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La máscara que revela: la IA como disfraz de chirigota en «Tampoco te escandalices tanto»

🎭. Así empieza. Antes del título en mayúsculas, antes de la primera frase, hay dos caras de teatro, una que ríe y otra que llora, metidas en un emoji como quien mete a dos tías en un ascensor.

La letra de «Tampoco te escandalices tanto» es un manifiesto, escrito en prosa y con emojis, y la primera imagen que te encuentras es una máscara. Mucha gente se la salta. Va directa al texto, lee «el arte también se crea con IA», se escandaliza (justo lo que el título le pide que no haga) y cierra la pestaña. Yo quiero volver al emoji. Porque ahí, en ese dibujito de móvil, está todo lo que viene después.

La máscara de teatro no sirve para esconderse. Sirve para que se te vea desde la última fila.

Este texto va de eso. De disfraces que dicen la verdad. De la chirigota gaditana, de la drag de los jueves, de la máscara griega y del ordenador con el que se hace la música de mis canciones. La ficha de la canción ya explica qué defiende el manifiesto y por qué lo titulé con esa frase de madre. Aquí me voy a quedar en una sola línea, la que creo que es la bisagra de todo.

Esconderme o revelarme

La copio entera, porque sin el «la diferencia es» pierde el tono de quien ya está cansado de explicarlo:

«La diferencia es que yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme.»

Fíjate en los dos verbos. «Esconderme» y «revelarme». Son reflexivos, los dos: el que se esconde y el que se revela es el mismo, soy yo. La herramienta está en medio. Es el mismo objeto con dos usos opuestos, como un abanico, que sirve para darte aire y también para taparte la cara cuando pasa tu ex por la terraza.

Lo que me reprochan, cuando me lo reprochan, es lo primero. Que uso la inteligencia artificial para esconderme. Que detrás de la música hecha con Suno no hay nadie, o hay alguien que no se atreve a dar la cara. Y es justo al revés. Yo digo en todas partes lo que hago: que las letras son mías, escritas sin IA, y que la música y las voces están hechas con herramientas de IA. Que soy letrista, compositor y productor, y que no pongo la garganta. Hay un texto entero en este blog sobre por qué digo abiertamente que uso IA. Si me quisiera esconder, me lo callaría. Lo que hace la máscara, en mi caso, es dejarme decir cosas que a cara descubierta no me saldrían igual.

Esa es la tesis. Ahora vamos a Cádiz.

Lo que sabe una chirigota

En febrero, en el Gran Teatro Falla, se suben al escenario grupos de gente disfrazada de cualquier cosa: de presos, de bomberos, de vírgenes, de hamburguesas, de jubilados en una excursión del Imserso, de lo que se te ocurra. Llevan pelucas, narices, barrigas de gomaespuma. Y desde dentro de ese disfraz dicen las verdades más bestias del año. Sobre el alcalde, sobre la Iglesia, sobre la vivienda, sobre el vecino del quinto.

Nadie en Cádiz piensa que la chirigota se esconde detrás del disfraz. Todo el mundo entiende que el disfraz es lo que le da permiso para hablar. Si te subes al escenario vestido de ti mismo y dices que el ayuntamiento es un desastre, eres un señor quejándose. Si te subes vestido de langostino con gafas de sol y lo dices con un pasodoble, eres el carnaval. Y el carnaval puede decirlo todo.

Esto es muy viejo y muy nuestro. La máscara como licencia. El disfraz como altavoz. Y cuando escribí que no uso la IA para esconderme sino para revelarme, estaba pensando en algo muy parecido, aunque en ese momento no me viniera a la cabeza Cádiz. La herramienta me pone un traje. El traje me da permiso.

Ojo, que aquí no me estoy comparando con ninguna comparsa del Falla, que me echarían a pedradas. Estoy comparando el mecanismo. Solo el mecanismo.

La peluca de los jueves

Más cerca de casa, en Madrid, la máscara tiene otro nombre y lleva pestañas postizas. La drag.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tampoco te escandalices tanto», de Mike Sain't Louis

Una drag no se esconde. Es lo contrario de esconderse. Se pone tres kilos de maquillaje, una peluca de un metro, unos tacones que podrían servir de arma blanca, y sale a un escenario de Chueca a ser la persona más visible de la noche. Y lo que dice desde ahí, con el micro en la mano y el vestido de lentejuelas, son cosas que el chico que hay debajo quizá no diría nunca en la cola del Mercadona.

