
Por Mike Sain't Louis ·
«Mira mi brazo tatuado»: la copla «Tatuaje» de Rafael de León y mi «Tattoo de fénix»
Un puerto de noche. Un faro que deja caer luz plateada sobre los veleros. Una barra manchada, dos copas de aguardiente y un marinero rubio que se remanga para enseñar el brazo. En el brazo, un nombre de mujer. Así empieza «Tatuaje», una de las coplas más famosas que se han escrito en España, y así empieza también este texto, que en realidad va de otra piel: la mía, o la del personaje que escribí en «Tattoo de fénix».
En mi canción no hay puerto ni marinero. Hay una pista de baile, un club que la letra llama del despecho y un pájaro que arde en el pecho de alguien que no para de moverse. La primera frase lo dice todo, copiada tal cual de la letra publicada: «Un ave fenix llevo tatuado en el pecho».
En «De la ceniza a la piel» ya escribí sobre el mito del fénix y sobre lo que significa tatuarse un pájaro que renace. Aquí quiero hacer otra cosa: ponerla al lado de una copla de los años cuarenta. No porque se parezcan, que se parecen poco, sino porque juntas cuentan una historia que me importa mucho. La de lo que uno decide llevar marcado en la piel después de un desamor.
Un barco de nombre extranjero
«Tatuaje» se estrenó en 1941. La letra es de Rafael de León y Xandro Valerio, la música de Manuel Quiroga, y la hizo famosa Concha Piquer, que la grabó por primera vez ese mismo año y volvió a grabarla, con orquesta, a mediados de los cincuenta. Mezcla dos ritmos, vals y tango, y eso ya dice algo: es una canción que no termina de decidir si baila o si llora.
La historia es sencilla. Una mujer conoce en un puerto a un marinero que llega en un barco de nombre extranjero. Él le cuenta, entre dientes, la historia de su amor: lleva en el brazo el nombre de una mujer que lo quiso y lo olvidó, y él, en cambio, no la olvida. Luego el marinero se marcha en el mismo barco. Y la mujer se queda buscándolo por todos los puertos, de mostrador en mostrador, preguntando a los marineros si saben algo de él.
Es una cadena de abandonos. Una mujer olvida al marinero. El marinero lleva su nombre tatuado. Otra mujer se enamora del marinero, que se va. Y esa segunda mujer acaba con el nombre de él escrito sobre su propia piel. Nadie se libra. Cada uno lleva marcado a alguien que no está.
El pecho tatuado con un corazón
La copla describe al marinero con dos rasgos que se quedan en la memoria de cualquiera que la haya escuchado: hermoso y rubio como la cerveza, y con el pecho tatuado con un corazón.
El pecho. Ese es el primer sitio donde las dos canciones se tocan. En «Tatuaje», el pecho del marinero lleva un corazón, el símbolo más gastado del amor, el de las cartas y los pupitres y las camisetas de souvenir. En mi canción, el pecho lleva un ave fénix. Mismo sitio del cuerpo, otra imagen. Y la diferencia me parece enorme.
Un corazón tatuado es una promesa. Dice: aquí hay alguien que quiere. Un fénix tatuado es otra cosa. Dice: aquí hay alguien que se ha quemado y ha vuelto. Uno mira hacia el otro. El otro mira hacia uno mismo.
No pensé en «Tatuaje» cuando escribí «Tattoo de fénix». Lo reconozco sin problema. Pero las coplas se te meten dentro aunque no quieras, sobre todo si has crecido en una casa española donde la radio o la tele las ponía en cualquier momento. Y cuando hoy releo las dos, siento que mi pájaro es una respuesta, ochenta años después, a aquel corazón del marinero.
Con este nombre de mujer
El estribillo de la copla es este, y casi cualquier persona mayor de cincuenta años en España lo puede tararear: «Mira mi brazo tatuado / con este nombre de mujer».
Llevar el nombre de otra persona en la piel es una de las cosas más arriesgadas que se pueden hacer por amor. Todo el mundo conoce a alguien que se tatuó el nombre de una pareja y luego tuvo que taparlo con una rosa, una calavera o una golondrina. Es el chiste de los estudios de tatuaje de todos los barrios. Pero en la copla no hay chiste. El marinero lleva el nombre de quien lo olvidó y no se lo quiere quitar. Lo enseña en las barras como quien enseña una herida.
