
Por Mike Sain't Louis ·
Un castillo sin llave: la soledad elegida en «Antisocial»
Sábado, once de la noche. El móvil vibra en la mesa: «¿Te vienes? Estamos en la Plaza de Chueca, luego vamos a una fiesta en un ático». Lo miras. Miras el sofá. Miras la manta, el táper de lentejas que sobró del jueves y la serie que tienes a medias. Y contestas lo de siempre: «Hoy no puedo, tengo cosas». Las cosas son la manta, el táper y la serie.
Hay una edad en la que esa respuesta da vergüenza. Y otra en la que da paz.
«Antisocial» es una canción para esa respuesta. Está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y no es casualidad que esté ahí: la liberación también puede ser no salir. La ficha de la canción en el blog ya repasa el estribillo y ese «ni amable» que me sigue haciendo gracia. Aquí quiero hablar de otra cosa: de la diferencia entre la soledad que te cae encima y la soledad que eliges con calma, como quien elige un sofá en IKEA después de sentarse en los veinte de la exposición.
Me llaman puta basura
La canción no empieza con un suspiro. Empieza con un insulto de los gordos:
«Me llaman puta basura, / pero yo solo vivo en mi realidad.»
Me gusta que arranque así porque es exactamente lo que pasa cuando alguien decide apartarse. El grupo no lo lleva bien. El que se va del grupo de WhatsApp sin avisar es un borde. El que no va a la cena de Navidad de la empresa es un raro. El que dice que no a la tercera fiesta seguida es un amargado, un aburrido, un «tú antes molabas». Y si encima eres marica y no sales los sábados, ya ni te cuento: parece que has traicionado a la patria arcoíris, que te han retirado el carné de Chueca y que vas a acabar como una tía solterona en un cuadro de Romero de Torres.
Hay una presión muy concreta en el ambiente gay para estar siempre disponible. Disponible para la fiesta, para el brunch, para la sauna, para el plan improvisado de las dos de la mañana, para el Orgullo, para el after del Orgullo, para el after del after. Grindr te enseña quién está a doscientos metros como si eso fuera una invitación. Instagram te enseña a todos tus conocidos en una terraza de Lavapiés mientras tú estás en pijama. Y el mensaje de fondo es siempre el mismo: si no estás ahí, no existes.
La primera línea de la canción le pone nombre al castigo que llega cuando dices que no. La segunda lo desactiva sin gritar: yo solo vivo en mi realidad.
No pide permiso.
No es que me falte nada
El tercer verso es el que más me interesa, porque se adelanta a la sospecha de siempre. El personaje avisa de que no se esconde y de que no le falta nada: lo que hace es escoger su soledad, con la misma tranquilidad con la que escogería un sabor de helado.
Cuando alguien se aparta, los demás buscan enseguida la carencia. Algo le pasa. Estará deprimido. Le habrán hecho daño. No tendrá dinero. Se habrá quedado calvo y no quiere que le vean. Le dará vergüenza el cuerpo. La gente necesita una explicación porque la idea de que alguien esté bien solo le parece casi una ofensa. Como si tu sofá fuera una crítica a su ático.
Y ojo, que a veces sí falta algo, y hay que mirarlo de frente. No todo aislamiento es una elección luminosa. Hay soledades que pesan como un bloque de cemento, y de esas también he escrito: en «La música me está salvando» el tono es otro, más de agarrarse a algo para no hundirse. Si alguien se encierra porque ya no puede con nada, eso merece una llamada, una visita, un táper en la puerta. No merece un «qué antisocial te has vuelto».
Pero la canción habla de la otra. De la que se elige. Y esa existe, aunque cueste creerlo en un mundo que vende planes a todas horas. Hay gente que ha probado el ruido, la fiesta, el grupo grande y el ligoteo de los jueves, y que un día decide que su vida es mejor con menos. Menos caras. Menos conversaciones de ascensor. Menos «a ver si quedamos» que nunca se cumplen. Y no le falta nada: le sobra todo lo demás.
Lo difícil es que te crean.
Solo los que ya conozco
En el primer estribillo aparece la regla de la casa: solo cuentan los que ya conoce, los que van a seguir ahí pase lo que pase.

Aquí está la clave del personaje, y es lo que lo separa de un ermitaño de documental de La 2. No odia a la gente. Ha cerrado la lista de invitados. La puerta está cerrada para los nuevos, pero dentro hay una mesa puesta para cuatro o cinco personas que llevan ahí toda la vida.
