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Una maleta hacia el planeta rosa: «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y el mapa de mis canciones

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Hay una canción en mi catálogo que no habla de un personaje, ni de un ex, ni de una noche concreta. Habla de un sitio. «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es el deseo de irse a un planeta que no existe en los mapas, y por eso le puse su nombre al segundo disco de la trilogía. Si el primero anunciaba el hallazgo, como una noticia, el segundo confiesa las ganas de llegar. Ya escribí sobre esa diferencia de tono en «Ojalá: el segundo disco de Gayfolk y la gramática de las ganas».

Esta vez no quiero hablar del título, sino del viaje que se ve. El videoclip dura algo más de cinco minutos y es, con diferencia, uno de los más cargados de imágenes que he publicado. Lo he vuelto a mirar entero, deteniéndolo cada cinco segundos, y me he dado cuenta de una cosa: funciona como un mapa del planeta. Casi todas sus paradas tienen algo de otras canciones mías. Hay una maleta, una celda acolchada, una jaula, unas alas, una carroza del Orgullo, una nave. Es como si el vídeo hiciera el recorrido completo de Gayfolk, desde el sitio del que uno quiere huir hasta el sitio al que por fin llega.

De la letra no voy a citar versos: no tengo publicada una transcripción revisada y prefiero no poner en la página algo que no sea exacto. Lo que sí tengo es el texto que acompaña al vídeo, escrito por mí, y las imágenes. Con eso basta para hacer el viaje.

La primera parada: el estudio y la ventana

El clip arranca con el título en letras grandes de color lila, «OJALÁ SE PUDIERA VIAJAR A GAYFOLK», y mi nombre arriba, en letra de rótulo. Detrás, un hombre con barba se sienta de lado en un estudio de grabación oscuro, rodeado de bafles, pantallas y una mesa de mezclas iluminada, y mira por un ventanal redondo. Al otro lado del cristal hay un planeta enorme de color rosa.

Me gusta mucho que el viaje empiece ahí, en un estudio. Para mí el planeta Gayfolk nació así: en una habitación con equipos de sonido, haciendo canciones porque no encontraba otro sitio donde poner lo que sentía. Soy letrista, compositor y productor musical, y en esta trilogía la música e interpretación vocal hechas con IA conviven con letras, ideas y producción que salen de mí. El ventanal es lo que cualquier persona que crea algo tiene delante: la imagen de un lugar al que todavía no ha llegado.

Dos vitrinas: un corazón reparado y un osito

Luego vienen dos planos que parecen de museo. El primero es una vitrina de cristal con marco dorado, sobre un pedestal de piedra, con un corazón blanco dentro. El corazón está agrietado y las grietas están rellenas de oro, como en esa técnica japonesa de reparar la cerámica rota sin esconder la rotura. A los lados, dentro del mismo cristal, revolotean mariposas de alas tornasoladas.

El segundo es una campana de cristal enorme, en una habitación blanca con cortinas, donde un osito de peluche dorado está sentado rodeado de globos plateados y de algo que brilla en el suelo, como confeti o cristales.

Para mí esas dos vitrinas son el equipaje emocional antes del viaje. Lo que se guarda, lo que no se toca, lo que se pone detrás de un cristal para que no se rompa más. El corazón reparado con oro es casi un resumen de todo lo que intento hacer con mis canciones: no tirar lo que se rompió, sino enseñarlo con las grietas a la vista. Y el osito en su campana es la infancia, o la ternura, o las dos cosas, protegida como una reliquia en una casa demasiado limpia.

Huir: las cintas, el pasillo y la maleta

A partir de aquí el vídeo se pone en marcha. Un hombre con chaqueta de cuero negra se queda quieto en medio de un cielo de nubes y nieve. Otro aparece de pie sobre un fondo azul turquesa con el torso envuelto en cintas negras, atravesado por líneas de neón blanco, como si estuviera atado a una pared invisible. Otro corre por un pasillo blanco, con la cara de miedo, la cámara temblando detrás de él.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», de Mike Sain't Louis

Y entonces llega la maleta. En una nave espacial en ruinas, con las paredes destrozadas y el suelo lleno de escombros, un hombre camina arrastrando una maleta hacia una abertura por la que se ve la Tierra. Poco después, en una estación espacial, el mismo hombre de la maleta se queda mirando a otro, sin camiseta, que flota junto a un ventanal con el planeta azul de fondo.