Yo he llevado nombres así. No en la piel, que conste, sino en la cabeza. Nombres de personas que me hicieron daño y que no me podía quitar de encima. Lo he contado en esta web, en la serie sobre salud mental, sin decir esos nombres, porque no se los merecen y porque en mis canciones los personajes son personajes. Pero sé lo que es ir por la vida enseñando la herida como el marinero de la copla. Contándole a todo el que se ponga delante la vieja historia de un amor.
Y sé lo que cambia el día en que dejas de hacerlo.
No es un día concreto, ojo. No hay una fecha en el calendario en la que guardé el brazo y me bajé la manga. Es más bien una cosa que pasa poco a poco, canción a canción. Un día te das cuenta de que llevas semanas sin contarle a nadie la historia del marinero. Y otro día, de que si la cuentas, la cuentas con chiste. Ese es el momento en que el tatuaje empieza a borrarse.
Rafael de León, poeta de la copla
Antes de seguir quiero detenerme en el hombre que escribió esos versos, porque para mí importa.
Rafael de León nació en Sevilla en 1908 y murió en Madrid en 1982. Fue amigo de Federico García Lorca y de los poetas de su generación, y escribió, sobre todo con Antonio Quintero y Manuel Quiroga, muchas de las coplas que hoy todo el mundo considera clásicas: «Ojos verdes», «Ay pena, penita, pena», «La Lirio», el «Romance de la reina Mercedes». Era un poeta de verdad que eligió escribir para que su obra la interpretaran otras personas en los escenarios. Y, según se ha contado muchas veces, vivió su homosexualidad con la discreción que imponía la España de su tiempo.
Esto último me hace leer «Tatuaje» de otra manera. Un hombre que no podía decir en público a quién quería escribe la historia de una mujer que se enamora de un marinero rubio en un puerto. Una mujer que lo busca por todos los bares. Que le pide a otros marineros que, si lo encuentran, le digan que muere por él. No voy a afirmar nada sobre lo que Rafael de León sentía, porque no lo sé. Pero muchas personas LGTBI han escuchado en esas coplas, durante décadas, un deseo que no podía decirse en primera persona y que se decía a través de una mujer.
Ese truco, el de hablar a través de otro, también lo conozco. En mis letras hay protagonistas femeninas, drags, folclóricas, personajes que no son yo y que me permiten decir cosas que yo solo no diría. La copla lo inventó antes.
Y voy sangrando lentamente
Hay un verso de «Tatuaje» que siempre me ha parecido el más duro: «Y voy sangrando lentamente / de mostrador en mostrador».
Sangrar despacio, de bar en bar. La pena como una hemorragia que no se corta, que va dejando gotas en cada barra. Es una imagen bestial, si lo piensas, para una canción que se bailaba en las verbenas.
Y aquí viene el segundo cruce, uno que no me esperaba. En el mismo disco de la liberación, el tercero de mi trilogía, hay una canción que se llama «La primera drag de Benidorm». Es casi un grito. Una drag con los tacones rotos, la falda ardiendo, sangrando por cada semáforo. La letra dice, entre otras cosas: «mi pecho abierto, / mi nombre deshecho».
Lo pongo al lado de la copla y me da un escalofrío. La mujer de «Tatuaje» lleva un nombre escrito en la piel. La drag de mi canción tiene el nombre deshecho. A una le sobra un nombre ajeno; a la otra se le cae el propio. Las dos sangran por la ciudad, una de mostrador en mostrador, la otra de semáforo en semáforo.
Pero hay una diferencia. La copla termina con la mujer pidiendo que le digan al marinero que muere por él. Mi canción termina así: «me desangro... / y bailo».
Del puerto a la pista
Esa diferencia, sangrar y bailar a la vez, es para mí todo el camino que va de «Tatuaje» a «Tattoo de fénix».
La copla vive en el puerto. Un sitio de llegadas y despedidas, de barcos que se van, de gente que espera. La protagonista no tiene más opción que esperar y buscar. Su vida queda colgada del regreso de otro. Es una estructura muy de su época, la de la mujer que aguarda en la orilla, la Penélope de las coplas.
Mi canción vive en la pista. Un sitio donde nadie espera a nadie. Donde el que baila no está pendiente de que vuelva un barco, sino del siguiente golpe de música. La letra de «Tattoo de fénix» lo dice con toda la intención: sigo el impulso, no hay quien me frene, sube el volumen. Es lo contrario de la espera. Es movimiento. Y es fuego, pero un fuego distinto del que cuento en «Es hielo abrasador», donde el lanzallamas no conseguía derretir nada: aquí el fuego no busca a nadie, solo arde en el pecho del que baila.
