
Por Mike Sain't Louis ·
Qué tiene de folk el GAYFOLK: pueblo, feria y coplas en mis canciones
«Aquí la Tarara baila entre neones, tacones y azoteas futuristas.»
Eso escribí para presentar mi versión de «La Tarara». Y si alguien me pregunta qué es eso del GAYFOLK, a veces le contesto con esa frase y me ahorro el resto. Una canción de corro de toda la vida, la de la camisa de cola y el cascabel, bailando en una azotea con luces de neón. Lo de siempre en un sitio donde no había estado nunca.
GAYFOLK es una palabra con dos mitades. Casi todo el mundo se queda con la primera, que es la que hace ruido. Gay. Vale. Ahí no hay mucho misterio: mis canciones hablan de amor entre hombres, de exnovios, de Grindr, de Chueca, de lo que pasa en las saunas y de lo que pasa en las cocinas de los que llevan siete años juntos.
Pero la segunda mitad también está ahí. Folk. Y de esa se habla menos.
Folk, en inglés, es la gente. Lo popular. La música del pueblo, en el sentido de la plaza y no en el del folleto. En España eso tiene nombres muy concretos: la copla, la rumba, el flamenco de tablao, la canción de corro, la orquesta de verbena, la cinta de Camela en la guantera del coche. Y mirando mi catálogo con calma, esa segunda mitad aparece mucho más de lo que yo mismo pensaba.
No se copia: se reinventa
Empiezo por la canción de la portada porque es la que mejor lo explica.
«La Tarara» es una canción popular de esas que nadie sabe quién escribió porque las ha cantado todo el mundo. Las niñas en el patio, las abuelas en la cocina. En el texto que acompaña a mi versión lo digo así: «La infancia convertida en resistencia, la tradición remezclada con sintetizadores».
Esa frase la firmo entera. Es casi un programa. La tradición no la dejo en la vitrina. La saco, la remezclo, le pongo sintetizadores y la subo a una azotea.
Y luego viene la otra frase, la que para mí resume el planeta: «Porque en el Planeta GayFolk no se copia: se reinventa».
No se copia. Esto me importa. Hay mucha versión por ahí que es solo nostalgia con mejor sonido, una canción antigua puesta igual pero más limpia, para que la oigas y digas «ay, qué bonito, como antes». Eso no me interesa. Si traigo una canción de antes es para que diga algo que antes no podía decir. Para que la Tarara baile con tacones. Para que la escuche alguien que en el patio del colegio no podía bailarla sin que le llamaran algo.
La dedicatoria lo deja claro. A Marisol. Y a las que bailaron cuando no se podía. Y a las que seguimos bailando aunque aún moleste.
Ahí está el folk de mi GAYFOLK. No es la tradición tal cual. Es la tradición con la gente que la tradición dejó fuera.
Corro, patio y colegio
Hay algo en la palabra «infancia» de esa frase que no quiero dejar pasar.
Las canciones de corro son lo primero que aprende un niño en España sin que nadie se las enseñe. Se cogen de la mano en el patio y ya está, ya se las saben. «La Tarara», «Al corro de la patata», «Quisiera ser tan alta como la luna». Son de todos. No tienen autor, no tienen disco, no tienen dueño.
Y sin embargo no eran de todos. El patio tiene sus reglas, y una de las primeras que aprende el niño que no encaja es que hay juegos a los que no le dejan entrar. O que le dejan entrar, pero luego se ríen. Que si bailas la Tarara con demasiadas ganas, con la mano en la cadera, girando un poco más de la cuenta, alguien te va a poner un nombre que todavía no entiendes.
Por eso «la infancia convertida en resistencia» no me parece una frase grande. Me parece una frase exacta. Coger la canción del patio, la que te cantaban encima, y bailarla por fin como te dé la gana. Con tacones. En una azotea. Con neones. Sin pedirle permiso a la niña que te señalaba.
Esa es la parte del folk que más me toca. La que recupera lo que era tuyo y te quitaron en el recreo.
Las que bailaron cuando no se podía
La dedicatoria de mi Tarara mira también hacia atrás, más allá del patio.

Hubo un tiempo en este país en que bailar como una loca podía costarte mucho más que una burla. Y en ese tiempo la copla, la canción española y las folclóricas fueron, para muchos hombres como yo, un sitio donde esconderse a plena luz. Uno no podía decir que quería a otro hombre. Pero podía saberse de memoria todas las coplas de amores prohibidos, imitar a la Jurado en la cocina, llorar con una canción de celos y venganza. Las grandes de la copla ponían el drama. Nosotros, en el salón, poníamos lo demás.
