
By Mike Sain't Louis ·
La cornada que no se adorna: el toro en la poesía española y «Cada cornada»
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Hay palabras que llegan a nosotros ya vestidas. Cornada es una de ellas. La oyes y enseguida aparecen el traje de luces, la arena dorada, el pasodoble, la tarde de domingo, el pañuelo blanco. Es una palabra que viene con decorado incluido, como esas casas de muñecas que se venden ya amuebladas. Y cuando una palabra llega tan vestida, cuesta mucho verla desnuda, que es lo que es: un cuerno que entra en un cuerpo.
Con «Cada cornada» quise hacer precisamente eso. Desvestir la palabra. No para provocar por provocar, sino porque llevaba mucho tiempo sintiendo una incomodidad que no sabía dónde poner, y la única manera que conozco de sacar algo de dentro es convertirlo en canción. En el texto que acompaña al videoclip lo dejé escrito con una frase que todavía suscribo entera: «la violencia no tiene hueco aunque la adornen con mantillas, luces y un discurso viejo que ya no sostiene nada».
Este texto no es un panfleto. Es otra cosa. Quiero mirar cómo la poesía española, la que más quiero, la que leí con hambre, ha mirado al toro durante un siglo. Cómo lo convirtió en espejo del enamorado herido, en símbolo de la muerte, en motivo de elegía. Y quiero contar por qué, aun queriendo esos poemas, sentí la necesidad de escribir desde otro sitio. Desde el sitio del animal que no eligió estar ahí, y desde el sitio de una emoción que mucha gente nos enseñó a callar: la indignación.
Una palabra con dos filos
Antes de entrar en los poemas, me gusta detenerme en el doble filo del título. «Cada cornada» puede leerse de dos maneras, y las dos me importan.
La primera es la literal. La cornada es la herida que se asocia al torero, la que sale en las crónicas, la que se cuenta con nombre de hospital y parte médico. Es la herida que tiene biografía, la que se recuerda, la que a veces se convierte en leyenda.
La segunda es la metafórica, la que usamos todos sin pensar. «Me ha dado una cornada», dice alguien cuando le ha engañado su pareja. «Esa fue una cornada», cuando un amigo te falla. En castellano, la herida de amor se ha contado muchas veces con vocabulario taurino: la estocada, el capotazo, el quite, el burladero, entrar al trapo, echar un capote, ver los toros desde la barrera. Hablamos de nuestras emociones con palabras sacadas de una plaza.
Y sin embargo, en esas dos cornadas falta alguien. Falta el que embiste. El toro aparece en la frase como agente, como el que hiere, pero casi nunca como alguien que también está siendo herido. Lo que más me removía al escribir la canción era esa ausencia. Detrás de cada tarde de plaza hay un animal que no tiene crónica ni parte médico ni elegía. Esa es la cornada que no se cuenta.
Hablar de lo que duele con palabras prestadas Me interesa mucho esto de contar el dolor propio con palabras prestadas de otro dolor. Lo hacemos constantemente, y no siempre es malo. Las metáforas nos ayudan a nombrar lo que no sabemos decir. Cuando yo no encontraba la manera de explicar lo que sentía después de una ruptura, me servían las imágenes del fuego, del hielo, de la sal. Ya escribí sobre eso en el texto de Quevedo y el hielo abrasador: a veces una contradicción imposible es lo único que describe bien un sentimiento.
Pero hay metáforas que, de tanto usarlas, nos hacen olvidar de dónde salieron. La cornada es una de ellas. La usamos para nuestras penas y dejamos de ver la plaza entera, la sangre real, el animal que está en el centro. «Cada cornada» intenta devolver la palabra a su origen para que, cuando la usemos, sepamos lo que estamos diciendo.
Miguel Hernández: «Como el toro he nacido para el luto»
Si hay un poeta que se miró en el toro, ese es Miguel Hernández. En «El rayo que no cesa», el libro de sonetos que publicó en 1936, hay uno que empieza así:

«Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto».
Es un soneto que deja helado a cualquiera. Porque ahí no hay fiesta. Ahí no hay traje de luces ni pasodoble. Hernández no se compara con el torero, que sería lo fácil, lo heroico. Se compara con el toro. Con el que está marcado a fuego, con el que ha nacido para el dolor, con el que va a morir. Es un enamorado que no es correspondido y que se reconoce en el animal que embiste sin saber por qué, que sangra sin entender.
