
Por Mike Sain't Louis ·
La gente que toma notas: cuando la empatía es un arma
Te escucha. Asiente. Te pone la mano en el hombro mientras le cuentas lo de tu padre, lo del colegio, lo de aquella noche en la que no pudiste dormir. Te dice «te entiendo perfectamente». Y es verdad. Te entiende perfectamente.
Ese es el problema.
Escribí «La empatía de la arpía» para hablar de una clase de persona que no sale en las películas de malos. No lleva capa ni bigote. No grita. No rompe platos. Es la que mejor te escucha de todo tu grupo. La que se acuerda de tu cumpleaños sin que Facebook se lo chive. La que, cuando lloras, tiene un pañuelo de papel en el bolso. Y la que, años después, usa cada una de esas cosas que le contaste para hacerte daño justo donde sabe que duele.
La ficha de la canción, que tienes en su página del blog, ya cuenta lo que dice la letra estrofa a estrofa. Este texto va de otra cosa: de por qué la empatía no siempre es buena, de por qué elegí la forma de un cuento para contarlo, y de cómo un murmullo repetido acabó siendo lo más importante de la canción.
Un oído que trabaja para otro
Nos han vendido la empatía como si fuera una virtud de serie. Como el aire acondicionado en un coche nuevo: si la tienes, eres buena persona; si no la tienes, eres un monstruo. En los anuncios de bancos, en las charlas motivacionales, en las tazas de Mr. Wonderful. Empatía, empatía, empatía.
Pues no. O no siempre.
Hay una empatía que te acompaña y otra que te estudia. La primera te escucha para estar contigo. La segunda te escucha para saber. Y saber, en manos de cierta gente, es poder.
La letra lo dice con una frase que para mí resume la canción entera:
«Se aprendió tu herida entera / Para apretar donde dolía.»
Entera. No un trocito. No lo que se ve. Entera, con sus capas y sus fechas y sus nombres propios. Como quien se estudia el temario de unas oposiciones. Y no para curarla. Para apretar.
Ese verso huele a algo muy concreto: a esas conversaciones de madrugada, a la tercera copa, en las que uno se abre como una lata de berberechos. Le cuentas tu vida a alguien que parece interesadísimo. Y no te das cuenta de que, mientras tú hablas, la otra persona no está sintiendo. Está tomando notas. Mentales, pero notas. Con su subrayador fosforito y todo.
Lo más cruel es que esa persona no miente cuando te dice que te entiende. Te entiende mejor que tu madre. Lo que no hace es quererte.
«Esta es la historia»
Si lees la letra completa en la sección de Letras, verás que casi cada bloque empieza igual: «Esta es la historia». Lo repito hasta que la frase se vuelve casi un sello, una firma notarial.
No lo hice por pereza ni por rellenar. Lo hice porque quería que la canción sonara a declaración. A acta. A eso que se dice delante de un juez o de un público para que conste.
Las personas que te hacen daño así tienen una habilidad enorme para borrar las pruebas. No dejan moratones. No mandan mensajes que puedas enseñar. Si se lo cuentas a alguien, te mira raro: «¿Pero si es encantadora? ¿Pero si te trae tuppers de lentejas cuando estás malo?». Y tú te quedas como un tonto con tu historia en la mano, sin saber dónde ponerla.
Así que la canción hace lo que tú no pudiste hacer en su momento: lo deja por escrito. Esta es la historia. Y esta. Y esta otra. Cada vez que vuelve la fórmula, se añade un detalle al retrato, como quien va colgando fotos en un tablero de corcho con chinchetas rojas, igual que en las series de detectives que echan los domingos por la tarde en Antena 3.
Y hay otra cosa. «Esta es la historia» es también cómo empiezan los cuentos. Los de las abuelas, los de la tele, los que te leían para dormir. Me gustaba esa mezcla: un formato de cuento infantil para hablar de algo que es de adultos y que no tiene final feliz. Caperucita, pero el lobo es tu mejor amigo y lleva veinte años viniendo a tus cumpleaños.
Veinte, treinta o cuarenta
Hay un detalle de la letra que mucha gente pasa por alto y que a mí me parece importantísimo. El tiempo no importa:

Veinte, treinta o cuarenta años. Da igual. Lo único que cambia, dice la canción, es si fueron dos engaños o diez mil.
Lo escribí así porque existe una trampa muy común: pensar que, como conoces a alguien desde hace mucho, ese alguien es de fiar. Que la antigüedad es una garantía. Como si las amistades fueran jamones y mejoraran con la curación.
