
Por Mike Sain't Louis ·
«Tranquilo, estoy bien»: el flechazo imposible que solo cabe en una canción
Un café que nadie pidió. Un hombre de uniforme que te lo ofrece por cortesía. Una cara que se te pone del color de la sirena de un coche patrulla. Y una frase que sale sola, temblando, con la naturalidad de quien acaba de tropezar en la calle y se levanta como si el suelo le hubiera empujado:
Tranquilo, estoy bien
Ahí está todo. Esa frase es el corazón de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», aunque la gente se quede con el título kilométrico, con la mujer cañón, con los maderos y con el final de comisaría. A mí me interesa el tropiezo. El momento en que alguien te trata con amabilidad y tú, en vez de disfrutarlo, te encoges.
En la ficha de la canción ya conté lo absurdo de la combinación, el uniforme y el cesto de la ropa, y el juego de la lavadora con sus grados de pasión. Aquí quiero hablar de otra cosa: de los flechazos imposibles, de por qué tantas letras maricas están llenas de hombres que no se pueden tener, y de por qué el único sitio donde ese enamoramiento puede existir sin hacer daño a nadie es dentro de una canción.
Otra vez hice lo que no debía
La canción empieza con una confesión de reincidente:
Otra vez hice lo que no debía
Otra vez. No es la primera. El narrador no se presenta como víctima de un rayo inesperado, sino como alguien con historial, con antecedentes, con ficha policial sentimental. Y eso tiene mucha gracia en una canción sobre un policía, porque el que debería tener expediente es el narrador.
Me gusta mucho empezar así. Sin excusas. Sin la mentira de «no sé qué me ha pasado». Lo sé perfectamente: me he vuelto a fijar en quien no debía. Como cuando vas al Mercadona con una lista de cinco cosas y vuelves con doce y una tableta de chocolate que ya sabías que ibas a comprar desde que saliste de casa.
En mi catálogo hay toda una galería de hombres que no se deberían mirar. El de «El anillo de casado», con sus cinco jarras en los 100 Montaditos y la alianza bien puesta. Los de «Que te mola el cruising», que se esconden entre los árboles. Y ahora este, el poli de barrio con negocio propio y familia de anuncio de cereales. Todos inventados, todos personajes, todos de una especie que cualquier marica de este país reconoce a la primera: el hombre equivocado con pinta de hombre correcto.
Hice una tipología completa, medio en broma, en Pequeña tipología cómica de exnovios. Al policía de la lavandería no le dio tiempo a ser ex. Ni siquiera llegó a ser nada. Por eso me gusta tanto: es el flechazo en estado puro, sin consecuencias, sin peleas, sin WhatsApps a las tres de la mañana.
Tranquilo, estoy bien
Vuelvo al café, porque es la escena que me parece más verdadera de toda la letra.

Un hombre que te gusta te ofrece algo sin segundas. Un café. Por cortesía, dice la canción, y la palabra está bien elegida: cortesía, la amabilidad que se tiene con cualquiera, la que no significa nada. Y el narrador, que lleva dentro media vida de aprender a no molestar, se pone colorado y contesta como quien rechaza una ambulancia después de un accidente.
¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué tantos aprendimos a contestar a la amabilidad con un «no hace falta», con un «tranquilo», con un «estoy bien» que no le hemos preguntado a nadie?
Tengo una teoría, y no es de psicólogo, es de barra. Cuando creces sabiendo que tu deseo es peligroso, aprendes a esconderlo en la cara. Y la cara, que es muy suya, se venga poniéndose roja en el peor momento. Entonces sueltas lo primero que te salva de la situación: un «estoy bien» que es un cartel de prohibido el paso. No me mires. No me preguntes. No te acerques más, que se me nota.
Es una tontería de tres palabras y a la vez es la historia de muchos de nosotros. Mírala bien: el chico al que le gusta el policía no le dice «gracias», que sería lo normal. Le dice que esté tranquilo. Como si el que tuviera que calmarse fuera el otro. Como si el peligro fuera que el poli se diera cuenta.
Es cómico. También es triste.
Por eso no le quito ni una coma. La letra publicada la deja así, con su pausa y su torpeza, y para mí esa torpeza vale más que cualquier verso bonito. Una declaración de amor hecha de retirada.
El hombre más inalcanzable de Madrid
Ahora hagamos el inventario, porque la canción lo hace y lo hace con saña cariñosa.