La maleta es un objeto que vuelve en mi mundo cada vez que alguien se va. En el videoclip de «Hoy es el último adiós» hay una maleta a medio hacer en una habitación de hotel. Aquí la maleta ya está cerrada y va de camino. Es el mismo gesto en dos canciones distintas: en una, la despedida de una persona; en la otra, la despedida de un mundo entero.

Un camino entre luces

Hay un plano precioso que dura muy poco. Dos hombres caminan de espaldas por un sendero estrecho que atraviesa un campo inmenso de cubos luminosos, cientos de ellos, como pequeñas lámparas de color azul hielo, de noche, con una ciudad iluminada en el horizonte. Una columna de luz azul cae del cielo justo al final del camino.

Es la primera vez en el vídeo que alguien no va solo. Hasta aquí, cada hombre estaba aislado en su plano, atado, corriendo o arrastrando su equipaje. En este, dos caminan juntos. No se tocan todavía. Pero van hacia la misma luz.

La celda acolchada

Luego el vídeo baja a los sótanos. Un túnel de ladrillo inundado, con dos tubos de neón, uno rosa y otro azul, reflejándose en el agua. Un primer plano en blanco y negro de un chico con chaqueta de cuero y unas lágrimas negras pintadas que le bajan por las mejillas, como si el maquillaje se le hubiera corrido de tanto llorar. Otro hombre, también en blanco y negro, con gorra y el pecho tatuado, que baja la mirada.

Y una celda acolchada. Paredes blancas, mullidas, un fluorescente en el techo, y dentro, un hombre con camisa de fuerza que mira al suelo, cansado, con la boca entreabierta.

Esa celda es para mí el punto más bajo del viaje, el lugar del que se quiere escapar. Y es, además, una imagen que tiene una hermana en mi catálogo: en el videoclip de «Entre cuatro paredes» también aparece una camisa de fuerza, que al final se rompe. Aquí no se rompe. Aquí el hombre está todavía dentro. Pero el vídeo no se queda con él: en el siguiente plano ya estamos en la playa.

He estado en esa celda, aunque la mía no tuviera paredes acolchadas. Pasé unos veinte años junto a dos parejas narcisistas y, cuando por fin se vio quiénes eran, una parte de mi entorno se puso de su lado. Durante mucho tiempo no tuve dónde contar lo mío, y las canciones acabaron siendo ese sitio. Después llegaron los nombres: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Hoy sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Hubo un tiempo en que estuve muy cerca del final, y si lo cuento es porque salí de ahí, despacio, y porque Gayfolk fue parte de la salida.

Si ahora mismo te sientes dentro de una celda así, busca a alguien al otro lado de la puerta. El 024 es la línea de atención a la conducta suicida en España: es gratuita, confidencial y contesta a todas horas. Si hay peligro inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717, y la Fundación ANAR atiende a menores en el 900 20 20 10. Si vives fuera, en findahelpline.com aparece el teléfono de tu país. Nadie tiene que hacer este viaje sin compañía.

La bola de espejos en la orilla

Justo después de la celda, el vídeo hace un cambio brusco. Dos hombres, en una playa al atardecer, con el agua por las rodillas, levantan entre los dos una bola de discoteca gigante, más grande que ellos, que brilla con la luz naranja del cielo. Parece que la están colgando de un cable, o que la acaban de rescatar del mar.

Collage con un detalle de la carátula de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y las carátulas de «Hoy es el último adiós», «Entre cuatro paredes», «No te vuelvo a mirar más», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

No conozco imagen más gayfolk que esa. La bola de espejos es la fiesta, la pista, el sitio donde mucha gente como yo encontró por primera vez a su tribu. Y aquí no está en un local, está en la orilla, sostenida a pulso por dos personas que trabajan juntas para que no se caiga. Es la fiesta como algo que hay que levantar entre varios.

