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«Por dentro te escupía»: las preposiciones de lugar en mis letras

Hay una canción mía en la que casi todo pasa en un sitio que no se ve. Es «La empatía de la arpía», y habla de alguien que te sonreía mientras hacía otra cosa muy distinta. La letra lo resume así: es la historia «De la sonrisa que fingía / Mientras por dentro te escupía». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)

Lo que me llama la atención al releerla es que el daño no está en un verbo ni en un adjetivo, sino en una palabra de lugar: dentro. Por fuera, sonrisa. Por dentro, saliva. La canción entera está construida sobre esa frontera, como si la persona fuera una casa con una fachada impecable y un sótano al que nadie baja.

Desde que me fijé en eso, veo palabras de lugar por todas mis letras. Dentro, fuera, entre, bajo, encima, detrás, delante, lejos, aquí, ahí. Son palabras pequeñas, de las que la gramática escolar mete en una lista para aprendérsela de memoria, y sin embargo son las que más trabajo hacen en mis canciones cuando quiero contar cómo me siento sin decirlo directamente.

Este texto va de esas palabras. No de la casa ni de las habitaciones, que ya salieron en otros textos, sino de las preposiciones y los adverbios que colocan las cosas en el espacio, y de por qué el ánimo se cuenta tan a menudo como si fuera un lugar.

Por dentro y por fuera: la frontera de la arpía

Empiezo por el par más importante. Dentro y fuera parecen palabras sencillas, pero en español hacen algo curioso: cuando les ponemos delante un por, dejan de hablar de sitios y empiezan a hablar de personas. Por dentro estoy roto. Por fuera parece tranquilo. Nadie piensa en un recipiente al oír eso; piensa en alguien que oculta algo.

En «La empatía de la arpía» el por dentro aparece dos veces, y las dos veces es una traición. La primera es la del escupitajo. La segunda está unos versos más abajo: «Te miraba con ternura / Mientras por dentro te vendía». La mirada está fuera, a la vista. La venta está dentro, donde no se ve. Y el mientras une las dos cosas en el mismo instante, que es lo que más duele: no fue primero cariño y luego traición, fue a la vez.

Ya escribí sobre esta canción desde otro sitio en «La gente que toma notas», sobre la empatía usada como arma. Aquí me interesa la geografía. La arpía de la canción es alguien con dos zonas: una pública y otra privada. Y quien la quiso vivió años en la zona pública sin saber que existía la otra.

Lo curioso es que en otras letras el por dentro no es de la arpía, sino mío. En «Voy a olvidarme de ti» hay un fuego «Que por dentro a mí me quema». En «Tu mendigo», lo que de puertas afuera parecía calma «por dentro era tormento». En «Dark Corners» hay un «Pero por dentro no hay más gas», la imagen de un depósito vacío. El mismo por dentro sirve para esconder el veneno y para esconder el dolor. Depende de quién lo diga.

Y luego está el fuera, que en mis letras casi siempre es una salida: fuera de mi vista, fuera de mi casa, fuera del problema. Si el dentro es donde se esconden las cosas, el fuera es donde por fin se respira.

Entre: la preposición que encierra

Si tuviera que elegir la preposición más triste de mis letras, elegiría entre. Parece neutra, porque sirve para cosas tan tontas como «entre el lunes y el martes», pero en cuanto la pones al lado de algo que rodea, se convierte en jaula.

Fotogramas del videoclip oficial de «La empatía de la arpía», de Mike Sain't Louis

El caso más claro está en «Entre cuatro paredes», cuyo título ya lo dice todo: «Y estoy sólo entre estas cuatro paredes». Entre cuatro paredes no es lo mismo que en una habitación. En una habitación se puede estar a gusto. Entre cuatro paredes se está atrapado. La preposición convierte el espacio en un cerco. Ya hay un texto entero sobre la soledad de esa canción, «Siempre apartado entre tanta gente», así que solo señalo lo gramatical: el mismo entre aparece en el verso siguiente aplicado a la gente, y la multitud funciona igual que las paredes. Estar entre personas que no te ven es otra forma de estar encerrado.

Pero entre también puede ser un hueco por el que se escapa algo. En «Canguros» hay un «Saltando entre galaxias» que es pura libertad: el entre ya no encierra, sino que marca el camino de un sitio a otro. Y en «La noche no es para mí» aparece un «Entre lo incierto y la realidad», un entre de frontera, de estar con un pie a cada lado sin saber dónde apoyarse.

Me gusta que una sola preposición pueda ser cárcel, trampolín y cuerda floja. Todo depende de lo que pongas a los lados.

Una habitación sin salida: el espacio que promete y miente

Vuelvo a «La empatía de la arpía», porque tiene el verso de lugar que más me impresiona de todas mis letras: «Prometía ser refugio / Y era una habitación sin salida».

Aquí no hay preposición de lugar en sentido estricto, pero todo el verso es espacio. Un refugio es un sitio al que se huye para estar a salvo. Una habitación sin salida es un sitio del que no se puede huir. La misma persona prometía ser lo primero y resultó ser lo segundo. Y lo que me parece brutal es que el cambio no se nota hasta que intentas salir.

En «Tu mendigo» hay una imagen casi gemela, dicha a quien abrió la puerta con llave prestada: «y dijiste que era mi refugio, / pero era una celda alquilada». Refugio otra vez, y otra vez la trampa. Me doy cuenta de que, cuando hablo de relaciones que hicieron daño, vuelvo una y otra vez a esa promesa espacial rota. No digo me mentiste, digo me ofreciste un sitio y el sitio no era lo que parecía.

Creo que por eso estas imágenes funcionan. Todos sabemos lo que es entrar en un lugar y no poder salir, aunque sea un ascensor parado o un baño con el pestillo roto. Esa angustia física es la que se traslada a la letra. No hace falta explicar el maltrato psicológico con términos técnicos si puedes decir: era una habitación sin salida.

Si alguna vez te has sentido así dentro de una relación, sea de pareja, de amistad o de familia, no estás exagerando y no tienes por qué salir solo. En España puedes llamar al 024, gratuito y confidencial, a cualquier hora, si estás pasando un mal momento emocional. Si hay un peligro inmediato, el 112. Si vives fuera de España, busca la línea de crisis de tu país o llama a su número de emergencias. Pedir ayuda es buscar la puerta que la otra persona te decía que no existía.

Bajo y debajo: la luz que cae encima

Bajo es una preposición que en mis letras casi siempre va con luz. Bajo la luz de la luna, bajo el sol, bajo el cielo. Y eso tiene sentido, porque lo que está encima de nosotros, el cielo, la luna, una lámpara, es lo que nos ilumina y a la vez lo que nos expone.

En «El castigo más duro» el bajo es dramático: me comparo con un vampiro que llora «bajo la luz de la luna». Es una imagen de película de terror, de esas que me gustan tanto, pero también una forma de decir que hasta llorando hay alguien mirando. La luna como foco.

En «Mentes diabólicas» el bajo se vuelve filosófico, en una frase que la propia canción pone entre comillas como si fuera un aforismo: «Bajo el sol somos iguales, en la sombra se disfrazan». Ahí el bajo el sol es la luz pública, lo que se ve, y la sombra es el dentro de la arpía. Es la misma frontera del principio, pero dicha con el cielo en lugar de con el cuerpo.

Y en «Verde» el bajo es pura fiesta: «Rumba y risas bajo el cielo sin fin». No hay vigilancia ni drama, solo un techo enorme y abierto. Bajo el cielo sin fin es lo contrario de entre cuatro paredes. Es el espacio sin límites donde por fin uno puede moverse.

La diferencia entre bajo y debajo, por cierto, es sutil pero existe. Bajo es la preposición, más literaria: bajo la lluvia, bajo control. Debajo es un adverbio que necesita un de para llevar complemento: debajo de la mesa. Decimos bajo la luna, pero debajo de la cama. Lo primero suena a poema; lo segundo, a casa.

