrugada en las que todo pesa, y sobre la mañana siguiente en garrafón y resaca. Hoy quiero mirar la canción desde otro sitio, desde muy lejos en el tiempo. Porque esa sensación de estar en medio del ruido y desear otra vida, más tranquila, más sencilla, lejos de todo, tiene un nombre en la historia de la literatura. Es uno de los tópicos más antiguos y más repetidos de la poesía occidental. Se llama «beatus ille».

Dichoso aquel

«Beatus ille» significa en latín «dichoso aquel». Son las dos primeras palabras de un poema de Horacio, el segundo de sus «Epodos», escrito en el siglo I antes de Cristo. El poema empieza así: dichoso aquel que, lejos de los negocios, como la antigua raza de los mortales, trabaja los campos de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura.

A partir de ahí, Horacio pinta una vida de campo idílica. El campesino casa las vides con los álamos, poda las ramas inútiles, guarda la miel, esquila las ovejas. En otoño recoge las peras y las uvas. En invierno caza con perros y redes. Su mujer, honrada y trabajadora, enciende el fuego, ordeña las ovejas y prepara la comida sin necesidad de manjares exóticos. Todo es sencillo, natural, honesto. Ni guerras, ni pleitos, ni la antesala de los poderosos.

Leído hasta ahí, parece un elogio sin matices de la vida rural. Y así lo leyeron muchos durante siglos. Pero el poema tiene un final que lo cambia todo.

El giro del usurero

En los últimos versos descubrimos quién está hablando. No es Horacio. Es un tal Alfio, un prestamista, un usurero. Después de soltar todo ese discurso precioso sobre lo dichoso que es el campesino que vive sin deudas, Alfio decide que sí, que se va a hacer labrador. Recoge todo su dinero en los idus del mes. Y en las calendas siguientes, apenas dos semanas después, ya está buscando a quién volver a prestarlo.

Es decir: todo el poema era un sueño de quien no piensa cumplirlo. El usurero idealiza el campo porque vive de lo contrario. Le encanta la idea de la vida sencilla, pero no está dispuesto a renunciar a nada. Horacio se ríe, con mucha finura, de algo que hoy reconocemos perfectamente: la fantasía de dejarlo todo que tenemos los domingos por la noche y que el lunes por la mañana ya se nos ha olvidado.

Ese final me parece genial porque es muy honesto. No dice que el campo sea mentira ni que la vida sencilla no valga la pena. Dice que la mayoría de las veces el deseo de retirarnos es eso, un deseo, una válvula de escape que nos permite seguir haciendo lo mismo. Y eso conecta directamente con mi canción.

El ritual que se repite

Porque en «La noche no es para mí» pasa algo parecido. La canción no es una huida, es una constatación en mitad del ritual. El protagonista sale, bebe, busca compañía, mira el reloj, y a la vez sabe que eso no es lo suyo.

Cumpliendo siempre el ritual

Ese verso es mi Alfio. Sé que la noche no es para mí, lo digo una y otra vez en el estribillo, y sin embargo sigo cumpliendo el ritual. Es la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos, entre el deseo de otra vida y la costumbre que nos arrastra. Horacio la vio en un usurero romano. Cualquiera puede verla en un domingo de madrugada en cualquier ciudad.

La canción tiene además una palabra curiosa: «leitmotiv». El protagonista busca algún leitmotiv, un motivo conductor, algo que dé sentido a un día que se le hace largo. Esa palabra, que viene de la música de Wagner, la dejé tal cual porque sonaba exactamente a lo que es: alguien que busca una melodía que le guíe y no la encuentra. En cierto modo, todo el tópico del beatus ille es eso: la búsqueda de un leitmotiv para la vida que no sea el ruido.

Virgilio y los campesinos que no saben su suerte

Unos años antes que Horacio, Virgilio había escrito en sus «Geórgicas», un largo poema sobre la agricultura, unos versos que también se hicieron famosos: «¡Oh, demasiado afortunados los campesinos, si conocieran sus bienes!». La idea es parecida, pero con un matiz importante. Para Virgilio, el campesino es feliz y no lo sabe. Tiene paz, tiene la tierra, tiene una vida justa, pero no es consciente de su suerte.

