
By Mike Sain't Louis ·
Una guitarra bajo la lluvia violeta y una ciudad a los pies: el videoclip de «Tus letras son basura», escena a escena
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Hay frases que te dicen una vez y se te quedan dentro años. El título de esta canción es una de ellas, o una variante de muchas que he ido oyendo y leyendo desde que empecé a publicar: que lo mío era demasiado raro, demasiado personal, que no se entendía. Un día decidí coger la frase tal cual, ponerla en mayúsculas y hacer con ella una canción. Si alguien me la vuelve a decir, ya no me hace daño: me está citando.
Pero el videoclip no es un ajuste de cuentas. No sale ningún crítico, ninguna pantalla con comentarios, ningún personaje malvado que señale con el dedo. Lo que sale es una pareja, un chico con una guitarra acústica y una chica rubia, que recorren una ciudad bajo la lluvia y no dejan de tocar en ningún momento. En paradas de autobús, en escaleras de hierro, sentados en el bordillo, en mitad de una calle llena de charcos. La respuesta a esas cuatro palabras es esa: seguir.
Subí el vídeo a YouTube el 1 de octubre de 2025, a las 9:42 de la mañana hora de Madrid, y dura 3:21. La canción está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el de soltar lo que pesa. En la descripción del vídeo puse etiquetas como #TrashArt, #DIYMusic, #PopArtStyle, #PerformanceArt o #CancionDisruptiva. La primera es un chiste evidente con el título. Las demás explican de dónde sale la estética del clip.
Como en el resto de esta serie, avanzo según el montaje y marco el segundo de cada escena a ojo, así que los tiempos son aproximados. Los dos protagonistas son personajes inventados y no representan a nadie real.
Dos colores y nada más
Lo primero que llama la atención del vídeo es el color, o mejor dicho, la falta de colores. Todo el clip está teñido de solo dos tonos: un violeta profundo para las sombras y un verde menta muy claro para las luces. No hay rojo, no hay azul, no hay piel de color piel. Todo es violeta o menta, con los blancos casi quemados.
Es el aspecto de un cartel serigrafiado, o de una fotocopia en papel de color de esas que se pegaban en las farolas para anunciar un concierto en un bar pequeño. Y lo elegí por eso. La etiqueta #DIYMusic, hazlo tú mismo, tiene que ver con ese mundo: el del músico que se hace sus propios carteles, graba en su casa y no espera a que nadie le dé permiso. Una canción sobre que te digan que lo tuyo no vale merecía un vídeo con aspecto de cosa hecha a mano.
Además, quitar los colores tiene un efecto curioso: iguala todo. La ciudad, la lluvia, las caras, los coches y la guitarra están hechos de la misma tinta. Nada destaca por ser más bonito o más caro. Solo destaca lo que se mueve.
El cartel de la calle
El vídeo arranca hacia el primer segundo con el cartel. Una calle de noche, mojada, con coches aparcados y fachadas de ladrillo. A la izquierda, el chico, con chaqueta de cuero y una guitarra acústica colgada. A la derecha, la chica, de perfil, junto a un pie de micrófono. Por encima, mi firma escrita a mano, y debajo, en letras amarillas de imprenta con remates, el título: «Tus letras son basura».
Hacia el segundo 7 las letras del título se separan, como si alguien las hubiera espaciado de golpe. Es un detalle pequeño, pero me gustaba que las palabras se movieran, que no se quedaran quietas como un insulto grabado en piedra. Las palabras se pueden mover. Se pueden desarmar.
Ese amarillo es, por cierto, el único color que aparece en todo el vídeo fuera del violeta y el menta. Solo está en el título. Como si la frase fuera lo único que destaca y, en cuanto desaparece, todo vuelve a la tinta de dos colores.
De pie en la acera
Hacia el segundo 13 los vemos de pie en la acera, uno al lado del otro, mirando a cámara. Él con la guitarra colgada a la espalda, ella con una chaqueta larga. A la derecha, un taxi aparcado. Arriba a la derecha, un destello de luz blanca muy fuerte, como el de una farola que se mete en el objetivo.
Hacia el segundo 31 están en otra esquina, con más coches detrás. Ella sostiene ahora una guitarra por el mástil, con el cuerpo del instrumento apoyado en el suelo, y él mira hacia un lado. Hay un cartel luminoso en la fachada que no llega a leerse.
En estas primeras escenas todavía no tocan. Solo están. Me gustaba que el vídeo empezara así, presentando a los dos como gente normal en una calle normal. Podrían estar esperando a alguien, o haciendo tiempo antes de entrar a un bar. Nada en ellos dice que sean artistas, salvo la guitarra.
