
By Mike Sain't Louis ·
«Doctor, doctor»: mentir en la consulta, LGTBIfobia en la sanidad y tus derechos como paciente
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«He tenido que ir de urgencias al hospital / Doctor, doctor, me duele mucho al mear»
Así arranca el drama de «Ojete calor en versión low cost», una de las canciones más gamberras del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». El chico de la letra tiene infección de orina, le duele bastante la pilila y acaba en urgencias con una bata de papel. El médico le da un diagnóstico de abuela: «Eso es que usted ha cogido frío». Y entonces llega el verso que me hizo escribir todo esto:
«Pero le he mentido / No ha sido el frío / Sino las dos pastillas de cialis / Que me he metido / Antes de la chem party»
Me río cada vez que lo leo. Me río porque es ridículo, porque la rima es de verbena y porque el protagonista prefiere quedar como un friolero antes que como un maricón con fiesta. Pero debajo del chiste hay una escena que conozco de sobra, y no solo yo: alguien sentado delante de una bata blanca que decide no decir la verdad. No porque sea tonto. Porque tiene miedo de la cara que pondrá el otro.
La letra completa está en gayfolkplanet.com y en el índice de letras. Aquí quiero quedarme con la consulta. Por qué tantas personas LGTBI callan delante de su médico, qué pasa cuando la LGTBIfobia se cuela en la sanidad, qué derechos te protegen en España y qué puedes hacer si te tratan mal. Escribo como letrista, compositor y productor musical, no como médico. Todo lo legal que cito lo he comprobado en el BOE; lo demás son preguntas que me hago a mí mismo, en silencio, mientras espero turno con el número de papel en la mano.
Eso es que usted ha cogido frío
La frase del médico de la canción es perfecta porque es la respuesta que da quien no pregunta. Llega un hombre joven con escozor, y la explicación por defecto es el frío. No hay una segunda pregunta. ¿Ha tenido relaciones? ¿Con quién? ¿Toma algo? Nada. El doctor ve a un chaval y le pone una manta.
En la canción el médico es un personaje de sainete, un señor que podría salir en «Aquí no hay quien viva». En la vida real esa escena tiene dos culpables repartidos. Uno es el profesional que da por hecho que todo el mundo es heterosexual, que nadie se droga y que la vida sexual de sus pacientes cabe en un folleto de los noventa. El otro es el miedo del paciente, que aprendió hace mucho que contar ciertas cosas sale caro.
Lo curioso es que la mentira del chico no le protege de nada. Al contrario. Si el médico supiera lo de la fiesta, podría preguntar por otras infecciones, ofrecerle pruebas, hablarle de interacciones entre medicamentos o mirar con más cuidado ese dolor. Con el frío como diagnóstico se va a casa con una explicación falsa y el problema intacto.
Ahí está el nudo de este post. Callar en la consulta parece una forma de cuidarse, y muchas veces es justo lo contrario.
Las dos pastillas que no se dicen
Voy a ponerme serio un momento, aunque la canción no lo sea. El protagonista confiesa dos pastillas de un medicamento para la erección antes de una fiesta química. No voy a dar consejos médicos ni cifras que no he podido verificar, pero sí hay una cosa que cualquier prospecto deja clara: esos fármacos tienen interacciones peligrosas con otros productos, y algunos de los que circulan por ciertas fiestas (los nitritos, los famosos poppers, entre ellos) pueden provocar bajadas de tensión serias cuando se mezclan con ellos. Eso lo sabe tu médico. Lo que tu médico no sabe es que tú lo tomas, si no se lo cuentas.
No hace falta confesar la vida entera. Hace falta decir lo que importa para tu salud. «He tomado esto», «he tenido relaciones sin preservativo», «tengo pareja del mismo sexo», «soy bisexual», «estoy tomando la PrEP». Frases cortas que cambian una consulta.
Sobre el consumo sexualizado de drogas no voy a extenderme aquí, porque merece un texto propio y cuidadoso. Solo dejo una idea: el médico no está para juzgarte, y si te juzga, el problema es suyo y tienes derecho a reclamarlo. Más abajo explico cómo.
Por qué callamos delante de la bata blanca
He hablado con mucha gente del ambiente sobre esto, en barras de Chueca y en grupos de WhatsApp que a las dos de la mañana se vuelven consultorios. Las razones para callar se repiten. Las ordeno como me las han contado, sin estadísticas inventadas.
- Miedo a la cara del médico. Un silencio de un segundo, una ceja que sube, una pregunta que cambia de tono.
- Miedo a que se entere la familia. Sobre todo en pueblos, en centros de salud donde la administrativa conoce a tu madre y el médico de cabecera es el de toda la vida.