Si tuviera que resumir lo que me ayudó escribir canciones en los peores años, diría eso: me sacó del puerto. Me quitó de la barra donde contaba la vieja historia de mi amor a cualquiera que quisiera oírla. Y me llevó a una pista donde podía moverme aunque estuviera sangrando. No dejé de sangrar de golpe. Pero dejé de esperar.
Lo que decides llevar en la piel
Aquí está, creo, la pregunta de fondo de este texto. Después de que alguien te rompa, ¿qué te tatúas?
La copla responde con el nombre del otro. Es la respuesta romántica, la de toda la vida: quedarte marcada para siempre por quien te dejó. Y tiene su belleza, no lo niego. Hay algo heroico en esa fidelidad que no pide nada a cambio.
Mi canción responde con un pájaro. Con algo que no es nadie. Que no tiene nombre de mujer ni de hombre. Que habla de lo que tú has hecho con el fuego, no de quién te lo encendió. Y esa elección, que en la canción es casi una broma de discoteca, para mí es una declaración seria. Dejar de llevar marcado el nombre del que te hizo daño. Ocupar ese sitio de la piel con algo tuyo.
En la vida real no tengo un fénix tatuado, que yo sepa, y no voy a inventarme ahora un tatuaje para que el texto quede redondo. El de la canción es de un personaje que baila. Pero el gesto lo he hecho de otra manera. Cada canción que he escrito sobre una relación que me hizo daño ha sido como borrar un nombre del brazo y dibujar otra cosa encima. Las letras son mi tinta.
Los marineros del Planeta Gayfolk
Hay algo que me hace gracia, y es que el marinero es una de las figuras más queer de la cultura popular del siglo veinte. Los marineros de Jean Genet, los de las ilustraciones de Tom of Finland, los que pinta Pierre et Gilles con sus gorritos blancos, el marinero de la portada de tantos discos de los ochenta. El de la copla, rubio como la cerveza y con el pecho tatuado, encaja en esa galería sin ningún esfuerzo.
En el Planeta Gayfolk no hay muchos marineros, pero hay mucha agua. Hay cruceros que parecen tanatorios, hay playas pequeñas donde uno se entera de cosas que habría preferido no saber, como cuento en «La playa del Mal Pas», hay barcos de madera y mares de neón. Y hay, sobre todo, mucha gente que llega y se va, como los barcos de la copla.
Me gusta pensar que si el marinero de «Tatuaje» hubiera atracado en mi planeta, alguien le habría invitado a bailar en el club del despecho. Y que a lo mejor, después de unas cuantas canciones, se habría planteado taparse ese nombre de mujer con otra cosa. Un pájaro, por ejemplo.
Verde que te quiero verde
Rafael de León tiene otra copla que me persigue desde niño, y que también escribió con Quintero y Quiroga: «Ojos verdes», de 1937. Es la historia de una mujer apoyada en el quicio de una mancebía, que es una forma antigua y elegante de decir un burdel, enamorada de un hombre de ojos verdes que pasó una noche y se fue. Otra vez el que llega y se va. Otra vez la que se queda.
El verde de esa copla viene de muy cerca. Unos años antes, en 1928, su amigo Federico García Lorca había publicado el «Romance sonámbulo», que empieza con uno de los versos más famosos de la poesía en español: «Verde que te quiero verde». Un verde que mezcla la luna con el agua y la muerte con el deseo. Un verde que no se entiende del todo y que por eso no se olvida.
En mi trilogía hay una rumba que se llama «Verde», en el tercer disco, y que dice que de todos los colores de su tierra el verde es el que le sabe animar. No tiene nada que ver con Lorca ni con la copla: es una rumba de risas, de soplos y de libertad, con un tono ligero que a Rafael de León seguramente le habría escandalizado un poco. Pero cuando la pongo al lado de aquellos ojos verdes y de aquel verde que te quiero verde, me hace gracia el recorrido del color.
En Lorca, el verde es misterio y muerte. En la copla, el verde son los ojos de un hombre que no vuelve. En mi rumba, el verde es lo que anima. Es el mismo color pasado por tres épocas de España: la de antes de la guerra, la de la posguerra y la de ahora. Y en cada época significa una cosa distinta para la gente como nosotros. Primero, lo que no se podía nombrar. Luego, lo que se decía a través de una mujer en una mancebía. Ahora, una fiesta.