Lo que me enseñó ese soneto De ese soneto aprendí algo que luego me ha servido para escribir mis propias letras: que el lugar desde el que miras lo cambia todo. Hernández podría haberse puesto en el centro de la plaza con el capote, pero eligió el lugar del herido. Y al hacerlo, sin pretenderlo quizá, le dio al toro una dignidad que la fiesta no le da. El toro de Hernández siente, sufre, tiene corazón. No es un enemigo. Es un igual.
Eso es lo que más quiero de ese poema, y es también lo que me hizo pensar. Porque si el poeta puede reconocerse en el dolor del toro para contar su pena de amor, ¿por qué nos cuesta tanto reconocer el dolor del toro cuando está ahí, delante, en la arena, sin metáfora de por medio?
No tengo una respuesta cerrada. Tengo una canción. Y la canción, en el fondo, le hace a la tradición la misma pregunta que me hice yo leyendo a Hernández: si el toro sirve para hablar de nuestro dolor, ¿no merece también que hablemos del suyo?
El hierro en el costado Hay una imagen del soneto que se me ha quedado pegada: el hierro en el costado. La marca a fuego que identifica al animal como propiedad de alguien. Hernández la usa para hablar de una pena que lo marca para siempre, que no se va, que lo define.
Yo conozco bien esa sensación. Hay heridas que se quedan como marcas, que te acompañan, que la gente puede ver aunque tú intentes taparlas. Muchas de mis canciones son, en el fondo, una manera de mirar esas marcas y decir: esto me pasó, esto me dolió, y aquí sigo. Pero precisamente porque conozco esa sensación, me resulta imposible no pensar en el animal al que le ponen el hierro de verdad. La metáfora me lleva al animal, y el animal me devuelve a la metáfora. Es un círculo del que no quiero salir, porque me obliga a sentir las dos cosas a la vez.
Lorca: «¡Que no quiero verla!»
El otro gran poema taurino de nuestra lengua es el «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías», que Federico García Lorca escribió por la muerte de su amigo torero, herido en la plaza de Manzanares en el verano de 1934. En este blog ya apareció una vez, cuando hablé de las horas del reloj en mis letras, por ese estribillo que todos llevamos dentro: «A las cinco de la tarde».
Pero hoy quiero quedarme con otra parte del poema, la segunda, que se titula «La sangre derramada». Empieza con un grito:
«¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga, / que no quiero ver la sangre / de Ignacio sobre la arena».
Me emociona muchísimo ese grito. Es el grito de alguien que quiere a otra persona y no soporta ver lo que le ha pasado. Lorca le pide a la luna que venga, que tape, que ilumine otra cosa, porque mirar la sangre de su amigo es insoportable. Es un poema de duelo, y como todos los buenos poemas de duelo, es también un poema sobre la imposibilidad de mirar de frente.
Mirar o no mirar Y aquí está el punto en el que el poema de Lorca y mi canción se rozan sin tocarse. Lorca no quiere ver la sangre. Yo, en el texto del videoclip, escribí lo contrario: «Este videoclip no busca agradar. / Busca mostrar». Y un poco más abajo: «La imagen no acompaña: corta».
No es que yo le lleve la contraria a Lorca. Sería ridículo. Lorca está llorando a un amigo, y el llanto tiene derecho a apartar la mirada. Lo que yo quería señalar es otra cosa: la manera en que una sociedad entera puede aprender a no mirar. A estar en la plaza, delante de la sangre, y no verla. A rodearla de música, de oro, de mantillas, de aplausos, hasta que la sangre parece parte del decorado.
En el texto lo dije así: la tauromaquia «es una costumbre que resiste por inercia, por miedo, por esa comodidad de mirar solo hacia donde no duele». Esa comodidad es lo contrario del grito de Lorca. Lorca no quiere ver porque le duele demasiado. La comodidad no quiere ver para que no le duela nada.
La belleza como anestesia Hay una pregunta que me hago desde hace años y que «Cada cornada» intenta decir en imagen y en ritmo: ¿puede la belleza funcionar como anestesia?
Creo que sí. Creo que la belleza puede ser una manera de no sentir. El traje de luces es precioso. La música es preciosa. Los poemas son preciosos. Y toda esa belleza, sin quererlo, puede taparnos algo que, si lo viéramos sin adornos, no soportaríamos.
Por eso en el videoclip y en la portada elegí un traje de luces rosa chicle, con oro y perlas, exagerado hasta lo camp. Si quieres saber más sobre esa estética, la conté en «Traje de luces rosa: guardar luto sin vestirse de negro», que va de otra canción pero comparte vestuario, y en el post sobre el torero rosa de «Contact Overwhelms Me». Llevar el traje tan lejos, tan rosa, tan brillante, es una manera de que el adorno se note. Cuando el adorno se nota, deja de anestesiar. Y entonces ves lo que hay debajo.
