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A otra cosa, mariposón: refranes y frases hechas en mis letras

«A otra cosa mariposa, a otra cosa mariposón.»

Son dos versos seguidos de «El segundo exacto», una canción del primer disco de la trilogía sobre esa frase que tanto se repite contra la música hecha con inteligencia artificial: le das a un botón y ya está. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Y en medio de la discusión aparece una frase hecha de toda la vida, «a otra cosa, mariposa», la que se dice para cerrar un tema y pasar página. Solo que en el verso siguiente la mariposa crece y se convierte en mariposón.

Ese cambio de una sílaba es, para mí, todo un método. Coger una frase que todo el mundo conoce, que se dice sin pensar, y torcerla lo justo para que diga otra cosa. Mariposón fue durante décadas uno de los insultos de patio de colegio contra los niños con pluma. En el verso, el insulto vuelve como broma, metido dentro de un refrán inofensivo.

Este texto va de eso: de los refranes, los dichos y las frases hechas que aparecen en mis letras. Algunos llegan enteros, tal y como los decían las abuelas. Otros llegan retorcidos. Otros vienen de la tele. Y alguno viene, sin pasaporte, del inglés. El refranero es la poesía popular que todo el mundo lleva en el bolsillo, y por eso, cuando hablo del folk que hay en GAYFOLK, no hablo solo de coplas y rumbas. Hablo también de esto.

El refranero como folk de bolsillo

Antes de entrar en las canciones, un poco de historia, porque el refranero español tiene una tradición enorme.

Ya en el siglo XV circulaba una colección titulada «Refranes que dicen las viejas tras el fuego», atribuida al Marqués de Santillana. El título es precioso y lo explica todo: los refranes son lo que se dice junto a la lumbre, en casa, de generación en generación. No vienen de los libros. Vienen de la cocina.

En 1627, el humanista Gonzalo Correas terminó su «Vocabulario de refranes y frases proverbiales», una de las grandes recopilaciones del idioma, con miles de dichos recogidos de la boca de la gente. Y entre medias, en 1605 y 1615, Cervantes había creado al personaje que mejor representa esta tradición: Sancho Panza, que en el Quijote no puede abrir la boca sin ensartar refranes, uno detrás de otro, hasta que su amo le pide por favor que pare.

Me gusta pensar en el refranero como el folk más democrático que existe. No hace falta tocar ningún instrumento, ni saberse ninguna copla. Basta con haber escuchado hablar a tu madre, a tu abuela o a la vecina del cuarto. Todo el mundo tiene un repertorio. Y cuando una canción usa un refrán, conecta con ese repertorio compartido en un segundo, sin explicaciones.

Mariposa, mariposón

Vuelvo a «El segundo exacto», porque merece más tiempo.

«A otra cosa, mariposa» es una de esas frases que se dicen por la rima, sin que la mariposa tenga nada que ver. Es un cierre. Ya está, se acabó, pasemos a otro asunto. Es casi un gesto de las manos convertido en palabras.

En la canción, la frase llega en el momento justo: después de discutir con quien desprecia la música hecha con IA, con su eterno «le das un botón y ya está», se cierra el debate. A otra cosa, mariposa. Pero inmediatamente después llega el mariposón, y con él un tono completamente distinto. Ya no es un cierre educado, es un cierre con retintín. Una despedida con pluma.

Lo que me interesa de ese juego es que funciona porque el refrán es conocido. Si nadie supiera que se dice «a otra cosa, mariposa», el mariposón no tendría gracia. La broma necesita que el oído espere una cosa y reciba otra. Por eso los refranes son tan útiles para escribir: son el decorado que todo el mundo reconoce, y basta con mover un mueble para que la habitación parezca otra.

Y hay algo más. La palabra mariposa tiene su propia historia en la cultura queer española. Durante mucho tiempo fue, junto con su aumentativo, una forma de señalar a los hombres afeminados. Recuperarla dentro de un refrán, con una sonrisa, es una manera de quitarle el aguijón. La mariposa vuelve a ser solo una mariposa. Y el mariposón, un señor con mucho estilo que cierra la discusión.

No vale un pimiento

Una de las expresiones más castizas para decir que algo no importa es que no vale un pimiento. O que te importa un pimiento. El pimiento, pobre, se ha convertido en la unidad de medida de lo insignificante.

Fotogramas del videoclip oficial de «El segundo exacto», de Mike Sain't Louis

«Ni un pimiento» la lleva al título y al estribillo. No vale un pimiento llorar por el pasado, dice la letra, y unos versos antes aparece otra medida parecida: el sufrimiento no vale ni una pizca de sal. Son dos frases hechas de cocina, una detrás de otra, para hablar de algo que no tiene nada de cocina: una pareja que prometía devoción total y se acabó.

