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«Nuestras vidas son los ríos»: «La playa del Mal Pas» con Manrique, Alberti y Gil de Biedma

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Una playa pequeña. Ni la de Levante, con sus hamacas en fila y sus rascacielos, ni la de Poniente, larga como un paseo de domingo. La otra. La que está escondida entre el puerto y el casco antiguo de Benidorm, donde el agua llega tranquila y las rocas hacen de pared. Se llama del Mal Pas, que en valenciano quiere decir mal paso. Y es el sitio donde empieza una de mis letras más desnudas.

«La playa del Mal Pas» es una canción casi sin chistes. Lo digo porque en mi catálogo eso es una rareza. No hay almorranas, no hay narcisistas de saldo con nombre de pueblo, no hay cruceros convertidos en tanatorios. Hay una playa, una edad y una forma de mirar. En «Doce frases para una playa pequeña» ya recorrí la letra frase a frase. Aquí quiero hacer algo distinto, algo que me daba un poco de vergüenza hasta hoy: ponerla al lado de tres poetas españoles que miraron el mar y el paso del tiempo antes que yo. No para compararme, que sería ridículo, sino para entender de qué tradición viene, sin saberlo, una canción escrita por un letrista de Madrid que pasó sus veranos en Benidorm.

La mitad mentira, la otra mitad soledad

La frase que todo el mundo recuerda de la canción es esta, copiada de la letra publicada: «A los 40 años uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad».

Es una cuenta. Una división exacta, como las de la libreta del colegio. La vida entre dos, mitad y mitad, y ninguna de las dos mitades es buena. A mí esa frase me sigue pareciendo durísima, y eso que la escribí yo. Tiene algo de balance de fin de año, de extracto del banco que abres con miedo.

Pero lo que me interesa hoy es el sujeto. «Uno entiende». No dice yo entiendo. Dice uno, ese pronombre impersonal tan español que sirve para hablar de ti sin decir que hablas de ti. Uno se levanta, uno hace lo que puede, uno entiende a los cuarenta. Es la forma que tenemos aquí de confesar algo sin quedarnos del todo desnudos.

Y ese uno, resulta, tiene una larga tradición en la poesía española. Lo vamos a encontrar enseguida en un poeta de Barcelona que también hizo cuentas con su edad.

Que la vida iba en serio

Jaime Gil de Biedma escribió un poema que se titula «No volveré a ser joven» y que empieza con dos versos que medio país ha subrayado alguna vez en un libro de bolsillo: «Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde».

Ahí está el uno. Ahí está el más tarde. Ahí está la sensación de haber llegado tarde a una verdad que estaba delante desde el principio. Gil de Biedma era un poeta de Barcelona, homosexual en una España que no le dejaba serlo a la luz del día, y murió en 1990. Su poesía está llena de noches, de cuerpos, de bares y de esa melancolía de quien sabe que el tiempo va a ganar la partida.

Cuando leí ese poema por primera vez, mucho después de escribir mi canción, sentí algo raro. Como si alguien me hubiera leído la libreta. Su más tarde y mis cuarenta años. Su uno y mi uno. Él dice que la vida iba en serio; yo digo que la mitad fue mentira. Son dos maneras de descubrir lo mismo: que lo que parecía un juego no lo era, y que te enteras cuando ya ha pasado medio partido.

Hay una diferencia que me gusta. Gil de Biedma escribe con una elegancia que yo no tengo ni tendré nunca. Su verso es limpio, medido, de traje. El mío es una frase de playa, larga, casi de prosa, sin rima. Pero creo que eso también dice algo. Hay verdades que se pueden decir de muchas maneras, y una de ellas es en chanclas.

Recuerde el alma dormida

Mucho antes, en el siglo quince, Jorge Manrique escribió las Coplas por la muerte de su padre. Es uno de los poemas más famosos de la lengua y empieza con una orden: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte».

Recordar, en el castellano de Manrique, significa también despertar. Que el alma recuerde es que el alma se despierte. Me fascina esa doble vida de la palabra, porque en mi canción pasa exactamente eso. La letra cuenta que, de una manera u otra, vuelvo a esa playa con el recuerdo. Volver así es recordar. Y recordar, en este caso, es despertar: darse cuenta de lo que pasó allí, de lo que no se veía de niño, de lo que la playa sabía y uno no.

Las Coplas tienen también la imagen más conocida de todas sobre el tiempo: las vidas como ríos que van a dar en la mar. Los ríos grandes, los medianos y los chicos, todos acaban en el mismo sitio. Es una imagen de igualdad y de final, de esas que se aprenden en el instituto y que no se entienden hasta mucho después.