Es policía. Tiene una lavandería. Tiene una mujer que la letra describe como un cañón. Tiene hijos educados. Y además el narrador lo encuentra guapísimo, una revolución. Si un guionista de sobremesa de Antena 3 te presenta este personaje, le dices que se ha pasado. Nadie es tan inalcanzable. Nadie acumula tantos candados.
Pero ese es el chiste: cada dato que se añade es una puerta más que se cierra. Uniforme: puerta. Negocio propio: puerta. Esposa: puerta blindada. Hijos de buena educación: puerta con alarma conectada a central. El narrador no se ha enamorado de un hombre. Se ha enamorado de una fortaleza con lavadoras.
Y aquí está la autoparodia que más me gusta de la canción. El que escribe sabe que no hay ninguna posibilidad. Lo dice desde el título. No es un enamoramiento esperanzado, es un enamoramiento de escaparate, como el que tienes con un abrigo de Loewe que nunca te vas a poder comprar y que igual entras a tocar cada vez que pasas por Serrano.
Lo que pasa es que la vida gay en España está llena de estos escaparates. Hombres casados con mujer, el compañero de trabajo que nunca va a decir nada, el monitor del gimnasio que te sonríe porque le pagan por sonreír. El deseo sin salida es casi un género. Y en vez de llorarlo, esta canción lo convierte en sainete de barrio.
Fíjate además en el orden de la lista, que no es inocente. Primero el oficio, luego el negocio, luego la mujer, luego los niños. Va de lo público a lo íntimo, como quien abre muñecas rusas y en cada una encuentra un motivo más para olvidarse del asunto. Y cuando ya no queda ninguna muñeca por abrir, cuando el expediente del hombre está completo y es perfecto y es imposible, el narrador remata con que es un cañón. Es decir: ya lo sé todo, ya sé que no, y me da exactamente igual. Esa es la lógica del flechazo, que nunca ha leído un expediente en su vida.
Y tiene algo de cotilleo de portal. Esa forma de saberlo todo del otro sin haber hablado con él más de dos minutos: que si tiene mujer, que si los niños son muy educados, que si la lavandería es suya. Es la información que corre por un barrio de Madrid de boca en boca, la que te da la vecina en el ascensor sin que se la pidas. El enamorado de esta canción ha hecho su investigación, como hacemos todos cuando alguien nos gusta, y ha llegado a la conclusión obvia. Ha llegado y le ha dado igual.
Una lavandería, por cierto, es el escenario perfecto. Nadie va a una lavandería a ligar. Vas con tu bolsa de calzoncillos y tu dignidad mínima, a esperar cuarenta minutos mirando cómo gira tu ropa. Es el sitio menos glamuroso del mundo. Y justo ahí, entre el suavizante y la máquina de monedas, aparece el amor imposible. Lo cotidiano y el drama en el mismo metro cuadrado.
Me caen mal los maderos
La segunda parte de la letra mete un giro que no esperas en una canción de flechazo. El narrador confiesa que los maderos le caen mal. Y cuenta por qué: la primera vez le quitaron la maría que llevaba escondida en un sitio que no voy a repetir aquí porque mi madre lee este blog. Bueno, no lo lee. Pero podría.

Ese recuerdo es una pequeña bomba. Porque coloca al narrador en una relación incómoda con el uniforme. El policía deja de ser únicamente el chico guapo de la lavandería y pasa a ser también la institución que te registra, que te quita cosas, que te mira con sospecha. Y aun así, el corazón va a lo suyo y decide que este en concreto es un cañón.
No quiero ponerme solemne, pero tampoco hacerme el tonto. Durante décadas, en este país, la relación entre las maricas y la policía no fue precisamente de cafés por cortesía. Hubo una ley de peligrosidad social que nos metía en el mismo saco que a los delincuentes, y redadas, y bares cerrados, y gente fichada por ser lo que era. Eso es historia, no anécdota. Y creo que en el «me caen mal los maderos» del narrador hay un eco de esa desconfianza heredada, aunque la canción lo diga con chiste y con porro de por medio.
Por eso el flechazo tiene algo de traición deliciosa. Enamorarte justo de quien representa lo que te da miedo. Como esas fantasías del uniforme que tantas veces han aparecido en el porno y en el imaginario gay, donde el poder que te asusta se convierte en objeto de deseo. La canción no hace un tratado sobre eso. Lo roza con una risa y pasa a otra cosa. Pero está ahí.