Encima: lo que te pasa por arriba y lo que se suma

Encima es mi palabra de lugar favorita, porque en español tiene dos vidas. Una es la de lugar, la de estar sobre algo. La otra es la de añadido, la de «y además, para colmo». Y en mis letras las dos vidas se mezclan.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «De la sonrisa que fingía Mientras por dentro te escupía» de «La empatía de la arpía»

En «Garrafón de China», después de una noche de copas malas, la resaca se describe así: «Ahora me ha pasado por encima un camión». Es el encima literal: un camión que te aplasta. Pero la expresión ya es una frase hecha para decir que estás destrozado, y por eso funciona en una canción de humor. Nadie se imagina el camión de verdad; todo el mundo reconoce la sensación.

En «Spoiler», en cambio, el encima es el del para colmo: «Y encima ofendido me gritas». Aquí ya no hay nada arriba de nada. El encima suma una ofensa a otra, como quien apila platos sucios. Y es una palabra perfecta para la indignación porque contiene la idea de peso: cada cosa que el otro hace se pone encima de la anterior, hasta que la pila se cae.

Me hace gracia pensar que esas dos vidas de encima están relacionadas. Cuando algo se te pone encima, pesa. Y cuando a una cosa mala se le suma otra, también pesa. El idioma convirtió el peso físico en peso moral, y ahora decimos encima sin darnos cuenta de que estamos describiendo una montaña de agravios.

Sobre y tras: las preposiciones que se quedaron en los libros

Hay dos preposiciones de lugar que casi no aparecen en mis letras, y creo que la ausencia también dice algo. Son sobre y tras.

Sobre significa encima, pero suena más formal. Decimos el libro está sobre la mesa en un examen y el libro está encima de la mesa en la cocina. En el habla de cada día, sobre se ha especializado en otra cosa: en el tema. Un texto sobre la soledad, una canción sobre un ex. Ha dejado de colocar objetos y ha pasado a colocar ideas. Por eso, cuando escribo una letra, casi nunca la uso para hablar de sitios: me sale encima, que es la palabra de la calle.

Tras es todavía más rara. Significa detrás o después, y hoy se usa sobre todo en titulares de prensa y en textos escritos: tras la reunión, tras el accidente, uno tras otro. En una conversación de bar nadie dice tras la puerta; dice detrás de la puerta. Tras ha quedado como una palabra de periódico, de crónica, de parte oficial.

Me parece revelador que mis canciones elijan casi siempre la versión coloquial. Encima en vez de sobre, detrás en vez de tras, debajo en vez de bajo cuando hablo de cosas de casa. Las letras hablan como hablo yo cuando me enfado o cuando me río, no como escribiría un informe. Y en ese registro, las preposiciones cultas suenan a disfraz. Si la arpía de la canción sonriera tras una máscara, sería un poema. Como sonríe mientras por dentro te escupe, es una persona que podrías conocer.

Detrás y por detrás: el sitio de quien critica

Detrás es la preposición de la sospecha. Lo que está detrás no se ve, y lo que no se ve puede estar tramando algo.

Collage con un detalle de la carátula de «La empatía de la arpía» y las carátulas de «Tu mendigo», «Entre cuatro paredes», «Mentes diabólicas», «Garrafón de China»

En «No quiero otro novio cojín» aparece la expresión más clásica: «A criticar por detrás». Criticar por detrás, hablar por detrás, son frases que todo el mundo entiende como hablar de alguien cuando no está delante. Y lo interesante es que el idioma lo cuenta como si fuera una cuestión de posición en el espacio. No dice criticar en secreto, dice criticar por la espalda, como si el chisme fuera un puñal que solo se clava desde atrás.

En «Como en la matanza de Texas» el detrás es todavía más de película de miedo: «llega el vampiro emocional detrás». El que viene detrás es el que te persigue, el que no ves venir. Todo el género del cine de terror está construido sobre eso: el peligro está siempre detrás de la víctima, y el público lo ve antes que ella.