Mi canción no habla de ríos, habla de olas. Pero el mar es el mismo. Para Manrique el mar es adonde se llega. Para mí, en «La playa del Mal Pas», el mar es desde donde se mira. La playa está en la orilla, justo en el sitio donde el río ya ha llegado y no se puede ir más allá. Es un sitio para pararse. Para mirar el horizonte y hacer las cuentas.

El mar. La mar.

El tercer poeta es Rafael Alberti, que nació en El Puerto de Santa María, frente a la bahía de Cádiz, y que de adolescente se fue a vivir a Madrid. En la capital echaba tanto de menos el mar que escribió un libro entero sobre esa falta: «Marinero en tierra», con el que ganó el Premio Nacional de Literatura a mediados de los años veinte.

Uno de sus poemas más conocidos es casi solo una repetición: «El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar!». Es la queja de alguien que está tierra adentro, en una ciudad sin costa, y que no puede dejar de pensar en el agua.

Esa situación la entiendo muy bien. Madrid no tiene mar. Tiene el Manzanares, que con todo el cariño no es lo mismo, y tiene el estanque del Retiro con sus barcas de alquiler. Y cualquier madrileño que haya pasado los veranos en la costa sabe lo que es volver en septiembre y sentir que te falta algo. En mi caso, ese algo tiene nombre de playa pequeña. La letra lo cuenta sin rodeos: casi todos mis veranos de infancia caben en esa arena, con la vista clavada en la línea del agua y unas ganas enormes de irme lejos.

Alberti escribía desde Madrid hacia el sur. Yo escribo desde Madrid hacia el este, hacia Alicante. Cambian los puntos cardinales, pero la nostalgia es la misma. Ser marinero en tierra es eso: tener el mar en la cabeza y los pies en el asfalto.

Hay otra cosa de Alberti que me toca de cerca. Su poema dice el mar y luego dice la mar. Los dos géneros. En castellano el mar es masculino casi siempre, pero los marineros, los pescadores, los poetas, dicen la mar. Es una palabra que no termina de decidir qué es. Y a mí, que me he pasado la vida oyendo que yo tampoco terminaba de decidir qué era, esa palabra me parece de las mías.

Cada ola me recuerda

Vuelvo a mi canción. Hay una línea que no tiene ninguna pretensión poética y que, sin embargo, me parece la que más le debe a esta tradición: «Cada ola me recuerda algo que ya no soy, pero también lo que he sobrevivido».

Las olas son repetición. Llegan, se van, vuelven a llegar. En eso se parecen a la memoria, que tampoco avisa y que siempre vuelve con la misma forma. Pero en mi frase cada ola carga con un par de cosas: una pérdida y una resistencia. La pérdida y la resistencia en el mismo golpe de agua.

Esto, para mí, es lo que escribir me ha permitido hacer con mi pasado. No elegir entre las dos cosas. No quedarme solo con la herida ni hacer como que no existió. Cada recuerdo me devuelve lo perdido y lo aguantado, y la canción los deja juntos, como la ola deja juntos la arena y la espuma.

Lo que he sobrevivido no lo voy a detallar aquí. Lo he contado con todas las palabras en la serie de textos sobre salud mental de esta web, desde cómo me enamoré a los 22 y lo que entendí después de dos relaciones fallidas, hasta el diagnóstico a los 41. En la canción no hay nada de eso con nombre. Solo hay olas. Y creo que por eso funciona: porque cualquiera puede poner en cada ola lo suyo.

El mal paso

El nombre de la playa es un regalo que no me inventé. Mal Pas. Mal paso. Como si la geografía de Benidorm hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar allí.

La letra cuenta que fue allí, en ese mismo trozo de arena, donde aprendí qué era un narcisista, y después lo que es tener dos seguidos. No voy a contar cómo ni con quién, porque los nombres no importan y porque en mis letras los personajes son personajes. Pero sí me interesa el contraste. Un refugio secreto, dice la canción al principio. Un rincón donde por un instante las piezas cuadraban. Y en ese rincón, el mal paso.

La poesía española está llena de lugares así, lugares bonitos donde pasó algo terrible. Lorca y su Granada. Machado y los campos de Soria, donde vivió la felicidad más corta y la pérdida más larga. Los poetas vuelven a esos sitios con la memoria una y otra vez, porque no pueden no volver. Y lo que hacen al volver es escribir.

