
By Mike Sain't Louis ·
Cinco jarras en los Cien Montaditos: quién paga en la primera cita
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«Nos tomamos CINCO jarras en los cien montaditos / Entre risas y miradas, bien escondiditos».
Así arranca «El anillo de casado», y lo que me gusta de ese arranque es que no hay restaurante con mantel, ni vino de la casa, ni camarero que te retira la silla. Hay una cadena de bocadillos pequeños, unas jarras de cerveza y dos hombres que se miran. Es el escenario menos glamuroso posible para una historia de amor, y por eso funciona.
La canción luego se complica: el chico lleva un anillo, ha pasado por la iglesia y presume de heterosexualidad. Eso ya lo conté en «El cartel de completo», que va del mapa secreto de los amores a escondidas. Hoy me quedo en la primera línea, antes del anillo, en esa mesa con cinco jarras vacías. Y me hago una pregunta que la letra no responde y que todo el mundo se ha hecho alguna vez: ¿quién pagó?
Porque la cuenta de una primera cita es un pequeño drama en un acto. Llega el ticket, hay un silencio, alguien saca la cartera, alguien dice «no, no, deja», alguien insiste. En treinta segundos se decide mucho más que quién pone los euros. Se decide qué tipo de relación va a ser, si es que va a ser alguna.
Cinco jarras, ni una más
Empiezo por lo obvio: cinco jarras son muchas jarras. No sé si son cinco entre los dos o cinco cada uno; la letra deja la duda y yo no la voy a resolver. Lo que está claro es que no es una cita de café rápido. Es una tarde larga que se convierte en noche, de esas en las que te das cuenta de la hora cuando el camarero empieza a subir las sillas.
Y el verso siguiente lo confirma: «Hoy estoy contentillo, estoy con el puntillo». Contentillo. Puntillo. Diminutivos de bar, de los que se usan para no admitir que vas un poco pasado. Es un estado que todo el mundo reconoce: el momento exacto de la noche en que todo te parece buena idea, incluso pedir otra.
Eso tiene una consecuencia práctica, y es que la cuenta llega cuando ya no estás para hacer matemáticas. Las primeras citas con alcohol tienen ese peligro: decides quién paga en el peor momento para decidir nada. Por eso conviene tenerlo medio pensado antes, aunque luego cambie.
El bar de cadena como escenario
Me interesa defender el bar de cadena como lugar romántico, porque tiene muy mala prensa.
Una primera cita en un sitio caro tiene algo de examen. Hay que vestirse, hay que saber pedir, hay que fingir que entiendes la carta de vinos. Cuando llega la cuenta, el número pesa, y pesa más si no sabes si te toca pagar a ti. Muchas primeras citas en restaurantes caros fracasan no por falta de química, sino por exceso de presión.
En un bar de cadena, todo eso desaparece. Los precios están en la pared. La carta es la misma en Madrid que en Albacete. No hay nada que demostrar. Puedes pedir otra jarra sin hacer cálculos mentales y puedes reírte alto sin que la mesa de al lado te mire como si hubieras entrado en una iglesia.
Por eso la cita de la canción es «entre risas y miradas». No hay nada más que risas y miradas, porque el entorno no distrae. Es un sitio sin glamour donde el glamour lo ponen ellos.
Hay otra ventaja: en un sitio barato, la cuestión de quién paga es más fácil de resolver. Si la cuenta son veinte euros, invitar no es un gesto enorme y pagar a medias no es una ofensa. Las primeras citas con poca cuenta son las más libres.
Las tres escuelas
Sobre quién paga en la primera cita hay, más o menos, tres escuelas. Las tres tienen defensores apasionados y las tres tienen sus trampas.

La primera es la escuela clásica: paga quien invita. Si yo te he propuesto quedar, yo pago. Es una regla sencilla y bastante elegante, porque no depende del género ni de quién gana más, sino de quién ha tomado la iniciativa. Su trampa es que convierte la invitación en una deuda: si pago yo, la próxima te toca a ti, y si no hay próxima, la deuda queda flotando.
