
Por Mike Sain't Louis ·
Una canción donde no pasa nada (y lo difícil que es no meter un ex)
En la playa, María. Sol y brisa. Y ya está.
No hay nadie que me haya puesto los cuernos. No hay ningún narcisista de la almorrana, ningún marrano de ningún sitio, ninguna suegra, ninguna fotopolla. No hay ataúd, ni vampiro, ni lanzallamas. No hay nada.
Bueno, hay una playa. Y una María. Y una sensación de paz que, dentro de mi catálogo, resulta casi sospechosa.
«María María» es probablemente la letra más corta y más tranquila que he publicado. La ficha de la canción ya habla de su rima en «-ía» y de su forma de postal. Aquí quiero contar otra cosa: lo raro que es, para alguien como yo, escribir una canción en la que no pasa absolutamente nada. Y por qué creo que hacían falta unas cuantas así entre tanto despecho.
El síndrome del ex en la recámara
Te voy a confesar una debilidad. Tengo un problema, y es que en cuanto empiezo a escribir, aparece un ex. Da igual de qué vaya la canción. Empiezo hablando de un huevo frito y en la tercera línea ya está el ex comiéndose la yema. Empiezo con una noche de fiesta y en el segundo verso hay alguien que me mintió sobre su edad.
Es como un sistema operativo que viene con una aplicación preinstalada que no se puede desinstalar. El ex viene de serie.
Lo cuento medio en broma, pero mi catálogo es la prueba. Hay canciones enteras dedicadas al descarte del narcisista, al castigo del silencio, a la empatía de la arpía. Hay apodos que se repiten de disco en disco como personajes de una telenovela venezolana con quinientos capítulos. Si alguien hiciera un recuento, saldría que tengo más canciones sobre gente que me hizo daño que sobre cualquier otra cosa.
Y entonces llega una canción como esta, en la que no hay nadie a quien reprocharle nada. Y es como cuando te quitas los tacones después de una boda: un alivio tan grande que casi duele.
Verde hoja
La letra entera se puede leer en diez segundos. Son frases de dos palabras, sustantivo y adjetivo, como etiquetas de un bote de especias. Arena blanca. Olas suaves. Sueños libres. Y entre medias, una pareja de versos que me gusta especialmente:
«Verde hoja, fantasía, / olas suaves, compañía.»
No hay verbo. No hay sujeto. No pasa nada gramaticalmente. Y eso tiene su gracia, porque una frase sin verbo es una frase en la que nadie actúa, nadie hace nada, nadie le hace nada a nadie. Es el idioma de la siesta.
Mis letras suelen estar llenas de verbos violentos. Me pegaste, me engañaste, me descartaste, he tirado todo al fuego. Verbos de acción, de golpe, de puerta que se cierra. Y aquí, de repente, se me olvidan los verbos. Como si la playa me los hubiera quitado con la marea.
Lo de «verde hoja», por cierto, lo dejo ahí y que cada uno piense lo que quiera. Ya hablaré de la portada más abajo, que tiene lo suyo.
María, María, María
El estribillo es el nombre tres veces y una frase de cinco palabras:

«María, María, María, / paz encuentro, cada día.»
«Paz encuentro», con el orden cambiado, como en los refranes antiguos o en las coplas, donde el verbo se va al final porque así cae mejor. Es un orden de rezo. De letanía. Si lo dices en voz alta varias veces seguidas, acaba pareciendo una oración de abuela en la iglesia del pueblo, de esas que se dicen sin pensar mientras se pasan las cuentas del rosario.
Y María, claro, es el nombre más rezado de España. La Virgen María, la Macarena, la del Rocío, la de la Almudena aquí en Madrid. Todas son María. Media España tiene una tía María, una abuela María, una vecina María José y una compañera de trabajo María del Mar. Es el nombre que más se repite en cualquier lista de clase de los ochenta.
Repetirlo tres veces es un poco eso: un rezo pagano, playero, en bañador. Una oración a una María que no sabemos muy bien quién es. ¿Una mujer? ¿Una amiga? ¿La propia playa? En la ficha ya dije que prefiero que cada uno ponga la suya. Y lo mantengo.