No. Hay gente que lleva veinte años a tu lado y que lleva veinte años haciéndote lo mismo. Y precisamente porque lleva tanto tiempo, ya no lo ves. Se ha convertido en paisaje. Es la lámpara fea del salón: está ahí desde siempre, ya ni te fijas en ella, hasta que un día viene alguien de fuera y te dice «oye, qué horror de lámpara».
La letra termina esa idea con un verso seco: esta es la historia de dos extraños. Después de tanto tiempo. Después de tantas fotos juntos. Dos extraños.
A eso se llega cuando por fin entiendes que lo que había no era una relación. Era una ocupación.
Le, no la
Hay una pregunta que cualquiera que lea la letra con atención se puede hacer: si la arpía es una mujer. El título lo sugiere, claro. Arpía, en femenino, como las criaturas de la mitología con cara de señora y garras de pájaro. Pero dentro de la canción hay un «él te inculpa». Un «le conozcas».
Las dos cosas están ahí a propósito. «Arpía», en el español de la calle, no tiene sexo. Se le dice a la vecina que lleva y trae, al compañero de trabajo que te pisa el ascenso, al amigo que se ríe de ti cuando no estás. Y en el mundo gay, ni te cuento. Entre maricas, el femenino es un idioma propio. Llamarle «arpía» a un señor con barba es lo más normal del mundo en cualquier bar de Chueca un viernes a las dos.
Así que no, la canción no va de mujeres. Va de una forma de comportarse. Puede llevar falda, traje o un chándal de Decathlon.
Empatía, arpía
El título es una rima interna, y lo reconozco: me hizo gracia antes de hacerme daño. Empatía, arpía. Dos palabras que terminan igual y que significan lo contrario. Una es lo que te prometen; la otra, lo que te encuentras. Es como esos anuncios de pisos que ponen «acogedor» y luego entras y son treinta metros con un tabique de pladur y una ventana al patio de luces.
Me gustan mucho los títulos así, que suenan a trabalenguas de recreo y que, cuando los piensas un segundo, te muerden. Tengo una debilidad por ellos que ya es casi un problema. Pero en este caso la rima hace un trabajo serio: junta en tres palabras la máscara y la cara de debajo. Si alguien solo lee el título en una lista de Spotify, ya sabe de qué va la cosa. Y si se ríe, mejor. Que se ría. Luego llegará el murmullo del final y se le quitará la risa, que para eso está.
Se podría pensar que el humor en un título le quita seriedad a lo que cuento. Yo creo lo contrario, y lo explico en por qué me río de mis ex: la risa es la puerta. Si pones en la puerta un cartel que diga «canción muy triste sobre el abuso emocional», no entra nadie. Si pones «La empatía de la arpía», entra todo el mundo, aunque sea por cotillear.
La sonrisa que fingía
Hay una estrofa que me gusta especialmente porque junta dos imágenes que no deberían ir juntas: la de una sonrisa y la de un escupitajo. La sonrisa por fuera. El escupitajo por dentro.

Es lo más camp que hay en la canción, y no sé si se nota a la primera. Lo camp, para mí, siempre ha tenido algo de máscara. Esa cara maquillada que sonríe mientras por debajo pasan cosas terribles. Las grandes divas de la copla lo sabían. Salían al escenario con la bata de cola y la sonrisa puesta aunque les hubieran destrozado la vida esa misma mañana. Lo cuento en la copla dentro del pop queer: el drama de siempre nos sienta tan bien porque llevamos siglos practicando la sonrisa encima de la herida.
La diferencia es que la folclórica sonríe para sobrevivir. La arpía sonríe para cazar.
Y luego viene la otra imagen, la de la ternura con la que te miraba mientras te vendía. Te vendía. Como en un mercadillo de los domingos. Tus secretos, tus miedos, tus confesiones de madrugada, puestos en una manta en el suelo para quien los quisiera. Rebajados, encima.
Una habitación sin salida
Si tuviera que quedarme con una sola imagen de la letra, sería esta:
«Prometía ser refugio / Y era una habitación sin salida.»
Creo que funciona porque mezcla dos cosas que tienen que ver con una casa. El refugio es el sitio al que corres cuando llueve. La habitación sin salida es el sitio del que no puedes escapar. Y lo terrible es que son la misma habitación. Entras porque está lloviendo, cierras la puerta, te sientas en el sofá, te secas el pelo con una toalla. Y cuando quieres salir, la puerta ha desaparecido.