No digo que mi rumba esté a la altura de nada de eso. Digo que tengo la suerte de escribir en una época en la que el verde puede ser una fiesta. Y que esa suerte se la debo, en parte, a gente como Lorca y como Rafael de León, que lo escribieron cuando no se podía.
La copla como escuela
No quiero que este texto parezca que desprecio la copla, porque es lo contrario. La copla fue mi primera escuela de letras, aunque yo no lo supiera.
Me enseñó a contar historias completas en tres minutos, con su principio, su nudo y su final. Me enseñó que los objetos cuentan más que los adjetivos: dos copas de aguardiente, un mostrador manchado, un faro, un tatuaje. Me enseñó que la pena se puede bailar, y que una mujer abandonada en un puerto puede ser más grande que el marinero que la abandonó. Y me enseñó, sobre todo, que lo popular no es lo contrario de lo poético. Rafael de León era poeta y escribía para las verbenas.
Todo eso está en mis canciones. En la forma de contar una ruptura con un ticket de supermercado, en las protagonistas folclóricas, en los insultos con nombre y apellido. El GAYFOLK tiene mucho de copla puesta del revés. Con más chistes y menos resignación. Pero con la misma idea de fondo: que la gente corriente también merece canciones grandes.
Por eso, entre las letras del planeta, y en la lista de singles, hay tantos guiños a esa tradición, y por eso una de mis canciones lleva el nombre de Lola Flores, que es otra forma de decir copla, arte y desmesura.
Si tú también llevas un nombre encima
Si estás leyendo esto y te reconoces en el marinero, si llevas años contando la misma historia de amor a quien quiera oírla y no consigues quitártela de encima, a lo mejor ha llegado el momento de pedir ayuda para dejar de sangrar de mostrador en mostrador. En esta web está la serie sobre salud mental que escribí desde mi experiencia. Y en España tienes estos teléfonos:
- 024: línea de atención a la conducta suicida, también para cualquier crisis emocional; gratuita, confidencial, de día y de noche y con chat.
- 112: si hay un peligro inmediato.
- 717 003 717: Teléfono de la Esperanza, para que alguien te escuche.
- 900 20 20 10: Fundación ANAR, si eres menor o te preocupa un menor.
- findahelpline.com: para encontrar la línea de tu país si estás fuera de España.
Dile que yo bailo
La copla termina con una petición al marinero que escucha: si te lo encuentras, dile que yo muero por él. Es un final precioso y terrible.
Si yo tuviera que escribir una última estrofa para aquella mujer del puerto, no le pediría que dejara de querer al marinero rubio. Eso no se manda. Le pediría solo una cosa: que el día que se canse de buscarlo, se vaya a la pista. Que se tatúe un pájaro. Que suba el volumen. Y que, si alguien le pregunta por él, conteste otra cosa.
Dile que yo bailo.
Es lo que me dije a mí mismo, más o menos, después de unos cuantos años de puertos. Y es lo que intento decir, con mis chistes y mis fénix y mis drags con la falda ardiendo, en casi todo lo que escribo. Si te apetece comprobarlo, en la página sobre mí están las reglas de la casa, y en las letras, todo lo demás.
Preguntas frecuentes
¿Quién escribió la copla «Tatuaje»? «Tatuaje» es de 1941, con letra de Rafael de León y Xandro Valerio y música de Manuel Quiroga. La popularizó Concha Piquer, que la grabó ese año y volvió a grabarla con orquesta a mediados de los cincuenta.
¿Qué tiene que ver con «Tattoo de fénix»? Las dos hablan de un tatuaje en el pecho después de un desamor. En la copla, el marinero lleva un corazón y el nombre de una mujer que lo olvidó; en «Tattoo de fénix», del primer disco de la trilogía GAYFOLK, el tatuaje es un ave fénix y la escena es una pista de baile.
¿Por qué se compara con «La primera drag de Benidorm»? Porque las dos sangran por la ciudad: la protagonista de «Tatuaje» va «sangrando lentamente / de mostrador en mostrador», y la drag de la canción del tercer disco se desangra por los semáforos, pero termina bailando.
¿Quién hace la música de las canciones de Mike Sain't Louis? Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial.