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Colmillos en el cuello: por qué hablo del desamor con películas de terror

Fondo rojo. Un chico con los ojos entornados y la cabeza ladeada, como quien se deja hacer. Detrás, otro le hunde la boca justo debajo de la mandíbula. Una gota de sangre baja por el cuello hasta el pecho, donde hay tatuado un corazón con alas. Arriba, en letras negras de cartel de cine de serie B: «Vampiro emocional».

Así es la portada de una de mis canciones, y me sirve para hablar de algo que cualquiera que me escuche habrá notado: cuando hablo de relaciones que hacen daño, acabo siempre en una película de miedo.

Vampiros, máscaras de Saw, motosierras, ataúdes, casas llenas de cadáveres. Mi catálogo tiene más sangre que un videoclub de los noventa en la sección de terror. Y casi nunca hay un muerto de verdad. Hay un ex.

Una portada que no explica la letra

Antes de seguir, un aviso honesto. La letra de «Vampiro emocional» todavía no está publicada en la página de letras de la web, así que no voy a contarte lo que dice. Hablo de la canción a partir de su título y de su portada, que ya dicen mucho, y de cómo encaja en una familia de canciones mías que sí puedes leer completas.

La ficha de «Vampiro emocional» ya describe la imagen y explica la expresión. Aquí quiero tirar de ese hilo rojo y ver adónde lleva.

El vampiro sin capa

«Vampiro emocional» es una expresión que circula mucho en revistas de psicología de quiosco y en conversaciones de sobremesa. Describe a esa persona que te deja agotado. No te pega, no te grita necesariamente, no hace nada que puedas denunciar. Pero después de cada encuentro tienes menos energía, menos ganas, menos tú.

Me gusta la expresión porque coge un monstruo de cine y le quita la capa. El vampiro emocional no vive en un castillo de Transilvania, no duerme en un ataúd, no le teme al ajo. Vive en tu piso compartido, en tu grupo de WhatsApp, en tu cama. Y se alimenta de lo que le das sin darte cuenta: atención, tiempo, paciencia, perdón.

La portada hace lo contrario que la expresión. Le devuelve los colmillos. Lo que en la vida real es invisible, en la imagen se vuelve literal: hay un mordisco, hay sangre, hay un cuello. Es la exageración que necesitaba. Si lo que te pasa no se ve, a veces hay que dibujarlo con sangre para que alguien lo crea.

Muerdes sin sangrar

En mi catálogo hay otra canción que usa la misma expresión casi como estribillo, y esa sí tiene la letra publicada: «Como en la matanza de Texas». Ahí el vampiro emocional es el protagonista, un depredador que se pasea por el bar con su sonrisa de saludo forzado.

Hay un verso de esa canción que me parece la mejor definición que he escrito del asunto: «Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz». Ahí está todo. El vampiro de verdad deja dos agujeritos en el cuello. El emocional no deja nada visible. No hay prueba del delito, no hay charco que limpiar. Y sin embargo, cuando te miras al espejo meses después, la marca sigue ahí.

Y otro verso de la misma canción, que es casi un diagnóstico: «Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal». Me gusta mucho esa imagen porque es al revés de lo que esperas. Un vampiro chupa sangre, algo líquido y caliente. Este chupa esperanza y lo que deja es sal, algo seco que escuece en las heridas. Lo dulce que traías se vuelve amargo.

La portada de «Vampiro emocional» es, en cierto modo, la imagen que le faltaba a esa canción: el mordisco que el verso decía que no sangraba, sangrando por fin a la vista de todos.

Por qué terror y no drama

La pregunta que me hacen, o que me haría yo si fuera otro, es por qué. Por qué no contar estas historias con las herramientas del drama, del bolero, de la canción triste de toda la vida. Por qué la motosierra.

Fotogramas del videoclip oficial de «Vampiro emocional», de Mike Sain't Louis

Tengo varias respuestas, y ninguna es la única.

La primera es que el terror es exagerado por naturaleza, y la exageración es mi idioma. Cuando una relación te destroza, lo que sientes no es proporcionado. Te sientes en una peli de miedo, aunque objetivamente lo que ha pasado sea que alguien te ha dejado de contestar los mensajes. El terror da forma a esa desproporción. Lo que por fuera parece pequeño, por dentro es La matanza de Texas.