No me pongo a su altura, que nadie se asuste. Pero entiendo ese movimiento. El sitio donde pasó lo peor es también el sitio donde fuiste más tú. Y no se puede borrar uno sin borrar el otro.

La edad a la que escribieron

Hay un dato que descubrí preparando este texto y que me dejó un rato callado. Los tres poetas escribieron sobre el tiempo siendo bastante jóvenes, o al menos mucho más jóvenes de lo que uno imagina cuando lee sus versos de viejo sabio.

Jorge Manrique murió en 1479, en una batalla, sin haber llegado a viejo: las fuentes no se ponen de acuerdo en su fecha de nacimiento, pero rondaría los cuarenta. Las Coplas que todo el mundo recita como si las hubiera escrito un anciano las escribió un hombre de mediana edad que acababa de perder a su padre. Rafael Alberti tenía poco más de veinte años cuando publicó «Marinero en tierra». Y Gil de Biedma escribió «No volveré a ser joven» rondando también los cuarenta, en esos años en los que uno empieza a notar que el cuerpo ya no responde igual a las noches largas.

Me consuela saber esto. Porque a veces me da apuro escribir sobre la edad, sobre el balance, sobre lo que se pierde, como si a los cuarenta y pocos no tuviera derecho. Como si para hablar del tiempo hubiera que tener el pelo blanco y un bastón. Pues resulta que no. Que la poesía española más famosa sobre el paso del tiempo la escribieron, en buena parte, personas de mi edad o más jóvenes. Gente que acababa de darse cuenta, como yo, de que el partido iba en serio.

Los cuarenta son una edad rara. No eres joven, pero tampoco eres viejo. Tienes suficiente pasado para hacer cuentas y suficiente futuro para que las cuentas importen. Es la edad de mirar atrás sin haber llegado al final. La edad de la orilla, justo donde el río se encuentra con el mar. Creo que por eso tanta gente escribe sobre el tiempo precisamente ahí.

Hoy la miro desde lejos

Y llego al final de la canción, que es lo que más me importa de todo:

Hoy la miro desde lejos.

Y después, dos frases más que no copio enteras aquí porque están en la letra y quiero que se lean allí: la playa no ha cambiado, yo sí, y un último verso que empieza por «Y eso». Tres frases cortas. Sin rima. Sin estribillo. Casi una nota en el móvil.

Lo primero es la distancia. Desde lejos. La orilla queda atrás, ya no me mojan las olas. Miro la playa como se mira una foto antigua, o como Alberti miraba el mar desde Madrid. La distancia no es olvido: es otra forma de estar.

Lo segundo es el cambio. El paisaje se queda igual y la persona que lo mira, no. Es una idea muy antigua, la de que el paisaje permanece y las personas pasan. Está en Manrique, está en los romances, está en cualquier abuela que vuelve a su pueblo y dice que la plaza no ha cambiado nada pero que ya no queda nadie. La canción la dice sin adornos.

Y lo tercero es el quizás, la palabra que se cuela entre «eso» y «también es amor». Esa es la frase que más me ha costado escribir de todo mi catálogo, y no por difícil, sino por honesta. No digo que sea amor. Digo que quizás. Le dejo una puerta abierta a la duda. Después de tanta mentira y tanta soledad, después del mal paso, lo único que me atrevo a afirmar es una posibilidad.

El quizás como forma de esperanza

Más de una persona me ha escrito para preguntarme si ese final es triste o es alegre. Y no sé contestar, porque creo que es las dos cosas.

Es triste porque reconoce una pérdida: ya no soy el que era. Es alegre porque, a pesar de todo, encuentra una palabra buena para lo que queda. Amor. Puesta así, con su quizás delante, la palabra no suena a canción de verano ni a declaración en la playa. Suena a algo que se ha ganado con mucho esfuerzo.

Gil de Biedma terminaba su poema hablando de envejecer, de morir, como las únicas verdades que quedan. Manrique terminaba sus Coplas con el padre muerto y la memoria como consuelo. Mi canción termina con un quizás. No me parece poco. Para alguien que ha pasado por lo que yo he pasado, un quizás es casi una fiesta.

Escribir esa última frase me ayudó a algo que todavía no sé explicar bien. Me dejó mirar mi propia vida desde lejos, como la playa, y encontrar algo que no era solo daño. Una forma de cariño hacia lo que fui. Hacia el niño que miraba el horizonte en esa playa pequeña sin saber lo que venía. No lo puedo proteger de lo que le pasó. Pero lo puedo mirar con amor. Quizás.