La segunda es la escuela igualitaria: a pachas. Cada uno paga lo suyo o se divide a partes iguales. Es la más práctica y la que menos malentendidos genera, sobre todo en citas de aplicación, donde nadie sabe muy bien qué espera el otro. Su trampa es que puede parecer fría, como si la cita fuera una reunión de trabajo con factura.
La tercera es la escuela del turno: hoy pago yo, mañana pagas tú. Es la que surge sola cuando la cosa funciona. Su trampa es que solo sirve si hay mañana.
En las parejas de dos hombres o de dos mujeres, estas escuelas tienen una ventaja sobre el guion heterosexual tradicional: no hay un papel asignado por defecto. Nadie espera que «el hombre» pague, porque los dos lo son, o ninguno. Eso obliga a negociar desde cero, que es incómodo, pero también más honrado.
El sitio que propones habla de ti
Antes de la cuenta está la elección del sitio, y esa elección ya dice mucho de quién eres y de qué esperas.
Proponer un bar de cadena para una primera cita es una declaración de intenciones. Dice: no quiero que esto sea un examen, quiero que estemos cómodos. Proponer un restaurante con estrella dice otra cosa: quiero impresionarte, o quiero ver si encajas en mi mundo. Proponer un café a media tarde dice: quiero conocerte, pero tengo una salida de emergencia si esto va mal. Proponer tu casa en la primera cita dice algo que no necesita traducción.
En las aplicaciones de ligar, todo eso se acelera. En «Buscando el polvo perfecto» retraté ese mercado de exigencias donde cada perfil parece un pliego de condiciones: altura, peso, edad, «nada de plumas». En ese contexto, quedar en un sitio humilde tiene algo de rebeldía. Es como decir: no vengo a pasar una entrevista, vengo a tomarme algo contigo.
Mi recomendación para las primeras citas es buscar sitios con tres características. Que tengan precios razonables y visibles, para que nadie pase apuros con la cuenta. Que permitan hablar sin gritar, porque una primera cita en una discoteca es un monólogo a dúo. Y que tengan una salida fácil, una parada de metro cerca o una calle concurrida, por si la cosa no fluye y alguien quiere irse sin dramas.
Las cinco jarras de la canción cumplen las tres. Por eso, quizá, la tarde se alargó.
A pachas no es ser tacaño
Hay quien cree que proponer pagar a medias en la primera cita es de tacaños. Que lo elegante es invitar y que dividir la cuenta es como poner un contador en el romance.

No estoy de acuerdo. Pagar a pachas puede ser la forma más elegante de decir que los dos estáis ahí en igualdad, que nadie le debe nada a nadie y que si hay segunda cita será porque los dos quieren, no porque uno tenga que devolver la invitación. En una época en que muchas primeras citas son con desconocidos de aplicación, esa claridad es un alivio.
Lo tacaño no es dividir. Lo tacaño es calcular al céntimo quién se comió más croquetas. Lo tacaño es pedir lo más caro de la carta sabiendo que paga el otro. Lo tacaño es desaparecer al baño justo cuando llega la cuenta, un clásico que todos hemos visto alguna vez y que dice más de alguien que cualquier perfil.
La forma de dividir también cuenta. «¿Lo dividimos?», con una sonrisa, es perfecto. «Yo he tomado tres y tú dos, así que te toca menos», con la calculadora del móvil abierta, ya no tanto. Si los consumos son parecidos, dividir a partes iguales es lo más sencillo. Si son muy distintos, que pague cada uno lo suyo sin hacer de ello un juicio.
Y si uno de los dos prefiere invitar y el otro prefiere dividir, se puede llegar a un acuerdo en dos frases: «Hoy invito yo, la próxima tú». Es una manera de pagar que deja la puerta abierta. Si luego no hay próxima, no pasa nada: ha sido una cerveza bien invertida.
Solteros con presupuesto
Hay una realidad económica que no conviene olvidar: muchas personas solteras viven con un solo sueldo, pagan solas un alquiler y no tienen con quién repartir los gastos de la casa. Para ellas, salir a cenar con alguien nuevo cada semana no es un capricho barato.
En «Soltero y bien» escribí sobre la soltería elegida y sobre lo que cuesta, a veces literalmente, vivir sin pareja: la habitación individual más cara, el alquiler sin compartir, la cena para uno. Las citas también entran en esa cuenta. Quien tiene muchas primeras citas al mes puede acabar gastando una cantidad considerable en cervezas con desconocidos que no volverá a ver.