La segunda es que el terror es camp. Las películas de miedo de serie B, con su sangre de ketchup y sus gritos sobreactuados, son uno de los placeres más maricas que existen. Hay generaciones enteras de gais que crecieron viendo pelis de miedo a escondidas y riéndose de ellas en grupo. Lo cuento un poco en el camp no es un chiste aunque te rías: lo camp es tomarse en serio lo exagerado y reírse a la vez.

La tercera es que el terror permite reírse sin quitarle gravedad al asunto. Un bolero sobre un narcisista te deja hundido. Una peli de vampiros sobre un narcisista te deja con media sonrisa y el corazón en su sitio. Sigue siendo verdad. Pero puedes levantarte del sofá.

El vampiro que llora

No siempre el vampiro es el otro. En «El castigo más duro» hay una imagen que me sigue pareciendo de las más bonitas que he escrito, y en ella el vampiro soy yo, o el narrador. Las palabras le salen con pinchos y la boca le sangra tanto que la gente que pasa cerca «se cree / que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna».

Ahí el monstruo es el que sufre. La sangre no es de la víctima, es suya, de tanto morderse la lengua. Es la otra cara del mismo mito: el vampiro de las novelas del siglo diecinueve también era un ser triste, condenado a la noche y a la soledad, enamorado de alguien que no podía tener.

Me interesa mucho ese ida y vuelta. En unas canciones el vampiro es el narcisista que te chupa la vida. En otras, el vampiro es lo que te ha dejado él: alguien que ya no soporta la luz, que sale de noche, que se alimenta de recuerdos. La portada de «Vampiro emocional» deja la pregunta abierta, porque el chico mordido no parece estar sufriendo. Parece que le gusta.

El mordisco que gusta

Y eso es lo más inquietante de la imagen, y lo más honesto.

El chico de delante tiene los ojos cerrados, la boca entreabierta, la cabeza hacia atrás. No forcejea. No grita. Se deja. Si quitas la gota de sangre, podría ser una escena de amor. De hecho, lo es, en parte.

Esa ambigüedad es lo que los artículos de autoayuda no suelen contar sobre los vampiros emocionales: que al principio te gusta. Que el mordisco tiene algo de placer. Que la atención que te da el narcisista en las primeras semanas es la más intensa que has sentido nunca, y que por eso te quedas. Nadie se queda con un monstruo que desde el primer día parece un monstruo. Te quedas con alguien que muerde rico.

En la ficha lo digo con otras palabras: te gusta hasta que te das cuenta de que te está dejando seco. La portada está congelada justo en ese momento, el del gusto, antes de darse cuenta. Por eso es tan inquietante. Es el segundo antes de abrir los ojos.

El corazón con alas

Hay un detalle pequeño en la portada que me hace mucha gracia: el tatuaje del pecho del chico mordido. Un corazón con alas, de esos clásicos de tatuador de barrio, de los que se hacían en los ochenta con el nombre de una novia en una banderola.

Collage con un detalle de la carátula de «Vampiro emocional» y las carátulas de «Como en la matanza de Texas», «El castigo más duro», «Perverso narcisista», «La casa de los mil cadáveres»

La gota de sangre va directa hacia él. Como si el vampiro estuviera bebiendo justo del corazón alado, del amor romántico de toda la vida, del tatuaje que uno se hace cuando cree que algo va a durar siempre. Es casi un chiste visual: el amor con alas, alimentando a un depredador.

No sé si quien lo mire lo verá así. A mí me parece la clave de la imagen.

Vampiros con pluma

El vampiro tiene una historia muy larga con lo queer, y no la descubro yo. Desde las novelas del siglo diecinueve, el vampiro ha sido el forastero seductor que rompe las normas del deseo: muerde a hombres y a mujeres, vive de noche, no se casa, no tiene hijos, se rodea de compañeros de eternidad del mismo sexo. Mucha gente ha leído ahí, con razón, una metáfora de lo que la sociedad no quería ver.

El cine lo dejó todavía más claro. «Entrevista con el vampiro», la de Tom Cruise y Brad Pitt, es una historia de amor entre dos hombres con colmillos, aunque en los noventa nadie lo dijera en voz alta en las revistas. «El ansia», con Catherine Deneuve y David Bowie, tiene una escena con Susan Sarandon que se convirtió en culto para muchas lesbianas. Los vampiros siempre han sido un poco de los nuestros.

