
Por Mike Sain't Louis ·
Demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales: defensa de tres defectos
«Demasiado.» Es la palabra que más he oído sobre mis letras, siempre con algo detrás. Demasiado raras. Demasiado intensas. Demasiado personales. Como si escribir canciones fuera echar sal a un guiso y yo me hubiera pasado con el salero.
«Tus letras son basura» nació de esos reproches. En su página de letras, en gayfolkplanet.com/letras, no hay estrofas al uso, sino un texto mío que lo cuenta de frente: durante años me dijeron que mis letras eran demasiado raras, demasiado intensas, demasiado personales. Que no encajaban. Que nadie las entendería.
Ese texto termina con dos líneas que son, probablemente, lo más parecido a un lema que tengo: «Y sí, quizás mis letras no sean perfectas. / Pero son mías».
Hoy quiero hacer algo distinto a contestar a los que opinan. Quiero coger los tres «demasiado», uno por uno, y defenderlos. No negarlos. Defenderlos. Porque creo que cada uno de esos supuestos defectos es, en realidad, la razón por la que alguien escucha mis canciones.
El adverbio de la sospecha
Antes, una observación sobre la palabra.
«Demasiado» es un adverbio muy español para criticar sin parecer que criticas. No dice «tus letras son malas». Dice «son demasiado algo». Es decir: tienen una cualidad que en dosis normales estaría bien, pero tú te has pasado. Es la crítica de la tía en la comida familiar: «Estás muy guapo, pero demasiado delgado». «Ese novio es majo, pero demasiado mayor para ti». El elogio envenenado.
Lo que me hace gracia del adverbio es que siempre presupone una medida correcta que nadie ha definido. ¿Cuánto de rara puede ser una letra antes de ser demasiado rara? ¿Hay un medidor? ¿Lo vende Leroy Merlin? La respuesta, claro, es que la medida es la del que critica. Demasiado raro significa «más raro de lo que yo estoy acostumbrado a escuchar».
Y eso, para alguien que hace pop queer en español con títulos como «Esta canción es una mierda» o «Gofio de calcetín», es casi un cumplido.
Demasiado raras
Empiezo por la primera.
Mis letras son raras, sí. Tienen palabras que no salen en las canciones de la radio: almorrana, gofio, Movistar cloud, coordinador de saldo, máscara intercraneal. Tienen nombres propios que nadie esperaría en un estribillo: Carmina Barrios, Ylenia Padilla, Paco León, Esperanza Gracia, La Veneno. Tienen estructuras que no siguen el manual de estrofa, estribillo, estrofa, puente. Algunas son listas. Otras son cartas. Otras son casi un monólogo de humorista con base de electropop.
Lo raro, en música, tiene mala fama porque se asocia a lo difícil. Pero lo raro de mis letras no es difícil. Es concreto. La canción de amor estándar habla de «tus ojos», «tu piel», «la noche», «el corazón». La mía habla de las lentillas de colores del ex, del arnés del novio de Albacete, del buffet del crucero. Lo raro no es que use palabras extrañas. Lo raro es que uso las palabras de la vida real, que en las canciones se han vuelto extrañas de tanto no usarlas.
Si eso es demasiado raro, la vida es demasiado rara. Y lo es, ¿no?
Piensa en tu última semana. Seguro que hubo un momento absurdo que, contado en una canción, sonaría inventado: la conversación con el portero sobre el contador del agua, el mensaje que enviaste al grupo equivocado, el señor del autobús que hablaba por videollamada con su loro. Eso es lo que meto en mis letras. Lo raro no lo pongo yo. Lo pone el mundo.
Demasiado intensas
La segunda es la que más gracia me hace, porque la intensidad es, literalmente, lo que se le pide a una canción.

Nadie va a un concierto para sentir poco. Nadie pone una canción triste para estar un poco triste. Las canciones existen para amplificar lo que sentimos, para hacer grande lo que en la vida diaria tenemos que hacer pequeño para poder ir a trabajar. Si una letra no es intensa, ¿para qué está?
Lo que pasa es que hay una intensidad aceptada y otra que no. La intensidad del bolero, de la copla, del desamor de verano, esa está bien vista. Es la intensidad de siempre, la que ya conocemos. La mía es otra: es la intensidad de un hombre gay que llama narcisista a su ex con nombre y apellido simbólico, que habla de chemsex y de saunas, que llora a gritos alargando vocales y al minuto siguiente suelta un chiste de culos.