Lo que no hay en la letra es odio. Hay rabia de barrio, hay recuerdo de una mala experiencia, y hay un «pero» enorme. Pero este poli es otra cosa. Y en ese «pero» cabe toda la contradicción humana. Odias a los maderos. Menos a uno. El que tiene lavandería.
Setenta grados de pasión
Toda la canción está llena de lavadora. Y la imagen que más me divierte es la de la máquina de monedas:
Me ofrece cambio el policía cañón
El poli te da cambio. Monedas. Para que pongas tu lavadora. Es el gesto más prosaico del mundo, el que tendría cualquier dependiente con cualquier cliente. Y el narrador lo convierte en una escena de seducción. Las monedas, la ranura, el programa de setenta grados. Es el erotismo de lo cutre, que es el que mejor se me da.
Tengo cierta debilidad por la ropa como metáfora del amor. En «El calcetín» escribí que la autoestima también se lava, se cuelga y se estrena limpia, y aquí la lavandería vuelve a funcionar como sitio donde pasan cosas del corazón. La ropa sucia es lo que fuimos ayer. La lavadora es la promesa de empezar otra vez. Y el centrifugado, bueno, el centrifugado es cómo te quedas cuando un hombre guapo te ofrece un café.
Lo cotidiano como escenario del deseo. Eso lo hablé más despacio en Madrid sin postal, donde cuento por qué mis canciones no ocurren en la Gran Vía de las fotos, sino en el súper, en el bar, en la parada del autobús. La lavandería de esta canción podría estar en cualquier barrio. Huele a detergente barato y a ropa de otros. Y eso la hace mucho más creíble que cualquier ático con vistas.
No creo que pase nada por escribir esta canción
Este es el verso que, para mí, explica la canción entera:

No creo que pase nada por escribir esta canción
Es una pregunta de permiso disfrazada de afirmación. El narrador se justifica antes de que nadie le acuse. No creo que pase nada. ¿Verdad que no pasa nada? Es solo una canción. No le estoy escribiendo al poli, no le estoy mandando un mensaje, no estoy rompiendo ningún matrimonio. Solo lo estoy poniendo en una letra.
Y aquí está lo que de verdad me interesa. Hay deseos que no tienen sitio en la vida real. No porque sean malos, sino porque no hay manera de que salgan bien. El hombre casado, el compañero de trabajo, el poli de la lavandería. Si los llevas a la vida real, alguien sale herido, casi siempre tú. Pero si los llevas a una canción, pasan a ser otra cosa. Un personaje. Una broma. Un estribillo que la gente puede bailar sin que nadie tenga que divorciarse.
La canción como sitio seguro para lo imposible. Me parece una de las funciones más antiguas que tiene escribir. Los poetas del Siglo de Oro escribían a damas que no podían tocar. Las coplas de Rafael de León están llenas de amores prohibidos que solo existían en el escenario. Y ahora, con mucho menos prestigio y mucho más Mercadona, aquí estoy yo poniendo en una letra a un policía con lavandería que, insisto, es un personaje inventado.
Hay algo de vergüenza en todo esto, y me encanta. La vergüenza de admitir que te gusta quien no debe. En La vergüenza ajena como herramienta para escribir cuento por qué el sonrojo es una de mis materias primas. El chico colorado de la lavandería es la vergüenza en directo. Y lo que hace la canción es convertirla en algo compartible. Ya no es tu vergüenza a solas. Es una canción que pone en la radio de tu cocina lo mismo que te pasó a ti en el gimnasio.
Si me preguntas por qué escribo letras así, la respuesta está en ese verso. Porque no pasa nada. O pasa algo, pero es bueno: te ríes de lo que antes te escondías.
Una comisaría de fantasía
Y luego llega el final, que es el que todo el mundo recuerda y el que hace que me pongan caras en las cenas familiares.
El narrador, desesperado, decide que la única forma de estar a solas con el policía es que lo detenga. Se plantea fumarse un porro dentro de la lavandería, aposta, para que se lo lleve a comisaría. Y allí, según la letra, hacer guarrerías. Muchas. Con esa repetición que tienen los niños cuando quieren algo muchísimo.
Es una fantasía, y como fantasía funciona porque es ridícula. Nadie con dos dedos de frente cree que una detención acaba en romance. Es la lógica de una película porno de bajo presupuesto, la de los uniformes y las esposas de peluche. Y la canción la lleva hasta el final con una cara muy seria, que es como mejor funcionan los chistes.