Por eso me parece tan natural que la portada de «Vampiro emocional» sea de dos hombres. No hace falta explicar nada. El vampiro gay es casi un pleonasmo. Lo que hace la canción es llevar ese mito del terreno de la seducción al del daño: el vampiro ya no es el amante prohibido y fascinante, es el novio que te deja tieso. Del glamour de Anne Rice al piso compartido de Lavapiés.

El peligro va detrás

Hay un detalle de composición que se repite en varias de mis portadas y que en esta se ve muy claro. El que muerde está detrás. El chico mordido mira hacia nosotros, o casi, y el vampiro queda a su espalda, medio escondido, con la cara pegada al cuello.

En la portada de «Perverso narcisista» pasa algo parecido: delante hay un chico con abrigo de plumas, y detrás, en un despacho, un señor de traje con máscara de calavera. El peligro nunca está de frente. Está a tu espalda, donde no lo ves, haciendo su trabajo mientras tú miras a otro sitio.

Esa colocación me parece la forma más exacta de dibujar lo que pasa en una relación así. Desde dentro no ves al vampiro. Ves la pared de enfrente, tu propia vida, tus planes. El mordisco lo sientes, pero el que muerde está fuera de tu campo de visión. Los demás, los que miran la foto desde fuera, lo ven perfectamente. Tú no.

Por eso es tan habitual que los amigos lo vean antes que tú. Ellos están mirando la portada entera.

Morder también es besar

Una cosa que me divierte del vampiro es que su ataque se parece muchísimo a un beso. La boca en el cuello. Los ojos cerrados. El abrazo por detrás. Si alguien te ve de lejos, no sabe si te están queriendo o te están matando.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Vampiro emocional», de Mike Sain't Louis

Esa confusión es justo la de las relaciones con un vampiro emocional. Durante mucho tiempo no sabes si lo que te hacen es amor o es otra cosa. Los gestos son los mismos: te busca, te abraza, te dice cosas al oído. Lo que cambia es lo que se lleva cuando se va. Y eso no se ve en el momento. Se ve después, cuando te miras al espejo y te notas pálido.

En español tenemos una expresión muy gráfica para el que te quiere demasiado y mal: «te come». «Ese te come.» Se dice de las madres absorbentes, de los novios celosos, de los jefes que no te dejan respirar. El vampiro es la versión de terror de esa frase. Te come, sí. Pero empieza por el cuello.

Rojo sobre rojo

Y el color, que no es un detalle menor. La portada entera es roja: el fondo, la luz sobre la piel, el título en negro sobre esa marea. Solo la gota de sangre destaca, porque es todavía más roja que todo lo demás.

El rojo en mis portadas tiene casi siempre la misma función. Es el color de lo que no se esconde: la rabia, el deseo, la herida abierta. En la portada de «Llorar» también está todo teñido de rojo, como si el llanto fuera de fuego. Aquí el rojo convierte una escena íntima en una alarma. Es la luz de emergencia de una discoteca, el piloto de una cámara grabando, el semáforo que te dice que pares.

Y nadie para, claro. Eso también es muy de peli de miedo: todo el público grita «¡no entres ahí!» y la protagonista entra.

Una familia de monstruos

Si repasas mi catálogo con ojos de aficionado al cine de miedo, encontrarás una galería completa.

Está la máscara de Saw, que aparece en «El castigo más duro» como amenaza de lo que podría pasar si ciertas palabras salieran de golpe. Está La matanza de Texas, con su carrera desesperada pidiendo ayuda que nadie atiende. Está «La casa de los mil cadáveres», con su título sacado directamente del cine de Rob Zombie. Está el «Ataúd de neón», que es mitad funeral, mitad discoteca. Está «Igual que en las pelis slasher», con su asesino de máscara. Y está el holograma reconvertido en bloque de cemento, que es más de ciencia ficción, pero también da su miedito.

Cada monstruo sirve para una cosa. El vampiro, para el que te chupa la energía. El asesino de slasher, para el que te persigue aunque te escondas. La casa encantada, para la relación de la que no consigues salir. El ataúd, para lo que ya está muerto aunque siga brillando. Es un bestiario del desamor, un catálogo de criaturas para nombrar lo que la psicología nombra con siglas.

Me divierte pensar que, si algún día alguien hiciera una playlist de mis canciones de terror, podría ponerse en Halloween y nadie sospecharía que va todo de exnovios.

El narcisista con colmillos

En el fondo de casi todas estas canciones está la misma figura: el narcisista. Lo he contado de muchas maneras, a veces con diagnóstico seco, como en «Ni con un palo», y a veces con monstruos. En el blog repaso los distintos tipos de ex que aparecen en mis letras en pequeña tipología cómica de exnovios, y el vampiro tiene su sitio de honor.