Esa intensidad incomoda porque no se queda quieta en un registro. Salta del drama a la burla, de la confesión al insulto, sin avisar. Y eso, para quien está acostumbrado a canciones que eligen un tono y no lo sueltan, es demasiado.
Para mí es lo normal. Así se vive. Nadie está triste las veinticuatro horas. Se está triste, luego se ríe uno de algo, luego vuelve la pena, luego llega un mensaje y te cambia el día. Mis letras intentan seguir ese ritmo, que es el de cualquier persona un martes cualquiera.
Demasiado personales
Y la tercera, la que más duele, porque es verdad.
Mis letras son personales. Salen de lo que me pasa, de lo que veo, de lo que me cuentan, de lo que imagino que podría pasarme. En el texto de «Tus letras son basura» lo digo así: las escribo con mi historia, mis cicatrices y mi forma de mirar el mundo. No es una pose. Es la única manera que conozco de escribir algo que no suene a anuncio.
El reproche de «demasiado personal» viene de una idea muy extendida: que las canciones tienen que ser universales, que cualquiera tiene que poder ponerse en el lugar del que habla. Y para eso, dicen, mejor no dar detalles. Mejor «tú» y «yo» sin cara, sin ciudad, sin profesión. Así cabe todo el mundo.
Yo creo lo contrario. Cuanto más concreto es un detalle, más gente se reconoce. Nadie ha tenido un novio de Albacete que dejó una nota en el retrete. Pero todo el mundo ha tenido a alguien que hizo un gesto romántico absurdo justo antes de desaparecer. El detalle personal no excluye. Abre una puerta, y cada uno entra con su propia historia.
Lo personal, además, es lo único que tengo que no tiene nadie más. Cualquiera puede escribir sobre «la noche» y «tu piel». Solo yo puedo escribir sobre lo que me pasó a mí en la playa del Mal Pas.
Las escribo yo
En el texto de la canción hay una frase que conviene leer con cuidado, porque se puede malinterpretar: «Lo que muchos no soportan es que mis letras las escribo yo».
Trabajo con inteligencia artificial como herramienta de producción: la música y las voces de mis canciones se hacen con ella. Lo digo siempre y lo explico en inteligencia artificial y autoría, lo que tengo claro y lo que no. Pero las letras son otra cosa. Las letras son mías, de principio a fin. Las escribo en libretas, en el móvil, en notas de voz. Lo cuento en dónde escribo.
Y ahí está la ironía que la canción señala. Hay gente que oye que uso IA y da por hecho que la máquina lo hace todo, incluidas las letras. Y luego lee las letras y dice que son basura. Pues mira, si son basura, al menos son basura artesanal. Hecha a mano. Con mis propias faltas de ortografía. Ninguna máquina escribiría «el marrano de El Médano», porque a ninguna máquina se le ocurriría que El Médano necesita un marrano.
La caja de comentarios
No voy a hacer aquí un catálogo de haters, que eso ya lo hace la propia caja de comentarios sin ayuda. Tengo un texto entero sobre lo que aprendí de los comentarios negativos, y lo que aprendí cabe en una línea: casi nunca hablan de la canción. Hablan de lo que el que comenta esperaba encontrar y no encontró.

«Tus letras son basura» es la respuesta a todos esos a la vez, pero no es una respuesta rabiosa. El texto lo dice: es para quien alguna vez recibió ese comentario y siguió creando igual. No es para el hater. Es para el que lee al hater a las tres de la mañana y duda.
A ese le digo: sigue. Si tus letras son demasiado raras, demasiado intensas o demasiado personales, enhorabuena. Estás escribiendo algo que solo tú podías escribir.
Tres primas de esta canción
«Tus letras son basura» no está sola. En mi catálogo hay una pequeña familia de canciones que contestan, cada una a su manera, a quien desprecia lo que hago. Si las pones juntas, parecen una tertulia de sobremesa en la que todas hablan del mismo cuñado.
La primera es «El segundo exacto», que recoge casi literalmente el comentario de siempre, ese de que lo mío es darle a un botón, y lo devuelve con un saludo de mariposón. En medio de la burla, como ya he contado otras veces, se cuela la pregunta más seria de todo mi catálogo: si una máquina podría elegir el segundo exacto en el que alguien rompe a llorar.