La indignación también es un sentimiento
Hasta aquí he hablado de poesía y de imágenes. Pero este blog va, sobre todo, de cómo las canciones me han ayudado a sacar lo que sentía. Y lo que sentía cuando escribí «Cada cornada» tiene nombre: indignación.

Durante mucho tiempo pensé que la indignación no era un sentimiento legítimo. Que era un enfado de segunda, algo que había que controlar, que no quedaba bien. A mucha gente nos enseñaron que había que ser agradable, no molestar, no meterse en líos. Que las personas sensibles lloran, pero no se indignan. Que la rabia es fea.
Y no. La indignación es un sentimiento como cualquier otro. Es lo que sientes cuando ves que algo está mal y que nadie hace nada. Es una mezcla de tristeza, de rabia y de impotencia. Y como todos los sentimientos, si no sale, se queda dentro y se pudre.
Lo que pasa cuando te tragas la rabia Sé lo que pasa cuando te tragas la rabia, porque lo he hecho muchas veces. Se convierte en otra cosa. En dolor de estómago, en insomnio, en tristeza sin motivo aparente, en esa sensación de estar siempre un poco apagado. La rabia tragada no desaparece; se disfraza.
Escribir me ha enseñado a no tragármela. No a soltarla contra nadie, que es otra cosa, sino a darle forma. Una canción es un recipiente. Metes ahí la rabia, la ordenas, le pones ritmo, y de pronto ya no es un incendio dentro de ti: es algo que está fuera, que puedes mirar, que otras personas pueden escuchar. Es la misma lógica que conté en «Mariposas en un cuaderno»: escribir para que lo que sientes tenga un sitio donde vivir que no sea tu cuerpo.
Indignarse sin odiar Hay algo importante que quiero dejar claro, porque me parece que se confunde mucho. Indignarse no es odiar. En «Cada cornada» no hay insultos a personas concretas. No hay nombres. No hay deseos de mal. Hay una denuncia de una costumbre, de una inercia, de una manera de mirar.
Me importa esa diferencia porque he visto lo que hace el odio, y no quiero eso para mí. El odio te ata a aquello que odias. La indignación, en cambio, puede ser el principio de algo distinto: de una conversación, de un cambio, de una canción. La indignación mira hacia delante. El odio se queda mirando el mismo punto para siempre.
En el texto del videoclip escribí: «Yo no vengo a tranquilizar conciencias; vengo a descolocar». Descolocar no es destruir. Es mover algo de su sitio para que se vea desde otro ángulo. Eso es lo que quería: que alguien, al escuchar la canción, mirara la plaza desde otro lado. Desde el lado del toro, como Hernández, pero sin metáfora.
«Hay quien se indigna por cuatro palabras»
Hay una frase en el texto del videoclip que me hace sonreír cada vez que la leo, porque sé de dónde viene: «Hay quien se indigna por cuatro palabras, pero luego aplaude sin pestañear un acto que todos saben cómo termina».
Las cuatro palabras son, claro, las mías. Las palabrotas, los tacos, las cosas que digo en mis letras sin pedir permiso. Llevo tiempo escuchando que soy demasiado explícito, demasiado bruto, demasiado ordinario. Que no hace falta decir las cosas así. Que eso no es arte. De eso hablé con mucho humor en «Tampoco te escandalices tanto».
La doble vara de medir Lo que me llama la atención es la doble vara de medir. Una palabrota en una canción escandaliza. Un animal desangrándose en una plaza, con música y aplausos, se considera cultura. Me parece una incoherencia enorme, y creo que es una incoherencia que dice mucho de cómo funcionamos.
Nos escandaliza lo que rompe las formas. No nos escandaliza lo que respeta las formas aunque por dentro sea violento. Una palabrota rompe las formas: es fea, es directa, no lleva traje. La plaza respeta las formas: tiene ceremonia, tiene orden, tiene estética. Y por eso a mucha gente le cuesta ver la violencia de la plaza y le resulta facilísimo ver la ordinariez de una palabrota.
Eso pasa también en la vida de cada día. Hay situaciones muy dañinas que se toleraban porque se hacían con buenos modales, con sonrisas, en susurros. Y se señala a quien alza el tono para denunciarlo, como si el problema fuera el ruido y no el daño. Algo de eso conté en «Artista o terrorista»: a veces el que grita parece el monstruo, y el que hiere en silencio parece el decente.
