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No pregunta, no finge, no exige: «El abrazo de Pitufo» contra el narcisista

«Pitufo no pregunta, no finge, no exige.»

Si alguien me pidiera que resumiera en una línea todo lo contrario de un narcisista, le daría esa. Tres verbos negados. Tres cosas que Pitufo no hace. Y cada una de ellas es justo lo que sí hacen los protagonistas de medio catálogo de Planeta Gayfolk.

«El abrazo de Pitufo» es, de lejos, la canción más tierna que he publicado. No hay ni un taco. No hay un ex con nombre y barrio. No hay bloque de cemento, ni ataúd de neón, ni vampiro llorando bajo la luna. Hay alguien que se tumba encima de mí y me calma.

En la ficha de la canción está el resumen. Aquí quiero hacer otra cosa: leerla como lo que también es, una respuesta. Porque cuando uno escribe muchas canciones sobre gente que hace daño, tarde o temprano necesita escribir una sobre alguien que no lo hace. Y esa canción dice mucho de todas las demás.

Lo que no hace Pitufo

Vamos por partes, que son tres.

Pitufo no pregunta. Parece poca cosa. Pero piensa en cuántas preguntas te ha hecho la gente que te ha hecho daño. «¿Dónde estabas?» «¿Con quién hablas?» «¿Por qué tardas tanto en contestar?» «¿Tú me quieres de verdad?», hecha en el tono exacto para que la respuesta nunca sea suficiente. Y la pregunta más venenosa de todas, la de «Envejecer»: si me imaginaba a los dos viejitos cogidos de la mano, mientras a la vez me engañaba. Las preguntas pueden ser un interrogatorio, una trampa o un anzuelo.

Pitufo no pregunta nada. Llega y está. Ni «¿qué tal el día?» con segundas, ni «¿y esa cara?», ni «¿otra vez estás así?». Nada. Su forma de preguntar es tumbarse al lado, y la respuesta la da tu cuerpo, que se relaja.

Pitufo no finge. Esto es lo más importante, y lo explico más abajo. En un catálogo lleno de máscaras, de lentillas de colores, de gente que dice treinta y cinco y tiene cincuenta y tres, de sonrisas que esconden escupitajos, Pitufo es lo que parece. Si está contento, está contento. Si quiere estar contigo, está contigo.

Pitufo no exige. No te pide que cambies, que adelgaces, que dejes a tus amigos, que le des la contraseña del móvil, que le pagues el alquiler este mes porque anda mal. No hay contrapartida. No hay factura.

Tres verbos. Y cada uno es una canción entera de las mías al revés.

«Gente falsa»

La primera línea del texto lo deja claro desde el principio. El abrazo de Pitufo «me calma y me alegra cualquier día de la gente falsa».

«Cualquier día de la gente falsa.» Me gusta esa construcción porque convierte la falsedad en un tipo de día. Como hay días de lluvia, días de calor, días de resaca, hay días de gente falsa. Esos días en los que todo el mundo con el que te cruzas parece llevar una máscara. El compañero que te sonríe y luego te pone verde. El conocido que te escribe solo cuando necesita algo. El ex que vuelve a aparecer en tus historias de Instagram mirándolas todas, sin decir nada.

Todos tenemos días así. Y lo que la canción dice es que, al final de esos días, hay un abrazo que lo arregla. No lo arregla del todo, porque la gente falsa sigue ahí mañana. Pero calma. Y alegra.

Me parece una idea muy humilde y muy verdadera. No hace falta que el mundo cambie. Hace falta que, al llegar a casa, alguien se te tumbe encima.

Se tumba encima

La segunda frase del texto es mi favorita: Pitufo «solo se acerca, me mira y se tumba encima de mí como si supiera que me está salvando otra vez».

Fotogramas del videoclip oficial de «El abrazo de Pitufo», de Mike Sain't Louis

Hay tres verbos más, esta vez en positivo. Se acerca. Me mira. Se tumba. Es una secuencia física, muy simple, casi coreográfica. Primero la distancia se acorta. Luego el contacto visual. Luego el peso.

El peso es lo que me interesa. No es un abrazo de brazos, de los que se dan en el aeropuerto con palmaditas en la espalda. Es un abrazo de peso. Alguien que se tumba encima de ti y se queda. Es lo que hacen las mantas pesadas que venden ahora para la ansiedad, las que salen en los anuncios de Instagram a las dos de la mañana. Peso que tranquiliza. Pitufo lo hace gratis y sin anuncio.