Cisnes sobre el hielo

Otro plano: un lago helado al anochecer, con grietas iluminadas de rosa en la superficie, como si hubiera neón debajo del hielo. Un hombre en jersey se agacha para acercar la mano a unas aves blancas de cuello largo, cisnes de reflejos rosados, que se han posado a su alrededor. Al fondo, un bosque de pinos y una luna pequeña.

Es una escena de cuento, y la leo como el momento en que el viajero deja de huir y empieza a mirar. Se agacha, se pone a la altura de lo que tiene delante. Por primera vez en todo el vídeo, alguien está quieto por elección y no por miedo.

Ángeles rosas y alas negras

Después aparecen dos hombres con alas. Son dos ángeles con túnicas cortas de color rosa, con barba, que flotan en un fondo oscuro y se dan la mano estirando el brazo, con unas alas enormes de plumas rosadas a la espalda. Y, en contraste, otro hombre con camiseta negra y unas alas negras gigantes desplegadas, de pie bajo un puente de hormigón, con pequeños fuegos encendidos en el suelo.

Las alas también son de mi mundo. En el videoclip de «No te vuelvo a mirar más» hay un torero con alas y unas jaulas doradas que se abren. Aquí las alas aparecen en dos versiones: las rosas, que se dan la mano y flotan, y las negras, que se quedan en el suelo, entre fuegos, bajo el hormigón. Me gusta que no haya una sola manera de tener alas. Unas sirven para volar en pareja; las otras, para aguantar de pie.

La carroza del Orgullo

Y de repente, la calle. Una avenida llena de gente, con edificios altos y confeti en el aire, una bandera arcoíris ondeando y, en medio, una carroza enorme con forma de nave espacial rosa, con un sol dorado en lo alto, un robot plateado a un lado y una mujer con vestido rojo en la plataforma.

Es la imagen más pública del vídeo, la única con multitud. Me hace mucha gracia que la nave espacial, antes de llegar al planeta, aparezca convertida en carroza del Orgullo. Porque eso es, en el fondo, lo que hacemos en cada desfile: sacar a la calle una nave inventada y montarnos en ella, aunque sea por una tarde, como si el planeta ya existiera. Algo de eso conté en «Un sitio que todavía no existe», sobre los lugares soñados de la cultura queer y el lugar que ocupa Gayfolk entre ellos.

El bosque, la capa roja y las mariposas

El vídeo vuelve entonces a la naturaleza. Un chico con capa roja corre por un bosque con niebla, con unos lobos detrás, entre los árboles. Otro corre en jersey gris por el mismo bosque, con la boca abierta, sin aliento. Es inevitable pensar en el cuento de Caperucita, pero con un chico, y con los lobos a la espalda en lugar de en la cama de la abuela.

Y, a continuación, la calma: un hombre con camiseta blanca camina por un jardín lleno de rosas, en un sendero soleado, y una mariposa azul se le posa en la mano. Tiene otras mariposas pequeñas pegadas a la camiseta, como si lo hubieran elegido. Me gusta que las mariposas del principio, las que estaban encerradas en la vitrina junto al corazón reparado, aparezcan ahora libres, en un jardín, posadas sobre alguien.

La jaula con un corazón

Pero el viaje no es una línea recta. El vídeo vuelve a encerrarse. Un techo con aros de neón rosa sobre ramas desnudas. Y una jaula oxidada, enorme, abierta por arriba, con un corazón humano rojo, anatómico, colgando en el centro, y mariposas que revolotean alrededor de los barrotes.

Collage con un detalle de la carátula de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y las carátulas de «Soy marica sideral», «El día de la liberación»

Si el corazón de la vitrina era blanco y estaba reparado con oro, este es rojo, de carne, y está enjaulado. Son dos maneras de guardar un corazón. Una protege; la otra encierra. La canción, me parece, está en medio de las dos: es el deseo de un sitio donde el corazón no tenga que estar ni en una vitrina ni en una jaula.