Fotogramas del videoclip oficial de «La noche no es para mí», de Mike Sain't Louis

Esa frase plantea una pregunta que me parece muy actual: ¿quién decide lo que es una buena vida? El poeta de ciudad que mira el campo desde lejos y lo idealiza, o el campesino que se levanta a las cinco para ordeñar? Los dos tópicos, el de Horacio y el de Virgilio, nacen de gente urbana, cultivada, cansada de la corte. El campo que describen es un campo soñado, casi un decorado.

Ya conté en qué tiene de folk el gayfolk que en mis canciones el pueblo aparece de muchas maneras: como verbena, como copla, como memoria. Y también, como escribí en el qué dirán y la vecina de mis letras, como un lugar donde crecer siendo diferente no siempre es idílico. El beatus ille tiende a olvidar esa parte: que la aldea tranquila también puede ser un sitio donde todos te miran.

Garcilaso y el lugar ameno

Antes de fray Luis, el beatus ille ya tenía un primo hermano en la poesía castellana: el «locus amoenus», el lugar ameno. Es el paisaje ideal de la poesía pastoril, con agua clara, sombra, hierba fresca y pájaros, donde los pastores se quejan de sus amores. Su ejemplo más famoso en castellano está en la «Égloga I» de Garcilaso de la Vega, publicada en 1543, años después de su muerte, junto a las obras de su amigo Juan Boscán:

Corrientes aguas puras, cristalinas, árboles que os estáis mirando en ellas, verde prado de fresca sombra lleno

La diferencia entre los dos tópicos es sutil pero interesante. El lugar ameno es un decorado para el sentimiento: el pastor llora en un paisaje perfecto, y el contraste hace más grande su pena. El beatus ille, en cambio, es un programa de vida: no describe solo un sitio bonito, sino una manera de vivir lejos del ruido. Uno es una postal para llorar. El otro es un plan para dejar de hacerlo.

En las canciones pasa lo mismo. Hay letras que usan un paisaje bonito para que la tristeza se note más, y otras que proponen ese paisaje como salida. «La noche no es para mí» no tiene paisaje ameno. Tiene un bar, un reloj y tinieblas. Pero precisamente por eso el estribillo funciona como un beatus ille en negativo: no describe dónde querría estar, solo dónde no.

Fray Luis y el mundanal ruido

El tópico llega a la literatura española con fuerza en el Renacimiento, y su versión más famosa la escribió fray Luis de León en el siglo XVI. La «Oda a la vida retirada» empieza con unos versos que mucha gente aprendió en el instituto:

¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!

Fray Luis usa una estrofa llamada lira, de cinco versos que combinan heptasílabos y endecasílabos, que había llegado al castellano con Garcilaso de la Vega. Es una estrofa ligera, ágil, perfecta para el tono de la oda: alguien que se aleja del bullicio caminando por un sendero escondido.

Lo que me fascina de fray Luis es que su retiro no es solo físico. Es moral. Huye de la ambición, de la adulación, de la envidia, de los que buscan el favor de los poderosos. Pide una vida sin sobresaltos, con un huerto, una fuente, árboles que se mueven con el viento y un sueño tranquilo. En un momento famoso de la oda dice que quiere vivir consigo mismo, gozar de lo que debe al cielo, a solas, sin testigos, libre de amor, de celos, de odios, de esperanzas y de recelos.

Y aquí está la gracia de la historia: el hombre que escribió esos versos tan serenos vivió una de las vidas más agitadas de su época. Fue profesor en Salamanca, se metió en polémicas académicas, tuvo enemigos poderosos y pasó varios años en las cárceles de la Inquisición en Valladolid. Su descansada vida era un ideal, no una biografía. Como el campo de Alfio. Como la tranquilidad que yo pido en el estribillo mientras sigo en la barra.