En la trilogía hay una canción sobre esto, «La primera drag», y en el blog un texto sobre el drag como fiesta y no como disfraz. Ahí se defiende que la drag no es un disfraz para ocultar, sino una fiesta para mostrar. Es la misma idea con más purpurina. Lo que la gente llama «disfraz», visto desde dentro, es una forma de quitarte la ropa de diario, la que te pone el mundo, para enseñar algo que estaba debajo.

Una peluca puede ser más sincera que un DNI.

Y cuando digo que la IA es mi peluca no lo digo para hacerme el gracioso, o no solo. Lo digo porque es lo más exacto que se me ocurre. Hay cosas que yo escribo en una letra y que necesitan una música, un ritmo, una producción que yo solo no podría poner en pie con dos manos y un piso en Madrid. La herramienta me pone esa peluca. Y debajo de la peluca, la letra sigue siendo mía, con sus faltas y sus burradas.

Cada imagen, cada nota, cada verso

En el manifiesto hay una frase larga que mucha gente lee como un párrafo de folleto y que para mí es una lista de cosas muy concretas. Dice que cada imagen, cada nota, cada verso del proyecto nace de algo sentido antes de escribirlo, y enumera: la pérdida, el abuso emocional, la rabia, la belleza, la locura y la esperanza.

Seis cosas. No tres, que es el número de los folletos. Seis, que es el número de un desahogo.

Si las miro desde la idea de la máscara, me sale una cosa curiosa. Ninguna de esas seis la puede ponerse una máquina. La pérdida no se teclea. El abuso emocional no se genera con un botón. La rabia no viene en un desplegable. Todo eso tiene que llegar desde fuera de la herramienta, desde una vida. La máquina viste. No siente. Y por eso la frase siguiente del manifiesto es tan corta: la IA no inventa eso.

Me gusta que esa frase sea corta. Después de una lista larga, un golpe seco. Es la forma en que hablo cuando me enfado de verdad: primero me enrollo, luego remato.

Pido respeto por el proceso

Hay dos líneas del manifiesto que van seguidas y que se contestan entre ellas:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «La diferencia es que yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme.» de «Tampoco te escandalices tanto»
«Yo no pido permiso para crear. / Pido respeto por el proceso.»

Desde la idea de la máscara, esto se lee de otra forma. Una chirigota no pide permiso para salir disfrazada de langostino. Sale. Pero sí espera que el público entienda las reglas del juego: que el disfraz es parte de lo que se dice, que no es una trampa, que debajo hay alguien que ha escrito esas coplas durante meses. Eso es el respeto por el proceso. No que te aplaudan. Que entiendan cómo funciona lo que estás haciendo antes de juzgarlo.

Con la IA pasa lo mismo. Mucha gente juzga el resultado sin saber cómo se ha llegado a él. Ve el disfraz y piensa que no hay nadie dentro. Y yo, que llevo dentro desde la primera letra, lo único que pido es que, antes de escandalizarse, pregunten. O que lean. En la web hay una página de preguntas frecuentes que contesta casi todo lo que me suelen preguntar sobre esto, y un texto sobre qué es mío en una canción hecha con IA que va al detalle.

No pido un premio. Pido que no me confundan con el traje.

Y sé que pedir eso tiene algo de ingenuo, como pedirle al de la tertulia de la tarde que lea el libro antes de opinar. La tele española lleva décadas enseñándonos que se puede tener una opinión feroz sobre cualquier cosa sin haberla visto. Lo que pasa es que, en una canción, la opinión feroz sin mirar se nota más. Porque la letra está ahí, publicada, con sus versos uno detrás de otro. Cualquiera puede leerla en dos minutos. Si después de leerla sigues pensando que no hay nadie dentro, me parece bien, es tu derecho. Pero léela primero. Es lo único que pido, y cabe en un café.

Dos caras en un emoji

Vuelvo al 🎭. La máscara de teatro tiene dos caras: la comedia y la tragedia. Una sonríe, la otra tiene la boca hacia abajo. Van siempre juntas, nunca vi una sola.

Si me preguntas por qué empecé el manifiesto con ese emoji, te puedo dar la respuesta que me sale ahora, mirándolo de lejos: porque mis canciones son eso. Una cara que se ríe y otra que llora, en el mismo dibujo. Croquetas en un crucero y una playa de Tenerife a los cuarenta. «Karma» con sus aes de más y «Entre cuatro paredes» sin un solo chiste. Es el mismo proyecto con las dos caras puestas.