Eso, contado así, no tiene nada de raro. Es lo que hace casi todo el mundo pasados los treinta y tantos: el círculo se estrecha, los amigos de la facultad se van a Valencia o a Berlín, los compañeros de piso se casan, los ligues se convierten en anécdotas. Lo que cambia es que unos lo viven como una pérdida y otros como una limpieza. La canción se pone del lado de la limpieza, como quien vacía el armario y se queda con cinco camisetas buenas en vez de cuarenta de SHEIN.
Más adelante la letra lo dice todavía más claro, y le pone fecha de caducidad a esa lealtad: ninguna. A los pocos elegidos se lo da todo hasta el fin del mundo, literalmente. Me gusta esa promesa porque tiene algo de bolero, de copla, de promesa exagerada de las que se hacían antes en las películas en blanco y negro. El antisocial de la canción es frío con el mundo y absolutamente melodramático con los suyos. No reparte cariño a granel en el bar como quien reparte flyers en la Gran Vía. Lo guarda entero para unos pocos.
Yo no le veo ningún defecto a eso. Le veo una forma de ahorro.
Ni calvo ni amable
El estribillo tiene una lista de cosas que el personaje no es: feo, calvo, amable. La ficha ya cuenta por qué ese «ni amable» me hace tanta gracia, así que no me repito. Solo quiero añadir una cosa: la lista entera es una defensa contra acusaciones que nadie ha hecho, y eso dice mucho de cómo funciona la cabeza de quien ha pasado por el juicio del grupo.
Cuando te han criticado mucho, empiezas a contestar antes de que te pregunten. Llegas a una cena y ya vas explicando por qué no bebes, por qué te vas pronto, por qué no tienes Instagram abierto, por qué no has visto el último reality de moda. Te defiendes de todo. Y la canción coge ese tic y lo convierte en un estribillo: no soy feo, no soy calvo, no soy amable, y a cambio tengo un corazón noble que nadie me ha pedido que demuestre.
Luego, en la segunda vuelta, el estribillo cambia un poco y el personaje asegura que su alma es pura y que puede probarlo. Esa prueba me parece lo más camp de toda la letra. Como si alguien fuera a presentar pruebas ante notario. Como si existiera un certificado de alma pura que se pide en la Junta Municipal de Distrito con cita previa, fotocopia del DNI y dos fotos de carné.
Es una exageración, claro. Y está bien que lo sea, porque detrás de la burla hay algo muy serio: la necesidad de que alguien reconozca que apartarse no te convierte en mala persona.
Mi silencio es un castillo
La imagen central de la canción, para mí, es esta:

«Evito las miradas, los saludos en la calle, / mi silencio es un castillo, yo una armadura sin llave.»
Un castillo y una armadura sin llave. Hay mucha Edad Media en esa línea, mucha película de caballeros, y me encanta porque la soledad cotidiana no tiene nada de épico. Evitar a la vecina en el portal. Ponerte los cascos aunque no suene nada para que no te hablen en el metro. Cruzar de acera cuando ves a un antiguo compañero de trabajo que te va a contar su divorcio con todo lujo de detalles. Fingir que miras el móvil en la cola de Mercadona porque reconoces al del tercero.
Todo eso es diminuto, es de barrio, es de andar por casa. Y la canción lo viste de armadura.
Lo de «sin llave» tiene dos lecturas y no quiero quedarme solo con una. Puede ser una armadura que nadie puede abrir desde fuera, lo cual suena a protección. O puede ser una armadura que ni siquiera el que la lleva puede quitarse, lo cual suena a cárcel. La letra no decide. Y creo que esa ambigüedad es lo más honesto de la canción, porque quien ha elegido estar solo sabe que a veces la elección se le va de las manos.
Hay días en los que el castillo es un refugio. Hay días en los que es una celda con vistas.
Y el que vive dentro lo sabe.
Prefiero mil veces a mis animales
La frase que se repite al final, una y otra vez, como un disco rayado, es la que todo el mundo recuerda:
«prefiero mil veces a mis animales que aguantar a un narci y a su puta madre»
Seis veces seguidas en la letra publicada. La ficha del blog ya habla de esa repetición como un mantra. Yo quiero mirar quién aparece en la frase, porque ahí está la explicación de todo el personaje.