Sentados contra la pared
Hacia el segundo 19 llega la primera escena en la que se sientan. Están en el suelo, con la espalda contra una pared de ladrillo, las piernas estiradas en la acera mojada. Ella tiene la guitarra entre las manos y él está a su lado, apoyado en el brazo, mirándola. Llueve. Al fondo de la calle se ven los faros de un coche entre la niebla.
Hacia el segundo 25 la escena se repite casi igual, con la cámara un poco más cerca. Es uno de esos planos que se quedan quietos varios segundos, y en ese tiempo la lluvia es lo único que cambia.
Sentarse en el suelo de la calle a tocar es una de las imágenes más antiguas de la música. Lo han hecho miles de personas en miles de ciudades, con una funda abierta delante para que les echen monedas. Aquí no hay funda. No piden nada. Solo tocan para ellos.
La parada de autobús
Hacia el segundo 37 los encontramos en una marquesina de autobús. Él está sentado en el banco, con la guitarra sobre la rodilla, tocando. Ella está sentada a su lado, con las piernas cruzadas, escuchando. Contra el cristal de la marquesina hay otra guitarra apoyada, sola. Por detrás pasa un autobús con las luces encendidas.

Hacia el segundo 43 la cámara se queda en el mismo sitio y el autobús ya se ha ido.
Esta es una de mis escenas favoritas del vídeo. Una parada de autobús es el sitio de la espera, del tiempo muerto. Nadie elige estar en una parada; estás ahí porque no te queda otra. Y ellos convierten ese tiempo muerto en un pequeño concierto para nadie. El autobús pasa y no se suben. Siguen tocando.
La guitarra apoyada en el cristal me parece un detalle precioso. Hay dos guitarras y solo una suena. La otra espera su turno, o es la de ella, que de momento ha preferido escuchar.
Por eso abre la tira de esta parte, una imagen hecha con tres detalles de la ciudad mojada en los que los protagonistas se quedan fuera de cuadro: esa guitarra sola contra el cristal de la marquesina, la acera por la que se aleja la figura diminuta de la que hablo más abajo y otra guitarra que espera, apoyada en una farola, junto a los escalones donde se sientan casi al final. Tres rincones sin nadie delante, como si la música se hubiera quedado ahí esperando a que alguien la recoja.
Andando bajo la lluvia
Hacia el segundo 49 se ponen a andar. Los vemos de cuerpo entero, caminando por una calle mojada, con un autobús parado a la derecha que lleva un letrero luminoso en la parte de arriba. Él lleva la guitarra en la mano, cogida por el mástil, como quien lleva una maleta. Ella camina a su lado con las manos en los bolsillos.
Hacia el 2:13 vuelve una escena parecida, desde más lejos: los dos avanzan hacia la cámara por el centro de una calle, con la lluvia cayendo en diagonal, dos coches aparcados a la derecha y un resplandor blanco enorme al fondo que les recorta como siluetas. Esta vez los dos llevan guitarra.
Mirados uno detrás de otro, estos paseos cuentan una historia muy simple: dos personas que no se quedan quietas. Cambian de calle, de esquina y de luz, pero nunca sueltan la guitarra.
Junto a la ventana
Hacia el segundo 55 los vemos sentados junto a un ventanal grande, de esos de cristales divididos en cuadros. La acera brilla por la lluvia y una fila de bolardos se pierde hacia el fondo, donde una figura diminuta camina sola. Él tiene la guitarra en el regazo y ella se apoya en él, con la cabeza ladeada.
Hacia el segundo 61 la escena sigue, con la cámara un poco más cerca. Él mira a la calle; ella mira a la nada.
La figura que camina al fondo, sola, aparece en varias escenas del vídeo. Nunca se acerca, nunca se le ve la cara. Es la gente que pasa. La ciudad que sigue con su vida mientras ellos tocan. Me gustaba que estuviera ahí, recordando que el mundo no se para porque alguien esté tocando en una esquina. Y que eso no tiene por qué ser triste.
Las escaleras de hierro
Hacia el segundo 67 cambiamos de sitio: unas escaleras de hierro remachado, como las de un paso elevado o una estación antigua de tren. Ella está sentada en un peldaño, con las rodillas recogidas. Él está un poco más abajo, tocando la guitarra, mirando hacia arriba, hacia una luz blanca que entra por los ventanales de la estructura.
Hacia el segundo 73 la cámara se acerca y vemos el mástil de la guitarra en primer plano, con las clavijas y las cuerdas, y detrás de él, la chica que le escucha.