Mira qué cosa más curiosa, además. En el catálogo completo de gayfolkplanet.com, «María María» es la pista 219 de 273, y la que va justo antes se llama «María Teresa de Calcuta», que tiene su propia ficha en esta web. Dos Marías seguidas. Si eso no es una procesión, que baje Dios y lo vea. Detrás, para que no nos pongamos demasiado místicos, viene «Zee-Zee».
Una playa sin nombre
Hay otra playa en mi catálogo, y es bastante distinta. En «La playa del Mal Pas» la playa tiene nombre, tiene historia y tiene peso. Es una playa que se mira desde lejos, años después, con la sensación de que ella sigue igual y uno ya no. Es una canción de las que escribo sin chistes, con frases limpias, de las que te dejan un nudo en la garganta.
La playa de «María María» no tiene nombre. No tiene historia. No sabemos si está en Canarias, en Cádiz o en un sueño. No hay recuerdo, no hay pasado, no hay «hace veinte años». Es una playa en presente, en un presente tan presente que ni siquiera tiene verbos.
Me gusta tener las dos. Una playa para recordar y otra para estar. Una con nombre propio y otra con nombre de mujer. Si las escuchas seguidas, verás que son casi lo contrario la una de la otra, y que, sin embargo, las dos hablan de lo mismo: de lo que el mar le hace a la cabeza cuando la cabeza está cansada.
La del Mal Pas mira hacia atrás. La de María no mira a ningún sitio. Está tumbada boca arriba con los ojos cerrados.
Los bancos del parque
Pienso a veces en mi catálogo como en un parque de atracciones. Uno de esos de feria de pueblo, con la noria, los coches de choque, el tren de la bruja y la tómbola donde siempre toca un peluche feo. Hay canciones que son la montaña rusa, que te suben y te bajan y te dejan con el estómago en la boca. Hay canciones que son el tren de la bruja, con sus sustos de cartón piedra y su escoba que te da en la cabeza. Hay canciones que son los coches de choque, puro golpe y risa.
Y luego están los bancos.
Nadie va a una feria por los bancos. Nadie sube una foto a Instagram sentado en un banco de feria. Pero sin bancos no aguantas la tarde entera. Necesitas sentarte, comerte el algodón de azúcar, mirar cómo los demás gritan en la noria y recuperar el aliento antes de la siguiente atracción.
«María María» es un banco. Está ahí para que descanses entre una canción sobre un narcisista y otra sobre un ataúd de neón. Y a mí, que soy el que monta la feria, me parece que los bancos son tan importantes como la montaña rusa. Lo que pasa es que hacen menos ruido.
Lo difícil de lo fácil
Puede parecer que una letra así se escribe en cinco minutos, tumbado en una toalla. Y puede que sí. Pero lo difícil no es escribirla. Lo difícil es no estropearla después.

Porque mi instinto, cuando tengo una letra tan sencilla delante, es meterle algo. Un chiste. Un giro. Una línea final que le dé la vuelta, que diga «y entonces apareció él» o «pero María me robó el bañador». Mi cabeza funciona así: busca el conflicto como el perro busca el hueso. Y aprender a no hacerlo, a dejar una canción tranquila tranquila, es un oficio en sí mismo.
Lo explico en otro texto, el oficio de descartar. Muchas veces descartar no es quitar versos malos. Es quitar versos buenos que sobran. Y en una canción como esta, cualquier chiste sobra. Si meto un ex en «María María», la mato. Se convierte en otra canción de las mías, y ya tengo muchas.
Hay una frase que se atribuye a mil personas distintas, que dice que la perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar. No sé quién la dijo primero y no voy a fingir que lo sé. Pero en esta canción la apliqué a rajatabla. Quité hasta los verbos.
Defensa de la canción boba
Ya sé lo que piensa alguna gente de las canciones así. Que son bobas. Que son de relleno. Que no dicen nada. Que son música de ascensor, de hilo musical de El Corte Inglés, de spa de hotel de cuatro estrellas en Benalmádena.
Y yo digo: ¿y qué?
Llevo mucho tiempo defendiendo lo pequeño, lo doméstico, lo cursi. Escribí defensa de lo cursi precisamente porque me cansa que se desprecie lo que es dulce solo por ser dulce. Y escribí sobre canciones para fregar los platos, porque la vida no está hecha solo de grandes dramas. Está hecha de tardes de martes. De sobremesas. De ratos en los que no pasa nada y, precisamente por eso, se está bien.