No quiero contar esa historia como si la hubiera vivido entera. No me toca. Pero sí sé que mi catálogo le debe mucho. Que cuando escribo una ruptura con frases de funeral o con un «hasta nunca» de folclórica, estoy usando un idioma que inventaron otros, con mucho más miedo que yo. Por eso le pongo a Marisol en la dedicatoria. Por eso dejo intacta la letra de Carmen Sevilla. Es una forma de dar las gracias.
Cariño trianero, sin tocar una coma
Con «Cariño trianero» hice lo contrario. O eso parece.
En mi versión de «Cariño trianero» escribí que es un homenaje a Carmen Sevilla y a una época de la música española con «alma, lentejuelas y verdad». Y que he respetado la letra tal cual, porque no hacía falta tocar ni una palabra.
Ni una palabra. Es una decisión rara para alguien que reescribe todo lo que toca. Pero tiene su lógica. Hay canciones que no necesitan que las corrijas. Necesitan que las mires desde otro sitio. Y eso es lo que digo en ese mismo texto: que la traigo de vuelta «con una mirada diferente, marica, libre y contemporánea».
La letra es la misma. La mirada no.
Y esa es la otra forma de hacer folk desde aquí. A veces cambias la canción. A veces la dejas quieta y cambias quién la escucha. Una copla de Triana suena distinta cuando la pone alguien que sabe lo que es querer a un hombre en silencio. No hace falta añadir un verso. Ya está todo dentro.
Sobre la copla escribí más largo en por qué el drama de siempre le sienta tan bien al amor gay de hoy. Aquí solo apunto una cosa: la copla siempre fue un poco nuestra. Mujeres enormes llorando amores imposibles, celos, traiciones y esperas en la ventana. Había que estar muy ciego para no ver ahí a medio Chueca.
En cada coche, en cada pueblo
Si hay un folk español de verdad, hecho por la gente y para la gente, sin academia ni conservatorio, es Camela.

Lo digo en serio. Sin ironía. O con muy poca.
En el texto de «Camela» escribí que esa canción es mi homenaje a «ese sonido que sigue sonando en cada coche, en cada pueblo, en cada corazón». De los viajes, de los veranos, de los amores imposibles y de los que sí.
Ese «en cada pueblo» es la clave de todo este texto. Camela no sonaba en la radio fina. Sonaba en las gasolineras, en los mercadillos, en las ferias, en las discotecas de carretera y en el coche de tu primo. Era la música que la gente de verdad ponía cuando nadie de la crítica estaba mirando. Eso es folk. Lo que se corea en el coche con las ventanillas bajadas.
Y por eso Camela vuelve a mi catálogo una y otra vez. En «La despedida» hay un verso en mayúsculas que la nombra en el momento más frágil, la primera vez que el narrador va solo a Chueca, con miedo. Camela como compañía. Como lo que llevas en la cabeza para darte valor.
No es nostalgia, dice el texto de la canción. Es memoria viva. Y estoy de acuerdo, aunque sepa que la frase podría venir en una taza.
Un pueblo es
En el tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», hay una adaptación de «Un pueblo es», la canción de María Ostiz de 1977. Así lo pone en la ficha: adaptación.
No voy a citar sus versos porque no son míos. Son de quien los escribió, y se respetan. Pero sí quiero contar por qué está en ese disco y no en otro.
La canción habla de un pueblo en el sentido grande. De la gente. De ganarse a la gente frente a frente y no con frases bonitas. Y la pongo en el disco de la liberación porque ese disco va de eso: de llegar por fin a un sitio donde vivir como uno es, y de que ese sitio no se construye con un eslogan. Se construye con gente.
Me gusta que una canción de 1977 esté en un disco que habla de un planeta inventado. Es el folk otra vez. La canción que alguien escribió hace casi cincuenta años para un país que estaba aprendiendo a ser otro, puesta ahora en boca de otra gente que también está aprendiendo a ser otra. Las ganas de un pueblo no caducan.
Y hay otra cosa. En un catálogo tan mío, tan de primera persona, tan de «mi ex» y «mi novio» y «mi suegra», meter una canción que habla en plural es casi un respiro. «Un pueblo es» no va de mí. Va de nosotros. Y un disco que se llama «El día de la liberación» necesitaba al menos una canción que no hablara de un solo hombre con el corazón roto, sino de mucha gente con las ventanas abiertas por la mañana.