- Experiencias anteriores. Basta una vez que te hayan soltado un sermón para no volver a abrir la boca en años.
- La vergüenza aprendida. Esa que te enseñaron en el patio y que se activa sola cuando alguien con autoridad te mira.
- Pensar que no importa. «¿Para qué le voy a decir que soy gay si vengo por una gripe?».
La última es la más traicionera. A veces da igual. A veces no. Y eres tú quien no tiene por qué saber cuándo importa, porque para eso estudió el otro seis años y una residencia.
La sospecha que viene de antes
Hay una razón histórica para tanto silencio, y conviene recordarla sin dramatismo. Durante décadas la medicina trató la homosexualidad como una enfermedad. La Organización Mundial de la Salud no la sacó de su clasificación internacional de enfermedades hasta el 17 de mayo de 1990, y por eso ese día es hoy el Día Internacional contra la LGTBIfobia. En España, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 mandaba a hombres homosexuales a centros de «rehabilitación». Lo conté con más calma en «No hay pastilla que cure lo que no es enfermedad», a propósito de las terapias de conversión.
Ese pasado no es una anécdota de museo. Es el motivo por el que tu abuelo no fue nunca al médico a contar nada, y por el que muchas personas mayores LGTBI siguen entrando en la consulta como quien entra en una comisaría. La desconfianza se hereda. Y se cura despacio, con experiencias buenas, una detrás de otra.
Por eso me parece tan importante que la ley lo diga claro. No porque una ley cambie una mirada de un día para otro, sino porque te da un sitio donde apoyarte cuando la mirada falla.
Lo que dice la ley (y lo he leído entero)
Empiezo por lo básico, que mucha gente no sabe. La Ley 41/2002, básica reguladora de la autonomía del paciente, dice en su artículo 7 que toda persona tiene derecho a que se respete el carácter confidencial de los datos referentes a su salud, y a que nadie pueda acceder a ellos sin previa autorización amparada por la ley. Traducido a la vida real: lo que le cuentas a tu médico no es para tu madre, ni para tu jefe, ni para la vecina que trabaja de celadora.
La Ley 4/2023, la que mucha gente conoce como ley trans y LGTBI, dedica varios artículos a la salud. El artículo 16 obliga a las administraciones a incorporar las necesidades particulares de las personas LGTBI en las políticas sanitarias, a orientar la formación del personal sanitario al conocimiento y respeto de la orientación sexual, la identidad sexual, la expresión de género y las características sexuales, y a aprobar protocolos para detectar y comunicar la violencia discriminatoria. El mismo artículo garantiza el acceso a las técnicas de reproducción asistida a mujeres lesbianas, bisexuales y sin pareja en igualdad con el resto, y a las personas trans con capacidad de gestar.
El artículo 18 habla de las campañas de educación sexual y de prevención de infecciones de transmisión sexual: tienen que tener en cuenta a las personas LGTBI, «evitando cualquier tipo de estigmatización o discriminación», y prestar especial atención al VIH y a la desestigmatización de quienes viven con él.
Y luego está el capítulo de infracciones, que es el que te interesa si te han tratado mal. El artículo 79 considera infracción leve utilizar o emitir expresiones vejatorias por razón de orientación, identidad o expresión de género «en la prestación de servicios públicos o privados». Una consulta de un centro de salud es un servicio público. Una clínica privada, un servicio privado. Las graves incluyen dar un trato menos favorable a alguien por esas razones frente a otra persona en situación comparable, y las muy graves, el acoso discriminatorio y las represalias contra quien se ha quejado. El artículo 80 fija las multas: de 200 a 2.000 euros las leves, de 2.001 a 10.000 las graves y de 10.001 a 150.000 las muy graves.
La carga de la prueba, en cristiano
Hay un detalle legal que me parece precioso por lo práctico. En los casos de discriminación, la ley invierte la carga de la prueba. Lo dicen el artículo 66 de la Ley 4/2023 y el artículo 30 de la Ley 15/2022, la ley integral para la igualdad de trato: si tú aportas indicios fundados de que te han discriminado, es la otra parte la que tiene que demostrar que su actuación tenía una justificación objetiva y razonable.
Eso no vale para los procesos penales ni para los expedientes sancionadores (la propia Ley 15/2022 lo excluye), pero sí para reclamaciones civiles, laborales o administrativas. Y cambia mucho el ánimo de quien se plantea quejarse. Ya no tienes que demostrar lo que pasaba por la cabeza del otro. Tienes que contar con precisión lo que pasó.