Guevara y el menosprecio de corte

Unas décadas antes, en 1539, el obispo y escritor Antonio de Guevara había publicado en Valladolid un libro con un título que lo dice todo: «Menosprecio de corte y alabanza de aldea». Guevara, que había sido predicador y cronista de Carlos V y conocía la corte desde dentro, enumera con mucha ironía las miserias de la vida cortesana: la falsedad, las intrigas, los gastos, las colas para ver al poderoso, la comida mala y cara, el ruido. Y frente a eso alaba la aldea, donde uno es dueño de su tiempo, conoce a sus vecinos y duerme cuando tiene sueño.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «La noche no es para mí No para mí» de «La noche no es para mí»

El libro tuvo un éxito enorme y se tradujo a varias lenguas. Su fórmula, el desprecio de la ciudad y el elogio del campo, se convirtió en un lugar común de la literatura del Siglo de Oro. Lope, Cervantes y tantos otros jugaron con ella.

Lo divertido de Guevara es que se nota que disfruta enumerando los defectos de la corte mucho más que describiendo las virtudes de la aldea. Es un poco como esas personas que hablan maravillas de dejar la ciudad pero siempre acaban contando con todo detalle lo insoportable que es el metro en hora punta. El desprecio tiene más gracia que el elogio. Algo de eso hay en las canciones: es mucho más fácil escribir una buena letra contra algo que a favor de algo.

Lejos del gentío enloquecido

El tópico cruzó también al inglés. En 1751 Thomas Gray publicó su «Elegía escrita en un cementerio de aldea», un poema en el que el narrador pasea al atardecer entre las tumbas de los campesinos anónimos de un pueblo y piensa en sus vidas humildes. Uno de sus versos habla de vivir lejos de la innoble lucha del gentío enloquecido: «far from the madding crowd's ignoble strife».

Más de un siglo después, en 1874, Thomas Hardy tomó esas palabras para titular una de sus novelas más famosas, «Lejos del mundanal ruido», que en español se tradujo precisamente con la expresión de fray Luis. Es bonito que la traducción española de un título inglés, tomado de un poema inglés, acabe usando las palabras de un fraile castellano del siglo XVI. Los tópicos viajan así, de lengua en lengua, y se reconocen en cada sitio.

Y hay otra ironía: la novela de Hardy no tiene nada de tranquila. Está llena de pasiones, celos, ruina y muerte en un ambiente rural. El campo no es un remanso. Es un escenario donde la gente sufre igual que en la ciudad, solo que con más ovejas.

Thoreau y la cabaña junto al lago

La versión moderna más famosa del beatus ille es probablemente la de Henry David Thoreau. El 4 de julio de 1845 se fue a vivir a una cabaña que él mismo había construido junto a la laguna de Walden, en Massachusetts. Se quedó allí dos años, dos meses y dos días, hasta el 6 de septiembre de 1847. De esa experiencia salió «Walden», publicado en 1854, un libro sobre vivir con lo mínimo, observar la naturaleza y no dejarse arrastrar por las necesidades artificiales.

Thoreau escribió que se fue al bosque porque quería vivir deliberadamente, enfrentarse solo a los hechos esenciales de la vida. Es una frase que se cita mucho en tazas y carteles. Lo que se cita menos es que la cabaña estaba a poca distancia del pueblo de Concord, que recibía visitas, que iba a menudo a la ciudad y que el terreno era de su amigo Ralph Waldo Emerson. No era un ermitaño absoluto. Era alguien que se apartó lo suficiente para mirar su vida desde fuera, sin cortar del todo con ella.

Me parece la versión más sana del tópico. No se trata de huir para siempre, sino de alejarse un poco para ver mejor. Y luego volver, con otra mirada.

La alegría de perderse cosas

Hoy el beatus ille tiene versiones nuevas, adaptadas a nuestra forma de vivir. Durante años se habló mucho del miedo a perderse algo, esa ansiedad de pensar que los demás están viviendo experiencias mejores mientras tú estás en casa. Las redes sociales lo multiplicaron: cada foto de una fiesta a la que no fuiste era un pequeño pinchazo.

