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«Igual que un episodio dramático»: las comparaciones en mis letras

Hay una estrofa de «Me rindo» que resume bastante bien cómo escribo cuando algo me duele. Dice que me han pisado muchas veces «y me han dejado aplastado en el suelo, / llorando como una mierda en una esquina, / igual que si fuera un episodio dramático de La que se avecina». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)

En tres versos hay dos comparaciones. La primera es brutal y sin adornos: como una mierda en una esquina. La segunda le da la vuelta a la escena y la convierte en comedia de televisión: igual que en un episodio de La que se avecina, la serie de Telecinco sobre una comunidad de vecinos imposible. Primero me hundo, luego me río de mí mismo hundiéndome. Y todo con dos palabras pequeñas, como e igual que, que hacen de bisagra entre lo que me pasa y aquello a lo que se parece.

Me he dado cuenta de que comparo muchísimo. Casi no hay canción mía donde algo no sea como otra cosa, igual que otra cosa, peor que otra cosa o mejor que alguien famoso. Este texto va de esas comparaciones: de por qué las necesito, de cómo funcionan y de lo que dicen de quien las hace.

Como e igual que: dos maneras de parecerse

La comparación más sencilla del español se hace con como. Rápido como el rayo. Blanco como la nieve. Es tan corriente que casi no la vemos. Igual que es su hermana más enfática. Cuando digo igual que, estoy insistiendo en el parecido, casi exigiendo que me lo creas.

En «Él» hay un ejemplo que me sigue haciendo gracia: «Él es igual que un perro fiel / Pero te prefiero a ti». La comparación es un elogio y a la vez una condena. Un perro fiel es lo mejor que se puede decir de una mascota y lo peor que se puede decir de un novio con el que no hay chispa. El igual que hace que la frase suene a ficha técnica: fiel, leal, previsible. Y luego llega el pero.

En «Esta cobardía», en cambio, el igual que se pone romántico: la cobardía de no declararme «Hace que le vea igual que a una estrella / Tan lejos, tan lejos en la inmensidad». Aquí la comparación es una forma de distancia. Comparar a alguien con una estrella es admitir que no lo vas a alcanzar.

Luego está la comparación de igualdad con tan y como, o con tanto y como: tan alto como tú, te quiero tanto como antes. Es la más matemática de todas, porque pone dos cosas en los platillos de una balanza y dice que pesan lo mismo. En las canciones de amor aparece mucho en negativo, no te quiero tanto como tú a mí, y entonces la balanza se convierte en reproche.

Me interesa que la misma estructura sirva para cosas tan distintas. La comparación no es neutra. Según con qué compares, ya has decidido si estás elogiando, burlándote o rindiéndote.

Aristóteles y el león: el símil y la metáfora

Los manuales de retórica llaman símil a la comparación explícita, la que lleva como o igual que, y metáfora a la que se salta ese puente y dice directamente que una cosa es otra. Aristóteles ya se ocupó de la diferencia en el tercer libro de su «Retórica». Ponía el ejemplo de Aquiles: si dices que se lanzó como un león, haces un símil; si dices que el león se lanzó, haces una metáfora. Para él la diferencia era pequeña, y el símil era una metáfora con una palabra de más.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me rindo», de Mike Sain't Louis

La «Ilíada», de hecho, está llena de comparaciones larguísimas, los llamados símiles homéricos, en las que un guerrero se compara con un león, con una tormenta o con un río desbordado, y la comparación se alarga durante varios versos hasta que casi olvidas la batalla. Es curioso que una de las primeras grandes obras de la literatura europea se apoye tanto en el como.

Yo no estoy tan seguro de que sea pequeña. La palabra de más cambia mucho. Cuando digo que alguien es como un vampiro, dejo una distancia: se parece, pero no lo es. Cuando digo que es un vampiro emocional, como en «Como en la matanza de Texas», ya no hay distancia. Lo he convertido.

En «El narcisista» hay una pareja de símiles que funciona como un espejo: «El narcisista nunca te vio como un artista, / sino como un terrorista». Aquí el como no es mío, es la mirada del otro. La canción describe cómo te ve alguien que no te quiere bien: lo que tú haces con ilusión, él lo lee como una amenaza. La rima artista y terrorista hace el resto, porque obliga a oír las dos palabras pegadas, como si fueran casi la misma.

Creo que esa es una de las funciones más potentes de la comparación: mostrar que dos personas pueden mirar lo mismo y ver cosas opuestas. El símil, en el fondo, siempre dice desde dónde se está mirando.