No lo digo para desanimar a nadie, sino para justificar las citas baratas sin complejos. Proponer una cerveza en lugar de una cena, un paseo en lugar de un restaurante o un bar de cadena en lugar de una coctelería no es ser rácano. Es ser sensato. Y si el otro se ofende porque no le has llevado a un sitio caro en la primera cita, ya sabes algo importante de él.
El gesto de la cartera
Hay un momento en todas las primeras citas que merece un estudio antropológico: el gesto de la cartera.
Llega la cuenta. Los dos sacan la cartera o el móvil a la vez, con la misma velocidad que en un duelo del oeste. Uno dice «yo invito». El otro dice «ni hablar». Se produce un forcejeo educado que puede durar varios asaltos. Al final alguien gana, normalmente el que tiene el datáfono más cerca.
Ese forcejeo tiene su lenguaje. Insistir mucho en pagar puede querer decir «me gustas y quiero quedar bien». Dejarse invitar sin resistencia puede querer decir «me parece normal» o «no tengo intención de volver a verte», según el tono. Ofrecerse a pagar la siguiente ronda es la manera más elegante de decir «quiero que haya otra».
Mi consejo, si me permitís uno, es que el gesto sea sincero. Si de verdad quieres invitar, invita sin hacer un espectáculo. Si de verdad prefieres pagar a medias, dilo con naturalidad: «¿Lo dividimos?». Si te quieren invitar y te apetece aceptar, acepta con un gracias sin justificaciones. Y si no te apetece volver a ver a esa persona, paga tu parte. Es la forma más limpia de no dejar deudas.
El Bizum de después
La tecnología ha añadido un capítulo nuevo a este drama: el Bizum de después.

Ya conocéis la escena. Paga uno con la tarjeta, porque es más rápido. Al día siguiente, o esa misma noche en el metro, llega una notificación: el otro te ha enviado la mitad. A veces con un mensaje simpático, a veces con un emoji de cerveza, a veces sin nada.
El Bizum de después puede ser un gesto de igualdad o una forma educada de cerrar la puerta. Depende del contexto. Si llega con un «¡qué bien lo pasé, la próxima invito yo!», es una buena señal. Si llega solo, sin mensaje, a las siete de la mañana, puede ser que el otro no quiera deberte nada porque no piensa volver a verte.
Hay quien detesta el Bizum de después porque le quita romanticismo a la cita. Hay quien lo agradece porque evita la incomodidad del forcejeo en el bar. Yo creo que lo importante es lo que viene con él. Un pago sin palabras es una factura. Un pago con una frase es una conversación.
Cuando uno gana más
Hay una situación que complica todo lo anterior: cuando uno de los dos gana bastante más que el otro.
En las primeras citas eso no suele saberse, pero se intuye. Por el sitio que propone cada uno, por la ropa, por el móvil, por cómo mira la carta. Y si la diferencia es grande, pagar a pachas puede ser injusto para uno y pagar siempre el mismo puede ser incómodo para los dos.
No hay una solución perfecta, pero hay algunas ideas que ayudan:
- Elegid sitios que estén al alcance de los dos. Una cita en un sitio que uno no puede pagar es una cita en la que uno no está cómodo.
- Si uno invita más a menudo, que el otro aporte de otras formas: cocinar en casa, organizar un plan gratis, invitar al cine.
- Hablad de ello pronto, sin dramatismo. «Oye, yo ahora mismo voy justo, ¿te parece si vamos a sitios sencillos?» es una frase que dice mucho de alguien, y todo bueno.
- Nunca uséis el dinero como argumento de poder. El que paga no tiene más derechos sobre la noche ni sobre lo que pase después.
Esto último es importante y no es broma: invitar a alguien no te da derecho a nada. Ni a un beso, ni a una segunda cita, ni a que se quede a dormir. Si alguna vez alguien te hace sentir que le debes algo porque te invitó a cenar, eso no es generosidad. Es una trampa.
Bien escondiditos
Vuelvo a la canción, porque hay un detalle en el primer verso que no quiero pasar por alto: «bien escondiditos».