Ya está amaneciendo
Hay otra canción ajena en el catálogo que me parece pura cultura popular: «Ya está amaneciendo», la de El Fary. En la letra que tengo archivada constan sus autores, y así debe ser.
El Fary es otro de esos nombres que la gente fina nombra con media sonrisa. Pero esa canción, la de salir a la calle a comenzar la lucha diaria en la gran ciudad y volver con los tuyos, es una canción de clase obrera de las de verdad. De madrugar. De currar. De volver a casa.
No hay nada más folk que eso. Y no hay nada más fácil de despreciar. Por eso la quiero en mi planeta. Porque la cultura queer española no viene solo de las divas y de los cabarets. Viene también de los barrios donde se escuchaba El Fary en la cocina mientras se planchaba.
Mi sangre de feria
Lo folk no está solo en las versiones. También se cuela en mis letras propias, a veces en una sola palabra.

En «Aquí escupo», una de mis letras más secas, de esas en las que casi cada verso es un objeto, aparece esto: «mi sangre de feria, / mis noches de polvo, / mis sueños de piedra». Y un poco después: «mi amor de barriada».
Sangre de feria. Me gusta mucho esa expresión porque no la explica nadie y la entiende todo el mundo. Es la sangre del que ha crecido entre casetas, entre atracciones con luces que parpadean, entre el olor a churros y a fritanga y la música a todo volumen de la tómbola. La sangre del que sabe montar en el saltamontes sin vomitar. O vomitando, pero con dignidad.
Y amor de barriada. No de urbanización. De barriada. Con su bloque, su parque y su bar de abajo.
En una canción que va de escupir lo que uno lleva dentro, esas dos palabras dicen de dónde viene ese dentro. De la feria y del barrio. Del pueblo, otra vez, aunque sea un pueblo dentro de una ciudad.
Por eso esta canción está en la portada de este texto y no una versión. Las versiones son homenajes, y los homenajes se hacen mirando a otro. «Aquí escupo» mira hacia dentro. Y lo que encuentra dentro, entre la rabia, los tacones rotos y la falda manchada, es una feria. Las luces. El ruido. La tómbola. El chico que te gustaba subido a los coches de choque. Lo folk no es algo que yo traiga de fuera para decorar el planeta. Es algo que ya estaba en la sangre antes de escribir la primera línea. Y cuando una letra se pone a escupir lo que lleva dentro, sale eso: la feria y la barriada, antes que cualquier otra cosa.
Rumba, palmas y un verso prestado
En «Verde», del tercer disco, la cosa ya es rumba directamente. Palmas, guitarras y cajones, la plaza que se llena, la noche que se enciende. Y un verso que todo el mundo reconoce: «verde que te quiero verde». Ese verso es de Lorca, y yo se lo robé para una rumba que habla de una hierba muy concreta.
Me parece de lo más folk que he hecho. Porque eso es lo que hace la gente con la poesía: se la apropia. La gente no lee a Lorca en la edición crítica. Lo corea en una boda, lo pone en una camiseta, lo convierte en rumba. Lorca, que era de pueblo y era marica, creo que lo entendería.
Y en esa canción aparece otra frase que es puro folk español: «Un poco de gracia y otra de sal». Que es casi un refrán. Casi una receta de abuela.
La tarima del taconeo
En «El día de la liberación» también está «Con el taconeo». Su letra todavía no está publicada en la web, así que no la cito. Pero el título ya pone la tarima en el centro.
El taconeo es flamenco y es drag a la vez. Los dos golpean el suelo para que se les oiga. Los dos llevan tacón. Los dos han tenido que defender su sitio delante de gente que decía que eso no era para ellos. Que poner esas dos tradiciones en la misma tarima tenga sentido es, para mí, una de las cosas que mejor explican el nombre del proyecto.
Lo gay y lo folk no son dos cosas pegadas con celo. Muchas veces son la misma, mirada desde dos lados.
La tradición que no traigo
Pero el folk tiene una parte que no quiero en mi planeta. Y lo digo.

En el texto de «Cada cornada» escribí contra la tauromaquia. Contra la violencia adornada «con mantillas, luces y un discurso viejo que ya no sostiene nada». Y contra esa «“tradición” sostenida por aplausos automáticos», con la palabra tradición entre comillas, porque las comillas ahí son la opinión.
