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«Es hielo abrasador»: Quevedo, el lanzallamas y el corazón frozen, frío y fuego en mis letras

Un lanzallamas. No una cerilla, no un mechero del chino, no una vela de cumpleaños. Un lanzallamas, de esos que salen en las películas de guerra y en los vídeos de gente que quema avisperos en Estados Unidos. Eso es lo que hace falta, según una de mis canciones, para intentar calentar un corazón. Y ni con eso.

Así lo dice el estribillo de «El narcisista», que copio tal como aparece en la letra publicada:

Lo has intentado hasta con un lanzallamas, / pero está frozen / su corazón está congelado.

En «Narciso, Eco y un lanzallamas» ya escribí sobre el mito griego que hay detrás de la palabra narcisista. Aquí quiero hacer otra cosa: sacar el termómetro. Medir la temperatura de mis letras. Porque cuando me puse a buscar, me di cuenta de que en el Planeta Gayfolk hace mucho frío y mucho calor, casi nunca templado, y que esa forma de hablar del amor con grados centígrados no me la inventé yo. La inventaron, o la perfeccionaron, unos señores con gorguera hace cuatrocientos años.

Hielo abrasador, fuego helado

Francisco de Quevedo tiene un soneto que muchos estudiamos en el instituto y que empieza así: «Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente». Está dedicado a definir el amor. Y lo define a base de contradicciones: un hielo que quema, un fuego que congela, un bien soñado y un mal presente, un descanso que cansa.

Ese truco tiene un nombre técnico, oxímoron, y una historia larguísima. Viene de Petrarca, el poeta italiano del siglo catorce, que en sus sonetos a Laura decía que ardía y era hielo a la vez. Los poetas del Siglo de Oro español lo copiaron, lo retorcieron, lo llevaron al límite. Lope de Vega escribió otro soneto famoso que es una lista de efectos del amor, desmayarse, atreverse, estar furioso, y que termina diciendo que esto es amor y que quien lo probó lo sabe.

Cuando releí estos sonetos de adulto, después de haber escrito mis canciones, me dio un poco de risa y un poco de vértigo. Risa porque mi lanzallamas es lo más alejado de un soneto que se pueda imaginar. Vértigo porque, en el fondo, estábamos diciendo lo mismo. Que el amor, o lo que se le parece, no tiene temperatura estable. Que te quema y te congela. Y que, a veces, el que quema es uno y el que congela es el otro.

El frozen del primer disco

En el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», hace un frío que pela. El corazón congelado de «El narcisista» no está solo. En «Manual de escape de un narci» vuelve el «You're frozen», y vuelve la frase de estás congelado, y vuelve el deseo de poder derretir un corazón que no se deja.

No es casualidad que la palabra aparezca en inglés. Frozen. Con esas es largas que la letra publicada estira hasta el infinito en el estribillo de «El narcisista». Para cualquiera que haya tenido sobrinos en la última década, frozen es la película de Disney, la de la princesa que congela todo lo que toca y la canción que no había manera de quitarse de la cabeza. Hay algo de eso en mi estribillo, aunque no lo pensara así: un chiste de dibujos animados metido en una canción muy seria. El corazón del narcisista es un castillo de hielo de película infantil.

Pero el chiste tiene fondo. Lo que describe la canción es una sensación que conoce cualquiera que haya querido a alguien incapaz de querer de vuelta. Haces de todo. Pones toda la carne en el asador, como se dice. Pruebas con el cariño, con la paciencia, con la rabia, con las lágrimas, con el silencio, con el sexo, con la ternura de las recetas en YouTube para que al volver haya algo dulce. Y nada. Está frozen.

El lanzallamas es la exageración que mejor resume esa desesperación. Ya no sabes qué más hacer, y lo que te queda es quemarlo todo. Y ni así.

Hacerse el frío

En el tercer disco, «El día de la liberación», la temperatura cambia. Hay una canción, «Me mola Zeus», que es casi lo contrario de «El narcisista», y que tiene un verso que Quevedo habría firmado con una sonrisa: «Te haces el frío pero estás hirviendo».

Aquí el frío es una pose. Un personaje inventado, Zeus Vargas, que hace como que no le importa, que no busca nada, que contesta con desgana. Y la canción le pilla en la mentira: estás hirviendo. Es el juego de toda la vida de las primeras citas, de los mensajes contestados a las tres horas para no parecer desesperado, del visto que se deja a propósito.