Una canción boba es una canción que no te pide nada. No te pide que llores. No te pide que te indignes. No te pide que pienses en tu ex, ni que le mandes un mensaje, ni que le bloquees. Te pide que estés. Y eso, ahora que todo te pide algo a todas horas, es casi un regalo.
Además, entre nosotras: después de tres minutos de «Escupiré sobre tu tumba», el cuerpo necesita una María.
Del chiste a la orilla
Y ahora, una línea seria, que en esta canción también cabe.
Hay temporadas en las que la paz no es una cosa normal. Es un lujo. Cuando sales de una relación que te ha destrozado, cuando llevas meses durmiendo mal, cuando cada mensaje del móvil te sobresalta, la idea de tumbarte en una playa sin pensar en nada te parece de ciencia ficción. Una fantasía. Literalmente, «verde hoja, fantasía».
Por eso esta canción está en el tercer disco, El día de la liberación, y no en el primero. En el primero no me habría salido. No habría sabido. Habría metido un ex en la segunda línea porque el ex estaba todavía ahí, sentado en la toalla de al lado.
La paz encuentro cada día, dice la letra. Cada día. No de vez en cuando. No en vacaciones. Cada día. Es una aspiración, no una descripción. Pero hay que escribirla para empezar a creérsela.
La portada no disimula
Y ahora sí, la portada.

Es una puesta de sol de esas retrofuturistas, con el sol amarillo y rosa cortado en franjas horizontales, como en los videojuegos de los ochenta y las carátulas de casete. Palmeras negras recortadas contra un cielo morado lleno de estrellas. Y en el centro, ocupándolo casi todo, una planta enorme, rosa y fucsia, con muchísimo pelillo, que se parece muchísimo a un cogollo de lo que se parece.
No voy a decir más. Ya dije en el apartado anterior que «verde hoja» lo dejaba ahí. Y en España, ya se sabe, «maría» tiene más de un significado. Pero cada uno ponga su María: la abuela, la Virgen, la vecina o la otra.
Lo que sí te digo es que tengo un catálogo que no se corta un pelo con el tema. Hay una «Weed Weed Weed» y una «Mejor hierba que guerra», que ya en el título dejan poco espacio a la duda. Así que, si alguien se escandaliza con la portada de «María María», que no escuche las otras.
Sobre la estética retro, el sol en franjas, el neón y las palmeras, tengo una teoría que cuento en contra la nostalgia: uso lo retro no para mirar atrás, sino para imaginar un futuro que se parezca a lo que soñábamos de niños con una cinta de casete en la mano. Un futuro con palmeras y sin ex. Que es más o menos lo que es Planeta Gayfolk.
El verano como sitio
Hay canciones de verano que son de fiesta, de chiringuito, de terraza con tinto de verano y patatas bravas. Tengo unas cuantas, y títulos como «Me gusta el verano» no engañan a nadie. El verano, en España, es casi un género musical en sí mismo, con sus canciones del año, sus coreografías de verbena y sus éxitos que todo el mundo odia en septiembre.
«María María» no es de esas. Es un verano sin fiesta. Un verano de las siete de la tarde, cuando la gente ya se ha ido de la playa y quedan cuatro sombrillas, un señor con detector de metales y el ruido de las olas. El verano como sitio al que vas a no hacer nada, no como excusa para hacerlo todo.
Y eso, para mí, es lo más difícil de conseguir en una canción. La fiesta se escribe sola: pones una palabra en inglés, una jarra de cerveza y un estribillo con «oé», y ya está. La calma, en cambio, hay que construirla con mucho cuidado, como un castillo de arena, sabiendo que cualquier ola de más se la lleva.
La canción que no sale en los titulares
Las canciones tranquilas nunca son las que corren por TikTok. Lo sé. Lo que corre es lo que escandaliza, lo que tiene un nombre propio, lo que insulta a alguien con gracia. «Tan cateto» corrió por TikTok, y no por su calma precisamente.
«María María» no va a ser nunca un fenómeno viral. No tiene una frase para recortar y poner encima de un vídeo de alguien bailando. No tiene un chiste que la gente repita en los comentarios. Es una canción para escuchar entera, de principio a fin, y luego olvidarse de que la has escuchado.
