
Por Mike Sain't Louis ·
Subidones que no se fuman: «Feel That High», la bandera de Jamaica y el homenaje a Bob Marley
Hay una palabra en inglés que se ha colado en el castellano de la calle casi sin pedir permiso: high. Estar high. Ir high. La usamos para lo que todo el mundo piensa, claro, pero también para la tarde en que todo sale bien, para el concierto en que te olvidas de mirar el móvil o para ese minuto después de correr en el que el cuerpo parece de otro. El castellano tiene su propia palabra, subidón, y es igual de generosa: vale para casi cualquier cosa que te levante del suelo un rato.
Cuando escribí la ficha de «Feel That High» dejé esa puerta abierta a propósito. Dije que el subidón podía ser el de la hierba, el de la música o el de una tarde buena con la gente que te importa, y que prefería no cerrarla. Este texto no la cierra tampoco. Pero sí se asoma a cada una de esas habitaciones.
Verde, amarillo y negro
La portada es casi entera una bandera. La de Jamaica ocupa todo el fondo, con su aspa amarilla que cruza el cuadrado de esquina a esquina y deja triángulos verdes arriba y abajo y negros a los lados. No está recién planchada: está gastada, con la pintura cuarteada, como si alguien la hubiera pintado sobre una pared de ladrillo y la hubiera dejado años al sol y a la lluvia.
Delante hay un chico de medio cuerpo. Tupé alto y despeinado hacia arriba, barba recortada, pendientes pequeños, una cadena con una cruz que cuelga sobre el pecho y tatuajes que le suben por el cuello y le bajan por los brazos. Lleva una camisa de punto calado, de esas de ganchillo que han vuelto a todos los escaparates, con rayas verticales en amarillo, verde, rojo y negro, abierta hasta medio pecho. Mira a la cámara de frente, con la cabeza un poco ladeada y el gesto serio.
A la izquierda, el título. Las letras de «Feel That High» están escritas en un verde ácido, chillón, que parece espray recién echado: gotean por abajo, y de los bordes salen unas volutas de humo gris que se pierden en el fondo. Debajo, mi nombre en amarillo.
Es una portada muy directa. No esconde de dónde viene ni a quién saluda.
Lo que tengo delante
Antes de seguir, una advertencia de las que me gusta dejar claras: la letra de «Feel That High» todavía no la he publicado. No está en mi página de letras, así que aquí no vas a encontrar ni un verso de esta canción, ni copiado ni imaginado. Tampoco voy a tirar de lo que entienden los subtítulos automáticos de YouTube, que con una base de reggae debajo inventan más de lo que oyen.
Con lo que sí cuento es con material de primera mano. La portada que acabo de describir. El título en inglés. La fecha en que colgué el videoclip en mi canal, el 12 de junio de 2026, el mismo día que otras canciones del disco. El álbum al que pertenece, que es el tercero de la trilogía. Y, sobre todo, el rótulo del propio vídeo, que la presenta con todas las letras como un tributo a Bob Marley. Esa palabra, tributo, es la que me da permiso para escribir lo que viene.
Un homenaje con nombre propio
Robert Nesta Marley nació el 6 de febrero de 1945 en Nine Mile, un pueblo de la parroquia de Saint Ann, en el interior de Jamaica. Creció entre el campo y Trench Town, un barrio pobre de Kingston, y allí formó con Peter Tosh y Bunny Wailer el grupo que acabaría llamándose The Wailers. Murió el 11 de mayo de 1981 en Miami, con solo treinta y seis años, de un melanoma que le había aparecido en un dedo del pie.

En ese tiempo tan corto convirtió una música de barrio en un idioma mundial. Su disco «Exodus», de 1977, fue elegido por la revista Time en 1999 como el mejor álbum del siglo XX. Y «Legend», el recopilatorio que salió en 1984, tres años después de su muerte, se ha quedado décadas en las listas de discos más vendidos de medio mundo.
Pero lo que más me interesa de él para este post no es la cifra de ventas, sino un concierto. El 22 de abril de 1978, en el Estadio Nacional de Kingston, en plena guerra entre los dos grandes partidos jamaicanos, Marley hizo subir al escenario a los dos líderes enfrentados, Michael Manley y Edward Seaga, y les unió las manos por encima de su cabeza. Se llamó One Love Peace Concert. Año y medio antes, en diciembre de 1976, unos hombres armados habían entrado en su casa y le habían disparado. Dos días después tocó igualmente en un concierto gratuito en la ciudad.