Lo que la tradición nos deja y lo que no
No quiero que se entienda que estoy en contra de la tradición. Me encanta la tradición. La copla, Rafael de León y hasta el pasodoble forman parte del mundo del que bebe el planeta. Ya conté en el post sobre la copla «Tatuaje» cuánto le debo a ese mundo. Y he robado versos de Lorca para hacer rumbas, como cuento en «Verde que te quiero verde».

Lo que creo es que la tradición no es un bloque que hay que tragarse entero. Es más bien una casa vieja con muchas habitaciones. Algunas habitaciones están llenas de tesoros. Otras huelen a humedad. Y uno tiene derecho a quedarse con los tesoros y a abrir las ventanas de las habitaciones que huelen mal.
Quedarse con los poemas Puedo quedarme con el soneto de Hernández y con el llanto de Lorca. Puedo quererlos, leerlos, emocionarme. Y al mismo tiempo puedo decir que la costumbre que aparece en ellos me parece violenta y que no la quiero en mi mundo. No hay contradicción. Los poemas no son la plaza. Los poemas son lo que dos personas muy sensibles sintieron ante la plaza: uno, el dolor del toro como espejo; otro, el dolor de perder a un amigo.
De hecho, creo que esos poemas, leídos hoy, nos ayudan a ver lo que la plaza tapa. Hernández nos pone en el lugar del toro. Lorca nos enseña que la sangre en la arena es insoportable. Si los escuchamos de verdad, nos llevan lejos de la plaza, no hacia ella.
Un planeta sin escenario para la violencia El texto del videoclip termina con una frase que resume bien lo que es el planeta para mí: «Bienvenido a un universo donde la estética no tapa nada / y donde la violencia no tiene escenario».
Planeta Gayfolk, que es como llamo al universo de mis canciones y del que hablo en la página del planeta, es un sitio donde caben muchas cosas: la pluma, la copla, el humor, el desamor, la rabia, la ternura. Pero quería que hubiera algo que no cupiera: la violencia disfrazada de fiesta. No porque el planeta sea perfecto, que no lo es, sino porque es mío, y en lo mío decido yo qué tiene escenario.
La cornada del desamor, otra vez
Vuelvo al segundo filo del título. La cornada metafórica. La del amor que hiere.
Mientras escribía la canción, me di cuenta de que mi indignación con la plaza tenía algo que ver con mis propias heridas. No de forma directa, sino de una manera más profunda. Lo que me indignaba de la plaza era lo mismo que me había dolido en algunas relaciones: la violencia rodeada de belleza. Las palabras bonitas que tapaban el daño. La estética como anestesia, otra vez.
Reconocer el adorno Una de las cosas que más me ha ayudado a salir de situaciones que me hacían daño fue aprender a reconocer el adorno. Darme cuenta de que una relación podía ser muy bonita por fuera, con sus fotos, sus viajes, sus te quiero, y muy violenta por dentro. Que la belleza de la superficie no me obligaba a aguantar lo que había debajo.
Eso es lo que la canción, a su manera, también dice. «La estética no adorna: despierta». Cuando yo era más joven, la estética me adormecía. Me quedaba con lo bonito y no veía lo feo. Ahora intento que la estética me despierte. Que lo bonito me sirva para mirar mejor, no para mirar menos.
Las heridas que tienen crónica y las que no Al principio hablé de la cornada que tiene crónica, la del torero, y de la que no tiene, la del toro. Con el desamor pasa lo mismo. Hay heridas que tienen crónica: la ruptura que todo el mundo conoce, el engaño que se cuenta en las cenas. Y hay heridas que no tienen crónica: las pequeñas humillaciones diarias, los silencios, las miradas, todo eso que no sale en ningún parte médico pero que va dejando marca.
Mis canciones han sido muchas veces la crónica de esas heridas sin crónica. Una manera de decir: esto también pasó, esto también dolió, aunque nadie lo viera. Y creo que «Cada cornada» es, en ese sentido, hermana de mis canciones de desamor. Es una canción que le pone crónica a una herida que no la tenía. En este caso, la del animal. Pero el gesto es el mismo.
Escribir sin pedir disculpas
Hay una línea del texto que se ha convertido en una especie de lema para mí: «El arte no se disculpa: se planta».

Durante muchos años me disculpé por todo. Por ser como era, por escribir lo que escribía, por ocupar espacio. Cada canción venía acompañada de una explicación, de un «no te lo tomes a mal», de un «ya sé que es mucho». Y eso me agotaba. Era como pedir permiso para existir.