«Como si supiera.» Ahí está la parte más tierna. No dice que lo sepa. Dice que parece que lo sabe. Es la duda bonita de quien recibe un cariño exacto en el momento exacto y no sabe si es casualidad o intuición. Yo no lo sé. La canción tampoco. Lo deja en «como si».

Y «otra vez». Me está salvando otra vez. No es la primera. Ha pasado antes y volverá a pasar. Pitufo es un salvador con abono.

Lo sincero todavía existe

La frase que da sentido a toda la canción está casi al final del texto: «Por recordarme que lo sincero todavía existe».

Todavía. Esa palabra lo dice todo. Quien escribe eso es alguien que ha llegado a dudar de que existiera. Alguien que ha visto tanta falsedad, tantas máscaras, tanto teatro, que ha empezado a pensar que la sinceridad era un mito, como el monstruo del lago Ness o los pisos baratos en Madrid.

Y Pitufo se lo recuerda. No con discursos, sino con un abrazo.

Esto conecta con todo el catálogo. Si escuchas las canciones de narcisismo una detrás de otra, lo lógico sería pensar que nadie es sincero. Que todo el mundo miente. Que detrás de cada sonrisa hay un cálculo. Eso es lo que te deja una relación con un narcisista: la sospecha permanente. Ya no te fías ni de la cajera del súper cuando te da los buenos días.

«El abrazo de Pitufo» es el antídoto. Una canción que dice: no, no todo el mundo. Aquí hay alguien que no finge. Y si existe uno, pueden existir más.

El nombre

Pitufo. Es un nombre que viene de los dibujos animados, claro. Los Pitufos, aquellos bichitos azules del dibujante belga Peyo, que vivían en setas, llevaban gorros blancos y se pasaban el día huyendo de Gargamel y de su gato Azrael. En España los vimos generaciones enteras, con la serie de Hanna-Barbera en la tele y los muñequitos de plástico que venían con los yogures o se compraban en la papelería.

Un nombre así ya dice mucho. Dice pequeño, dice cariño, dice algo un poco ridículo y muy tierno. Nadie llama Pitufo a alguien que le da miedo.

No voy a contar en este post quién o qué es Pitufo, más allá de lo que dice la canción. La canción lo describe por lo que hace: se acerca, mira, se tumba, abraza, calma. Con eso me basta para hablar de él. Lo demás es suyo y mío.

Una canción sin taco

Quien conozca mi catálogo sabe que soy de taco fácil. Tengo canciones que empiezan por «mi semen», que se titulan «¡Eso es lefa!» o «Que me coma el chumino la jefa de servicio». El insulto creativo es casi mi firma.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «me calma y me alegra cualquier día de la gente falsa» de «El abrazo de Pitufo»

En «El abrazo de Pitufo» no hay ni uno. Ni siquiera un «joder» de alivio.

No es por pudor. Es que cualquier palabrota habría ensuciado la canción. Habría sonado a que me estaba protegiendo. El taco, en mis letras, muchas veces es un escudo: si me río y suelto un «maricón», nadie ve que estoy llorando. Aquí no quería escudo. Quería decir «te quiero, Pitufo» sin protección.

Ya escribí una defensa de lo cursi, y esta canción es esa defensa puesta en práctica. Es cursi. Es blanda. Dice «te quiero» y «gracias por ser mi refugio» sin ironía. Y no me da ninguna vergüenza.

Bueno, un poco sí. Pero me aguanto.

Tres negaciones seguidas

Una nota de forma, porque la frase central tiene truco.

«Pitufo no pregunta, no finge, no exige.» Son tres verbos con «no» delante, en fila, sin conjunción. Es un recurso que uso muchísimo, la enumeración que va acumulando golpes, aunque normalmente lo uso para lo contrario: para listar agravios. «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos.» Aquí la misma técnica sirve para listar ausencias de agravio.

Es casi un chiste de oficio. La herramienta que siempre uso para atacar, usada para dar las gracias. El mismo martillo, pero para colgar un cuadro en vez de romper una ventana.

Y fíjate que los tres verbos son de dos sílabas o tres, cortos, de uso diario. No hay «no manipula», «no chantajea», «no controla», que serían palabras de diagnóstico. Son verbos de andar por casa. Preguntar, fingir, exigir. Lo que hace todo el mundo. Lo que Pitufo no hace.

Una frase así se entiende a la primera, sin diccionario. Que es como deberían ser las cosas importantes.

El verbo «salvar»

«Como si supiera que me está salvando otra vez.»

Salvar es otra palabra que se repite en mi catálogo. Hay una canción que se titula «La música me está salvando», y una frase de esa canción da título a todo lo que siento por este oficio. Hay otra que se llama «Mi salvador». Y aquí, Pitufo me salva otra vez.