Las escaleras son un sitio de paso, igual que la parada. Nadie se queda a vivir en unas escaleras. Y sin embargo ellos se sientan, se acomodan y tocan, como si fuera su salón. Es lo que hacen todos los que crean algo sin tener un sitio oficial para hacerlo: se lo inventan en cualquier hueco.
La calle de los charcos
Hacia el segundo 85 llega la escena más cinematográfica del vídeo. Una calle ancha, mojada, con coches antiguos aparcados a los lados, de esos de carrocería larga y faros redondos. En el centro, de pie, uno frente al otro, a unos metros de distancia, están los dos. Él con la guitarra colgando de la mano. Bajo sus pies, el suelo es un gran charco, y la lluvia dibuja círculos en el agua.
Hacia el segundo 91 la cámara se aleja un poco y los dos quedan más pequeños, en medio de la calle, con los círculos del agua multiplicándose a su alrededor.
Esta escena es la que más se parece a una película. Dos personas que se miran en mitad de la calle, bajo la lluvia, sin decir nada. Podría ser el principio de una historia de amor o el final de una discusión. No quise aclararlo. Lo que me importaba eran los círculos del agua: cada gota que cae hace una onda que se mezcla con las demás. Así funcionan las críticas: cada una hace su pequeño círculo, y si son muchas acabas pisando un charco entero. Pero ellos están de pie en él, tranquilos.
El bordillo y la cabeza en la mano
Hacia el segundo 97 los encontramos sentados en un escalón de la acera, junto a una farola. Él toca la guitarra con los ojos bajos, concentrado, y ella está sentada un escalón más arriba, con las piernas estiradas. Al fondo, otra vez, una figura diminuta camina por la acera mojada.
Hacia el 1:55 está uno de los planos más íntimos del clip. Él sigue tocando, sentado, con la cabeza inclinada sobre la guitarra. Ella está a su lado, apoyando la cabeza en la mano, con los ojos cerrados o casi cerrados. Detrás de ellos, un letrero de neón vertical en la fachada.
Ella parece cansada. O triste. O simplemente perdida en la música. Me gusta que el vídeo tenga este momento, porque no todo es resistencia heroica. A veces te dicen que lo tuyo es basura y te sientas y te quedas un rato con la cabeza en la mano. Y está bien. Lo importante es que la guitarra sigue sonando al lado.
Un cartel recortado sobre blanco
Hacia el 2:01 hay un corte muy raro. De repente el fondo desaparece y los dos aparecen recortados sobre un blanco total, de cuerpo entero, como si alguien los hubiera sacado de la foto con unas tijeras. Él con la guitarra, ella con su chaqueta, los dos caminando hacia delante.
Es el plano más pop del vídeo, el que justifica la etiqueta #PopArtStyle. Parece un cartel de grupo, una portada de disco, una pegatina. Y dura apenas un instante antes de volver a la lluvia.
Me hacía gracia que, en un clip donde todo es ciudad, lluvia y ambiente, de pronto se quedaran solos sobre blanco. Es como decir: quita todo lo demás, quita la calle, la noche y los coches, y lo que queda son ellos dos y una guitarra. Eso es lo esencial. Todo lo demás es decorado.
Cara a cara en la acera
Entre el 1:49 y el 2:49 hay varios planos en los que se miran de frente, muy cerca, en distintas esquinas de la ciudad. Hacia el 1:49, de perfil, con la lluvia cayendo entre los dos y un camión borroso detrás. Hacia el 2:19, ella con el pelo mojado y él con la guitarra a la espalda, en una calle con un coche aparcado. Hacia el 2:25, más cerca todavía, casi nariz con nariz. Hacia el 2:49, de perfil otra vez, ante unas líneas de luz verde que podrían ser chorros de una fuente.
No hablan. Solo se miran. Y en esa mirada hay algo que me interesaba mucho: la complicidad. Cuando alguien te dice que lo tuyo no vale, lo que más ayuda no es una ovación de miles de personas. Es una sola persona que te mira y te dice, sin palabras, que sigas.
La ciudad desde arriba
Hacia el 2:37 el vídeo cambia de escala. Los vemos de espaldas, de pie, cogidos de la mano, sobre lo que parece una colina o una azotea, mirando hacia una ciudad entera de rascacielos que se extiende bajo la lluvia. Hacia el 2:43 la escena se repite con la cámara más baja, y la ciudad se ve más grande, con luces encendidas en los edificios.

Las dos vistas, la del 2:37 y la del 2:43, forman juntas una de las imágenes de esta entrada. Después de tanta calle, tanta parada y tanta escalera, por fin se ven las cosas desde arriba. La ciudad que les ignoraba está ahora a sus pies.
