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Y nos dieron las dos: las horas del reloj en mis letras

«Las siete de la tarde por fin se acaba el día.»

Es el primer verso de «Forocoches», una canción del tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Antes de saber quién habla, antes de saber qué le pasa, sabemos qué hora es. Las siete. Y sabemos algo más, que está en ese «por fin»: que el día ha sido largo, que se ha hecho cuesta arriba, que lo único bueno que tiene es que se termina.

Unos versos después llega la segunda hora de la canción: «Las dos de la mañana y aún no me he dormido.» Entre una hora y otra han pasado siete horas, una botella vacía, un perfil de Instagram mirado demasiadas veces y unos mensajes que no se deberían haber enviado. La canción cuenta una noche entera con dos datos de reloj.

Me he dado cuenta de que muchas de mis letras hacen eso: dicen qué hora es. No siempre con número, a veces con una palabra como madrugada, amanecer o noche. Pero la hora está ahí, y casi nunca es un detalle de decorado. La hora del reloj suele ser la hora del ánimo. Este texto va de eso: de las horas que marcan mis canciones y de lo que cuentan.

Por qué una canción dice la hora

En la tradición popular española hay un verso que convirtió una hora en leyenda: «a las cinco de la tarde».

Es el estribillo del «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías», el poema que Federico García Lorca escribió por la muerte de su amigo torero, herido por un toro en la plaza de Manzanares en el verano de 1934. El poema se publicó en 1935 y la primera parte repite esa hora una y otra vez, como una campana. A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. A las cinco de la tarde.

Lorca entendió algo que cualquiera que escribe canciones acaba aprendiendo: una hora concreta hace que lo que pasa parezca más real. «Una tarde» es cualquier tarde. «A las cinco de la tarde» es una tarde que ocurrió, que se puede señalar en un calendario, que tiene sol y sombra. La hora es un clavo que sujeta la historia a la pared.

Y la repetición de la hora hace otra cosa: convierte el tiempo en obsesión. Quien ha vivido un golpe muy fuerte sabe que la cabeza vuelve una y otra vez al momento exacto. Qué hora era. Dónde estaba yo. Por eso el estribillo de Lorca funciona tan bien. No describe el duelo. Lo imita.

En mis letras no hay toreros, pero sí hay horas que se repiten. Y casi todas tienen esa doble función: anclar la historia en un momento concreto y señalar el lugar donde la cabeza se ha quedado atascada.

Las siete de la tarde

Vuelvo a las siete de «Forocoches», porque es una hora muy poco poética. No es el atardecer de las postales. Es la hora en la que muchísima gente sale de trabajar, coge el metro y llega a casa. La hora de quitarse los zapatos. Para la mayoría, el principio del tiempo libre.

En la canción, sin embargo, las siete no son un alivio. «Por fin se acaba el día», dice la letra, y justo después llegan los sudores fríos y la melancolía. Es decir: el día se acaba, pero lo que viene no es descanso. Es la tarde larga del que está solo con lo que siente, sin el ruido del trabajo para distraerse.

Me parece una hora muy honesta para empezar una canción sobre una ruptura. Durante el día uno funciona. Contesta correos, compra el pan, habla con la gente. Es a partir de las siete cuando la casa se queda en silencio y el móvil empieza a pesar en la mano. Mucha gente que ha pasado por un mal momento reconoce esa franja: la de la tarde que no termina.

España, además, tiene un horario muy particular, y eso cambia lo que significa cada hora. Desde 1940 el país usa la hora de Europa central, la misma que Alemania, aunque por geografía le correspondería la de Londres o Lisboa. Por eso aquí el sol se pone tarde, se cena tarde y la tarde dura mucho. Las siete de la tarde en Madrid, buena parte del año, son todavía de día. La luz no ayuda a que el día se acabe. Se alarga, como la pena de la canción.

Las dos de la mañana

Si hay una hora que se repite en mis letras, es esa: las dos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Forocoches», de Mike Sain't Louis

En «Forocoches», las dos de la mañana son la hora del insomnio. «Aún no me he dormido», y por eso llega lo inevitable: coger el móvil, mandar mensajes, mirar fotos antiguas, imaginar lo que hubiéramos sido. Es la hora en la que las decisiones salen peor. Cualquiera que haya escrito un mensaje a un ex de madrugada sabe que esa hora tiene sus propias leyes, y que a la mañana siguiente casi nunca se está de acuerdo con ellas.