Me he preguntado alguna vez si uso demasiado ese verbo. Si es exagerado decir que una canción o un abrazo te salvan. Y creo que no, que es exacto, aunque suene grande. No hablo de salvar la vida en sentido de bombero. Hablo de salvar el día. De salvar la tarde. De conseguir que una noche que iba a ser horrible sea solo mala.

Esas pequeñas salvaciones son las que sostienen una vida. Nadie te salva de una vez y para siempre, como en las películas de Disney. Te salvan muchas veces, un poco cada vez. Por eso el «otra vez» es lo más importante de la frase. Una salvación con abono, decía antes. Lo mantengo.

Abrázame

La música española está llena de abrazos. Julio Iglesias tenía su «Abrázame», con aquel tono de crooner de los setenta que suplicaba un abrazo como quien suplica un perdón. Las coplas están llenas de brazos que se abren y se cierran. Y cualquier canción de verbena de pueblo, a las tres de la mañana, termina con todo el mundo abrazado y desafinando.

Y hace unos años se puso de moda aquello de los «abrazos gratis», la gente con un cartel en la calle ofreciendo «Free Hugs» a desconocidos. Empezó en Australia y se extendió por medio mundo, como se extiende todo lo que cabe en un vídeo de internet.

El abrazo de Pitufo no es ninguno de esos. No es el abrazo suplicado de Julio, ni el abrazo borracho de la verbena, ni el abrazo de cartel en la calle. Es un abrazo que nadie ha pedido. Llega solo. Y precisamente porque no se ha pedido, vale más.

En el fondo, la diferencia entre un abrazo que se pide y uno que llega es la misma que entre el amor de un narcisista y el de verdad. El narcisista te hace pedir, te hace esperar, te hace merecerlo. El de verdad aparece sin que se lo pidas.

El refugio

«Gracias por ser mi refugio.»

Collage con un detalle de la carátula de «El abrazo de Pitufo» y las carátulas de «La Última Carta», «Llorar»

La palabra refugio sale mucho en mis textos. En «La Playa del Mal Pas», la playa es «mi refugio secreto en Benidorm». En el texto de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el planeta es «mi refugio». Y aquí, Pitufo.

Tres refugios. Un sitio, un planeta imaginario y un abrazo. Si los pongo juntos me doy cuenta de que he escrito mucho sobre la necesidad de esconderme, de tener un sitio donde no me alcance el daño. Supongo que es lo que pasa cuando has vivido situaciones de las que necesitabas protegerte.

Lo bonito del refugio de Pitufo es que es el único de los tres que se mueve. La playa está quieta en Benidorm. El planeta está lejos, en la imaginación. Pitufo viene a ti. Es un refugio a domicilio.

La ternura también es política

Hay quien piensa que las canciones tiernas son menores. Que lo serio, lo importante, lo que tiene mérito artístico, es la rabia, la denuncia, el dolor. La ternura sería para las tarjetas de felicitación de Hallmark y los vídeos de gatitos.

No estoy de acuerdo.

Para alguien que ha pasado por relaciones donde todo era cálculo, permitirse la ternura es casi un acto de rebeldía. Es decir: el narcisista no me quitó esto. Me quitó muchas cosas, pero no la capacidad de que un abrazo me calme. Eso sigue siendo mío.

Y además, en la cultura marica, la ternura ha sido muchas veces lo más escondido. Podíamos ser divertidos, escandalosos, sexuales, provocadores. Lo que costaba más era ser tiernos en público. La pluma se perdona antes que la ternura, porque la ternura te deja expuesto. Por eso escribí que hacen falta canciones de amor gay que salen bien. Esta no es exactamente de amor de pareja, pero es de amor que sale bien. Y de esas hay pocas.

Una canción para fregar los platos

Me gusta pensar que «El abrazo de Pitufo» es de esas canciones pequeñas que se ponen mientras haces cosas de casa. No es para la discoteca ni para el Orgullo. Es para un martes por la tarde, con la ropa tendida y algo en el horno.

Escribí sobre ese tipo de canciones en canciones para fregar los platos. La vida pequeña, la doméstica, la que no sale en las películas, también merece canciones. Y probablemente la mayor parte de la felicidad que tenemos sucede ahí, en esa vida pequeña, y no en los grandes momentos.

Un abrazo en el sofá es vida pequeña. Y salva.

Escribir solo, con compañía

Hago todo el recorrido de cada canción yo solo: la letra, la composición, la producción, la imagen, la publicación con mi sello. Es mucho tiempo solo delante de una pantalla, y conté cómo lo llevo en la soledad de crear solo.

