
By Mike Sain't Louis ·
Una boda con chihuahuas bajo un planeta gigante: los personajes del videoclip de «La empatía de la arpía»
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La letra de «La empatía de la arpía» habla de alguien que fingía cariño mientras te despreciaba, que estudió tus puntos débiles para usarlos y que se presentaba como un refugio sin serlo. Es una de las letras más duras de mi catálogo. Y el videoclip, que se estrenó en YouTube el 17 de diciembre de 2025 y dura tres minutos y medio, es una boda. Una boda en la playa, con dos novios de traje, una tarta de varios pisos, invitados en fila, confeti, un planeta gigante colgado del cielo y una cantidad de chihuahuas que no he contado pero que se acerca a la de un desfile.
Ya he escrito sobre esta canción desde la letra: sobre las preposiciones de lugar que la sostienen («por dentro», «donde dolía») y sobre la gente que toma notas de tus heridas para usarlas después. Aquí quiero hacer otra cosa. Quiero presentar a los personajes del videoclip, uno por uno, como quien repasa el reparto de una película antes de verla. Porque en este clip cada figura tiene su papel, y el más importante de todos es el de alguien que no sale nunca.
La que no sale: la arpía
Empiezo por la ausencia, porque es lo primero que llama la atención cuando uno pone el vídeo con la letra al lado. La canción se llama «La empatía de la arpía», repite su propio título como un estribillo que no se cansa, y sin embargo en ningún plano aparece nada parecido a una arpía. No hay garras, no hay alas negras, no hay una mujer pájaro posada en una roca. No hay ni siquiera un villano reconocible. Hay novios, invitados y perros.
La arpía de la mitología griega era eso, una criatura con rostro de mujer y cuerpo de ave que bajaba del cielo para llevarse lo que no era suyo. Robaba la comida de la mesa, ensuciaba lo que dejaba. En castellano la palabra se quedó para hablar de una persona codiciosa y de mala intención, casi siempre aplicada a mujeres. Por eso hay un detalle de la letra que a mí me gusta mucho y que mucha gente pasa por alto: la arpía de mi canción es un hombre. Lo dice el verso sin rodeos: «Si enfermas por su culpa / No importa, él te inculpa». Él. El sustantivo es femenino, como lo es «la víctima» aunque la víctima sea un chico, pero la persona de la que se habla es masculina.
Ese cambio de género no es un capricho. Es mi manera de quitarle a la palabra su carga de siempre, la de la mujer mala, y llevarla a otro sitio: a una relación entre dos hombres. La arpía, en mi planeta, no es la suegra de los chistes ni la vecina de los cuentos. Es alguien que estaba dentro de casa.
Y el videoclip la deja fuera del encuadre. Uno puede leerlo de dos maneras. La primera: que la arpía no se ve porque nunca se vio, porque mientras ocurría todo estaba tapada por la sonrisa, por la tarta y por el confeti. La segunda: que el vídeo se niega a darle cámara. Que la canción ya le ha dedicado suficientes versos y que las imágenes prefieren mirar a otra parte. Las dos lecturas me valen. Lo que no hace el clip, y me parece un acierto, es ponerle cara. No hay nadie a quien señalar.
Los novios: una pareja que cambia de traje
Los segundos personajes son los dos hombres que se casan. Y digo «los dos hombres» con cuidado, porque el vídeo no los presenta como una pareja fija con nombre y apellidos, sino como una pareja que va cambiando de traje y de escenario como quien pasa las páginas de un álbum de boda.

En los primeros segundos aparecen separados, cada uno en un extremo del paseo marítimo, con traje azul marino y pajarita, y entre ellos una manada de chihuahuas que ocupa el suelo de lado a lado. Detrás hay agua, una fila de edificios altos junto a la playa y, ocupando medio cielo, un planeta rayado de tonos naranjas y crema, como Júpiter visto con telescopio.
A los pocos segundos ya están abrazados entre confeti de colores, delante de una ciudad de rascacielos, con un chihuahua que salta en el aire a su lado como si también celebrara. Luego se convierten en dos siluetas negras de la mano frente al mar al atardecer, con el planeta detrás y una fila de perros a sus pies que proyectan sombras larguísimas en la arena. Más adelante cortan la tarta en una terraza con barandilla de cristal. Se besan delante de los rascacielos. Se ponen el uno al otro una flor blanca en la solapa, de cerca, casi en susurros. Aparecen de blanco roto bajo un arco de madera decorado con hojas verdes, mirándose frente al mar. Aparecen de gris, entre palmeras, cogidos de la mano sobre un paseo de tablas. Y en uno de los planos más bonitos solo vemos sus manos: dos manos que se tocan sobre una mesa, con los anillos puestos, y un chihuahua a cada lado como dos testigos diminutos.