Plantarse Plantarse no es lo mismo que gritar. Plantarse es quedarse en tu sitio. Decir: esto es lo que pienso, esto es lo que siento, y no voy a pedir perdón por ello. Puedes no estar de acuerdo, y está bien. Pero yo me quedo aquí.
Aprender a plantarme ha sido una de las cosas más difíciles y más sanadoras de mi proceso. Y las canciones me han ayudado mucho. Cada vez que publico una canción que me da miedo publicar, practico. Cada vez que digo algo que sé que va a molestar a alguien, me fortalezco un poco. «Cada cornada» fue una de esas canciones. Sabía que iba a incomodar. Y lo escribí igual: «Si incomoda, funciona. / Si remueve, mejor».
La incomodidad como señal No digo que haya que incomodar siempre. Hay canciones mías que solo quieren consolar, o hacer reír, o acompañar. Pero he aprendido que la incomodidad, a veces, es una señal de que algo importante se está moviendo. Cuando una conversación incomoda, suele ser porque toca algo que llevaba mucho tiempo quieto.
En terapia, en la vida, en el arte, lo que incomoda suele ser lo que más necesitamos mirar. Por eso me parece bien que una canción incomode. No como objetivo en sí, sino como efecto secundario de decir algo verdadero.
Una palabra desnuda
Empecé diciendo que hay palabras que llegan vestidas. Quiero terminar con la misma palabra, cornada, pero intentando dejarla desnuda.
Una cornada es un cuerno que entra en un cuerpo. En el cuerpo de un torero, a veces. En el cuerpo de un toro, siempre que el toro muere en la plaza, aunque ahí no lo llamemos cornada sino estocada, descabello, puntilla, que son palabras que también vienen vestidas. Y en nuestro cuerpo, metafóricamente, cada vez que alguien nos hiere de verdad.
Lo que me enseñaron Hernández y Lorca, y lo que intenté devolver en «Cada cornada», es que todas esas heridas merecen ser vistas. La del poeta enamorado que se siente toro. La del amigo que muere en la arena. La del animal que no tiene elegía. La nuestra, la de cada día, la que nadie ve.
Lo que queda después de escribirla Después de escribir la canción me sentí más ligero. No porque hubiera cambiado nada fuera, que no lo había hecho, sino porque había sacado algo de dentro. La indignación ya no estaba en mi estómago. Estaba en una canción, en un videoclip, en un texto. Estaba fuera, donde podía hacer algo, aunque fuera pequeño.
Eso es, en el fondo, lo que hacen todas mis canciones. Sacar. Poner fuera. Dar forma. Y si al hacerlo alguien que escucha se siente un poco menos solo con su propia indignación, o con su propia herida, entonces la canción ha cumplido.
El videoclip de «Cada cornada» está en la página de vídeos, y el texto completo que lo acompaña aparece en la sección de letras. Lo que yo quería hacer era mirar sin adornos. Sigo intentándolo, canción a canción.
Y si lo que te remueve no es una plaza sino una herida tuya, de las que no tienen crónica, no te la tragues. Escríbela, cuéntasela a alguien de confianza, o pide ayuda. En España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida, que también atiende a familiares y allegados; el 112 si hay un peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza, 717 003 717; y la Fundación ANAR, 900 20 20 10, si eres menor o te preocupa un menor. Fuera de España, en findahelpline.com encontrarás la línea de tu país.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Cada cornada»? Es una canción de Mike Sain't Louis, del segundo disco de la trilogía GAYFOLK, que toma postura contra la tauromaquia. El texto que acompaña al videoclip lo resume así: «la violencia no tiene hueco aunque la adornen con mantillas, luces y un discurso viejo que ya no sostiene nada».
¿Qué poemas españoles hablan del toro? Este artículo comenta dos: el soneto de Miguel Hernández que empieza «Como el toro he nacido para el luto», de «El rayo que no cesa» (1936), y el «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» de Federico García Lorca, sobre todo su segunda parte, «La sangre derramada», que empieza con el grito «¡Que no quiero verla!».
¿Por qué el título tiene doble sentido? Porque la cornada es a la vez la herida literal de la plaza y la metáfora que usamos para las heridas de amor. El artículo propone mirar también la herida que casi nunca se nombra: la del animal.
¿Es lo mismo indignarse que odiar? No. El texto defiende la indignación como un sentimiento legítimo que conviene expresar, por ejemplo escribiendo, y la distingue del odio: la indignación busca un cambio y el odio se queda atado a lo que odia.
¿Dónde pedir ayuda si lo estoy pasando mal? En España, el 024 (atención a la conducta suicida, también para allegados), el 112 si hay peligro inmediato, el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.