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Contra la nostalgia: lo retro como forma de mirar hacia delante

Me lo han dicho más de una vez, con buena intención: «Tus portadas parecen de otra época». Lo dicen como quien señala una mancha en la camisa. Y yo asiento, porque tienen razón, aunque no por el motivo que imaginan.

Cuando alguien ve una cafetería con barra de formica, un rosa chicle que casi hace daño a la vista o una tipografía redonda de las que ya no se usan, piensa enseguida en el pasado. En lo que se perdió. En la abuela, en el verano del colegio, en aquel bar que cerraron. La nostalgia funciona así: coge una imagen y la convierte en duelo. Yo no quiero eso. No me interesa llorar por un tiempo que, además, para la gente como yo no fue precisamente cómodo.

El pasado no era mejor, era más rosa

Esta es la contradicción que me divierte. La estética retro pop está llena de colores alegres, de mesas con mantel de cuadros, de neones que anuncian batidos. Todo parece inocente. Y en esa época que evocan esas imágenes, dos hombres no podían darse la mano en una cafetería sin que se girara media sala.

Así que cuando meto a un novio de Albacete o a una vecina cotilla dentro de ese decorado, hago una pequeña trampa. Uso el envoltorio de un tiempo que nos dejaba fuera y lo lleno con lo que entonces no cabía. El rosa sigue siendo rosa. Lo que cambia es quién está sentado en la barra.

No lo veo como una venganza. Es más bien una mudanza: me quedo con los muebles bonitos de la casa vieja y los coloco en un piso donde por fin se puede vivir tranquilo.

Por qué lo viejo me ayuda a contar lo nuevo

Hago música con herramientas de inteligencia artificial. Es lo más actual que hay en mi oficio, y precisamente por eso no quiero que todo lo que rodea a las canciones huela a laboratorio. Si la portada también pareciera un render de ciencia ficción, la sensación sería fría, de catálogo de electrónica. Prefiero el contraste. Una canción hecha con una tecnología de hoy, envuelta en un color de batido de fresa.

Ese choque le dice al oyente algo que a mí me importa mucho: que esto es pop para pasarlo bien, para reírse de los exnovios y para tararear en la cocina. La tecnología está, pero no manda. Manda la letra. Manda el tono.

Además, lo retro tiene una ventaja práctica que tardé en entender. Es un idioma que casi todo el mundo lee igual. Un tono pastel, una letra de rótulo antiguo, un plato con una tarta de nata: no hace falta explicar nada. En Madrid, en Bogotá o en Santiago, esas imágenes despiertan algo parecido. Para un proyecto que quiere hablarle a gente de los dos lados del océano, ese idioma compartido vale oro.

Hay una forma de lo retro que me aburre mucho: la copia exacta. Reproducir una portada antigua con filtro de foto gastada y ya está. Eso sí es nostalgia pura, y además es un poco perezoso. Si solo copias, te quedas atrapado en el museo.

Lo que intento con mis portadas y mis vídeos es otra cosa. Cojo un elemento de otra época y lo empujo hasta que se vuelve un poco absurdo. Un color demasiado intenso. Un personaje que no pega con el decorado. Un título largo, como «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», escrito con letras de cartel de verbena. Si el resultado parece una postal exacta de los años cincuenta, algo he hecho mal. Tiene que parecer una postal que alguien ha intervenido con rotulador.

Ahí entra el camp, claro. El camp siempre ha sabido jugar con lo antiguo sin rendirle culto. Mira lo pasado de moda con cariño y con una ceja levantada al mismo tiempo. Esa doble mirada es la que me interesa: quiero a esas cafeterías, y a la vez me río de ellas.

Tengo mis dudas, eso sí. A veces me pregunto si abuso del recurso. Cuando ya has hecho cientos de portadas y más de 280 videoclips, es fácil que la fórmula se repita y que el rosa chicle se convierta en uniforme. Cuando noto que una imagen me sale demasiado fácil, la cambio. No siempre lo consigo. Algunas portadas mías se parecen más entre ellas de lo que me gustaría, y lo sé.

La copla también es retro, y no está muerta

Mi música tiene aire de copla. La copla es, para mucha gente, el ejemplo perfecto de algo antiguo. Canciones de otra época, con su dramatismo de abanico y sus historias de amores imposibles. Pero cuando la escucho no oigo algo viejo. Oigo una manera de exagerar los sentimientos que sigue funcionando hoy, sobre todo para contar el amor gay, que tantos años tuvo que vivir escondido y ahora puede permitirse el drama a plena luz.

Recoger ese tono no es volver atrás. Es reconocer que hay herramientas antiguas que todavía cortan bien. Igual que un cuchillo de la abuela, que sigue en el cajón porque es el mejor de la casa.

Pienso en la trilogía GAYFOLK. El primer disco tiene título de noticia, como de periódico antiguo: «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Suena a titular de otra época, con su tono solemne de hallazgo científico. Y sin embargo habla de un sitio que todavía no existe del todo, un rincón donde nadie tiene que fingir lo que no es. La forma mira atrás. El contenido mira hacia delante. Así me gusta trabajar.

Si tuviera que resumir mi relación con lo retro, diría que lo uso como se usan unas gafas antiguas: para ver mejor lo que tengo delante, no para quedarme mirando fotos viejas. El pasado me presta colores, letras y decorados. Yo le devuelvo personajes que entonces no podían salir en la foto.

No sé si dentro de unos años todo esto también parecerá anticuado. Probablemente sí. Las portadas de hoy serán el retro de mañana, y alguien se reirá de mis rosas con la misma ternura con la que yo me río de las cafeterías de formica. Me parece bien. Es la prueba de que el juego sigue.

Las portadas, los videoclips y las canciones están en mikesaintlouis.com.

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