Al final del vídeo los vuelvo a encontrar de traje gris claro, con una flor amarilla en la solapa y un chihuahua sentado en el hombro de cada uno, sonriendo a cámara.
Lo que yo veo en esta pareja es una celebración entera, de principio a fin, sin una sola grieta en la imagen. Y eso es justo lo que hace tan raro ponerla al lado de la letra. Porque la letra dice «Aunque le conozcas desde hace más de veinte años / Esta es la historia de dos extraños». Dos extraños. El clip enseña a dos personas que se casan; la canción dice que esas dos personas, en el fondo, nunca se conocieron. La boda no desmiente la letra: la hace más amarga. Esa era la fachada.
La tarta y el cumpleaños
Hay un verso de la canción que siempre me ha parecido el más cruel de todos, precisamente porque es el más pequeño: «Y aún así celebra contigo el cumpleaños». No es una traición enorme, no es un portazo. Es una vela, una tarta, una foto. Es quien te está haciendo daño sentado a tu lado en tu fiesta, aplaudiendo cuando soplas.
En el videoclip no hay cumpleaños, pero hay tarta. Una tarta blanca de varios pisos, en una terraza al atardecer, rodeada de chihuahuas que miran hacia arriba como si esperaran que cayera una miga. Los novios la cortan juntos con el cuchillo largo de las bodas, en un plano que vuelve más de una vez a lo largo del clip. En la descripción del vídeo en YouTube hay una etiqueta que lo resume mejor que cualquier explicación mía: #cumpleañosfalso.
Esa etiqueta, junto a otras como #dosextraños o #habitacionsinsalida, es casi una guía de lectura. Están puestas ahí, debajo del título, para que quien vea a dos hombres cortando una tarta sepa que la fiesta tiene trampa. La tarta es una celebración que la letra convierte en sospecha.
Los invitados en fila
Los terceros personajes casi no tienen cara. Son los invitados. Al principio del vídeo, en la ceremonia de la playa, aparecen en dos filas a los lados del arco blanco: mujeres con vestidos largos en tonos verde agua, malva y crema, hombres con trajes claros, todos de pie, quietos, mirando a la pareja. Más adelante, en otra versión de la ceremonia, son una hilera de hombres con trajes color arena, en formación, como una guardia de honor. Y bajo sus pies, otra vez, una alfombra de chihuahuas.

Lo que me interesa de los invitados es lo que no hacen. No bailan, no brindan, no lloran de emoción. Están colocados. Son el público de una historia que, según la letra, nadie de fuera supo leer. Si la arpía fingía, los invitados son los que se creían el gesto. Los que habrían jurado que aquello era una pareja feliz.
No los culpo. El vídeo tampoco lo hace. Simplemente están, y su quietud es parte del decorado. Cuando uno ha vivido algo así, sabe que lo más difícil no fue solo lo que pasaba dentro de casa, sino que fuera todo parecía normal.
Los chihuahuas: el coro que no miente
Y luego están ellos. Los verdaderos protagonistas del clip, si me preguntas a mí. Los chihuahuas.
El vídeo arranca con uno. Antes de la boda, antes de los novios, antes de la playa, el primer plano es la cabeza de un chihuahua de color crema que huele una dalia rosa enorme, con otras flores alrededor. Encima, en letras rosas de caligrafía, mi nombre. Debajo, en amarillo, el título de la canción. Es una portada tierna, casi de felicitación, y no tiene nada de arpía.
A partir de ahí los chihuahuas están en todas partes. A los pies de los novios en el paseo. En la arena, alineados frente al atardecer. Alrededor de la tarta. En brazos de los novios, que los sostienen como quien sostiene un ramo. Sentados en sus hombros. Pero lo más bonito es que, a medida que avanza la canción, los perros se independizan de la boda y empiezan a tener escenas propias, como si el vídeo se fuera quedando con ellos.