Aparecen dos bandos. De un lado, los animales: el perro que te recibe moviendo la cola aunque llegues de mal humor, el gato que se te sube encima cuando lloras viendo «Pasión de gavilanes». Del otro, el narcisista con su madre de escolta. Y la madre no está ahí por casualidad. Cualquiera que haya salido con un narcisista sabe que casi nunca viene solo. Viene con su corte: la madre que lo justifica todo, la amiga que te mira raro en las cenas, el hermano que «no se mete», el grupo de colegas que te cuenta lo maravilloso que es mientras tú te vas apagando.
Por eso la soledad del antisocial tiene un origen. No ha nacido así. Se ha hecho así después de aguantar demasiado. Y eso conecta esta canción con todas las que he escrito sobre narcisismo, que son unas cuantas: «El narcisista», con su hielo que no se derrite ni con lanzallamas; «No Contact», que es la regla de oro para salir de ahí; «El descarte del narcisista», que cuenta el momento en que te tiran como una colilla.
«Antisocial» es lo que viene después de todo eso. El día que te das cuenta de que, si conocer gente nueva significa arriesgarte a que vuelva a pasar, prefieres no conocer a nadie. Y te quedas con los animales, que no hacen luz de gas. Ningún gato te ha dicho jamás «eso nunca ha pasado, te lo estás inventando». Ningún perro te ha castigado con tres días de silencio por llegar tarde.
Los animales no fingen.
Por elección y más de un cabrón
Hay un verso que se me escapa en cada escucha y que creo que es el más sincero de toda la letra:

«Antisocial, por elección y más de un cabrón, no por miedo»
Por elección. Y por más de un cabrón. Las dos cosas a la vez. El verso no se aclara del todo, y esa es su gracia: dice que ha elegido la soledad, pero reconoce que esa elección viene empujada por la gente que se le ha cruzado. Es una libertad con antecedentes. Como quien dice que se ha ido a vivir al campo porque le apetecía, y luego te cuenta lo del alquiler de Malasaña.
Me parece importante no maquillar eso. Mucha gente que hoy disfruta de su soledad llegó ahí por las malas. Por el ex que le vació la cuenta, por el amigo que le traicionó, por la familia que no le aceptó, por el grupo que le dio la espalda cuando más falta hacía. Y no pasa nada por reconocerlo. Elegir algo después de que te hayan hecho daño no lo hace menos tuyo.
Lo que sí rechaza el verso es el miedo. «No por miedo.» El antisocial no se esconde porque le asuste el mundo. Se aparta porque ya lo ha visto y ha decidido que no le compensa. Hay mucha diferencia entre esconderse debajo de la cama y cerrar la puerta de casa con dos vueltas de llave.
El sábado en el sofá
Vuelvo a la escena del principio, al sofá y al táper de lentejas, porque creo que ahí está lo que la canción tiene de político, aunque no lo parezca.
Durante mucho tiempo, la vida gay visible se ha contado desde la noche. Las discotecas, las saunas, los bares de Chueca, los cuartos oscuros, las carrozas del Orgullo. Y tiene sentido, porque durante décadas la noche fue el único sitio donde se podía existir sin esconderse. Pero eso ha dejado una herencia rara: parece que el marica de verdad es el que sale, el que está en todas, el que lleva la pulsera del festival de turno. Y el que se queda en casa parece un marica a medias, uno que no ha terminado de salir del armario.
Lo cuenta de otra manera «La noche no es para mí». Hay gente para la que la fiesta es libertad y gente para la que la libertad es poder decir que no a la fiesta sin que le miren raro. Las dos cosas caben en el planeta GAYFOLK.
«Antisocial» se pone del lado de los segundos. Del que pide comida a domicilio un sábado y no se siente un fracasado. Del que cumple años y prefiere cenar con dos amigos a montar un fiestón con cuarenta conocidos. Del que tiene Grindr desinstalado y no lo echa de menos. Del que ha descubierto que el silencio de su casa no es un vacío, sino un sitio.
Ese sitio puede ser muy pequeño. La letra lo admite sin complejos: su mundo es chiquito, pero no hay quien lo rompa. Lo pequeño no se rompe tan fácil.
Lo que no dice la canción
Me parece justo decir lo que «Antisocial» no es, porque una canción así se puede leer mal.
No es un manifiesto contra la gente. El personaje tiene a sus elegidos y les da todo. No es tampoco un elogio del aislamiento total, de esos que te dejan tres meses sin hablar con nadie y comiendo galletas María delante de una pantalla. Y no es, desde luego, una invitación a que nadie se encierre si lo está pasando mal.