Esta canción habla, en parte, de lo contrario. De que nunca estoy del todo solo. Hay alguien que se acerca, me mira y se tumba encima. No escribe conmigo, no opina sobre las letras, no me dice si el estribillo funciona. Pero está.

Y eso, a veces, es todo lo que hace falta para seguir escribiendo.

La IA no abraza

Tengo un post que se titula la IA no tiene exnovios. Va de que la inteligencia artificial puede producir una canción, pero no puede vivir lo que la canción cuenta. No sabe lo que es que te engañen, que te dejen, que te mientan.

Ficha de la canción «El abrazo de Pitufo» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Con «El abrazo de Pitufo» se ve todavía más claro. La IA no abraza. No sabe lo que es un peso que se tumba encima de ti y te calma. No tiene a nadie que la salve otra vez. La música de esta canción se produjo con inteligencia artificial como herramienta, como todas las mías. Pero lo que cuenta solo podía contarlo alguien que ha recibido ese abrazo.

Si alguien todavía duda de qué parte de mis canciones es mía, que lea esta letra. Ninguna máquina escribe «te quiero, Pitufo» porque sí.

En el disco de las ganas

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. El disco del deseo, del subjuntivo, de querer irse a un planeta donde no haya que explicarse.

Y en medio de todo ese deseo, una canción que no desea nada. Que ya lo tiene. Pitufo no está en otro planeta. Está aquí, en el sofá.

Me parece una lección, si es que una canción puede dar lecciones. Mientras deseas viajar a GAYFOLK, quizá ya tengas un trocito de GAYFOLK en casa. Un sitio donde no te preguntan, no te fingen y no te exigen. Eso es exactamente lo que define al planeta. Y Pitufo lo cumple.

Lo que nadie me pregunta

Tengo un post sobre las preguntas que nadie me hace. Ahí debería haber puesto esta: ¿cuál es la canción que te hizo más feliz escribir?

No sabría contestar con seguridad, porque son muchas y la memoria es tramposa. Pero esta sería una buena candidata. Porque es de las pocas donde no hay pelea con nadie. Ni con el ex, ni con el narcisista, ni con el hater, ni conmigo mismo. Solo hay unas gracias.

Y unas gracias, cuando son de verdad, no necesitan adornos.

Lo que este post no cuenta

No cuento aquí cuándo apareció Pitufo, ni cómo es, ni qué pasaba en mi vida el día que escribí el texto. No es por misterio. Es porque la canción eligió contar otra cosa: lo que hace, no lo que es. Y me parece una elección muy acertada, ahora que la releo.

Si dijera cómo es Pitufo, el lector se quedaría con la imagen y se olvidaría del gesto. Pensaría en su color, en su tamaño, en su cara. Y lo importante no es eso. Lo importante es que se acerca, mira y se tumba. Eso lo puede hacer cualquiera que te quiera. Tu madre, tu mejor amiga, tu pareja, el compañero de piso que te trae un caldo cuando estás con fiebre, el animal que duerme a tus pies.

Al no decir quién es, la canción deja sitio para que cada uno ponga a su Pitufo. Todos tenemos uno, o lo hemos tenido, o lo estamos esperando. Alguien que no pregunta, no finge y no exige.

Y si no lo tienes ahora, la canción también es para ti. Para recordarte, como me recordó a mí, que lo sincero todavía existe. Aunque hoy haya sido un día de gente falsa.

Leerla

El texto entero está en su página de letras. Es corto. Se lee en un minuto. Y luego, si tienes a alguien así en casa, sea quien sea, ve a darle un abrazo. O mejor: deja que te lo dé él.

Que no pregunte. Que no finja. Que no exija. Solo que se tumbe encima.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El abrazo de Pitufo»? De un abrazo que calma y alegra «cualquier día de la gente falsa». Pitufo «no pregunta, no finge, no exige» y se tumba encima de quien escribe «como si supiera que me está salvando otra vez».

¿Quién es Pitufo? La canción lo describe por lo que hace, no por lo que es: se acerca, mira, se tumba encima y abraza. Mike Sain't Louis prefiere no añadir detalles que el texto no cuenta.

¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Planeta Gayfolk.

¿Por qué no tiene tacos, si el resto del catálogo sí? Porque, según Mike, cualquier palabrota habría servido de escudo, y en esta canción quería decir «te quiero» sin protegerse con la ironía.

¿Quién escribió la canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor de Madrid. La música y las voces se producen con inteligencia artificial como herramienta; la letra es suya.

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