La segunda es «La insignia de artista», que se pone en la piel del señor importante con contactos que reparte carnés de artista según le parezca. Ahí el tono es más de esgrima: frases cortas, rimas con retintín, primera clase contra turista.
Y la tercera es «Discutiendo con la IA», donde el enfado ya no es con los haters sino con la propia herramienta, en una discusión doméstica de las que se tienen con el router a las once de la noche.
«Tus letras son basura» es la más directa de las tres. No tiene personaje ni escena. Tiene un texto que mira a cámara y dice: estas letras son mías. Las otras ponen el chiste; esta pone la firma.
Mi cuaderno
Ya que hablo de letras, una palabra sobre dónde viven antes de ser canciones.
Viven desordenadas. En libretas, en notas del móvil, en notas de voz. Hay frases sueltas que esperan su canción y canciones que nacen de una sola frase. Lo cuento con más calma en mi cuaderno de letras.
Lo digo porque el reproche de «basura» olvida que detrás de cada letra hay un proceso. No muy glamuroso, eso es verdad. Más cercano a la libreta de la lista de la compra que al escritorio del poeta con pluma estilográfica. Pero proceso al fin y al cabo. Tachones, versiones, rimas que no funcionan, chistes que se quedan fuera porque hacen daño a quien no lo merece.
Si alguien piensa que una letra mía sale sola, le invito a ver una página de mi libreta. Saldría corriendo antes de llegar a la mitad.
El miedo a publicar
Hay otro efecto de los comentarios negativos del que se habla poco: el miedo. No a que te insulten, que eso se aprende a llevar. Miedo a publicar lo siguiente.

Cuando alguien te dice que tus letras son basura, lo fácil es empezar a escribir para que no te lo vuelvan a decir. Suavizar. Quitar el nombre propio que puede molestar. Cambiar «almorrana» por algo más fino. Hacer la canción un poco más como las demás. Y así, sin darte cuenta, acabas escribiendo canciones que nadie criticaría y que nadie recordaría.
Lo cuento en el miedo a publicar. Mi forma de combatirlo es una de las reglas de la casa: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Prefiero publicar algo imperfecto que guardar algo correcto. Si es basura, que sea basura publicada. Por lo menos alguien podrá reírse con ella, o reciclarla.
Auténticos y comerciales
El texto de la canción dice que es para los artistas independientes que prefieren ser auténticos a ser comerciales. Y me gustaría matizarlo un poco, porque no quiero que suene a desprecio por lo comercial.
Me encanta el pop comercial. Una de mis letras me retrata discutiendo con la IA mientras suena Locomía, y le he dedicado canciones a Camela y a más de una folclórica. Lo comercial no es el enemigo. El enemigo es la fórmula: escribir según lo que se supone que funciona, en lugar de según lo que quieres contar. Y la fórmula también existe en lo independiente, ojo. Hay mucha canción indie que suena a molde.
Lo que defiendo, y lo que defiende la canción, es escribir sin pedir permiso. Si luego eso resulta comercial, maravilloso. Si resulta raro, pues raro. Pero que la decisión la tome la canción y no el miedo a la caja de comentarios.
Escribir en 2025
El texto menciona un año: dice que escribir en 2025 con verdad, sin filtros ni fórmulas, es casi un acto de rebeldía. Lo escribí en ese momento y lo sigo pensando ahora.
Vivimos rodeados de textos que parecen escritos por nadie. Anuncios, publicaciones de empresas, mensajes de bienvenida, descripciones de productos, frases motivadoras en las redes. Todo suena igual, con la misma música de fondo y las mismas palabras de plástico. En ese ruido, una letra que dice «almorrana», que nombra un pueblo concreto, que insulta con gracia y llora con vocales largas, suena distinta. Para bien o para mal.
Eso es lo que me interesa defender. Que se note que alguien ha escrito esto. Que tiene manías, errores, obsesiones, un vocabulario propio. Que no es un texto de nadie. Es mío.
Basura con orgullo
El título, por cierto, es otra de mis vacunas. Igual que con «Esta canción es una mierda», cojo el insulto antes de que me lo digan y lo pongo en la portada. Si mis letras son basura, la canción se llama así, y ya está. Que nadie se moleste en decírmelo, que ya lo he dicho yo, en mayúsculas y con portada.