La Ley 15/2022 creó además la Autoridad Independiente para la Igualdad de Trato y la No Discriminación, un organismo que, según su artículo 40, debe prestar asistencia y orientación a quien haya podido sufrir discriminación. No te voy a prometer plazos ni resultados, porque no los conozco. Te digo que existe y que su función es esa.
Cuando la consulta sale mal
Pongamos que sales de la consulta con un nudo en el estómago. Te han soltado un comentario sobre tu «estilo de vida», te han hecho una pregunta que no venía a cuento sobre tu pareja, han comentado tu orientación sin bajar el tono delante de otras personas o te han negado algo que a otro paciente le habrían dado sin pestañear. ¿Qué haces?
Lo primero, apuntar. Esa misma tarde. Fecha, hora, centro, nombre o número del profesional si lo sabes, qué te dijeron palabra por palabra y quién estaba delante. La memoria se suaviza con los días y el miedo hace que dudes de ti mismo. El papel no duda.
Lo segundo, pedir tu historia clínica si crees que lo que se escribió allí no es correcto o incluye comentarios que no vienen a cuento. Tienes derecho a acceder a ella.
Lo tercero, reclamar por escrito. Todos los centros sanitarios, públicos y privados, tienen un servicio de atención al paciente o un procedimiento de reclamaciones, y en los privados existen las hojas de reclamaciones de consumo. La reclamación queda registrada y obliga a una respuesta. Si lo que pasó es grave, puedes además dirigirte a las asociaciones LGTBI de tu comunidad, que conocen los cauces y a veces acompañan, o a la Autoridad Independiente.
Lo cuarto, cambiar de médico. En la sanidad pública puedes pedir cambio de médico de familia. No es rendirse. Es elegir a quién le cuentas tu vida.
Y si lo que te ocurrió fue una agresión o un insulto grave, eso ya puede ser delito de odio, y entonces la puerta es otra: 091, 062 o el juzgado de guardia. En «Treinta insultos al despertar» expliqué cómo funciona el artículo 510 del Código Penal cuando el odio llega por las redes.
Buscando mi nicho, también en el ambulatorio
La canción termina con un verso que siempre me ha parecido una declaración de principios: «Tal vez sea algo estilo Ojete Calor / Pero en versión Low Cost». Ojete Calor es el dúo de Carlos Areces y Aníbal Gómez, reyes del petardeo con cartón piedra. Yo me pongo en su estela con presupuesto de mercadillo, y lo conté en «Buscando mi nicho».
Lo traigo aquí porque esa misma idea sirve para la consulta: buscar tu sitio. Igual que uno busca un bar donde no le miran raro o una peluquería donde no le preguntan por la novia, se puede buscar un centro de salud o un profesional con el que hablar sin máscara. En muchas ciudades hay servicios de salud sexual y centros comunitarios con experiencia LGTBI, y las asociaciones suelen tener listas de recursos amables. No es un capricho. Es la diferencia entre ir al médico y evitarlo.
Porque el peligro real no es la mentira de un día. Es dejar de ir.
La salud mental también pasa por la consulta
Todo lo anterior vale el doble cuando lo que duele no se ve. Mucha gente LGTBI llega a la consulta con ansiedad, insomnio o tristeza, y no cuenta lo que hay detrás: el armario en el trabajo, la familia que no habla, la ruptura con un novio que nadie en casa sabía que existía. Sin ese contexto, el médico tiene la mitad del mapa.
Lo sé porque lo he vivido desde el otro lado del mostrador emocional. He escrito sobre mi diagnóstico en «Diagnóstico a los 41» y sobre lo que me ayudó mi psicóloga en «Gracias a mi psicóloga». No voy a añadir nada que no haya contado ya. Solo esto: ponerle nombre a lo que pesaba empezó por decir de forma clara, a alguien con bata o sin ella, lo que me pasaba. Las canciones vinieron después, como sitio donde guardar lo que no cabía en la consulta.
En «La música me está salvando» hay una lista que me hace gracia y me da pena a la vez: «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios». Es una exageración de canción, una rabieta. En la vida real, la música me sostuvo y los profesionales también. Las dos cosas a la vez. Y para que un profesional te sostenga, tiene que saber quién eres.
Lo que me gustaría oír al otro lado de la mesa
Me he imaginado muchas veces la versión buena de la escena de la canción. El chico llega con su escozor, el médico le mira y pregunta sin cambiar el tono: «¿Has tenido relaciones últimamente? ¿Con hombres, con mujeres, con los dos? ¿Tomas alguna medicación o alguna sustancia, aunque sea ocasional?». Tres preguntas que se hacen en un minuto. Ningún juicio, ninguna ceja.