Ficha de la canción «Vampiro emocional» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo que me gusta del vampiro como metáfora del narcisista es que el mito ya traía incorporadas casi todas las reglas. El vampiro necesita que lo invites a entrar: no puede cruzar el umbral si no le das permiso. El vampiro no se refleja en los espejos. El vampiro hipnotiza con la mirada. El vampiro vive de los demás y no puede vivir de otra manera.

Todo eso describe muy bien la dinámica que he contado tantas veces. El narcisista no entra en tu vida por la fuerza: lo invitas tú, encantado. No se refleja en el espejo porque, en el fondo, no tiene un yo sólido que reflejar. Te hipnotiza al principio con una atención que parece amor. Y vive de ti, de tu energía, de tu admiración, de tu miedo a perderlo.

No lo digo como especialista, que no lo soy. Lo digo como quien ha escrito muchas canciones sobre lo mismo y ha encontrado en un monstruo de novela la mejor forma de resumirlo.

Ajo, estacas y bloqueo

Si el narcisista es un vampiro, ¿cuál es el ajo? ¿Cuál es la estaca?

En las películas, al vampiro se le vence con luz, con estacas, con crucifijos, con agua bendita. En la vida, mis canciones proponen otras armas. El bloqueo en el móvil. Borrar las fotos de todas las nubes posibles. El contacto cero. Contárselo a alguien que te crea. Reírte en voz alta de lo que te hizo.

La luz del sol, en este caso, es contar la historia. El vampiro emocional depende de la oscuridad, de que nadie sepa lo que pasa, de que tú mismo dudes de lo que has vivido. En cuanto lo cuentas, en cuanto lo pones en una canción con nombre de película de miedo, la luz entra. Y a la luz, el vampiro no es más que un señor pálido con mal aliento.

Esa es, si hay que buscar una, la única lección que saco de todo este bestiario. Que hablar es la estaca. Lo digo una vez y ya.

Sangre de ketchup

Vuelvo a la portada para terminar con algo menos serio.

La sangre de la imagen es muy roja, de un rojo charol, casi de anuncio. No parece sangre de verdad. Parece la de las pelis de terror de los setenta, la que hacían con sirope y colorante, la que manchaba las camisas blancas de las actrices con un rojo imposible. Y el fondo rojo lo multiplica todo, como si la escena estuviera iluminada con la bombilla de un cuarto de revelado.

Esa artificialidad me encanta. Es la diferencia entre el terror y el camp. El terror quiere que te creas la sangre. El camp quiere que sepas que es ketchup y que te asustes igual. Mis canciones están en el segundo bando: te cuentan algo que duele de verdad con sangre de mentira, para que puedas mirarlo sin apartar la vista.

Escucharla en Halloween, o en marzo

¿Cuándo poner una canción como esta? En la ficha propongo dedicársela a quien te chupó la alegría, o escucharla tú para reconocer el mordisco la próxima vez. Me parece bien. Añado una tercera opción: ponla en una fiesta de Halloween, entre clásicos de terror, y mira quién se ríe con el título. Esa persona tiene una historia que contar.

Y si no es Halloween, da igual. Los vampiros emocionales no respetan el calendario. Muerden en marzo, en agosto y en Navidad, que es cuando más hambre tienen.

Tú, por si acaso, ten a mano una ristra de ajos. O, mejor todavía, el botón de bloquear. Funciona igual de bien y no deja olor en la cocina.

Preguntas frecuentes

¿Qué es un vampiro emocional? Una expresión para hablar de alguien que te deja sin energía en cada encuentro: se alimenta de tu atención, tu tiempo y tus ganas. La canción de Mike Sain't Louis lleva ese título y una portada que lo convierte en un mordisco literal.

¿Dónde puedo leer la letra? En el momento de escribir este artículo, la letra de «Vampiro emocional» todavía no está publicada en la web. Sí lo está la de «Como en la matanza de Texas», que usa la misma expresión: gayfolkplanet.com/letras.

¿Por qué hay tantas referencias al cine de terror en las canciones de Mike Sain't Louis? Porque el terror permite exagerar lo que se siente en una relación dañina y reírse a la vez, desde el camp, sin quitarle gravedad al asunto.

¿Quién hace las canciones? Mike Sain't Louis escribe las letras, compone y produce. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

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