El hospital

Siguen varias escenas de hospital, o de un sanatorio antiguo. Un hombre tumbado sobre una mesa metálica, con marcas dibujadas en la piel y un instrumental quirúrgico debajo. Un pasillo de suelo de baldosas blancas y negras, con celdas de barrotes a los lados, donde una chica con un vestido turquesa de vuelo baila en el centro mientras unas enfermeras de blanco la miran desde las puertas. Otro pasillo, verde, por el que caminan enfermeras con uniformes de cinturón negro y un hombre vestido de negro con sombrero.

La chica que baila en el pasillo del sanatorio me parece una de las imágenes más bonitas del vídeo. Todo a su alrededor es control: barrotes, uniformes, baldosas en cuadrícula. Y ella da vueltas con la falda abierta. Es la misma idea de la bola de espejos en la orilla: la fiesta como una forma de resistencia, aunque sea dentro del sitio menos festivo del mundo.

Máscaras en la alcantarilla y un corazón negro en la calle

Hay un plano breve que me encanta. Unas máscaras plateadas, de esas de cara entera, y una máscara dorada de teatro, tiradas en el suelo, sobre las rejillas de una alcantarilla, mientras alrededor se ven los pies de gente que sigue de pie. Las máscaras ya no las lleva nadie. Se han caído.

Y otro, visto desde arriba: una calle estrecha de una ciudad antigua, con gente vestida de oscuro, y en el centro, sobre los adoquines, un corazón enorme de color negro, cubierto de algo que brilla como purpurina o como pequeñas luces.

Después, un niño que es una marioneta, con traje gris y cara de muñeco, sostenido por unas manos con garras que lo manejan con hilos desde arriba. Y dos figuras con máscaras de gas, una con visera azul y otra con visera roja, frente a frente, a un palmo.

No necesito explicar mucho la marioneta. Cualquiera que haya vivido con una persona manipuladora reconoce esos hilos. Y las máscaras caídas en la alcantarilla son la otra cara: el momento en que, por fin, se ven las caras de verdad. Es lo mismo que intento hacer en tantas canciones de la trilogía: quitar la máscara a quien la llevaba.

El planeta rosa

Y llega el final, que es, sobre todo, un aterrizaje. Un hombre con abrigo negro entre columnas de piedra, envuelto en una nube de humo fucsia, con una galaxia de fondo. Dos astronautas con trajes blancos que caminan de la mano por un desierto rosa, entre rocas altas, mientras unas figuras extrañas, como habitantes del lugar, los miran desde atrás. Los mismos dos astronautas dentro de una estación, frente a frente, con los cascos abiertos, a punto de besarse.

Después, el viaje: un coche que avanza por una carretera recta en un desierto rosa, un planeta de franjas rosas y doradas que gira en el espacio, el borde de otro planeta con una estrella, un amanecer sobre dunas rosadas, una nave pequeña que pasa delante del gigante de franjas, un avión con cabina de burbuja entre nubes rosas con dos personas dentro, dos astronautas en la cabina de una nave y dos hombres que miran el planeta por la ventanilla.

El último plano es el que he elegido para la portada. Dos astronautas caminan de la mano, de espaldas, por una pista, hacia una nave espacial alargada pintada con los colores del arcoíris, bajo un atardecer naranja y rosa.

Es un final que no tiene nada de huida. Ya no hay maletas, ni pasillos, ni lobos. Hay dos personas que se dan la mano y una nave con los colores de la bandera. El planeta, por fin, no está al otro lado de un ventanal: está bajo sus pies.

Dónde encaja en el planeta

En la ficha de la canción, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» aparece en el segundo disco, el que lleva su mismo título. En el texto que escribí para acompañar el vídeo la presenté como parte del gran proyecto que empezó con «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y en las etiquetas de YouTube conviven las del primer disco con otras como #OutsiderRadical o #EmocionYVerdad. Las dos cosas son ciertas a la vez: es la canción que da nombre al segundo disco y es, también, una especie de puerta a todo el proyecto.