Y me parece bien. Una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie, eso es la regla número uno de la casa. Pero una canción publicada no tiene por qué servir para todo. Esta sirve para una cosa sola: bajar pulsaciones. Y si lo consigue con una persona, en una tarde, en un tren de cercanías camino de la playa de Gandía o en un balcón de Vallecas en pleno agosto, ya ha hecho su trabajo.
Un planeta también necesita playas
La trilogía GAYFOLK cuenta, a lo largo de tres discos, el camino hacia un planeta donde cada cual puede vivir tal y como es. Primero lo descubres. Luego sueñas con viajar allí. Y en el tercero, El día de la liberación, por fin llegas.

Y cuando llegas a un planeta nuevo, ¿qué es lo primero que buscas? Yo lo tengo claro: una playa.
No un palacio. No un parlamento. No una discoteca con cola de dos horas en la puerta y un portero que te mira las zapatillas. Una playa. Un sitio donde quitarte la ropa sin que nadie te mire raro, tumbarte y dejar que el sol haga su trabajo. Para muchos maricas de pueblo, de barrio, de familias complicadas, la primera vez que nos sentimos libres de verdad fue en una playa. En una de esas calas a las que se llega bajando por un camino de cabras, donde nadie te conoce y nadie te va a contar en casa con quién estabas.
Por eso creo que «María María» está bien colocada en el tercer disco. Es la canción de llegada. El momento en que bajas de la nave, te quitas las botas de astronauta, pisas la arena y dices: vale, ya estoy aquí. Ya no hay que huir de nada.
Lo que viene después, la vida en el planeta, con sus problemas y sus vecinos insoportables, es otra historia. Pero esa primera tarde en la playa es sagrada. Y merece una canción en la que no pase nada, porque en esa tarde, precisamente, no pasa nada. Y es lo mejor que te ha pasado en años.
Si tuviera que resumir lo que es Planeta Gayfolk en una imagen, a lo mejor no elegiría una bola de discoteca ni una bandera. A lo mejor elegiría esto: una toalla, una puesta de sol de casete y alguien tumbado repitiendo un nombre sin acordarse de ningún otro.
Lo que pongo yo y lo que pone la máquina
Lo aclaro aquí también, porque lo aclaro en todas partes: la letra es mía. Las frases de dos palabras, el nombre repetido, el «paz encuentro» con el verbo al final, la decisión de no meter un ex aunque me lo pidiera el cuerpo. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el resto de Planeta Gayfolk.
En una canción tan desnuda, eso se nota más. Hay tan poca letra que cualquiera diría que la letra no importa. Y es al revés. Cuando hay tan pocas palabras, cada una pesa como un ladrillo. Si cambio «olas suaves» por «olas fuertes», la canción es otra. Si quito una María del estribillo, se cae la procesión.
Una toalla para el invierno
Si estás leyendo esto en octubre, en noviembre, con el cielo de Madrid color hormigón y la calefacción sin encender todavía porque la factura de la luz está como está, te propongo una cosa.
Busca la canción en la sección de descargas de singles, que está gratis. Póntela en el móvil. Cierra los ojos tres minutos. Imagina arena blanca, olas suaves, una María que no sabes quién es.
No va a arreglar nada. No va a devolverte a nadie ni a quitarte a nadie de la cabeza. Pero durante tres minutos, por lo menos, nadie te va a hacer daño.
En mi catálogo, eso ya es mucho decir.
Y si a los tres minutos te entran ganas de ponerte otra de las mías, de las de mala leche, adelante. Para eso están. Pero empieza por esta. Que el cuerpo agradece entrar en el agua despacio, primero los tobillos, luego las rodillas, y solo al final, cuando ya no da frío, el resto.
Preguntas frecuentes
¿Quién es la María de «María María»? No lo aclaro a propósito. Puede ser una mujer, una amiga, la propia playa o lo que cada uno quiera ver. La portada, con su planta rosa gigante y su puesta de sol retro, deja abierta más de una lectura.
¿En qué disco está? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 219 de 273, justo después de «María Teresa de Calcuta».
¿Por qué es tan corta la letra? Porque es una canción de calma. Frases de dos palabras, casi sin verbos, y un estribillo con el nombre repetido. Cualquier verso de más la habría convertido en otra canción de despecho.
¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.