En «La noche no es para mí» aparece la misma hora, pero en otro escenario. El reloj pasa ya de las 2:00, dice la letra, y todo alrededor se vuelve diferente, aunque en el fondo sea igual. Aquí no estamos en casa, sino fuera, en la noche, con el alcohol corriendo por la sangre. Las dos son la hora en la que la fiesta cambia de cara. Lo que a las doce era diversión, a las dos empieza a parecer búsqueda. Y la canción lo dice sin rodeos: se busca con desesperación con quién pasar la noche.

Me interesa mucho que la misma hora sirva para dos situaciones opuestas: la del que se queda en casa sin poder dormir y la del que sale y no encuentra lo que busca. En ambos casos, las dos de la mañana son la hora de la soledad. Una soledad en pijama y otra con la ropa de salir. Pero la misma.

En Madrid las dos de la mañana tienen además algo de frontera. Es cuando mucha gente decide si se va a casa o si la noche sigue. Cuando el último metro ya ha pasado y quedan los búhos, los autobuses nocturnos. Es la hora en que la ciudad se divide entre los que se retiran y los que se quedan. Y en las canciones, quien se queda pocas veces sale ganando.

Esperando a que lleguen las diez

No todas las horas de mis canciones son tristes. Hay una que es pura impaciencia: las diez.

En «La vecina cotilla» el narrador espera, sentado, a que lleguen las diez para volver a ver al vecino de enfrente. Espera como un niño pequeño, dice la letra, escuchando el din don de un reloj de pared. Ese reloj, por cierto, tiene su propia historia dentro de la canción, porque fue un regalo del padre de un ex. Pero aquí me interesa la hora. Las diez es la cita. La hora a la que el vecino aparece en la ventana.

Hay algo muy de barrio en esa espera. El vecindario como reloj: el de enfrente que baja la persiana a la misma hora, la señora que pasea al perro a las nueve, el chico que sale a correr a las ocho. En los edificios de cualquier ciudad, la vida de los demás marca las horas tanto como las campanas. Y quien está solo en casa acaba aprendiéndose esos horarios sin querer.

Las diez, además, tienen eco en la música española. Joaquín Sabina publicó en 1992 una canción titulada «Y nos dieron las diez», que tomaba prestada esa forma tan castiza de decir que el tiempo se nos echó encima. Dar las diez, dar las dos, dar la una: es como se dice en castellano que el reloj ha marcado una hora. Del título de Sabina viene, de hecho, el título de este texto. Porque en mis canciones casi nunca nos dan las diez. Nos dan las dos.

La penumbra de la madrugada

La madrugada es una hora sin número, y quizá por eso es la más inquietante.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Las siete de la tarde por fin se acaba el día.» de «Forocoches»

En «El espejo de enfrente» la canción empieza en la penumbra de la madrugada. La luna esconde una sombra pálida, el narrador se mira al espejo y no vive el presente. Es la hora del insomnio más duro, la que no está ni en la noche ni en la mañana, la hora en la que el cuerpo está cansado y la cabeza no se calla.

La madrugada tiene en la cultura popular una fama muy particular. Es la hora de los pensamientos negros, de las llamadas que nadie quiere recibir, de los fantasmas. En los cuentos de miedo, las cosas pasan de madrugada. Y en la vida real, también: quien sufre ansiedad sabe que hay una franja de la noche en la que todo parece más grave de lo que es.

Por eso me parece importante que la canción no se quede en la madrugada. Hay días, dice la letra más adelante, en que el espejo se porta bien. Y la diferencia entre unos días y otros tiene mucho que ver con la hora a la que uno se mira. El espejo de las cuatro de la madrugada es un juez cruel. El de las doce del mediodía, a veces, es un amigo.

Un reloj parado y las horas rotas

En «Ruido en mi mente», del segundo disco de la trilogía, el tiempo directamente se rompe.

Un reloj parado grita su tic, dice uno de los primeros versos. Y poco después: en mi sombra bailan las horas rotas. Aquí ya no hay una hora concreta. Hay una sensación de tiempo descompuesto, de reloj que sigue haciendo ruido aunque no avance. Es una imagen muy exacta de lo que es la ansiedad: la cabeza va a toda velocidad y, sin embargo, uno siente que no se mueve.