Es una imagen de película de terror, de esas de casas encantadas que tanto me gustan y que salen por todas partes en mis canciones. La casa de los mil cadáveres, el ataúd, el féretro. Aquí no hay cadáveres. Hay algo peor: una habitación muy acogedora, con su manta y su vela aromática de IKEA, en la que te vas quedando sin aire sin darte cuenta.
Si enfermas, es culpa tuya
Hay un verso que me cuesta leer en voz alta. Si enfermas por su culpa, no importa: él te inculpa.
Esto es lo que en los libros llaman luz de gas, y en mi barrio llaman «darle la vuelta a la tortilla». Te hace daño, te pones malo, y encima resulta que la culpa de estar malo es tuya. Por débil. Por exagerado. Por dramático. Por estar siempre «con tus cosas».
He escrito mucho sobre esto en otras canciones, como en «Ni con un palo», donde el castigo es el silencio, o en «El descarte del narcisista», donde el castigo es la indiferencia más absoluta. En «La empatía de la arpía» el castigo es más retorcido, porque llega disfrazado de cuidado. Te trae la sopa. Te pregunta cómo estás. Y en la misma frase te deja caer que, si estás así, será por algo que has hecho tú.
Es el único sitio de la canción donde no puse ni una pizca de humor. No me salía. Hay cosas que, cuando las intentas convertir en chiste, se te quedan en la garganta como una espina de boquerón.
El murmullo
Y llegamos al final, que es la parte que más me importa y la que menos palabras tiene.

Después de tanto «esta es la historia», la canción se deshace en un murmullo largo, un «mmmmmmmmm» que se repite, y en medio, una y otra vez, una frase muy simple:
«Y le daba igual cuando llorabas.»
Ocho veces. La conté para escribir esto, porque yo mismo no me acordaba de cuántas eran.
Tiene algo de quejío, de cante antiguo, de esas mujeres que en los entierros de los pueblos repetían la misma frase hasta que se convertía en otra cosa. No es un estribillo para bailar. Es un estribillo para quedarse sentado en el borde de la cama con las zapatillas puestas y la mirada en la pared.
Lo repito tanto porque así se queda en la cabeza. Así funciona el recuerdo de esas personas: no te acuerdas de las grandes peleas, porque casi no las hubo. Te acuerdas de una escena. Tú llorando en el sofá. La otra persona mirando el móvil. Y le daba igual.
Esa frase es la que me hizo terminar la canción. Lo demás, el cuento, el refugio, la sonrisa, es el decorado. Esto es lo que pasó.
Cinco señales, por orden de aparición
Ya sé que no soy psicólogo y que esto no es un test de la Superpop. Pero después de escribir tantas canciones sobre la misma clase de persona, uno empieza a reconocer el patrón como reconoce el olor a fritanga al entrar en un bar. Así que ahí va mi lista, sacada de la letra y de lo que la letra me ha enseñado:
- Te pregunta mucho y no cuenta nada. Tú sabes de su vida lo mismo que del horóscopo chino: dos cosas y dudosas.
- Se acuerda de todo lo malo que te pasó. Fechas, nombres, el apellido del profesor que te humilló en octavo de EGB. De lo bueno, en cambio, ni idea.
- Te cuenta los secretos de otros. Y tú piensas «qué confianza me tiene». No. Lo que te está enseñando es lo que hará con los tuyos.
- Te consuela en privado y te deja caer en público. Una broma en la cena de Navidad, delante de todos, justo sobre aquello que le confesaste llorando.
- Cuando por fin te enfadas, la que llora es ella. O él. Y de repente estás pidiendo perdón tú, con un ramo de flores del chino de la esquina, sin saber muy bien por qué.
Si te suenan tres, preocúpate. Si te suenan las cinco, escucha la canción, apaga el móvil y llama a alguien que no sea esa persona.
Lo que no es una arpía
Y ahora, para equilibrar, una advertencia en sentido contrario. Porque después de una canción así es fácil ponerse paranoico y ver arpías hasta en el panadero.
No es una arpía la amiga que un día te falla porque está hasta arriba con lo suyo. No es una arpía el novio que se olvida de tu cumpleaños una vez y luego se muere de vergüenza. No es una arpía tu madre cuando te dice lo de los kilos en la comida del domingo, aunque te den ganas de tirarle el flan. Eso es gente normal, con sus defectos, que a veces hace daño sin querer y luego lo siente.