Esto me parece importante en un texto que va de lo popular. Porque querer la cultura de tu país no es quererla entera. Se puede llorar con una copla, bailar una rumba en una boda, poner a Camela en el coche, adorar a Carmen Sevilla y, a la vez, no aplaudir una plaza de toros. No hay contradicción. Hay criterio.
El folk no es un museo donde todo vale porque es antiguo. Es lo que la gente decide seguir coreando. Y la gente también puede decidir dejar de aplaudir algo.
En mi planeta, lo que se queda es lo que no hace daño a nadie. Lo demás, que se lo quede el discurso viejo.
Lo popular de ahora
Hay otra forma de folk en mis letras que no tiene que ver con versiones ni con géneros. Es lo popular de ahora.
Si folk es lo que vive la gente normal, el folk de 2026 es el Mercadona, el Todo a 1 euro, los 100 Montaditos, los estados de WhatsApp, el crucero con buffet libre, la tele de la tarde. Todo eso está en mis canciones porque es lo que hay en la vida de quien las escucha. Y también en la mía.
A veces me dicen que mis letras son muy cutres. Y yo pienso: claro. Lo popular siempre ha sido cutre visto desde arriba. La copla era cutre para los que iban a la ópera. Camela era cutre para los que leían la prensa musical. El Fary era cutre para casi todo el mundo menos para los que lo ponían en la cocina. Lo cutre es lo popular antes de que alguien decida que es patrimonio.
Ya hablé de esto de otra manera en contra la nostalgia y en el camp no es un chiste. Aquí lo junto todo: el camp, lo cutre, lo retro y lo popular son la misma familia. Primos que se ven en las bodas.
Gente
Así que eso es lo que tiene de folk el GAYFOLK. La Tarara con tacones. Carmen Sevilla sin tocar una coma. Camela en cada pueblo. Una canción de 1977 sobre ganarse a la gente. El Fary saliendo a la lucha diaria. Sangre de feria y amor de barriada. Lorca en una rumba. El taconeo en la tarima. Y una plaza de toros a la que no vuelvo.
Visto así, el nombre del proyecto no es una mezcla rara. Es casi una redundancia. Lo gay en España siempre ha tenido mucho de folk: de copla en el salón, de feria con amigas, de folclórica imitada delante del espejo, de canción de corro bailada con más ganas de la cuenta. Y lo folk siempre ha tenido mucho de gay, aunque los libros de texto se lo callaran. Yo solo he juntado las dos palabras que ya se estaban mirando.
Lo escribo yo, todo. Las letras propias, los textos que acompañan a las versiones, las decisiones de qué entra en el planeta y qué no. La música la produzco con inteligencia artificial, que en mi estudio es una herramienta más, como lo fueron la caja de ritmos o el sintetizador para otras generaciones. Pero la memoria no la pone la máquina. La memoria la pone la gente. Folk, al fin y al cabo, quiere decir eso.
Gente.
La letra completa de «Aquí escupo», la de la sangre de feria, está en gayfolkplanet.com/letras/aqui-escupo. Y el texto de mi versión de «La Tarara», con su dedicatoria, en gayfolkplanet.com/letras/la-tarara. Lee los dos y luego pon una de las dos canciones en una azotea. Si no tienes azotea, vale el balcón.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa GAYFOLK? Es el nombre del universo musical de Mike Sain't Louis, PLANETA GAYFOLK, y de su trilogía de discos. Junta lo gay con lo folk, es decir, con lo popular: la copla, la rumba, las canciones de corro, Camela o El Fary, reinterpretados con una mirada queer.
¿Qué versiones de canciones populares hay en el catálogo? Entre otras, «La Tarara», «Cariño trianero» (con la letra respetada tal cual, como homenaje a Carmen Sevilla), «Un pueblo es» (adaptación de la canción de María Ostiz de 1977) y «Ya está amaneciendo», de El Fary.
¿Qué dice Mike Sain't Louis de su versión de «La Tarara»? Que es «la tradición remezclada con sintetizadores» y que «en el Planeta GayFolk no se copia: se reinventa». El texto completo está en gayfolkplanet.com/letras/la-tarara.
¿Quién hace la música de estas canciones? Mike Sain't Louis escribe las letras y los textos, compone y produce. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, bajo su dirección.