Las horas rotas son el contrario de «a las cinco de la tarde». En Lorca, la hora es fija, clavada, se repite porque es la que fue. En «Ruido en mi mente», la hora ya no existe. Se ha hecho pedazos y los pedazos bailan en la sombra. Son dos formas de vivir el dolor: quedarse atascado en un momento o perder por completo la noción del tiempo.

Me gusta que las dos formas aparezcan en mis letras. Porque son verdad. Hay penas que se viven en bucle, volviendo siempre a la misma hora. Y hay penas que se viven como una niebla en la que todas las horas son iguales.

Si las dos de la mañana pesan demasiado

Algunas de estas canciones hablan de noches muy oscuras. «Forocoches» llega a pensar en la familia y en qué pasaría si uno no estuviera. Y «El espejo de enfrente» y «Ruido en mi mente» describen la ansiedad desde dentro.

Si te reconoces en esas horas y sientes que no puedes más, no esperes a que se haga de día. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y disponible a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

Pedir ayuda a las dos de la mañana no es exagerar. Es exactamente la hora en la que más falta hace.

Duérmete, limón

Frente a las horas del insomnio, mis letras también tienen la hora contraria: la de irse a dormir.

Collage con un detalle de la carátula de «Forocoches» y las carátulas de «La noche no es para mí», «La vecina cotilla», «El espejo de enfrente», «Ruido en mi mente»

En «Limón» aparece una especie de nana: duérmete, limón, ya es hora de dormir. Es una fórmula que cualquiera reconoce, la de las canciones de cuna. Ya es hora. Esa expresión, «ya es hora», es la que se le dice a un niño cuando hay que apagar la luz. Y llevarla a una canción de amor tiene algo de ternura y de juego a la vez.

Las nanas son una de las formas más antiguas de la música popular. En 1928 Lorca dio una conferencia sobre las canciones de cuna españolas en la que defendía que eran mucho más tristes y más hondas de lo que parecían, que las madres metían en ellas su propio cansancio y sus propias penas. Me gusta esa idea: que la canción para que otro se duerma también es la canción de quien está despierto cuidando.

Una nana es, en el fondo, una canción sobre la hora. Es una forma de decirle al tiempo que pase, que llegue la noche tranquila, que el día se acabe sin ruido. Justo lo contrario de las dos de la mañana de «Forocoches».

Hasta el amanecer

Y está la hora final de la noche, la que llega cuando todavía no te has ido a casa: el amanecer.

En «Mi salvador», una canción de pista de baile en Benidorm, la promesa es bailar pegados hasta el amanecer. Aquí la noche no es enemiga. Es lo contrario: un espacio que se quiere alargar, una fiesta que ojalá no se terminara. La hora final no es una amenaza, sino una meta. Llegar al amanecer bailando es haber ganado la noche.

En «Before the Bells» el amanecer tiene otro tono. La canción habla de lo que pasa antes de que suenen las campanas, antes de que la mañana nos pida hacer ruido. Es un momento de quietud, de respirar entre la noche y el día, de quedarse con lo que no se puede arreglar. Si en «Mi salvador» el amanecer es el final de una fiesta, aquí es el final de una vela. Dos maneras muy distintas de llegar a la misma hora.

Me parece significativo que el amanecer sea, casi siempre, la hora del cierre. Las canciones de noche terminan ahí, porque con la luz del día todo vuelve a su sitio. Lo que pasó de noche se queda en la noche, o se lleva a casa como una resaca.

Horas laborables

Hay también horas que no son de noche ni de amor, sino de oficina.

En «3 años de garantía» el novio perfecto se compra como un electrodoméstico, y llega a casa en veinticuatro horas laborables. Es una fórmula de anuncio, de tienda online, de servicio de atención al cliente. Y es muy graciosa precisamente porque mete el horario comercial en una historia de amor. El amor, aquí, tiene plazo de entrega, mes de prueba y garantía.

Esa canción juega todo el rato con el tiempo administrativo: los dos años y pico en que el novio empieza a fallar, los tres años de la garantía, el número de referencia de la reclamación. No hay madrugadas ni amaneceres. Hay plazos. Y el humor está en tratar el desamor con el calendario de una oficina de consumo.