Hay una cuestión gramatical con detrás que siempre sale en las discusiones de lengua: si se puede decir detrás mío o hay que decir detrás de mí. Las gramáticas recomiendan detrás de mí, porque detrás es un adverbio y lo normal es complementarlo con de más pronombre. Pero detrás mío se oye muchísimo, sobre todo en América y cada vez más en España, y aunque la norma culta lo desaconseja, la Academia reconoce que está muy extendido. Lo mismo pasa con delante mío, encima mío o cerca mío. Me parece fascinante que la gente sienta la necesidad de convertir el lugar en posesión: no detrás de mí, sino detrás mío, como si el espacio de detrás me perteneciera.

Delante: el sitio de quien actúa

Si detrás es el sitio de quien critica, delante es el sitio de quien actúa. Lo que se hace delante de alguien se hace para que lo vea.

En «No te vuelvo a mirar más» hay un verso que es todo teatro: «Ahora lloras delante de los que no saben nada». El delante de convierte el llanto en función. No se llora a solas, se llora ante un público, y ese público está elegido: los que no saben nada, los que van a creerse la versión del que llora.

Me gusta mucho cómo el delante desenmascara. Si dijera ahora lloras, sería un verso compasivo. Al decir delante de los que no saben nada, se convierte en una acusación: lloras para ellos. La preposición de lugar es la que cambia el sentido moral de la frase.

Y esto conecta con la arpía del principio. Lo que hace la arpía delante de ti es sonreír; lo que hace por dentro es escupir. Lo que hace el ex delante de los demás es llorar; lo que hizo antes, cuando no miraba nadie, es otra historia. Delante y detrás, fuera y dentro: son las dos caras de la misma persona.

Lejos y desde lejos: la distancia que cura

Hay una palabra de lugar que en mis letras casi siempre es buena noticia: lejos.

En «El descarte del narcisista» aparece como deseo: «mejor, más vale que estés lejos». Es el lejos de quien ha entendido que la distancia es lo único que protege. No pide venganza ni explicaciones, pide kilómetros.

Y cuando el lejos va con desde, la cosa cambia otra vez. Desde lejos ya no habla de dónde está el otro, sino de dónde estoy yo. Mirar algo desde lejos es haber salido de ello. Es poder verlo entero, con perspectiva, sin que te arrastre. La distancia que primero se sufre se convierte con el tiempo en un mirador.

Me parece que muchas de mis canciones son, en el fondo, intentos de pasar de dentro a desde lejos. Empiezan con alguien atrapado en una habitación sin salida, entre cuatro paredes, por dentro quemándose, y terminan con alguien que mira todo eso desde fuera y puede ponerle nombre. Escribir la canción es, de alguna forma, ese movimiento.

Aquí, ahí, allí: señalar con el dedo

Los adverbios de lugar más básicos del español son aquí, ahí y allí, y forman un sistema de tres que no todas las lenguas tienen. Aquí es donde estoy yo. Ahí es donde estás tú, o cerca. Allí es lejos de los dos. El inglés se apaña con here y there; el español afina más.

Ficha de la canción «La empatía de la arpía» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Los gramáticos llaman a estas palabras deícticos, del griego deiknymi, mostrar. Son palabras que no significan nada por sí solas: aquí no es ningún sitio concreto hasta que alguien lo dice y señala. Por eso son tan útiles en las canciones, que son textos dichos por alguien desde algún lugar.

En «Me rindo» el aquí es el sitio del consuelo, en un recuerdo: cuando el otro decía «ven aquí, no llores». Es un aquí de abrazo, de cercanía física, que la canción recuerda con amargura precisamente porque ya no está. El aquí que antes era refugio ahora es otra cosa.

Y en mis letras el ahí suele ser el de la puerta, el de señalar la salida a alguien con el dedo. Ahí tienes la puerta, te quedas ahí, ahí te quedas. El ahí pone al otro a una distancia exacta: no tan cerca como el aquí, no tan lejos como el allí. A un paso de la salida.