Me gusta que el dolor se mida con verduras y condimentos. Es muy de la tradición popular: bajar lo grande a lo pequeño, lo trágico a lo doméstico. En vez de decir que el sufrimiento es inútil, se dice que no vale ni una pizca de sal. Y eso lo hace a la vez más ligero y más cierto.

El pimiento vuelve en «Los ojos de Eduardo Casanova», esta vez en boca de un reproche: eso te la importa un pimiento, embustero. La misma frase hecha, otra función. Si en «Ni un pimiento» servía para consolar, aquí sirve para acusar. El refrán no tiene un significado fijo. Depende de quién lo diga y contra quién.

Hay gato encerrado

«María Teresa de Calcuta» tiene en su letra una de las frases hechas más antiguas del idioma: hay gato encerrado.

Se dice cuando algo no cuadra, cuando se sospecha que hay una razón oculta. El origen de la expresión se discute. Una explicación muy repetida dice que «gato» era también el nombre de una bolsa de piel de gato donde se guardaba el dinero, y que el gato encerrado era el dinero escondido. Sea o no cierto, la frase lleva siglos en la lengua, y todo el mundo la entiende sin necesidad de saber de dónde viene.

En la canción, el gato encerrado aparece justo cuando a alguien le han cazado. Hay algo que no se veía y de repente se ve: que es malo, que es infiel, que hace daño. El refrán funciona como un giro de guion. Hasta aquí, la apariencia. A partir de aquí, la verdad.

Me parece significativo que una canción sobre alguien que va de santo, de buena persona, de María Teresa de Calcuta, necesite un refrán para destaparlo. Los refranes son la sabiduría desconfiada de la gente. Están llenos de advertencias contra las apariencias: no es oro todo lo que reluce, el hábito no hace al monje, dime de qué presumes y te diré de qué careces. El gato encerrado pertenece a esa familia.

El hombre, un lobo para el hombre

«Mentes diabólicas» cita, entre comillas, una de las frases más viejas de la cultura occidental: el hombre al hombre lobo.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «A otra cosa mariposa, a otra cosa mariposón.» de «El segundo exacto»

La idea viene del latín, «homo homini lupus», y aparece en una comedia del romano Plauto, «Asinaria», hace más de dos mil años. Siglos después la recuperó el filósofo inglés Thomas Hobbes en el siglo XVII, y desde entonces se usa para decir que las personas pueden ser las peores enemigas de otras personas.

En la canción, la frase forma parte de una serie de sentencias entre comillas, casi como un coro griego: el mundo es un teatro donde todos actuamos, bajo el sol somos iguales y en la sombra se disfrazan. Son frases con tono de proverbio, de verdad antigua. Y la canción las pone al servicio de un retrato de los hipócritas, de la gente que lleva máscara.

Aquí el refranero se vuelve más culto, pero la función es la misma. El proverbio da autoridad. Cuando una idea se dice con la forma de algo que ya se ha dicho siempre, suena más verdadera. Es un truco viejo como el mundo, y funciona igual en un sermón que en una canción de rabia.

Ten cuidado, que la envidia mata

«Dientes, dientes» empieza con una advertencia que suena a refrán: ten cuidado, que la envidia mata. Y en el verso siguiente remata con una comparación que también tiene forma de dicho: yo soy el oro y tú no llegas ni a plata.

Pero lo más interesante de esa canción es su título. «Dientes, dientes» viene de una frase que se hizo célebre en boca de Isabel Pantoja ante la prensa, el consejo de sonreír enseñando los dientes porque eso es lo que más molesta a quien te desea mal. Es una frase que nació en la televisión y que el público adoptó como un refrán más.

Ese es un fenómeno muy de nuestro tiempo. Los refranes de ahora no salen solo de la cocina, junto al fuego. Salen de los platós, de los programas del corazón, de las entrevistas en un aeropuerto. Una frase dicha en un momento de tensión se repite tanto que acaba siendo patrimonio de todos. Y en pocos años nadie recuerda bien de dónde salió, que es justo lo que les pasa a los refranes de verdad.

Si las viejas del siglo XV decían sus refranes tras el fuego, las de ahora los dicen tras el mando a distancia. La tradición es la misma.

Ojalá le parta un rayo

El refranero no solo tiene consejos. También tiene maldiciones, y las maldiciones populares españolas son una obra de arte.