En «Mi novio de Albacete», en cambio, el tiempo se mide en carretera: has viajado cinco horas para dejar una nota. Cinco horas de carretera para una nota. La desproporción entre el tiempo invertido y el resultado es todo el chiste, y toda la tristeza también.

A todas horas y un lunes cualquiera

Hay una expresión que se repite en varias de mis letras y que es justo lo contrario de una hora concreta: a todas horas.

Ficha de la canción «Forocoches» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Aparece en «Buscando el polvo perfecto», exclamada, casi como un grito de guerra. Aparece en «Discutiendo con la IA», donde alguien confiesa que está a todas horas discutiendo con la inteligencia artificial. Y aparece en «Montaña rusa», donde se intenta contener algo a todas horas, sin conseguirlo. A todas horas es la hora de la obsesión. No hay franja, no hay cita, no hay reloj. Hay un estado permanente.

Me hace gracia que la misma fórmula sirva para el deseo, para la discusión y para la contención. Es una exageración muy del habla de la calle, de las que no se pueden tomar al pie de la letra. Nadie discute literalmente a todas horas. Pero cuando lo dices, el otro entiende perfectamente que el asunto te ocupa la cabeza entera, que no hay momento del día libre de él.

Y luego están los días de la semana, que en mis letras aparecen menos que las horas, pero aparecen. En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» hay un recuerdo que empieza así: recuerdo que era un lunes. Es un detalle mínimo, casi de atestado policial. Pero hace lo mismo que las cinco de la tarde de Lorca: fija la escena. No fue un día cualquiera. Fue un lunes, y ese lunes alguien mintió.

El lunes tiene, además, una fama muy concreta. Es el día que nadie quiere, el de la vuelta al trabajo, el de las malas noticias. Que una mentira ocurra en lunes le da a la escena algo de rutina, de cosa gris. No hubo drama ni fiesta. Hubo un lunes normal en el que, mirando hacia atrás, ya estaba todo dicho.

Me gusta que mis canciones guarden esos datos pequeños. Una hora, un día, un reloj. Son detalles que cualquiera puede comprobar en su propia memoria, porque todos tenemos un lunes así, unas dos de la mañana así, unas siete de la tarde en las que por fin se acabó el día.

La hora como forma de decir la verdad

Escribir la hora en una canción parece un detalle pequeño, pero creo que es una de las cosas que más verdad le dan a una letra.

Cuando una canción dice «las dos de la mañana», el oyente no necesita que le expliquen nada más. Sabe cómo está la casa, cómo está la calle, cómo está la cabeza de quien habla. Sabe que no hay nadie despierto a quien llamar sin molestar. Sabe que lo que se escriba ahora se va a leer mañana con otra cara. La hora es un decorado completo en cuatro palabras.

Y luego está la campana. En España, la hora más famosa del año es la de las doce campanadas de la Puerta del Sol, en Madrid, que media España ve por televisión con las uvas en la mano. El reloj de Sol se inauguró en 1866, y desde hace décadas sus campanadas marcan el cambio de año. Es el único momento en que todo un país mira la misma hora al mismo tiempo.

Mis canciones no tienen esa ambición. Sus horas son pequeñas, privadas: las siete de una tarde cualquiera, las dos de una noche sin dormir, las diez en que el vecino se asoma. Pero me gusta pensar que cada una funciona como esas campanadas a escala doméstica. Un momento exacto en el que alguien, en algún sitio, dijo: ahora. Ahora se acaba el día. Ahora no puedo dormir. Ahora le voy a ver.

Preguntas frecuentes

¿Qué horas aparecen en las canciones de Mike Sain't Louis? Entre otras, las siete de la tarde y las dos de la mañana en «Forocoches», las 2:00 en «La noche no es para mí», las diez en «La vecina cotilla», la madrugada en «El espejo de enfrente» y el amanecer en «Mi salvador».

¿De dónde viene «a las cinco de la tarde»? Es el estribillo del «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» de Federico García Lorca, publicado en 1935, escrito tras la muerte del torero, herido en la plaza de Manzanares en 1934.

¿A quién puedo llamar si estoy pasando una mala noche? En España, al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. En caso de peligro inmediato, al 112. Fuera de España, al número de emergencias local.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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