Collage con un detalle de la carátula de «La noche no es para mí» y las carátulas de «Marica chill», «En un musical gay»

En 2012, el empresario tecnológico Anil Dash escribió un texto en el que propuso darle la vuelta: la alegría de perderse cosas. Contaba que, tras el nacimiento de su hijo, se había perdido muchos eventos, conciertos y novedades, y que en lugar de angustia sentía alivio. Estaba exactamente donde quería estar. La expresión se hizo popular y hoy se usa para nombrar el placer de quedarse en casa un sábado sin culpa.

Es el beatus ille de la era del móvil. Ya no huimos de la corte de Carlos V, sino de las notificaciones. Ya no queremos un huerto junto a una fuente, sino un sofá, una manta y el teléfono en modo avión. Pero el gesto es el mismo: reconocer que el ruido no nos hace felices y que hay una dicha posible en lo pequeño.

«La noche no es para mí» está justo en la frontera entre esos dos mundos. El protagonista todavía está en la fiesta, todavía busca con quién pasar la noche, todavía siente esa urgencia de no quedarse fuera. Pero la canción ya intuye la otra posibilidad. Ya sabe que no es su sitio. Lo que le falta es atreverse a irse.

Retirarse no siempre es descansar

Hasta aquí, todo suena muy bonito: dejar el ruido, buscar la calma, vivir con menos. Pero quiero poner un matiz que para mí es importante, y que tiene que ver con mi propia historia.

Durante veinte años viví en dos relaciones con personas narcisistas. Al final, cuando su verdadera cara salió a la luz, lograron que parte de la gente que me quería se pusiera de su lado. Me quedé muy solo, y las canciones fueron el lugar donde pude decir lo que había pasado. Con el tiempo me diagnosticaron estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Llegué a estar muy cerca de quitarme la vida. Hoy, gracias al tratamiento psiquiátrico y psicológico que sigo, puedo contarlo desde la recuperación, y quiero que quien lea esto sepa que ese camino existe.

Te cuento esto porque uno de mis diagnósticos, la evitación, se parece peligrosamente al beatus ille. Huir del mundanal ruido puede ser una elección sana: descansar, protegerse, elegir con quién estar. Pero también puede ser una forma de esconderse por miedo. No ir a la fiesta porque no te apetece es libertad. No ir porque te aterra que te miren, que te juzguen o que te rechacen es otra cosa. Desde fuera parecen lo mismo. Por dentro son opuestos.

Escribí sobre esa diferencia en un castillo sin llave, la soledad elegida, y sobre la soledad que se siente justamente rodeado de gente en siempre apartado entre tanta gente. La pregunta clave que he aprendido a hacerme no es si estoy solo o acompañado, sino si estoy eligiendo o huyendo. Fray Luis elegía. El protagonista de mi canción todavía no sabe si elige o huye. Y no pasa nada por no saberlo; lo importante es empezar a preguntárselo.

Si notas que el aislamiento ya no te da paz, sino que te encierra, habla con alguien. Con tu médico de cabecera, con un psicólogo, con una persona de confianza. Y si en algún momento sientes que no puedes más, en España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a cualquier hora. En caso de emergencia, llama al 112. Si eres menor de edad, la Fundación ANAR te escucha en el 900 20 20 10. Sobre lo que me ayudó a mí, hablé en gracias a mi psicóloga.

La ciudad también puede ser aldea

Otra cosa que el beatus ille suele olvidar es que no hace falta irse al campo para vivir más despacio. Soy de Madrid, y Madrid aparece en muchas de mis letras, no como postal, sino como sitio donde pasan cosas pequeñas. Lo conté en Madrid sin postal. Una ciudad grande tiene también sus rincones de aldea: el bar del barrio donde te conocen, la plaza donde juegan los niños, el parque a primera hora.

Ficha de la canción «La noche no es para mí» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Guevara alababa la aldea porque allí uno es dueño de su tiempo. Pero el tiempo propio también se puede defender en una ciudad. Se trata de elegir qué noches son para ti y cuáles no, sin tener que mudarte a una cabaña junto a un lago. A veces el retiro cabe en una tarde de domingo sin planes.

Creo que eso es lo que, en el fondo, dice mi canción. No pide huir para siempre. No condena la noche en general. Dice algo mucho más modesto y más personal: esta noche, este ritual, este ruido, no son para mí. Es un beatus ille en miniatura. Dichoso aquel que sabe cuándo irse a casa.