«Al fuego» arranca con un repaso de expresiones de ese tipo: alguien que importaba un carajo, alguien que se hubiera mandado con su madre echando leches, un ojalá le parta un rayo y un diario anotado echando pestes. Son cuatro frases hechas en cuatro versos, todas del registro de la bronca de barrio.

«Echar pestes» es hablar fatal de alguien. «Echando leches» es ir a toda velocidad. «Que te parta un rayo» es la maldición clásica, la de toda la vida, la que se lanza sin desearla de verdad. Y «me importa un carajo» es la versión más gruesa del pimiento.

Me encanta cómo suenan juntas. Hay en esas frases una energía que ninguna palabra culta tiene. Son expresiones hechas para decirse con la boca llena de rabia, con el cuerpo entero. Y cuando una letra las encadena, el texto se vuelve casi una escena de teatro popular, de sainete, de discusión en el rellano.

Lo que no hay que olvidar es que la canción va de arrepentirse de haber aguantado. Todas esas maldiciones están en condicional: si yo hubiera sabido, te hubiera mandado. Son las broncas que no se echaron a tiempo. El refranero, aquí, es el idioma de lo que uno se calló.

De la noche a la mañana

Algunas frases hechas tienen que ver con el tiempo, y aparecen en mis letras para hablar de lo rápido que se rompe algo.

Collage con un detalle de la carátula de «El segundo exacto» y las carátulas de «Ni un pimiento», «Los ojos de Eduardo Casanova», «María Teresa de Calcuta», «Mentes diabólicas»

«De la noche a la mañana» sale en «Voy a olvidarme de ti», repetido, como una promesa: voy a olvidar un te quiero de la noche a la mañana. Y sale en «El castigo más duro», esta vez como un hecho que duele: me hizo dejar de quererle de la noche a la mañana.

Es la misma expresión, pero con signo contrario. En una canción, la rapidez es un deseo: ojalá pudiera olvidar así de deprisa. En la otra, la rapidez es una herida: alguien dejó de querer de golpe, y eso es lo que no se entiende.

«A la primera de cambio», que aparece al final de «Mi novio de Albacete», pertenece a la misma familia. Es la expresión de la traición rápida, la que no espera ni a la segunda ocasión. Las frases hechas del tiempo sirven para algo muy concreto en una canción: comprimen una historia larga en tres o cuatro palabras que todo el mundo entiende.

Un ventilador traído del inglés

Hay una canción cuyo título es, en realidad, una frase hecha extranjera traducida al pie de la letra: «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda».

En inglés existe una expresión muy conocida, «when the shit hits the fan», que se usa para decir que algo ha estallado y que las consecuencias van a salpicar a todo el mundo. En español no tenemos exactamente esa imagen. Tenemos otras: que se líe parda, que salte la liebre, que se destape el pastel. Pero el ventilador, como tal, no.

El título coge esa imagen y la hace literal, doméstica, casi de comedia. No es que la mierda llegue al ventilador. Es que el ventilador está ahí, enchufado, esparciendo, y no hay manera de desenchufarlo. Es un refrán importado y convertido en electrodoméstico.

Y en la letra aparece también otra imagen popular, esta vez muy nuestra: alguien que llega a casa y, como un avestruz, se mete en otra habitación para no dar explicaciones. Esconder la cabeza como un avestruz es una frase hecha basada en un mito, porque los avestruces de verdad no hacen eso. Pero la imagen funciona tan bien que da igual. Los refranes no tienen que ser ciertos. Tienen que ser exactos.

El karma tarda, pero llega

Hay un tipo de refrán que me interesa especialmente: el de la justicia que llega tarde.

«Doña Rogelia» lo formula a su manera: el arte, al igual que el karma, a veces tarda, pero son infalibles contra los embaucadores. Es una frase con forma de proverbio, con su estructura de dos partes, su advertencia y su remate.

Esta idea tiene un antepasado ilustre en el refranero: no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. La frase, en distintas versiones, aparece en «El burlador de Sevilla», la obra atribuida a Tirso de Molina en la que nace el personaje de don Juan Tenorio, el gran embaucador del teatro español. Allí es una advertencia al seductor que cree que nunca le llegará la hora de pagar.

Me hace gracia que el mismo esquema, siglos después, sirva para hablar de un farsante del mundo del arte. El don Juan de Tirso engañaba a mujeres. El embaucador de «Doña Rogelia» engaña con falsificaciones, diez por ciento verdadero y noventa por ciento falso. Pero el refrán es el mismo: el que la hace, la paga, aunque tarde.