Lo bonito, para mí, es la diferencia con el primer disco. En «El narcisista» el frío es real. No hay fuego debajo. Por mucho lanzallamas que pongas, el hielo es hielo hasta el fondo. En «Me mola Zeus» el frío es una capa fina encima de algo que arde. Son dos temperaturas opuestas que se parecen por fuera. Y aprender a distinguirlas, creo, es una de las cosas más difíciles que he aprendido en la vida.

Porque el problema del que se enamora de un narcisista es que confunde las dos. Ve frío y piensa que debajo hay fuego. Que si insiste, que si se esfuerza, que si encuentra la llave, el otro se va a derretir. Y se pasa años con el lanzallamas en la mano, convencido de que el hielo es una pose.

He tirado todo al fuego

También en el tercer disco está «Al fuego», que termina con un verso que me sigue pareciendo un portazo perfecto: «He tirado todo al fuego».

Aquí el fuego ya no sirve para calentar a nadie. Sirve para quemar. Lo que va al fuego son las cosas del otro, o las propias que recuerdan al otro, o el diario donde se anotaban las pestes, o todo junto. Es la hoguera de San Juan de las rupturas. La noche en la que quemas lo viejo para que el año empiece limpio.

Me interesa mucho el cambio de función del fuego entre el primer disco y el tercero. En el primero, el fuego es un esfuerzo inútil: el lanzallamas que no derrite. En el tercero, el fuego es una decisión: lo tiro todo y me voy. Ha dejado de ser una herramienta para cambiar al otro y se ha convertido en una herramienta para cambiarme a mí.

Si tuviera que resumir con una sola imagen lo que me ha ayudado escribir estas canciones, sería esa. Dejar de apuntar el lanzallamas hacia el corazón de otro y usar el fuego para quemar lo que ya no me sirve.

Lo que no se calienta

Hay un tercer tipo de frío en mis letras, y es el más difícil de nombrar. No es el frío del otro ni el frío fingido. Es el frío de dentro.

En «Entre cuatro paredes» la letra repite que no siente el calor de ningún amor. En «Un puñetazo al día» aparece un vacío tan frío en una casa que se nota hasta en la forma de decirlo. Ese frío no tiene un culpable al que señalar con el dedo. Es una temperatura del ánimo. Lo que pasa cuando te has quedado tanto tiempo al lado de un corazón congelado que el frío se te ha metido en los huesos.

He contado en esta web, sin dar más detalles de los que quiero dar, que a los 41 años me diagnosticaron, entre otras cosas, una depresión mayor. No voy a usar estas canciones como prueba médica de nada. Pero sí puedo decir que, cuando leo esas letras sabiendo lo que sé ahora, reconozco el frío. Es un frío que no se va con una manta. Que no se arregla con una noche de fiesta ni con un lanzallamas.

Lo que sí ayuda, en mi experiencia, es ponerle nombre. Y para ponerle nombre, a veces hace falta una metáfora. Decir que tengo frío dentro es menos exacto que un diagnóstico, pero es más fácil de decir a las tres de la mañana. La metáfora fue mi primera manera de contar lo que me pasaba. Luego llegó el resto.

El fénix de la pista

Si el primer disco es el hielo, hay una canción en él que ya anuncia el fuego del final. Es «Tattoo de fénix», una canción de pista, de club, de baile, que dice: «Tattoo de fénix, en mi pecho ardiendo».

El ave fénix es el pájaro mitológico que arde y renace de sus cenizas. Es una imagen tan usada que casi da vergüenza ponerla en una letra: está en tatuajes, en camisetas, en nombres de gimnasios y de peluquerías. Pero a mí me gusta precisamente por eso. Porque es cutre y es verdad a la vez, que es lo que me gusta de casi todo.

Lo que hace la canción con el fénix es llevarlo a la pista. El fuego ya no está en el corazón de nadie ni en una hoguera de recuerdos. Está en el pecho del que baila, tatuado, en movimiento. Es fuego de cuerpo, de sudor, de música alta. Fuego que no quema a nadie y que tampoco intenta derretir a nadie. Solo arde porque sí.

Me parece significativo que esa canción esté en el mismo disco que «El narcisista». En el mismo inventario de dolor del primer capítulo, hay ya un pájaro que arde. Como si la trilogía entera supiera desde el principio que el hielo no iba a ser el final.