Esa técnica tiene algo de defensa y algo de chiste. Te desarma, porque es difícil insultar a alguien que ya se ha insultado a sí mismo con más gracia que tú. Y a la vez es una broma sobre lo absurdo de la crítica: ¿basura? ¿Las letras de alguien que se ha pasado dos años escribiendo más de doscientas setenta canciones? Basura, a lo mejor. Pero basura con horas extra.
Basura, pero separada
Ya que estamos con la basura, hagámoslo bien. En España separamos los residuos por colores, así que propongo separar mis letras igual, para que nadie diga que no soy un ciudadano ejemplar.

Al contenedor amarillo, el de los envases, van las canciones de pose: las que brillan por fuera y están huecas por dentro. Creo que tengo pocas, pero alguna habrá, que nadie es perfecto. Al azul, el del papel, van las cartas: «La última carta», «Carta de recomendación», todas esas canciones escritas como quien escribe a alguien que no va a contestar. Al verde, el del vidrio, van las que se rompen: las de llorar, las de la playa del Mal Pas, las que suenan a vaso que se cae al suelo de la cocina. Al marrón, el orgánico, van las de comida: el gofio, las croquetas, el calimocho del crucero, todo lo que en mis letras se puede masticar. Y al punto limpio, el de los residuos peligrosos, van las de narcisistas. Esas hay que llevarlas con guantes y no tirarlas en cualquier sitio.
Visto así, mis letras no son basura. Son reciclables. Cada una tiene su contenedor, y todas pueden volver a usarse en otra cosa: en una playlist, en una noche de llorar, en una sobremesa con amigos.
Que se lo digan al que comentó. Seguramente él no separa.
Una herida con rima
El texto de la canción tiene una idea que me parece la clave de todo: que cada verso es una herida transformada. No lo digo para sonar profundo. Lo digo porque es la descripción más exacta que tengo de lo que hago.
Una herida, sola, no le sirve a nadie. Duele y ya está. Pero si la coges, la miras, le buscas la forma y le pones una rima, se convierte en algo que otra persona puede usar. Alguien que tiene una herida parecida y no sabía cómo contarla. Ese es el trato de las canciones personales: yo pongo mi herida, tú pones la tuya, y en medio la canción hace de puente.
Por eso me hace gracia que me reprochen que mis letras son demasiado personales. Si no lo fueran, no habría herida, y si no hubiera herida, no habría puente. Habría una canción bonita sobre «la noche» y «tu piel» que nadie necesita.
Mis chihuahuas lo saben
El texto termina con una línea que me hace sonreír cada vez que la leo: «Con mis chihuahuas, mi historia y mi verdad». La pongo en muchos textos de mis canciones, casi como una firma.
Los chihuahuas no son un adorno. Son la prueba de que todo esto sale de una vida concreta, con perros que ladran cuando suena el timbre y que te miran raro cuando lloras delante del ordenador. Las letras personales salen de ahí, de un piso con chihuahuas, no de un despacho de una discográfica con vistas a la Castellana.
Ellos no leen mis letras, claro. Pero dudo mucho que les parezcan basura.
Lo que no voy a corregir
Termino con una lista, que para eso soy yo.
No voy a corregir lo raro, porque es concreto. No voy a corregir lo intenso, porque es la vida a volumen real. No voy a corregir lo personal, porque es lo único que tengo. No voy a corregir los nombres propios, porque son lo que hace reír. No voy a corregir los insultos con código postal, porque son lo que hace verdad.
Corregiré las faltas de ortografía cuando alguien me las señale con cariño. Eso sí.
Y seguiré leyendo los comentarios, los buenos y los malos, porque a veces entre diez insultos aparece uno que tiene razón, y ese merece que le haga caso. No muchos. Uno de cada cien, calculando por lo alto. Pero ese uno merece que me pare a pensarlo. Los demás, al contenedor que les toque, según la tabla de arriba.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «Tus letras son basura»? Es una respuesta a quienes durante años dijeron que las letras de Mike Sain't Louis eran demasiado raras, intensas o personales. Su texto termina con «Y sí, quizás mis letras no sean perfectas. Pero son mías». Está en gayfolkplanet.com/letras.
¿Mike Sain't Louis escribe sus letras? Sí. Todas las letras de Planeta Gayfolk son suyas. La inteligencia artificial se usa como herramienta de producción, para la música y las voces.
¿En qué disco está? Forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Para quién es la canción? Según su propio texto, para todos los que alguna vez recibieron ese comentario y siguieron creando igual.