Otras noches en mis canciones

La noche aparece muchas veces en lo que escribo, y no siempre como enemiga. Hay noches que son refugio, como la que defendí en el derecho a una noche sin drama, donde la pista es un sitio seguro para bailar sin que nadie te juzgue. Hay noches de calle y de llanto, como las que repasé en llorando por las calles de Madrid. Y hay días enteros sin plan que se parecen mucho a un beatus ille con purpurina, como el de «Marica chill», donde el protagonista presume de no necesitar cita ni aplicaciones para estar bien.

Puestas una al lado de otra, esas canciones dibujan algo parecido a lo que dibujan los poetas de este artículo: no hay una sola forma correcta de vivir la noche ni el retiro. Hay noches que te dan la vida y noches que te la quitan. El truco está en distinguirlas a tiempo, y eso, como casi todo lo importante, se aprende equivocándose.

Cómo escribir un beatus ille hoy

Si te apetece jugar con este tópico, te propongo un pequeño ejercicio de escritura. Piensa en el sitio donde te gustaría estar ahora mismo, lejos de lo que te agobia. Descríbelo con detalles concretos, como hacía Horacio con sus peras y sus abejas. Y luego, como él, añade un giro final: ¿quién está hablando? ¿Lo dices de verdad o es tu Alfio el que habla?

Ese giro es lo que convierte un tópico en literatura. Sin él, el beatus ille es una postal. Con él, es un espejo. Y los espejos, aunque a veces incomoden, son mucho más útiles que las postales.

Lo que queda cuando se apaga la música

Hay una imagen que me gusta mucho para terminar. En la oda de fray Luis, el aire orea el huerto y mueve los árboles «con un manso ruïdo / que del oro y del cetro pone olvido». Es decir, un rumor tan suave que hace olvidar la riqueza y el poder. Y al final del poema, mientras otros se afanan en sus ambiciones y sus naufragios, el poeta se imagina tendido a la sombra, con el oído atento a una música serena. Es un sonido sin ritmo de discoteca, sin luces. El sonido de las hojas.

Cuando acaba una noche que no era para ti, cuando por fin sales del local y la calle está casi vacía, a veces se oye algo parecido. El zumbido de una farola, un pájaro madrugador, el viento entre los árboles de una avenida. Ese silencio relativo después del ruido es también una forma de beatus ille. No es un huerto ni una cabaña, pero es un respiro.

Y quizá esa sea la lección más útil de todos estos poetas, del usurero de Horacio al vecino de Walden: que el deseo de otra vida no siempre exige cambiarlo todo. A veces basta con reconocer qué ruido no es el tuyo y darte permiso para salir de él.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «beatus ille»? Significa «dichoso aquel» en latín y son las primeras palabras del segundo «Epodo» de Horacio, del siglo I antes de Cristo, que elogia la vida sencilla del campo frente a los negocios y la ciudad. De ahí viene el nombre del tópico literario que idealiza la vida retirada. El poema termina con una ironía: quien lo dice es Alfio, un usurero que, tras alabar el campo, vuelve a prestar dinero dos semanas después.

¿Quién escribió «¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido!»? Fray Luis de León, en su «Oda a la vida retirada», escrita en el siglo XVI en liras, la estrofa de cinco versos que había introducido en castellano Garcilaso de la Vega. Es la versión más conocida del beatus ille en la poesía española.

¿Qué es el «Menosprecio de corte y alabanza de aldea»? Es un libro de Antonio de Guevara publicado en Valladolid en 1539 que contrapone las miserias de la vida en la corte con las ventajas de vivir en una aldea. Su éxito convirtió ese contraste en un lugar común de la literatura del Siglo de Oro.

¿De qué habla «La noche no es para mí»? Es una canción sobre alguien que, en plena noche de fiesta, con el reloj pasando de las dos y el alcohol haciendo efecto, se da cuenta de que ese ambiente no es lo suyo, aunque siga cumpliendo el ritual. El estribillo repite una y otra vez la misma constatación: la noche no es para mí.