No hay victoria en esa imagen, o no del todo. No se han hecho famosos, no tienen un escenario. Siguen siendo dos personas con una guitarra. Pero han subido. Y desde ahí la ciudad parece otra cosa: pequeña, manejable, un sitio más.
Siluetas entre relámpagos
Hacia el 3:07 llega la escena más dramática. Los dos están de pie sobre una cornisa, de perfil, uno frente al otro, separados por unos metros. Detrás, una ciudad de rascacielos bajo un cielo de tormenta, cruzado por un relámpago. Hacia el 3:13 la escena se repite, con el relámpago un poco más cerca.
Ese hueco entre los dos, esa distancia, me parece muy importante. No están abrazados. Cada uno está en su sitio, mirando al otro, con la tormenta entre medias. Es como decir que crear algo es siempre un poco solitario, aunque tengas a alguien al lado. Cada cual con su propia tormenta, pero mirando al otro.
La roca sobre la ciudad
El vídeo termina hacia el 3:19 con la imagen que acompaña este apartado. Los dos están de pie sobre una roca, en lo alto de un monte o de un acantilado, de espaldas a nosotros. Él lleva la guitarra colgada. A su lado, sobre la piedra, hay un pequeño altavoz portátil, de esos de asa, como un radiocasete de los de antes. Abajo, a lo lejos, una ciudad inmensa iluminada, envuelta en niebla y lluvia, con un resplandor de luz verde que sube desde el centro.

Es un final abierto. No sabemos si se van o si acaban de llegar. El altavoz sugiere que la música sigue sonando incluso ahí arriba, sin escenario ni público. La guitarra sugiere que lo que se llevan es lo que saben hacer. Y la ciudad abajo sugiere que ya han dejado atrás las calles mojadas, las paradas de autobús y los charcos.
Para mí es la mejor manera de contestar a esas cuatro palabras. No hace falta contestar a nadie. Basta con coger tus cosas, subir a un sitio alto y seguir con tu camino, con la guitarra a cuestas.
Cómo pensé el vídeo
Cuando escribí esta canción, lo que más me preocupaba era no caer en el resentimiento. Es muy fácil hacer una canción contra los críticos y que suene a rabieta. Por eso el vídeo no tiene enemigos. La crítica está en el título y en la lluvia, nada más. Todo lo demás es gente que sigue haciendo lo suyo.

Los dos colores, el violeta y el menta, eran para que pareciera hecho con pocos medios, a mano, en una fotocopiadora. Los sitios, la parada, las escaleras, el bordillo, son los lugares donde se toca cuando nadie te ha dado un escenario. Y la estructura va de abajo arriba: empieza en el suelo de la calle y termina en lo alto de una roca. Es el camino de cualquiera que crea sin permiso.
Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal las genero con IA, y la letra, la composición, la producción y la idea de cada imagen son cosa mía; lo cuento con detalle en este texto sobre la autoría de mis canciones. Precisamente por eso, esta canción me toca de cerca. Cada vez que publico, alguien decide que lo mío no cuenta. Y cada vez, sigo publicando.
Otras respuestas en el mismo tono
Esta canción tiene una prima cercana, «Esta canción es una mierda», en la que me adelanto a los críticos y le pongo yo mismo el peor título posible. Y otra más seria, «Hipócritas», que va de los que critican lo que ellos mismos hacen.
Si te interesa de dónde salen mis letras y por qué son como son, escribí una defensa de mis tres defectos favoritos, que son la rareza, la intensidad y lo personal. Y en mi cuaderno de letras cuento lo que he aprendido escribiéndolas.
Y si te gustan los clips con lluvia, el de «Entre cuatro paredes» tiene una lluvia muy distinta, la que se ve desde dentro, a través del cristal.
Escuchar la canción
El vídeo completo está en mi canal de YouTube. La canción, como todo lo mío, se escucha y se baja gratis, sin crear ninguna cuenta, en mi página de descargas. Funciona de maravilla cuando alguien acaba de opinar sin escucharte.
El resto de los videoclips del universo está en Planeta Gayfolk. Ahí no hay letras basura. O, si las hay, son todas mías.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Tus letras son basura»? El 1 de octubre de 2025, a las 9:42 hora de Madrid. Dura 3:21.
¿En qué disco está la canción? En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía Gayfolk.
¿Por qué el vídeo está en violeta y verde? Para que parezca un cartel serigrafiado o una fotocopia de color, hecho a mano, en la línea de la etiqueta #DIYMusic de la descripción.
¿Se puede descargar gratis? Sí, en el apartado de descargas de mikesaintlouis.com, sin registro.