Un subidón también es eso: subirse a un escenario cuando lo razonable sería esconderse.
Dos canciones para el mismo hombre
«Feel That High» no es la única canción del disco que mira hacia Jamaica. En la misma entrega de la trilogía hay otra que lleva directamente su nombre, «Bob Marley», cuya letra tampoco está publicada aún. Que un álbum dedique dos temas a la misma figura dice bastante del peso que tiene en el imaginario de ese disco.
Muy cerca anda también «Mejor hierba que guerra», un título que juega con el viejo eslogan pacifista de los sesenta y que, por su nombre, conversa con todo lo que rodea a esta portada. Y en el mismo álbum está «Verde», la rumba que sí tiene letra publicada, que le roba un verso a Lorca y lo lleva sin disimulo hacia la planta: «verde que te quiero verde, marihuana querida». Ese verso es mío y está publicado; lo cito tal cual.
Con estas piezas sobre la mesa, se entiende que «Feel That High» no sea un guiño suelto. Es parte de un pequeño rincón del disco donde el reggae, la planta y la idea de paz se dan la mano.
Una bandera sin rojo, blanco ni azul
La bandera de la portada se izó por primera vez el 6 de agosto de 1962, el día en que Jamaica se independizó del Reino Unido. Suele citarse como la única bandera nacional del mundo que no lleva ni rojo, ni blanco, ni azul. Según la explicación oficial, el negro habla de la fuerza y la creatividad del pueblo, el oro de la luz del sol y la riqueza natural, y el verde de la tierra y la esperanza.
Lo curioso es que los colores que la gente asocia a Jamaica en una camiseta de mercadillo no son exactamente esos. Son el rojo, el oro y el verde: los colores del movimiento rastafari, que los tomó de la bandera de Etiopía. Para los rastas, el emperador etíope Haile Selassie tenía un sentido sagrado, y su visita a Jamaica el 21 de abril de 1966 todavía se recuerda cada año.
La portada mezcla las dos paletas sin pedir perdón. Detrás, la bandera oficial del país. Delante, una camisa con el rojo rastafari metido entre las rayas. Es la Jamaica del Estado y la Jamaica de la calle a la vez, y en medio un chico que no viene de ninguna de las dos, pero que les rinde homenaje.
Patrimonio de la humanidad
En noviembre de 2018, la UNESCO inscribió el reggae de Jamaica en su lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La candidatura lo describía como una música que nació en los márgenes y que se convirtió en vehículo de protesta, de amor, de espiritualidad y de denuncia social.

Me gusta pensar en eso cuando me acusan de hacer canciones demasiado ligeras. El reggae se baila con un balanceo perezoso, a contratiempo, sin prisa. Y debajo de ese ritmo tan amable han ido pasando durante décadas temas sobre la pobreza, la violencia política, el racismo y la libertad. La ligereza no está reñida con decir cosas. A veces es el mejor envoltorio para que las cosas lleguen.
En la ficha recomendé ponerla «con el balanceo puesto y el volumen alto». El balanceo, en el reggae, no es un adorno. Es casi una filosofía.
Los subidones de la música
Volvamos a la palabra del título. Hay una línea de investigación muy bonita sobre lo que pasa en el cerebro cuando una canción nos pone la piel de gallina. En 2001, los neurocientíficos Anne Blood y Robert Zatorre, en la Universidad McGill de Montreal, pidieron a varias personas que llevaran su música favorita y escanearon su cerebro mientras sentían esos escalofríos. Las zonas que se activaban eran las mismas que responden a la comida, al sexo o a ciertas sustancias.
Una década después, en 2011, el equipo de Valorie Salimpoor publicó en Nature Neuroscience que en esos momentos de máxima emoción musical el cerebro libera dopamina, y que incluso lo hace un poco antes, cuando anticipa que llega el momento bueno de la canción. Es decir: la música da subidones literales. Químicos. Medibles.
No hace falta ser científico para saberlo. Cualquiera que haya esperado el estribillo de su canción favorita con los ojos cerrados sabe lo que es ese cosquilleo. Ya escribí sobre esto, y sobre lo que la música hace cuando las cosas van mal, en un texto sobre la ansiedad y el respiro. Aquí me quedo con la parte luminosa: hay subidones que no se fuman, se escuchan.
Lo que el cuerpo fabrica solo
Además de la música, el cuerpo tiene su propia farmacia. Quien corre con regularidad conoce el famoso subidón del corredor, esa euforia tranquila que llega después de un rato de esfuerzo y que durante años se atribuyó a las endorfinas; hoy se sabe que en él intervienen también los endocannabinoides, unas moléculas que el propio organismo fabrica.