La tele como vara de medir

Si repaso mis comparaciones, muchas tienen algo en común: comparo con la pantalla. La que se avecina en «Me rindo». Kenny, de South Park, en «El señor Garrison»: «Y he muerto más veces que Kenny en South Park», el personaje que en las primeras temporadas moría en casi cada episodio. La protagonista de «Escupiré sobre tu tumba». La matanza de Texas. Ben Affleck.

Ya escribí sobre por qué hablo del desamor con películas de terror en «Colmillos en el cuello», y sobre el melodrama de Almodóvar como unidad de medida en «Más pesado que un Goya». Aquí no quiero volver a esos géneros, sino a la estructura que comparten: comparar mi vida con una ficción que todo el mundo conoce.

Tiene una ventaja enorme. Si digo que lloré mucho, nadie se imagina nada. Si digo que lloré igual que en un episodio dramático de La que se avecina, el oyente ya tiene la escena entera: el decorado de cartón, la música exagerada, el drama que en el fondo da risa. La comparación con la tele es una forma de compartir imágenes ya hechas. Ahorra explicaciones.

Y tiene otra ventaja menos evidente: protege. Cuando comparo mi dolor con una serie de humor, le quito un poco de solemnidad. Lo vuelvo contable. Es como decir: sí, me pasó, pero mira qué ridículo fue todo, igual que en la tele.

Como una mierda en una esquina: comparar hacia abajo

La primera comparación de «Me rindo» no tiene nada de comedia. Llorando como una mierda en una esquina. Es una imagen sucia, sin glamour, sin metáfora bonita. Y la escribí así a propósito, porque hay momentos en los que uno se siente exactamente eso, algo que la gente pisa o esquiva.

En el español coloquial abundan estas comparaciones hacia abajo. Sentirse como un trapo, como una colilla, como un cero a la izquierda. En «Ruido en mi mente» hay otra, más contenida: «Y el aire pesa como un ladrillo gris». El aire, que no pesa nada, de pronto pesa como un ladrillo. Es la manera más física que encontré de describir esos días en los que hasta respirar cuesta.

Creo que estas comparaciones tienen una función importante: dar forma a algo que no la tiene. La tristeza, la ansiedad, la sensación de no valer, son difíciles de describir en abstracto. Compararlas con un objeto concreto, un ladrillo, una colilla, una esquina, ayuda a nombrarlas. Y nombrar algo ya es empezar a manejarlo.

Pero si esas comparaciones te describen demasiado bien a ti, si te sientes así a menudo, merece la pena hablarlo con alguien. En España tienes el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas, para cuando lo estás pasando mal. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, busca el número de emergencias o la línea de crisis de tu país. En «Salud mental sin tabú» reuní todo lo que he escrito sobre esto y más recursos.

Más feo que Picio: las comparaciones que ya vienen hechas

El español tiene un almacén enorme de comparaciones fijas, frases que se heredan enteras. Más feo que Picio. Más listo que el hambre. Más largo que un día sin pan. Más chulo que un ocho, que en Madrid se oye muchísimo y cuyo origen nadie tiene del todo claro. Estar como una cabra. Entrar como Pedro por su casa.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «y sigo temblando siempreeeeeeeee y me rindo, y sigo temblando siempre.» de «Me rindo»

Lo de Picio es un buen ejemplo de cómo funcionan. Según la tradición, era un hombre de Granada tan poco agraciado que acabó en el refranero, pero casi nadie que dice la frase sabe quién fue. La comparación sobrevive a la persona. Se convierte en una unidad de medida autónoma.

En mis letras me gusta tocar estas frases hechas y torcerlas un poco. En «3 años de garantía» aparece «Que le quiere como la trucha al trucho», que es una variación juguetona de las comparaciones del tipo como el perro y el gato, con el masculino inventado de trucha para que la frase suene más absurda, y más gay, que la original. Sobre refranes y dichos ya escribí en «A otra cosa, mariposón», así que aquí solo apunto lo que tienen de comparación: son símiles tan gastados que ya no los oímos como símiles.

Mejor que Ben Affleck: comparar para ganar

Hay otra familia de comparaciones que no busca parecidos, sino jerarquías. Más que, menos que, mejor que, peor que. Son los comparativos de superioridad y de inferioridad, y en mis letras sirven sobre todo para medir el daño o para presumir.