Y la IA, en ese esquema, no es una tercera cara. Es el cordón que sujeta la máscara a la cabeza. No se ve, no tiene expresión, pero sin él la máscara se cae.

Lo dejo ahí, porque si sigo con la metáfora me pongo estupendo y me tengo que dar una colleja.

El alma y la intención

Hay un tramo del manifiesto que, si tuviera que elegir uno para una camiseta de mercadillo, sería este:

«Ojalá algún día entiendan que el alma no está en la técnica, / sino en la intención.»

Desde la máscara, esta frase dice algo muy concreto. Una máscara no tiene alma. Es cartón, es látex, es una peluca de nailon. El alma está en quien se la pone y en para qué se la pone. Si te pones una máscara para atracar un banco, la máscara es un arma. Si te la pones para subirte al Falla a decir que el alquiler en Cádiz es un robo, la máscara es una forma de libertad de expresión con lentejuelas. Mismo objeto. Distinta intención.

Por eso me parece absurdo hablar de la IA como si tuviera una moral por sí sola. Hay quien la usa para hacer basura en serie, para engañar, para colgar mil canciones al día con nombres falsos y llevarse unos céntimos de las plataformas. Y hay quien la usa para poner en pie las letras que tenía en un cajón. La técnica es la misma. La intención no.

Ojo, que no estoy diciendo que mi intención me haga mejor que nadie. Digo que es la mía, y que la cuento.

Tampoco te escandalices tanto

El título, que viene de una frase que cualquier madre española ha dicho alguna vez con el trapo de cocina en la mano, también es una máscara. Es un título pequeño y casero para un texto que habla de arte, de tecnología y de alma. Como si para decir algo enorme me pusiera una bata de estar por casa.

Collage con un detalle de la carátula de «Tampoco te escandalices tanto» y las carátulas de «La primera drag», «Tus letras son basura»

Y es otra vez el truco de la chirigota. Si titulo el manifiesto «Sobre la legitimidad de la creación asistida por inteligencia artificial en el pop contemporáneo», no lo lee ni mi primo. Si lo titulo «Tampoco te escandalices tanto», te imaginas a una señora en una cocina de Móstoles diciéndole a su hijo que deje de dar voces, y ya estás dentro. La forma humilde deja pasar la idea gorda.

En el blog hay un texto que va de la mano de este, la IA como instrumento, que compara la herramienta con la caja de ritmos. Ese va por el lado de la historia de los instrumentos. Este va por el lado del teatro. Los dos llegan al mismo sitio por calles distintas, como cuando vas a la Puerta del Sol por Preciados o por Arenal.

El que se escandaliza también lleva máscara

Aquí viene la parte en la que me pongo un poco borde, pero con cariño.

El que se escandaliza también se pone una máscara. La máscara de la pureza. La del que dice «yo solo escucho música de verdad», como si la música de verdad no llevara décadas pasando por ordenadores, por samplers, por correctores de afinación, por productores que montan voces sílaba a sílaba. Es una máscara muy cómoda porque no se ve como máscara. Se ve como cara.

No me molesta que alguien prefiera otra música. Me parece estupendo. Lo que me hace gracia es la indignación, el llevarse las manos a la cabeza, el comentario largo con mayúsculas. Hay un post sobre lo que aprendí de los comentarios negativos, y otra canción entera, «Tus letras son basura», para contestar a eso. Aquí solo digo una cosa: si te escandalizas tanto con una máscara de teatro, quizá te molesta más lo que dice que el cartón del que está hecha.

Y eso, en el fondo, es un cumplido. ¡Gracias, guapo!

Me disfrazo de etiqueta

Hay otra máscara en mi caso que no es la herramienta, sino una frase: «el primer cantautor IA». La uso entre comillas, y conviene explicar por qué, porque es el ejemplo perfecto de todo lo anterior.

Si la lees al pie de la letra, es falsa por dos lados. Yo no pongo la garganta, así que la segunda palabra de la etiqueta, en sentido estricto, no me corresponde. Y lo de «primero» es una bravuconada de cartel de verbena, de esas que ponen «la mejor orquesta de Castilla» en una furgoneta. Pero como disfraz funciona de maravilla. Es un nombre de personaje. Es lo que pone en la puerta del camerino. Y como todo buen disfraz, cuenta una verdad por debajo: que esto que hago es nuevo, que no encaja en las casillas de siempre y que me lo tomo con humor.