Pasa algo parecido con la risa compartida, con el baile en grupo y con los abrazos largos. Por eso me hizo gracia, al escribir la ficha, incluir entre las posibles lecturas del título «una tarde buena con la gente que te importa». No era una forma de esquivar el tema. Es que las tardes buenas también suben.
Si tuviera que escoger, pondría en la lista estos subidones gratuitos: el primer baño del verano, una sobremesa que se alarga hasta la cena, encontrarte por la calle con alguien a quien echabas de menos, oír una canción que no conocías y ponerla tres veces seguidas, reírte hasta que duele la tripa. Ninguno pide receta.
La hierba, sin sermón y sin anuncio
Ahora, la habitación de la que todo el mundo se acordó al leer el título. La portada tiene humo y tiene el verde, y no voy a hacerme el despistado. La planta forma parte del imaginario del reggae y del movimiento rastafari, que la usa con sentido espiritual. Jamaica despenalizó en 2015 la posesión de pequeñas cantidades y reconoció su uso religioso.
En España la situación es distinta: consumirla en la vía pública está sancionado con multa por la Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana. No pretendo con este post ni animar ni juzgar a nadie. Lo que sí digo, porque me parece de sentido común, es que nada que se fume debería ser la única manera de sentirse bien. Si alguna vez notas que necesitas algo para aguantar el día, para dormir o para estar con gente, merece la pena hablarlo con tu médico de cabecera. Pedir ayuda no te convierte en nada malo.
Por eso el título del post dice lo que dice. Me gusta la palabra high, pero me gustan más los subidones que no te pasan factura al día siguiente.
La otra cara de la isla
Un homenaje honesto tiene que mirar también lo que duele. Jamaica, la isla del One Love, es también un país donde las relaciones sexuales entre hombres siguen castigadas por ley. La norma que lo hace, la Offences Against the Person Act, data de 1864, de la época colonial británica, y prevé penas de hasta diez años de prisión con trabajos forzados.

En abril de 2006, la revista Time publicó un artículo que se preguntaba si Jamaica era el lugar más homófobo de la Tierra. Dos años antes, en junio de 2004, había sido asesinado en Kingston Brian Williamson, uno de los fundadores de J-FLAG, la principal organización LGTBI del país, creada en 1998. Durante los años noventa y dos mil, algunas canciones de dancehall con letras que llamaban a agredir a hombres gais provocaron campañas internacionales de protesta y cancelaciones de conciertos en Europa.
Y aun así, la gente resiste. En 2015, J-FLAG organizó en Kingston la primera semana del Orgullo que se celebraba abiertamente en la isla. Hay activistas, abogados y artistas jamaicanos que llevan años peleando para que el One Love llegue de verdad a todo el mundo.
Rendir tributo a Bob Marley desde un proyecto que se llama Gayfolk es, también, una pequeña provocación cariñosa. Una forma de decir que esa música es de todos, también de quienes en su propia tierra todavía tienen que esconderse. De la doble discriminación que sufre quien es negro y gay hablé en otro texto sobre racismo y LGTBIfobia.
El chico que no se deja tomar el pelo
En la ficha escribí que lo que más funciona de la imagen es el contraste entre tanto color y la mirada seria del chico, como quien está muy relajado pero no se deja tomar el pelo. Lo sigo pensando.
Las portadas de reggae que todos tenemos en la cabeza suelen enseñar sonrisas enormes, ojos entrecerrados, gorros de lana de colores. Aquí no. El chico de la camisa de ganchillo te mira fijamente, sin sonreír. Tiene algo de desafío. Como si dijera: puedo estar tranquilo y a la vez tener las cosas muy claras.
Esa combinación me parece muy de estos tiempos. La relajación no es pasotismo. Puedes ir con el balanceo puesto y saber perfectamente lo que no vas a tolerar.
Ganchillo, tupé y una cruz
La ropa también tiene su historia. Las camisas de punto calado y crochet, que durante mucho tiempo fueron cosa de abuelas y de toallitas para el sofá, han vuelto con fuerza a la moda masculina de verano en los últimos años, sobre todo en tonos vivos y con dibujos geométricos. Llevar una camisa de ganchillo es un gesto que hace no tanto habría parecido demasiado delicado para un hombre. Hoy está en todas las tiendas.