Una canción sin chistes en un planeta de chistes

En el Planeta Gayfolk casi todo se dice con risa. Lo he defendido muchas veces: el humor también dice la verdad. Pero «La playa del Mal Pas» está en el tercer disco, «El día de la liberación», y creo que no es casualidad.

El tercer capítulo de la trilogía es el de después. El de cuando ya has gritado, ya has insultado, ya te has reído de todo lo que te hicieron. Y entonces, cuando se acaba el ruido, aparece una canción sin chistes. Como si la liberación también fuera eso: poder decir algo sin armadura. Sin la sal gorda, sin el disfraz de dibujos animados. Solo una playa, una edad, un quizás.

En el mismo disco hay canciones como «Madrid to Benidorm», que hace el trayecto entre mis dos ciudades bailando bajo el arcoíris, y «Envejecer», que también hace cuentas con el tiempo. Pero ninguna se queda tan quieta como esta. Es la canción del disco que no baila. La que se sienta en la arena y mira.

Lo que la poesía me enseñó después

Quiero dejar claro algo, para no hacerme trampas: no escribí «La playa del Mal Pas» pensando en Manrique, ni en Alberti, ni en Gil de Biedma. Los leí, como casi todo el mundo, en el instituto o en libros sueltos, y luego me olvidé de ellos durante años. La canción salió de la playa, no de los libros.

Pero releerlos ahora, con la canción ya escrita, me ha servido para entender algo de mí. Que lo que hice, sin querer, fue entrar en una conversación muy vieja. La de la gente que mira el mar y piensa en el tiempo. La de quienes vuelven con la memoria a un sitio donde fueron felices y desgraciados a la vez. La de quienes cuentan su vida a los cuarenta y descubren que las cuentas no salen.

Esa conversación me acompaña. Me hace sentir menos solo. Saber que hace quinientos años alguien escribió que el alma tenía que despertar, que hace cien alguien gritó el mar desde Madrid, que hace sesenta alguien descubrió tarde que la vida iba en serio. Y que yo, con mis chanclas y mi playa pequeña, puedo sentarme en la misma orilla.

Si mirar atrás pesa demasiado

Hacer balance a los cuarenta, o a cualquier edad, puede remover mucho. Si te has quedado mirando tu propia playa y lo que ves pesa más de lo que puedes llevar, pide ayuda. En esta web está la serie de salud mental completa, y en el texto sobre mi psicóloga explico qué me está ayudando a mí. Y estos teléfonos funcionan:

  • 024: atención gratuita y confidencial ante cualquier crisis emocional, en España, a todas horas; también por chat.
  • 112: emergencias, si hay un peligro inmediato.
  • 717 003 717: Teléfono de la Esperanza, para hablar con alguien.
  • 900 20 20 10: Fundación ANAR, para menores y para los adultos que se preocupan por ellos.
  • findahelpline.com: el directorio para encontrar la línea de tu país si vives fuera.

La orilla

Esta tarde, mientras termino de escribir esto en Madrid, sin mar, me acuerdo de esa playa pequeña entre el puerto y el casco antiguo. Del agua tranquila. De las rocas. Del niño que soñaba con escapar.

Escapé, de alguna manera. Me fui lejos, me pasaron cosas, volví con la memoria, escribí una canción. Y ahora la playa está en una letra que cualquiera puede leer en la sección de letras, con el resto de canciones de la trilogía ordenadas en la página de singles. Mi refugio secreto se ha convertido en un sitio del planeta.

La arena no ha cambiado. Yo, bastante. Y a ese desajuste, a falta de una palabra mejor, le sigo llamando amor. Con su quizás delante.

Preguntas frecuentes

¿Dónde está la playa del Mal Pas? En Benidorm, entre el puerto y el casco antiguo, como dice la propia letra: «Una playa pequeña, escondida entre el puerto y el casco antiguo». Mal Pas significa «mal paso» en valenciano.

¿En qué disco está «La playa del Mal Pas»? En el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación». La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y la interpretación vocal están hechas con inteligencia artificial.

¿Qué tienen que ver Manrique, Alberti y Gil de Biedma con la canción? Nada directo: la canción no los cita. El texto la lee junto a tres poemas españoles sobre el mar, la memoria y la edad, las Coplas de Jorge Manrique, «Marinero en tierra» de Rafael Alberti y «No volveré a ser joven» de Jaime Gil de Biedma.

¿Por qué la canción no tiene humor? Es una de las pocas letras del catálogo escritas sin chistes. Está en el disco de la liberación, el de después del ruido, y cuenta una mirada hacia atrás desde la distancia.