La excusa de la cebolla

Hay una frase hecha que no está en ningún refranero, pero que todo el mundo ha usado alguna vez: no estoy llorando, es que he estado cortando cebolla.

Ficha de la canción «El segundo exacto» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Un invitado VIP cortando cebolla» la convierte en estribillo. Alguien llora, siempre lágrimas, y la explicación que da es que se acaba de hacer una ensalada. La repite. La alarga. La excusa se vuelve cada vez más evidente, y por eso cada vez más triste y más graciosa a la vez.

Lo que me gusta de esta frase es que todo el mundo sabe que es mentira. Nadie se la cree, ni quien la dice ni quien la escucha. Es una mentira pactada, una forma educada de decir «no me preguntes». Y en eso se parece a muchos refranes: no se usan para informar, sino para cerrar una conversación sin romperla. La cebolla es el pañuelo que se ofrece a uno mismo.

Un globo sonda en la cabeza

Algunas frases hechas vienen de la política y de la prensa, y aparecen en mis letras fuera de su sitio.

En «El espejo de enfrente» hay un verso que me parece de los más raros del catálogo: siento que mi cabeza es un globo sonda. «Globo sonda» es una expresión del lenguaje político. Se dice cuando un gobierno o un partido deja caer una idea para ver cómo reacciona la gente antes de comprometerse con ella. Es un tanteo. Una prueba.

Llevar esa expresión al cuerpo cambia todo. La cabeza ya no es la sede del pensamiento, sino un aparato que se suelta para medir el ambiente, que flota, que no se sabe dónde va a acabar. Es una forma muy exacta de describir la ansiedad: la sensación de que tu propia cabeza está tanteando un terreno hostil. Y lo hace con una frase hecha que cualquiera ha oído en un telediario, pero que nadie había aplicado a una madrugada delante del espejo.

Ni de coña y fíjate lo que te digo

No todo el refranero son refranes. También están las muletillas, las frases hechas de conversación que no enseñan nada pero lo colorean todo.

«Ni de coña» aparece en «Bareback» y en «Doña Rogelia», siempre como un portazo verbal. «Fíjate lo que te digo» abre «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», con ese tono de señora que va a soltar una verdad. «Que lo sepan los espectadores», en «Doña Rogelia», suena a presentadora de programa de testimonios.

Estas frases no tienen la sabiduría de un refrán, pero tienen algo igual de valioso: el tono. Con un «fíjate lo que te digo» ya sabes quién está hablando, cómo mueve las manos y qué cara pone. Es caracterización de personaje en cuatro palabras. Y para alguien que escribe letras en las que hablan narcisistas, exsuegras y vecinas cotillas, ese repertorio de muletillas es una caja de herramientas.

Lo que el refranero no dice

Termino con una reflexión menos alegre.

El refranero español es precioso, pero también es viejo, y lo viejo arrastra prejuicios. Hay refranes machistas y hay refranes contra cualquiera que se salga de la norma. Durante siglos, los dichos populares también sirvieron para señalar al diferente, al afeminado, a la soltera, al que no encajaba.

Por eso me parece importante que en mis letras los refranes no siempre lleguen enteros. A veces llegan torcidos, como el mariposa que se vuelve mariposón. A veces llegan cambiados de bando, como el gato encerrado que destapa al santo falso. A veces llegan importados, como el ventilador. Usar el refranero no significa aceptar todo lo que dice. Significa hablar el mismo idioma que todo el mundo y, desde dentro, darle la vuelta.

Si Sancho Panza viviera hoy y tuviera un amigo marica, creo que acabarían inventando refranes nuevos juntos. Y alguno, seguro, terminaría en «-ón».

Preguntas frecuentes

¿Qué refranes aparecen en las canciones de Mike Sain't Louis? Entre otros, «a otra cosa, mariposa» (convertido en «mariposón») en «El segundo exacto», «no vale un pimiento» en «Ni un pimiento», «hay gato encerrado» en «María Teresa de Calcuta», «el hombre al hombre lobo» en «Mentes diabólicas» y «de la noche a la mañana» en «Voy a olvidarme de ti».

¿De dónde viene el título «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda»? Recuerda a la expresión inglesa «when the shit hits the fan», que se usa cuando algo estalla y salpica a todos. El título la convierte en una imagen doméstica: un ventilador que no se puede apagar.

¿Por qué el refranero es folk? Porque es poesía popular transmitida de boca en boca, de generación en generación, como las coplas o los romances. Colecciones como la de Gonzalo Correas (1627) recogieron miles de dichos de la gente.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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