Dicho esto, y lo digo con la misma cara seria: no lo hagáis. Ni el porro en la lavandería, ni provocar a nadie para que te detenga, ni nada de lo que sale en el último verso. Es una canción. Las canciones están para hacer lo que en la vida real sería una burrada. Para eso están los personajes: para equivocarse por nosotros. Mi relación con la hierba en las letras, por cierto, tiene canción propia, «Weed, weed, weed», y ahí también queda claro que una cosa es la letra y otra el consejo.
Lo que me gusta de este final es que desmonta al policía. Durante toda la canción era la fortaleza, el inalcanzable, el hombre de las mil puertas cerradas. Y en el último verso el narrador encuentra la única grieta: el poli tiene que hacer su trabajo. Si fumo, me detiene. Si me detiene, estamos solos. Es un razonamiento de Mortadelo y Filemón. Y es el único plan con cierta lógica que se le ocurre a alguien con el corazón pasado por la centrifugadora.
Pista 164, entre un coordinador y un castigo
En la lista de singles de Planeta Gayfolk, esta canción ocupa la pista 164 de 273, dentro del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Y sus vecinos son de los que no se olvidan.

Justo antes está «Asqueroso coordinador», una canción de rabia con destinatario. Justo después, «El castigo más duro», con sus palabras que tienen pinchos y destrozan. Entre una venganza y una herida, aparece este flechazo tonto en una lavandería. Me parece un orden muy de vida real: entre bronca y bronca, te enamoras de quien no debes, y eso te salva la semana.
El segundo disco de la trilogía es el de las ganas. Ojalá se pudiera ir a un planeta donde las cosas fueran de otra manera. Y esta canción encaja ahí como un guante de goma de fregar: ojalá se pudiera querer a este policía. Ojalá la lavandería fuera otra cosa. Ojalá. Como no se puede, se escribe.
Me hace gracia pensar en el planeta Gayfolk con su propia comisaría. Con su propia lavandería de barrio. Con un poli guapo que ofrece cambio a todos los clientes por igual y que no sabe que uno de ellos ha escrito una canción entera sobre sus monedas.
Para quien se enamora en el sitio equivocado
Vuelvo al principio, que siempre es donde está lo importante.
Un café ofrecido por cortesía. Un chico que se pone rojo. Un «tranquilo, estoy bien» que se le escapa como quien suelta una piedra que pesaba demasiado. Si quitas todo lo demás, el uniforme, la mujer, los hijos, la maría, la comisaría, la canción es eso: alguien que no sabe qué hacer con su propio deseo delante de una amabilidad que no significa nada.
Y ahora lo serio, sin chiste: casi todos hemos estado ahí. En la cola del súper, en el gimnasio, en la consulta del médico, en una oficina con fluorescentes. Alguien nos sonríe sin segundas y nosotros construimos un piso entero sobre esa sonrisa. No pasa nada. Es humano. Lo único que yo hago es escribirlo, y escribirlo con la cara colorada y con una lavadora de fondo, porque así se lleva mejor.
Esta canción es para ti si alguna vez te has enamorado del sitio equivocado en el momento equivocado y has contestado con un «estoy bien» a quien solo te ofrecía un café. Si te reconoces, ríete. Ya has superado la parte difícil, que es admitirlo.
La tienes con su letra completa en la ficha, para escucharla mientras esperas el centrifugado. Y si me cuentas tu propio policía de lavandería, prometo no ponerlo en una canción. Bueno. Casi seguro.
Si te interesa cómo funciona mi humor por dentro, lo tengo explicado en Lo que me hace reír cuando escribo. Aviso: sale mucha lavadora.
Preguntas frecuentes
¿El policía de la canción existe? No. Es un personaje inventado, como todos los nombres y personajes de mis letras. La canción juega con el tópico del hombre inalcanzable.
¿Qué significa «Tranquilo, estoy bien» en la letra? Es la reacción torpe del narrador cuando el policía le invita a un café. Se pone colorado y contesta como quien se retira, y para mí es la escena más verdadera de la canción.
¿La canción recomienda fumar para que te detengan? No. El final es una fantasía cómica y absurda. Es una canción, no un consejo.
¿Quién escribió esta canción? La letra es mía. Soy letrista, compositor y productor musical. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿En qué disco está? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK, y ocupa la pista 164 de los 273 singles.