Hay un chihuahua solo delante de unas montañas rosas con un cielo violeta lleno de rayos, con la boca abierta, como si aullara a la tormenta. Hay dos perros que caminan por la orilla mojada y se reflejan en el agua, con el planeta reflejado también debajo de ellos. Hay una fila de cuatro chihuahuas que pasa junto a una cúpula blanca enorme en mitad de un desierto de arena rosa. Hay una manada que avanza por unas dunas mientras se levantan columnas de humo rosa a sus espaldas. Hay un chihuahua que corre hacia la cámara por la playa, con las orejas al viento y los demás detrás, como en una carrera. Hay uno que camina por un río de luz rosa entre rocas de color azul hielo. Hay otro que salta en el aire entre unas piedras rosas gigantes, dejando una estela de purpurina. Hay chihuahuas entre cristales de cuarzo rosa del tamaño de rascacielos.
Y el final es suyo del todo: la silueta de un solo chihuahua sentado en lo alto de una colina, de espaldas, delante de un anillo de neón rosa que brilla en el cielo del anochecer. En el último plano, el anillo sigue ahí y alrededor vuelan decenas de chihuahuas, como una bandada de pájaros, mientras otros miran desde la colina.
¿Por qué perros? No voy a darte una respuesta cerrada, porque un videoclip no es un examen. Pero sí te digo lo que yo veo. La canción trata de una empatía falsa, de alguien que fingía ternura. Y el animal que llena el vídeo es justamente el que asociamos con la lealtad sin cálculo. Un perro no aprende tu herida para apretar donde duele. Un perro no celebra tu cumpleaños mientras te vende. Frente a la arpía que no se ve, el vídeo pone a un coro de criaturas pequeñas que no saben mentir.
Además, los chihuahuas no son nuevos en mi planeta. Tengo una canción que se llama directamente «Chihuahua» y otra, «Como a mi chihuahua», que empieza con un «Te voy a contar por qué no veo las noticias». Son perros que ya forman parte del paisaje de Gayfolk, y aquí se convierten en algo más: en los testigos de una boda que, según la letra, no era lo que parecía.
El planeta en el cielo
Hay un personaje más que no habla pero que está en casi todos los planos: el planeta. Un planeta enorme, de bandas horizontales naranjas, crema y rosadas, que a veces lleva anillos como Saturno y a veces no, y que cuelga sobre la playa, sobre los rascacielos, sobre la ceremonia y sobre los perros. Otras veces aparece más pequeño, un planeta rosa con anillo flotando entre los cristales de cuarzo, o una luna rosada sobre la terraza.

Ese planeta es la firma de casi todos mis vídeos. Es el Planeta Gayfolk, el sitio inventado donde viven mis canciones, y aquí funciona como un sello: esta boda no ocurre en la Tierra, ocurre en mi mundo. Lo que me gusta de cómo está usado en este clip es que no hace nada. No explota, no se acerca, no cambia de color. Mira. Es el único personaje que lo ve todo desde arriba, sin tomar partido.
Cuando la letra se encuentra con la imagen
Si pones la letra al lado del vídeo, verso a verso, hay momentos en que las dos cosas se rozan y momentos en que se separan del todo. Te dejo los que a mí más me dicen.
El verso que mide el tiempo en engaños, el de los veinte, treinta o cuarenta años. Mientras suena, el vídeo enseña a los novios separados en el paseo, cada uno a un lado, con la manada de perros entre los dos. Es la única vez que la pareja aparece con distancia, y me parece la imagen exacta para esa cuenta.
«De la sonrisa que fingía / Mientras por dentro te escupía». La sonrisa está en todos los planos de la boda. Nadie frunce el ceño. Por eso la letra tiene que decir lo que la imagen calla.
«Se aprendió tu herida entera / Para apretar donde dolía». Este es el verso más difícil de la canción para mí. Y el vídeo, en lugar de ilustrarlo, se va al desierto con los perros. No hay ninguna escena de dolor. Creo que es mejor así: hay cosas que no necesitan dibujo.
«Prometía ser refugio / Y era una habitación sin salida». Aquí el vídeo tiene su imagen más clara, aunque llegue un poco después: el anillo de neón rosa, perfectamente cerrado, con un chihuahua sentado delante. Un círculo que brilla y no tiene puerta. Es precioso y no lleva a ninguna parte.
Y el final: el murmullo largo seguido de «Y le daba igual cuando llorabas», ocho veces. Es el tramo más largo de la canción, una especie de nana amarga que se repite sin avanzar. Y en ese tramo el vídeo ya no está en la boda. Está con los perros: corriendo por la playa, saltando entre las piedras rosas, sentados en las dunas, mirando el anillo de neón. Como si después de tanta repetición la canción hubiera decidido irse con quien sí lloraba contigo.