Derretir, el verbo de la esperanza

En «Manual de escape de un narci» y en «Carta de recomendación» se repite un deseo: si pudiera derretir tu corazón. Es una frase que, leída deprisa, suena a bolero. Leída despacio, me parece la frase más triste de todo el primer tramo de la trilogía.

Derretir es un verbo precioso en español. Se derrite el hielo, se derrite la mantequilla en la sartén, se derrite el helado en la mano de un niño en el paseo de Benidorm. Y se derrite uno por alguien. Me derrito, decimos, cuando alguien nos gusta tanto que perdemos la forma. Derretirse es enamorarse con el cuerpo. Es dejar de ser sólido.

Por eso el deseo de derretir el corazón de otro tiene tanta carga. No es solo querer que el otro sienta algo. Es querer que el otro pierda la forma por ti, como tú la has perdido por él. Y el narcisista, en mis canciones, es exactamente el que nunca pierde la forma. El que se mantiene sólido, entero, intacto, mientras tú te deshaces a su lado como un polo de limón en agosto.

Hay una asimetría cruel en esa imagen. Uno se derrite y el otro no. Uno pierde la forma y el otro la conserva. Y lo que la canción descubre, con ese ojalá que nunca se cumple, es que no se puede derretir a alguien desde fuera. El calor que derrite tiene que venir de dentro.

Cuando lo entendí, cambié de verbo. Dejé de querer derretir a nadie. Y empecé a escribir canciones en las que el que se derrite, por fin, lo hace por alguien que también arde. Esas están casi todas en el tercer disco.

La nieve de Madrid y el sol de Benidorm

Las temperaturas de mis letras tienen también un mapa. No es lo mismo el frío de Madrid que el calor de Benidorm, y en el Planeta Gayfolk las dos ciudades están muy presentes.

Madrid tiene un frío seco, de meseta, de esos que te cortan la cara en la Puerta del Sol a las ocho de la mañana. En enero de 2021 la borrasca Filomena dejó la ciudad enterrada en nieve durante días, con gente esquiando por la Gran Vía y coches atrapados en la M-30, y medio país descubrió que Madrid también podía ser un paisaje de hielo. Es la ciudad donde, en otra canción, el protagonista llora por la calle y dice que viene de cortar cebolla. Una ciudad para llorar con abrigo.

Benidorm es lo contrario. Es el sol, la playa, el verano eterno, los bares con terraza hasta la madrugada, los rascacielos frente al mar. En mis letras es el escenario de la fiesta y de la memoria, de los veranos y de las heridas. Allí no hay frozen que valga. Allí todo suda.

Me gusta pensar que mis canciones viajan entre las dos temperaturas, de la meseta a la costa, del frío seco al calor húmedo. Como esa canción mía que se llama «Madrid to Benidorm» y que ya en el título hace el trayecto. Bajar a Benidorm, en el fondo, es bajar al fuego. Y volver a Madrid es volver a ponerse el abrigo.

Los grados del Siglo de Oro

Vuelvo a Quevedo, porque hay una cosa de su soneto que me ayuda a entender las mías.

Quevedo no elige entre el hielo y el fuego. Los pone juntos en el mismo verso. Hielo abrasador. Fuego helado. Y lo hace porque, para él, el amor es precisamente eso: un estado en el que las cosas que deberían excluirse conviven. No hay un antes de hielo y un después de fuego. Es todo a la vez.

Mis canciones, en cambio, sí tienen un antes y un después. O al menos eso parecen cuando las pones en el orden de la trilogía. Primero el frío. Luego el fuego. Del corazón congelado a la hoguera, del lanzallamas inútil al fénix de la pista. Es una historia con dirección, como las que les gustan a los guionistas.

Pero cuando miro de cerca, veo que tampoco es tan limpio. En el primer disco ya hay fénix. En el tercero hay alguien que se hace el frío. Y en el medio, en el segundo disco, en «Carta de recomendación», vuelve el «You're frozen» y vuelve el ojalá pudiera derretir tu corazón, como un eco que no se va. Quizá Quevedo tenía razón y no hay forma de separar del todo las dos temperaturas. Quizá lo único que cambia es hacia dónde apuntas el fuego.

Ni frío ni caliente: el tibio

En la tradición española hay una palabra terrible para lo que no es ni frío ni caliente: tibio. El tibio es el que no se moja. El que no se decide. En el Apocalipsis hay una frase durísima contra los tibios, que dice que por ser tibios, y no fríos ni calientes, serán vomitados. Así de claro.