El tupé, ese pelo levantado hacia arriba con volumen, viene de mucho más atrás: del rockabilly de los cincuenta, de los chicos que imitaban a Elvis y de las películas de rebeldes con chaqueta de cuero. Y la cruz al cuello es un clásico de tantas portadas mías que ya forma parte del personaje. Sobre cómo intento que cientos de cubiertas se parezcan sin aburrir, hay un post entero.
Juntos, ganchillo de verano, tupé de los cincuenta y colores rastafaris, componen algo que no es de ningún sitio concreto. Es una mezcla. Que es exactamente lo que hizo el reggae con el ska, el rhythm and blues americano y el mento jamaicano.
Entre un vampiro y una señora
En la lista ordenada de singles de gayfolkplanet.com, «Feel That High» ocupa el número 121 de 273. Justo antes va «Vampiro emocional» y justo después «Doña Rogelia». Si se mira como una secuencia, la cosa tiene su gracia: primero alguien que te chupa la energía, después un respiro con bandera jamaicana, y al final una señora de las que ya no quedan.

No le busco significado oculto al orden. Pero me divierte que el subidón llegue justo después del vampiro. Como si fuera el antídoto.
Una canción de junio
Subí el videoclip a mi canal el 12 de junio de 2026, en plena entrada del verano y a pocas semanas de los Orgullos de casi todo el mundo. Ese mismo día salieron otros temas del mismo álbum, como «Light It Up», con su ángel de alas en llamas en una playa al atardecer. Junio era el mes de las canciones de calor.
Tiene sentido. El reggae es música de sol, de patio, de playa con altavoz pequeño. No es música de bufanda.
El tercer disco
El álbum que acoge la canción es «El día de la liberación», el que cierra mi trilogía Gayfolk. Si el primero fue la noticia del descubrimiento de un planeta y el segundo las ganas de viajar a él, este tercero va de soltarse, de romper con lo que ataba.
Un homenaje a Bob Marley encaja ahí con naturalidad. Pocas figuras del siglo XX han hablado tanto de liberación como él: de los esclavos, de los pobres, de las mentes. Una de sus canciones más famosas pedía emanciparse de la esclavitud mental, porque nadie más que uno mismo puede liberar su cabeza. Esa idea, la de que hay cadenas que llevamos dentro, tiene mucho que ver con lo que significa salir del armario y quedarse fuera.
Si el subidón se convierte en bajón
Los subidones tienen una cara B. A veces, después de una época de euforia, o cuando lo que nos levantaba ya no funciona, llega un bajón que no se va. Si te pasa, no lo dejes pasar como si nada. Habla con alguien de confianza, con tu médico o con un profesional de salud mental.
Y si en algún momento te cruzan ideas de hacerte daño o de no querer seguir, en España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y está disponible a cualquier hora. Ante una emergencia, el 112. Si estás en otro país, llama al número de emergencias local o busca en findahelpline.com la línea de ayuda que te corresponda.
Más teléfonos y recursos los tengo reunidos en mi serie sobre salud mental sin tabú.
Con el balanceo puesto
Me la imagino sonando para quien baila con los hombros más que con los pies. Para quien ha descubierto a Bob Marley en un vinilo heredado o en una lista de reproducción de verano. Para quien lleva una camisa de ganchillo por primera vez y nota cómo le miran, y la lleva igual.
Para quien busca subidones que no le pasen factura. Para quien vive en un país donde todavía no puede querer a quien quiere sin miedo, y aun así se pone la música alta. Y para quien sabe estar muy tranquilo y, a la vez, no dejarse tomar el pelo.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Feel That High»? Su letra todavía no está publicada, así que no la resumo ni la invento. El título del videoclip la presenta como un tributo a Bob Marley, y la portada muestra a un chico con camisa de crochet delante de una bandera de Jamaica desgastada. En mi ficha dejé abierto qué tipo de subidón da el título.
¿En qué disco está? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk. El vídeo está en YouTube desde el 12 de junio de 2026.
¿Habla de marihuana? No puedo afirmarlo sin la letra. La portada juega con el verde y el humo, y el título admite varias lecturas: la planta, la música o una buena tarde con amigos. Este post no anima al consumo y recuerda que en España fumar en la calle se multa.
¿Qué relación tiene con la canción «Bob Marley»? Las dos están en el mismo álbum y miran hacia el mismo artista. Ninguna de las dos tiene aún la letra publicada.
¿Quién hace la música y las voces? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, «el primer cantautor IA». Escribe, compone y produce; las voces se generan con inteligencia artificial.