En «Mejor que Ben Affleck» la comparación está en el título y se repite como un eslogan. El novio con garantía, el que no puede fallar, es mejor que un actor de Hollywood. Es una exageración evidente, y ahí está la gracia. Nadie compara a su pareja con Ben Affleck en serio. Se hace para decir que la vara de medir se ha vuelto absurda.

En el otro extremo está el peor que. En «Un puñetazo al día» y en «Karma» se repite una frase: «Esto es peor que día tras día». La comparación es casi un trabalenguas emocional. ¿Peor que qué? Que el día tras día, que la rutina, que lo de siempre. Es decir: lo de ahora supera incluso lo que ya era insoportable.

Me fijo en que mejor y peor son irregulares en español. No decimos más bueno ni más malo, salvo en contextos muy concretos. Hay algo simbólico en eso: los extremos de la escala tienen palabras propias, como si el idioma hubiera decidido que lo muy bueno y lo muy malo merecen un nombre aparte.

Por mí, como si…: la comparación de la indiferencia

Hay una construcción que me encanta y que uso en varias canciones: por mí, como si. En «Asqueroso coordinador» está «Por mí, como si te desmayas o te tropiezas con las cholas». En «Karma» está «por mí como si lo metes en mojo / o mejor gofio».

Collage con un detalle de la carátula de «Me rindo» y las carátulas de «El narcisista», «El señor Garrison», «Ruido en mi mente», «Mejor que Ben Affleck»

Gramaticalmente es curioso. Como si normalmente introduce algo irreal y pide subjuntivo: como si fueras, como si tuvieras. Pero en esta fórmula coloquial, por mí como si, en la calle se oye muchas veces el presente de indicativo: como si te desmayas, como si lo metes. Y la frase no compara nada. Lo que hace es declarar indiferencia absoluta. Por mí puedes hacer lo que quieras, incluso lo más ridículo, que no me va a afectar.

Me gusta porque es una comparación vaciada. La forma es la de un símil, pero el contenido es un encogerse de hombros. Y en una canción de ruptura no hay nada más devastador que la indiferencia. Gritar a alguien es seguir dándole importancia. Decirle por mí como si te tropiezas con las cholas es haberlo soltado del todo.

Las cholas, por cierto, son las chanclas en Canarias. Y el mojo y el gofio de «Karma» también son canarios. La comparación de la indiferencia, en mis letras, tiene mucho acento de las islas.

Como si nunca: comparar con lo que no pasó

El como si de verdad, el que pide subjuntivo, es otra cosa. Sirve para comparar lo que ocurre con algo que no ocurrió, o que no debería haber ocurrido. En «El descarte del narcisista» está «Como si hubiera sido el rollo de una noche». En «Me mola Zeus», «Me hablas como si no importara».

En las dos frases el como si señala una injusticia. Lo nuestro duró, pero me tratas como si hubiera sido una noche. Lo que te digo importa, pero me hablas como si no. La comparación sirve para medir la distancia entre lo que fue y cómo te lo hacen sentir.

En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» aparece la versión más fría: «y será como si nunca hubieras existido». Aquí el como si compara una vida con su propia ausencia, con lo que queda del recuerdo cuando el mundo sigue adelante a las dos semanas. Es una de las comparaciones más secas que he escrito, y por eso la dejé así, sin adorno.

Subiendo como la espuma: las comparaciones de quien remonta

No todo es hundirse. Algunas de mis comparaciones favoritas son las de la remontada. En «Escupiré sobre tu tumba» hay dos seguidas: «Igual que la protagonista de Escupiré sobre tu tumba. / Yo subiendo como la espuma y haciendo nuevos amigos».

La primera es otra vez una comparación con la pantalla, con la película de venganza. La segunda es una frase hecha, subir como la espuma, que normalmente se dice de los precios o de las carreras meteóricas. Aplicada a mí después de una ruptura, tiene algo de chiste y algo de orgullo. La espuma sube rápido, sin esfuerzo, casi sola.

En «Malena» la comparación sube de otra manera, con elegancia: «Falling for her charm, como un vino fino». Aquí comparo a una diva con un vino, algo que mejora con el tiempo y que se saborea despacio. Es de las pocas comparaciones de mis letras que son puro elogio, sin trampa.

Me gusta tener las dos direcciones. La comparación hacia abajo, la que te deja en una esquina, y la comparación hacia arriba, la que te hace subir como la espuma. Creo que una buena canción de desamor necesita las dos: el suelo y el ascensor.