Lo bonito de los deícticos es que obligan a quien escucha a imaginarse el lugar desde donde se habla. Si alguien dice aquí, tienes que ponerte a su lado para entenderlo. Una canción llena de aquí es una canción que te invita a estar donde está el que la escribió.

El espacio como metáfora del ánimo

Después de todo este repaso me pregunto por qué hablamos tanto del ánimo con palabras de lugar. Por qué estamos hundidos, por los suelos, en el fondo, fuera de nosotros, metidos en un pozo o en una habitación sin salida.

Hay lingüistas que han estudiado precisamente esto. Leonard Talmy, por ejemplo, dedicó buena parte de su obra a cómo las lenguas codifican el espacio y el movimiento, y a cómo esas estructuras espaciales se usan para hablar de cosas que no son espaciales. George Lakoff y Mark Johnson, en un libro de 1980 que ya cité en el texto sobre las comparaciones, hablaban de metáforas orientacionales: lo bueno está arriba, lo malo abajo; lo íntimo dentro, lo ajeno fuera.

La idea de fondo es que pensamos con el cuerpo. Antes de tener palabras para la tristeza, tenemos la experiencia de estar tumbados, de no poder levantarnos. Antes de tener palabras para la traición, tenemos la experiencia de que alguien nos ataque por la espalda. Las preposiciones de lugar son el puente entre lo que el cuerpo sabe y lo que la boca dice.

Por eso no me parece casual que mis letras más duras estén tan llenas de espacio. Cuando algo es demasiado complicado para explicarlo, lo coloco en un sitio. Por dentro. Entre cuatro paredes. Detrás. Y al colocarlo, de alguna manera, lo entiendo.

Salir de la habitación sin salida

Termino donde empecé, con «La empatía de la arpía». La canción no cuenta cómo se sale de esa habitación. Solo la describe. Pero el hecho de describirla ya es una forma de salida, porque para ver una habitación entera, con sus paredes y su falta de puerta, hay que estar un poco fuera.

Creo que eso es lo que hacen las palabras de lugar en mis canciones. Me permiten dibujar el mapa de algo que viví a ciegas. Dónde estaba el refugio falso. Dónde se escondía el escupitajo. Quién lloraba delante y quién criticaba detrás. Y al dibujarlo, el mapa deja de ser una trampa y se convierte en un plano con una salida marcada.

Si quieres buscar más dentros y fueras en mis canciones, todas las letras están en el archivo. Y si estás ahora mismo en una habitación así, recuerda que la salida existe aunque alguien te haya convencido de lo contrario: el 024 en España, el 112 si hay peligro, y la línea de tu país si vives fuera.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre bajo y debajo? Bajo es una preposición y se usa directamente con el sustantivo: bajo la lluvia, bajo la luna. Debajo es un adverbio y necesita la preposición de para llevar complemento: debajo de la mesa.

¿Se dice detrás mío o detrás de mí? La norma culta recomienda detrás de mí, porque detrás es un adverbio que se complementa con de más pronombre. Detrás mío está muy extendido en el habla, sobre todo en América, pero se considera coloquial.

¿Qué son los deícticos? Son palabras cuyo significado depende de quién habla, cuándo y dónde, como aquí, ahí, allí, hoy o yo. El término viene del griego y significa mostrar o señalar.

¿Qué significa por dentro en una letra de canción? Cuando va con por, dentro deja de indicar un lugar físico y pasa a referirse a lo que una persona siente u oculta, frente a lo que muestra por fuera.

¿En qué canción dice Mike Sain't Louis que algo era una habitación sin salida? En «La empatía de la arpía», que describe a alguien que prometía ser refugio y resultó ser una habitación sin salida.

¿Dónde pedir ayuda si te sientes atrapado en una relación que te hace daño? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en la línea de crisis o el número de emergencias de tu país.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y la parte vocal de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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