En mis letras casi no hay tibios. Hay narcisistas congelados y chicos que hierven. Hay corazones de hielo y pechos tatuados en llamas. Hay hogueras, y hasta un congelador portátil que pasea de la mano de alguien en «Ni un pimiento». Pero el término medio no me sale.

A veces pienso que eso es un defecto. Que la vida casi siempre se vive en el templado, en el día a día, en la tibieza amable de una tarde de domingo sin nada especial. Y que mis canciones, al saltar siempre del hielo al fuego, se pierden esa zona. Pero luego pienso que para eso están las canciones. Para contar lo que no es tibio. La tibieza no necesita estribillo.

La temperatura del que escribe

Hay una última cosa que quiero decir sobre el frío y el fuego, y tiene que ver con el que escribe.

Escribir sobre el corazón frío de otro requiere, curiosamente, una cierta frialdad. Hay que alejarse un poco. Mirar la escena desde fuera. Elegir las palabras con cabeza, buscar la rima, decidir dónde va el chiste y dónde va la línea seria. Si escribes en caliente, en mitad del incendio, lo que sale suele ser un grito, y los gritos no siempre son canciones.

Pero escribir también requiere fuego. Si no hay rabia, si no hay deseo, si no hay algo que te quema por dentro, la canción sale tibia. Y ya sabemos lo que pasa con lo tibio.

Así que el que escribe vive también en el oxímoron de Quevedo. Hielo abrasador. Fuego helado. La cabeza fría para ordenar y el pecho caliente para que lo ordenado tenga vida. Creo que eso es lo que aprendí sin querer escribiendo sobre narcisistas: que para contar el frío de otro tenía que encontrar mi propio fuego, y que para no quemarme con ese fuego tenía que aprender a enfriar.

Si el frío no se va

Si lo que te pasa ahora mismo es ese frío de dentro que no se quita con mantas, si llevas tiempo sin sentir el calor de nada ni de nadie, puede que no sea solo una mala racha. Hablarlo ayuda, y no tienes que hacerlo con metáforas. En España:

  • 024: línea gratuita y confidencial para crisis emocionales y conducta suicida, abierta las veinticuatro horas. Si te cuesta hablar, tiene chat.
  • 112: emergencias, cuando hay un peligro inmediato.
  • 717 003 717: Teléfono de la Esperanza.
  • 900 20 20 10: Fundación ANAR, si eres menor de edad o te preocupa alguien que lo es.
  • Fuera de España, findahelpline.com te dice a quién llamar en tu país.

Y si quieres leer más sobre cómo lo viví yo, está la serie de salud mental completa en esta web.

Esto es amor, quien lo probó lo sabe

Lope de Vega cerraba su soneto con esa frase, y me la quedo para cerrar este texto. Esto es amor, quien lo probó lo sabe. El hielo que quema, el fuego que congela, el lanzallamas que no sirve, el chico que se hace el frío y está hirviendo, la hoguera donde tiras todo, el fénix tatuado en el pecho.

No sé si lo que cuentan mis canciones es amor. Muchas veces es lo contrario, o una imitación, o un malentendido muy largo. Pero sé que quien lo ha vivido lo reconoce al instante. Y que, en el fondo, el Planeta Gayfolk es eso: un sitio donde la temperatura del corazón se mide en canciones.

Si quieres comprobarlo, las letras de todo el planeta están en la página de letras, y el mapa completo del universo en Planeta Gayfolk. Llévate una chaqueta. Y, por si acaso, un mechero.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «frozen» en «El narcisista»? Es la palabra inglesa para «congelado». La letra dice que alguien lo ha intentado «hasta con un lanzallamas, pero está frozen / su corazón está congelado»: una exageración para contar lo inútil que es intentar calentar el corazón de un narcisista.

¿Qué relación tiene con el soneto de Quevedo? El soneto de Quevedo que empieza «Es hielo abrasador, es fuego helado» define el amor con contradicciones de temperatura. El texto pone ese recurso del Siglo de Oro al lado de las imágenes de frío y fuego de las letras del Planeta Gayfolk.

¿En qué discos aparecen estas canciones? «El narcisista», «Manual de escape de un narci» y «Tattoo de fénix» están en el primer disco, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»; «Carta de recomendación», en el segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk»; «Me mola Zeus» y «Al fuego», en el tercero, «El día de la liberación».

¿Quién escribe las letras y hace la música? Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal están hechas con inteligencia artificial.

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