De dónde sale esta historia
No voy a contar detalles, ni a dar nombres, ni a describir a nadie. Lo que sí he contado otras veces, porque quiero que sirva a alguien, es que me enamoré por primera vez a los 22 y que tuve dos relaciones largas que salieron mal. Con el tiempo, y con mucho trabajo, entendí que los dos eran narcisistas. Lo digo como lo entiendo yo, no como un diagnóstico clínico: lo cuento en Enamorado desde los 22.

«La empatía de la arpía» viene de ese aprendizaje. De la sensación de haber compartido años con alguien y descubrir que eras un extraño para esa persona. De los cumpleaños celebrados con una sonrisa que no era verdad. Pero la canción no se queda ahí, y el vídeo tampoco. La letra pone nombre a lo que pasó, que es la primera manera de dejarlo atrás. El vídeo, con sus perros corriendo hacia la luz, enseña la segunda: irse a otro sitio.
A los 41 me diagnosticaron depresión mayor, entre otras cosas, y lo que me ayudó a salir no fue una canción, sino pedir ayuda y encontrar una buena psicóloga. Escribir me acompañó, pero no me curó. Lo repito siempre porque es importante: si lo que cuenta esta letra te suena demasiado, si te sientes atrapado en una relación así o si en algún momento has pensado que no puedes más, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, funciona las 24 horas y también tiene chat. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Pedir ayuda funciona. Hay más recursos en Salud mental sin tabú.
Las primas de esta canción
«La empatía de la arpía» tiene parientes en mi catálogo. Está «Not Your Supply», en inglés, que dice en otro idioma algo muy parecido: que ya no eres la fuente de nadie. Está «No Contact», que es lo que viene después de cerrar la puerta.
Pero de todas ellas, esta es la única cuyo videoclip es una boda. Y eso la hace distinta. Las otras miran el daño de frente. Esta lo mira a través de una fiesta, que es como muchas veces lo vivimos: desde dentro de una foto bonita.
Quién es quién, en resumen
Si tuviera que hacer la lista de reparto del vídeo, sería algo así:
- La arpía: no aparece. Es un hombre, aunque la palabra sea femenina. Sonreía y vendía.
- Los novios: una pareja de hombres que cambia de traje y de escenario a lo largo del clip. Se abrazan, se besan, cortan la tarta, se ponen los anillos. Son la foto perfecta.
- Los invitados: en fila, quietos, mirando. El público que vio la sonrisa.
- Los chihuahuas: el coro. Empiezan a los pies de los novios y acaban teniendo el vídeo para ellos solos, entre rayos, dunas, ríos de luz rosa y un anillo de neón.
- El planeta: el testigo que lo ve todo desde arriba sin decir nada.
- La tarta: el cumpleaños falso.
Mirado así, el videoclip de «La empatía de la arpía» cuenta la misma historia que la letra pero desde el otro lado del espejo. La letra cuenta la casa por dentro. El vídeo enseña la fachada. Y los perros son la salida.
Cómo verlo
Te propongo verlo dos veces. La primera, sin leer la letra, solo mirando: la boda, los perros, el planeta. Te parecerá un vídeo alegre, casi de anuncio. La segunda, con la letra delante. Y fíjate en qué momento dejas de ver una boda y empiezas a ver otra cosa.
La letra completa está en las letras y el vídeo, con todos los demás, en la página de vídeos. La letra, la composición y la producción son mías; la música e interpretación vocal están hechas con IA.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «La empatía de la arpía»? Una boda entre dos hombres en la playa, con tarta, invitados en fila, confeti y un planeta gigante en el cielo, y decenas de chihuahuas que acaban teniendo escenas propias: entre rayos, en dunas rosas, en un río de luz y delante de un anillo de neón.
¿Cuándo se estrenó? El 17 de diciembre de 2025 en YouTube. Dura tres minutos y medio.
¿Aparece la arpía en el vídeo? No. Ningún plano muestra a una arpía ni a un villano. La letra deja claro que es un hombre («él te inculpa»), pero el vídeo no le pone cara.
¿Por qué hay tantos chihuahuas? El vídeo no lo explica. Mi lectura es que funcionan como un coro leal frente a la empatía fingida de la letra, y los chihuahuas ya aparecen en otras canciones mías, como «Chihuahua» y «Como a mi chihuahua».
¿En qué se diferencia de otros artículos sobre esta canción? Los otros hablan de la letra: de las preposiciones «por dentro» y «donde dolía» y de la gente que usa tus heridas. Este presenta a los personajes del videoclip.