Hay un post entero sobre qué significa para mí presentarme como «el primer cantautor IA». Ahí lo cuento con calma. Aquí solo quiero señalar el parecido con la chirigota: el disfraz exagerado no engaña a nadie. Nadie en el Falla cree que esos señores son langostinos de verdad. Y nadie que lea mi web con un poco de atención cree que yo estoy detrás de un micrófono. Lo pone bien claro: letrista, compositor y productor. La etiqueta es el traje de carnaval. La ficha técnica es el DNI.

Lo que se dice con la cara tapada

Hay una cosa que sabe cualquiera que se haya disfrazado alguna vez, aunque sea de pirata en el cole: con la cara tapada te atreves a más. Bailas más. Hablas más alto. Le dices a la de la fila de atrás que te gusta su flequillo.

Ficha de la canción «Tampoco te escandalices tanto» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

No es cobardía. Es que la vergüenza, que es una señora muy pesada que va siempre contigo, se queda en la puerta cuando ve que no te reconoce.

En mis letras pasa algo parecido. Muchas de las cosas que escribo son de las que no se dicen en una cena: insultos con nombre de pueblo, fotopollas, saunas, narcisistas que te tiran como una colilla. Si las dijera en una cena con mi cara de los martes, me mirarían raro. Dichas en una canción, con su base de electropop y su producción hecha con IA, se vuelven otra cosa. Se vuelven espectáculo. Y el espectáculo, como el carnaval, tiene licencia.

No quiero decir que la IA me dé valor. El valor, si lo hay, está en escribir la letra. Lo que me da la herramienta es el escenario donde esa letra puede sonar sin que yo tenga que poner la garganta. Para un letrista que no sale al escenario, eso es la diferencia entre un cajón y un teatro.

Y ya lo dice una de las reglas de la casa en la web: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie.

Lo que no hace la máscara

Para no quedar como un iluminado, una lista de lo que la máscara no hace. Cinco cosas, a ver si me salen:

  • No escribe la letra. La letra la escribo yo, sin IA, y si tiene una errata es mía.
  • No elige el tema. Nadie le pide a Suno que hable de un ex canario ni de un crucero con sardinas en el minibar; eso viene de mi cabeza.
  • No decide qué versión se publica. Ahí está el oficio de descartar, del que también hay texto en el blog.
  • No da la cara cuando alguien se enfada. La doy yo, con mi nombre.
  • No se emociona si alguien escribe que una canción le ha ayudado. Eso me toca a mí.

La máscara pone la música y las voces. Es mucho, y lo agradezco. Pero lo de dentro sigue siendo de quien la lleva puesta.

El pincel digital

El manifiesto termina con dos líneas que, de todo el texto, son las que más me gustan como imagen: la emoción sigue siendo humana aunque el pincel sea digital. Lo parafraseo porque prefiero que la vayas a leer entera en su sitio.

Desde la máscara, el pincel digital es otra forma de decir lo mismo. Un pincel no pinta solo. Una máscara no habla sola. Una herramienta de IA no escribe un manifiesto con emojis sobre por qué una herramienta de IA no escribe manifiestos. Lo escribe alguien. Alguien que, en mi caso, lleva la firma de Mike Sain't Louis y el DNI de Miguel Ángel de León Guijarro.

El manifiesto está en el primer disco de la trilogía, *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, y en la lista de singles de esta web lo tienes para escuchar. Si lo escuchas, fíjate en el emoji de la letra antes de que empiece la música. Las dos caras. La que ríe y la que llora.

Y debajo, alguien.

Preguntas frecuentes

¿Qué es «Tampoco te escandalices tanto»? Un manifiesto de Mike Sain't Louis convertido en canción, del primer disco de la trilogía GAYFOLK. Defiende que el arte también se puede crear con inteligencia artificial y que el alma de una obra está en la intención, no en la técnica.

¿Mike Sain't Louis usa la IA para escribir las letras? No. Las letras son suyas y están escritas sin inteligencia artificial. Es letrista, compositor y productor musical madrileño; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno, y él lo dice abiertamente.

¿Qué significa «la uso para revelarme»? Que la herramienta funciona como una máscara de teatro o un disfraz de carnaval: no oculta a quien la lleva, sino que le da forma y altavoz para decir lo que ha escrito.

¿Dónde se puede leer el manifiesto completo? En gayfolkplanet.com/letras/tampoco-te-escandalices-tanto. La ficha de la canción está en mikesaintlouis.com/blog/tampoco-te-escandalices-tanto.

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