La diferencia está en el «luego lo siente». La arpía no lo siente. La arpía apunta, dispara y te ofrece una tirita.
Yo también me la creí
Ahora toca reírme un poco de mí, que llevo mucho rato serio y me están saliendo canas.

Me encantaría decir que yo siempre lo veo venir. Que tengo un radar infalible para las arpías. Que me basta con mirarle a alguien a los ojos en una terraza de Lavapiés para saber si me va a apuñalar dentro de cinco años.
Mentira. Soy el primero que se la come con patatas. Si me escuchas con atención durante más de diez minutos, ya te he contado mi infancia, mis traumas y la contraseña del wifi. Soy carne de arpía. Soy el bufé libre de las arpías. Soy el menú del día con postre y café incluido.
Y por eso escribí esta canción en segunda persona, con ese «tú» que se dirige a quien la escucha. Porque es más fácil decirle a otro «no es culpa tuya» que decírselo a uno mismo. Y cuando la vuelvo a leer, a veces me pregunto si ese «tú» no seré yo.
Hilos rojos
Si quieres entender la canción sin leer una línea, mira la portada. Un teatrillo con telones rojos y velas en el suelo. En el centro, un hombre con chupa rosa y el pecho tatuado cuelga de unos hilos rojos, con los brazos abiertos y las manos flojas, como una marioneta a la que acaban de soltar en mitad de la función. El título, arriba, en letras doradas de cartel de feria.
Eso es la arpía. No sale en la imagen. No le hace falta. Está arriba, fuera del encuadre, con los hilos en la mano.
Un sitio en el tercer disco
La canción está en El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, que puedes recorrer entera desde la página de Planeta Gayfolk. En el catálogo completo de gayfolkplanet.com aparece como la pista 263 de 273, justo entre «Tampoco te escandalices tanto» y «Mi novio de Albacete». Que ya me dirás qué vecinos le han tocado: a un lado, alguien pidiendo calma; al otro, un novio de provincias. Mi catálogo es así, una comunidad de vecinos muy mal avenida.
No es casualidad que esté en el tercer disco. El día de la liberación va justo de eso, de lo que pasa cuando por fin sales de algo. Y para salir hay que nombrarlo. Lo explico en el día de la liberación y el día siguiente: liberarse no es una fiesta con confeti, es más bien una mañana de resaca en la que miras alrededor y empiezas a recoger.
Esta canción es parte de esa recogida. Una de las cajas de la mudanza. La que pone «cosas que no quiero volver a ver» con rotulador negro.
Lo que hice con todo esto
Las letras de Planeta Gayfolk son mías, todas. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, y lo cuento sin esconderlo en las preguntas frecuentes de esta web, porque me parece lo justo con quien escucha. Pero lo que no hace ninguna máquina es esto: sentarse delante de un recuerdo incómodo, darle la vuelta, buscarle la imagen exacta y decidir que sí, que esto se publica.
Con canciones así siempre aparece la misma duda: ¿y si alguien se reconoce? Y siempre acabo en la misma regla de la casa: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Si alguien se reconoce, a lo mejor no es quien uno cree. A lo mejor es otra persona, en otra ciudad, que todavía está dentro de la habitación sin salida y necesita oír a alguien que ya salió.
No te voy a decir que la escuches para sentirte mejor. Puede que no te sientas mejor. Puede que te sientas peor un rato, y luego un poco más ligero.
Lo que sí te digo es esto. La próxima vez que alguien te escuche muy bien, fíjate en una cosa sencilla: si cuando lloras le importa. Solo eso. Lo demás, la sonrisa, el pañuelo, el tupper de lentejas, se puede fingir.
Las lágrimas ajenas, no. Esas o te importan o no te importan.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla «La empatía de la arpía»? De una persona que usa la empatía para hacer daño: escucha, se aprende las heridas del otro y aprieta justo donde duelen. Está contada como un cuento que se repite, con la fórmula «esta es la historia».
¿En qué disco está? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 263 de 273.
¿La arpía es una mujer? No necesariamente. El título usa «arpía» como se usa en la calle, sin sexo concreto, y dentro de la letra aparecen un «él» y un «le». La canción habla de una forma de comportarse, no de un género.
¿Quién escribió la letra? Yo, Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el tema sale con mi sello, MIKE SAIN'T LOUIS.