Si te reconoces en la soledad de esta canción y te sienta bien, disfrútala. Si te reconoces en ella y te duele, eso es otra cosa, y merece que se lo cuentes a alguien. A uno de esos pocos elegidos, a un médico, a quien sea. No hace falta que salgas a la fiesta del ático. Basta con que alguien sepa cómo estás.
La línea entre el castillo y la celda es fina. Y la canción, que no es un manual, deja que la cruces tú.
Una armadura de color rosa
La portada del single es, de todas las que he sacado, una de las que más me divierten. Un hombre con gafas de sol oscuras, gritando con la boca abierta, metido en una camisa de fuerza rosa con hebillas de metal, sobre un fondo rosa chicle. Y arriba, en letras rasgadas como pintadas con brocha, la palabra ANTISOCIAL.

La camisa de fuerza es el insulto del principio hecho imagen: lo que te llaman cuando te apartas. Raro, loco, enfermo, «ese no está bien». Pero es rosa. Y el grito no parece de miedo, parece de alguien que lleva mucho tiempo callado y por fin suelta todo lo que tenía dentro. La armadura sin llave de la letra se ha convertido en una prenda de loca de manicomio de película de serie B, y en vez de dar pena, da guerra.
Eso es muy GAYFOLK. Coger lo que te iban a echar en cara y ponértelo como si fuera de pasarela. Pasa con el insulto en «Antisocial» y pasa en muchas otras, como en «Outsider Radical», que es casi su prima hermana: otra canción sobre estar fuera del grupo y no querer volver a entrar.
La casa como escenario
Hay una cosa que me interesa mucho de las canciones que pasan dentro de casa, y es que suelen ser las más difíciles de contar. La fiesta tiene luces, gente, un ex que aparece en la barra, un chupito de más. La casa tiene una manta. Y sin embargo, muchas de las cosas más importantes de una vida pasan ahí: en la cocina a las tres de la mañana, en el sofá con el gato, en la ducha cuando por fin lloras lo que no lloraste en la calle.
Hablé de eso en «Canciones para fregar los platos», sobre el pop que acompaña la vida pequeña. «Antisocial» entra en esa familia, aunque suene más rabiosa. Es una canción para escuchar con los cascos camino del trabajo, evitando saludos, como dice la ficha. Pero también es una canción para poner en casa, alto, mientras recoges, sin que nadie te pida explicaciones de por qué no has salido.
Y hay algo más. La vecina del cuarto, la que lo sabe todo de todos, la protagonista de «La vecina cotilla», seguro que tiene una opinión sobre el antisocial del segundo. Que no sale nunca. Que no saluda. Que a saber lo que hace ahí metido. Lo que hace ahí metido es vivir. Pero eso, en el rellano, no da para mucho chisme.
Cuatro personas y un gato
Si tuviera que resumir la canción en una imagen, no sería el castillo ni la armadura. Sería una mesa pequeña con cuatro sillas y un gato encima de una de ellas.
Esa es la vida que defiende «Antisocial». No una vida vacía, sino una vida con aforo limitado. Con derecho de admisión. Con un portero muy estricto en la puerta que no deja pasar a los narcisistas ni a sus madres, ni a los que te llaman puta basura, ni a los que solo te escriben cuando necesitan algo.
Habrá quien diga que eso es egoísta. Puede ser. Pero también es la única forma que conozco de que lo poco que tienes dure. Porque el cariño, como todo, se gasta. Y si lo repartes entre cuarenta personas que no te lo devuelven, al final no te queda para las cuatro que sí.
Hay una línea limpia, sin chiste, que me gustaría que se quedara de todo esto: elegir a pocos también es querer mucho.
Lo demás es ruido.
Toda la trilogía, con este single y los otros, la tienes en la página de singles. Si te apetece, escúchala un sábado por la noche. En casa. Con la manta.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Antisocial»? Forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Quién escribió la letra de «Antisocial»? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.
¿De qué habla «Antisocial»? De alguien que elige su propia soledad después de aguantar demasiado, que cierra la puerta a la gente nueva y guarda toda su lealtad para unos pocos elegidos y para sus animales.
¿Qué significa la frase que se repite al final? «Prefiero mil veces a mis animales que aguantar a un narci y a su puta madre» resume el origen de esa soledad: es la respuesta de alguien que ha salido de una relación con un narcisista y su entorno.
¿Dónde puedo leer la letra completa? La letra completa está en la ficha de la canción en mikesaintlouis.com y en gayfolkplanet.com, en la sección de letras.