Ficha de la canción «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ese texto termina con una frase que me sigue pareciendo la mejor definición del planeta: «Ese planeta existe, y se llama GAYFOLK». Y antes describe sus reglas: un lugar donde no haga falta dar explicaciones, ni defenderse, ni fingir. Escribí sobre esas tres palabras en «Explicarse, defenderse, fingir». El videoclip pone esas tres cosas en imágenes: el hombre atado con cintas que no puede explicarse, el que corre por el pasillo defendiéndose, las máscaras que alguien deja caer cuando ya no quiere fingir.

En el conjunto de la trilogía, el espacio exterior siempre ha sido el sitio de lo posible. Lo conté en «Cohetes, estrellas y un planeta nuevo». Hay canciones que celebran ese espacio con pluma y purpurina, como «Soy marica sideral», y otras que lo miran con nostalgia, como esta. Y luego está el tercer disco, «El día de la liberación», que es lo que pasa cuando ya se ha llegado. Si alguien quiere seguir el orden, en «Cómo escuchar la trilogía Gayfolk de principio a fin» propongo un recorrido.

Vista así, la trilogía tiene una forma muy sencilla: el primer disco descubre el planeta, el segundo desea llegar a él y el tercero lo habita. Y este videoclip contiene los tres momentos en cinco minutos: el estudio desde el que se ve el planeta, el viaje lleno de celdas y lobos, y la llegada de la mano al desierto rosa.

Un mapa con ecos

Lo que más me ha sorprendido al revisar el vídeo despacio es cuántas imágenes dialogan con otras canciones mías sin que yo lo hubiera planeado de forma consciente. La maleta de la despedida. La camisa de fuerza. Las alas y las jaulas. El corazón expuesto. Las máscaras. La pista de baile. Es como si cada canción del catálogo hubiera dejado algo en este viaje: un objeto, un decorado, un gesto.

Supongo que es normal. Esta canción es la que nombra el sitio donde viven todas las demás. Si el planeta Gayfolk tiene un mapa, este videoclip es lo más parecido a ese mapa que he hecho.

Una ruta por el vídeo

La próxima vez que lo pongas, intenta fijarte en estas paradas, en este orden: el ventanal redondo del estudio con el planeta rosa detrás; las grietas doradas del corazón de la vitrina; la maleta en la nave en ruinas; el campo de cubos de luz; la camisa de fuerza en la celda blanca; la bola de espejos en la orilla; los dos ángeles rosas que se dan la mano; la carroza con forma de nave; la mariposa azul en la mano del chico del jardín; las máscaras en la alcantarilla; los dos astronautas a punto de besarse; y la nave arcoíris del final.

Y una cosa más: cuenta cuántas veces sale una persona sola y cuántas sale acompañada. Al principio casi todos están solos. Al final, nadie lo está. Ese, para mí, es el verdadero viaje a Gayfolk.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»? Del deseo de irse a un planeta donde no haga falta explicarse, defenderse ni fingir, donde las emociones sean arte y donde nadie tenga que pedir perdón por ser raro. Ese planeta es Gayfolk, el universo de mis canciones.

¿Qué se ve en el videoclip? Un viaje en etapas: un estudio con vistas a un planeta rosa, una vitrina con un corazón reparado con oro, un hombre con una maleta en una nave en ruinas, una celda acolchada, una bola de espejos en la playa, ángeles con alas rosas, una carroza del Orgullo con forma de nave, una jaula con un corazón, un sanatorio, máscaras caídas, dos astronautas de la mano en un desierto rosa y una nave pintada con los colores del arcoíris.

¿En qué disco está? Es la canción que da título a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. En el texto del vídeo aparece vinculada al proyecto que empezó con «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».

¿Quién la hizo? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La canción tiene música e interpretación vocal hechas con IA.

¿Por qué no se citan versos en este post? Porque todavía no tengo publicada una transcripción revisada de la letra y prefiero no reproducir nada que no sea exacto.