Eso tiene un nombre en el mundo sanitario, que es preguntar sin presuponer. Usar «pareja» en lugar de «novia» o «mujer». Dejar un hueco en los formularios para algo más que dos casillas. Tener en la sala de espera un cartel que diga que allí la diversidad es bienvenida. Formar al personal, que es exactamente lo que pide el artículo 16 de la ley. Parece poco y lo cambia todo, porque el paciente decide en los primeros diez segundos si va a contar la verdad o va a decir que ha cogido frío.
También me gustaría que las consultas fueran un sitio donde los adolescentes LGTBI pudieran preguntar sin que su madre esté en la silla de al lado. La confidencialidad del artículo 7 no es un tecnicismo. Para un chaval de dieciséis años es la diferencia entre preguntar por una prueba o no hacérsela nunca.
Si te pasa a ti mañana
Te dejo una chuleta, por si mañana te toca sentarte en esa silla. No hace falta seguirla al pie de la letra.
- Antes de entrar, apunta en el móvil lo que quieres contar. Con los nervios se olvida.
- Si no te atreves a decirlo mirando a la cara, dilo leyendo. Vale igual.
- Pregunta qué se va a anotar en tu historia y quién puede verla.
- Si algo te incomoda, dilo en el momento: «Esa pregunta no me parece necesaria», «Prefiero que no lo comente delante de nadie».
- Si sales mal, apunta los detalles ese mismo día y decide con calma si reclamas.
- Si sales bien, vuelve. Y recomiéndalo a tus amigas, que en el ambiente funciona mejor el boca a boca que cualquier directorio.
Y recuerda que cuidarse también es tener a mano los teléfonos que no son de urgencias pero salvan tardes enteras. Los dejo en la siguiente sección.
Para no tragártelo a solas
Si lo que te ha pasado en una consulta te ha dejado tocado, o si llevas tiempo sin ir al médico por miedo, hay gente al otro lado del teléfono:
- 024: línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad, gratuita y disponible a cualquier hora. No hace falta estar en una crisis extrema para llamar; también sirve cuando la angustia no te deja respirar.
- 112: emergencias, si hay riesgo inmediato para ti o para otra persona.
- 717 003 717: Teléfono de la Esperanza, para hablar cuando el día pesa demasiado.
- 900 20 20 10: Fundación ANAR, si tienes menos de dieciocho años o te preocupa alguien que los tiene.
- 913 604 605: Línea Arcoíris de la FELGTBI+, orientación para personas LGTBI y sus familias.
- Fuera de España: en findahelpline.com puedes buscar la línea gratuita de tu país.
En «Salud mental sin tabú» tengo reunidos todos los textos de la serie y más recursos. Y si quieres saber quién soy y por qué escribo estas cosas, está todo en sobre mí.
Una mentira de rima fácil
Vuelvo a la canción para cerrar, porque al final es eso: una canción. «Pero le he mentido / No ha sido el frío». La mentira cabe en dos versos y suena de maravilla con una base de petardeo. En la vida no rima tanto.
Si te reconoces en ese chico de la bata de papel, no te voy a echar la bronca. Yo también me he reído de mí mismo para no explicar lo que me pasaba. Solo te pido una cosa: que la próxima vez que un médico te diga que has cogido frío, pienses dos segundos antes de asentir.
A lo mejor el frío era otra cosa. Y a lo mejor merecías que alguien te preguntara.
Preguntas frecuentes
¿Tengo que contarle a mi médico que soy gay, lesbiana o bisexual? No es obligatorio, pero muchas veces ayuda. Tu orientación o tus prácticas sexuales pueden ser relevantes para ofrecerte pruebas, prevención o un diagnóstico correcto. Tú decides qué contar y cuándo.
¿Puede mi médico contarle a mi familia lo que le digo? No. El artículo 7 de la Ley 41/2002 reconoce el derecho a la confidencialidad de los datos de salud: nadie puede acceder a ellos sin una autorización amparada por la ley.
¿Qué hago si un profesional sanitario me trata mal por ser LGTBI? Apunta lo ocurrido ese mismo día, reclama por escrito en el servicio de atención al paciente o con una hoja de reclamaciones, y si quieres busca apoyo en una asociación LGTBI o en la Autoridad Independiente para la Igualdad de Trato. La Ley 4/2023 considera infracción las expresiones vejatorias en la prestación de servicios.
¿Quién tiene que probar que hubo discriminación? Si aportas indicios fundados, la ley invierte la carga de la prueba: la otra parte debe justificar su actuación (artículo 66 de la Ley 4/2023 y artículo 30 de la Ley 15/2022). No se aplica en procesos penales ni en expedientes sancionadores.
¿Quién escribe «Ojete calor en versión low cost»? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya; la música y la interpretación se generan con inteligencia artificial.