Como una chiquilla: compararme con quien fui

Hay un tipo de comparación que me sale cuando me pillo haciendo algo que no esperaba de mí. En «La vecina cotilla» me descubro vigilando la vida de otro desde la ventana, y la comparación es inmediata: «Soy como una chiquilla», y más adelante, «esperando como un niño pequeño». No me comparo con un personaje de la tele ni con un animal. Me comparo con la edad que ya no tengo.

Ficha de la canción «Me rindo» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Me parece una de las comparaciones más honestas que hay. Decir que te comportas como un crío es reconocer que el deseo, los celos o la ilusión no entienden de carné de identidad. A cualquier edad uno puede quedarse pegado al móvil esperando un mensaje, contando los minutos, igual que a los quince. La comparación con la infancia no es un insulto, es un diagnóstico cariñoso.

En «Tan paleto» la comparación va en sentido contrario, hacia el poder: «Y les tapas los ojos como un buen dictador». Aquí el como no rebaja, sino que agranda. Un gesto pequeño, tapar los ojos a alguien para que no vea un beso, se compara con la censura de un régimen. Ya escribí sobre esa canción en otro texto, pero me interesa la mecánica: la comparación es una lupa que puede encoger o agrandar lo que toca.

Creo que en esas dos direcciones, hacia el niño y hacia el dictador, está buena parte de mi manera de mirar. O me hago pequeño para reírme de mí, o hago grande al otro para que se vea lo ridículo de su gesto.

Las metáforas con las que vivimos

En 1980 el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson publicaron «Metaphors We Live By», traducido al español como «Metáforas de la vida cotidiana». Defendían que las metáforas y las comparaciones no son adornos poéticos, sino la manera en que pensamos. Hablamos del tiempo como dinero, de las discusiones como guerras, de la tristeza como algo que está abajo y de la alegría como algo que está arriba.

Esa última idea me parece clave para entender mis comparaciones. Aplastado en el suelo, en una esquina, pesado como un ladrillo: todo lo triste está abajo. Subiendo como la espuma, lejos como una estrella: todo lo deseado está arriba. No lo hice a propósito, pero mis letras siguen ese mapa sin saberlo.

Lo que me enseñó leer sobre esto es que comparar no es un lujo de poeta. Es la forma básica de entender algo nuevo: lo ponemos al lado de algo que ya conocemos. Un niño que ve un caballo por primera vez dice que es como un perro grande. Un adulto que se enamora dice que es como en las películas. Uno que se rompe dice que es igual que un episodio dramático de La que se avecina.

Comparar para no estar solo

Si tuviera que decir por qué comparo tanto, diría que es para no sentirme solo en lo que me pasa. Cuando digo que algo es igual que en una serie, estoy diciendo que no soy el primero, que esto ya le ha pasado a otros, aunque sea a personajes inventados. La comparación tiende un puente entre mi experiencia y la de todos.

Y también es una forma de humor. Casi todas mis comparaciones tienen un punto de exageración: más veces muerto que Kenny, mejor que Ben Affleck, como la trucha al trucho. Exagerar es mi manera de sobrevivir a lo que cuento. Si consigo que te rías de la comparación, ya hemos compartido algo.

La próxima vez que te oigas decir que algo es como otra cosa, fíjate en qué has elegido. Ahí, en esa segunda mitad de la frase, suele estar lo que de verdad piensas.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre un símil y una metáfora? El símil compara dos cosas de forma explícita, con palabras como como o igual que: se lanzó como un león. La metáfora identifica una cosa con otra sin ese nexo: el león se lanzó. Aristóteles ya trató esa diferencia en su «Retórica».

¿Por qué se dice por mí, como si…? Es una fórmula coloquial que expresa indiferencia: por mí, como si te vas a la luna. Aunque como si suele pedir subjuntivo, en esta expresión se oye muchas veces el presente de indicativo en el habla de la calle.

¿Qué son las comparaciones fijas? Son comparaciones que se heredan enteras y que todo el mundo reconoce, como más feo que Picio, más largo que un día sin pan o más chulo que un ocho. Funcionan como unidades de medida del idioma.

¿Qué canción de Mike Sain't Louis menciona La que se avecina? «Me rindo», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que compara un momento de hundimiento con un episodio dramático de la serie.

¿Dónde pedir ayuda si te sientes hundido? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en el número de emergencias local o en la línea de crisis de tu país.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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