La cita de «El anillo de casado» es una cita a escondidas. El chico tiene un anillo, tiene una vida oficial, y esas cinco jarras pasan en un rincón donde nadie los ve. Eso le da a la escena un aire de travesura, pero también de tristeza. Una de las grandes cosas de los bares de cadena, su anonimato, se convierte aquí en refugio de un amor que no se puede enseñar.
En mis letras hay muchos amores escondidos. En «El anillo y el exmarido» repasé las bodas, los anillos y los maridos que aparecen en mis canciones, y casi siempre hay algo que no se dice en voz alta. La cuestión de quién paga, en un amor a escondidas, tiene además una capa extra: pagar con tarjeta deja rastro. No hace falta que os lo explique.
No quiero convertir este texto en una guía para amantes de casados. Solo me parece revelador que una canción sobre un amor secreto empiece precisamente con una cuenta de bar. El dinero, en las relaciones, siempre dice algo. Incluso cuando se paga en efectivo.
Citas que no cuestan dinero
Si el problema de quién paga te agobia, siempre queda la opción de quedar en un sitio donde no haya que pagar nada. Las primeras citas gratis son una especie en peligro de extinción, pero existen y suelen ser memorables.

Algunas ideas, de las que he visto funcionar alrededor:
- Un paseo largo por un barrio que uno de los dos conozca bien y el otro no. Hacer de guía es una forma muy bonita de presentarse.
- Un museo en sus horas gratuitas. En Madrid, varios de los grandes museos tienen franjas de entrada libre, y mirar cuadros juntos da conversación para horas.
- Un parque con algo de picar comprado en el supermercado. El picnic improvisado es la cita barata por excelencia.
- Un concierto en la calle, una feria de barrio, unas fiestas populares. En verano, cada semana hay alguna.
- Un mercadillo de domingo. Pocas cosas dicen tanto de alguien como lo que mira en un puesto de cosas viejas.
En «Madrid sin postal» escribí sobre la ciudad como escenario de canciones, y muchas de esas escenas son exactamente esto: gente que se encuentra en sitios donde no se paga entrada. La ciudad, bien usada, es la cita más barata del mundo.
La resaca de la cuenta
Hay una última escena que la canción no cuenta, pero que yo me imagino: la mañana siguiente.
Después de cinco jarras, la mañana siguiente tiene dos resacas: la del alcohol y la de la cuenta. Te despiertas, miras el móvil y repasas lo que pasó. Si pagaste tú, te preguntas si hiciste bien. Si pagó él, te preguntas si deberías devolvérselo. Si pagasteis a medias, te preguntas si fue demasiado frío.
En «Garrafón y resaca» escribí sobre la noche y la mañana siguiente en mis letras, sobre los excesos mirados con humor y con dolor de cabeza. La resaca de la cuenta es más pequeña, pero también existe. Y se cura igual: con agua, con calma y con un mensaje sencillo.
Si te lo pasaste bien, dilo. «Me encantó la tarde» vale más que cualquier Bizum. Si quieres devolver la invitación, propón la siguiente. Si no quieres volver a verle, sé claro y amable. La cuenta de una primera cita se paga una vez. Lo que dices después se recuerda mucho más.
Brindamos por la vida
Hay un verso, en la segunda vuelta de la canción, que me parece el más bonito de todos:
«Y brindamos por la vida, sonriendo tan bonitos».
Antes del anillo, antes de la iglesia, antes de la heterosexualidad supuesta, hay dos personas brindando por la vida en un bar barato. Sonriendo. Tan bonitos. Es la imagen de una primera cita que funciona, y no tiene nada que ver con lo que costó.
Al final, eso es lo que quería decir con todo este texto. Quién paga importa, porque dice cosas, porque puede incomodar, porque puede convertirse en deuda o en trampa. Pero lo que hace que una cita salga bien no está en el ticket. Está en las risas, en las miradas, en ese «tan bonitos» que nadie recuerda cuánto costó.
Si la próxima vez que quedes con alguien la cuenta te agobia, acuérdate de las cinco jarras. Pide la cuenta con una sonrisa, decidid juntos y brindad por la vida. Lo demás, como dice la canción, ya es pasado.
La letra completa está en gayfolkplanet.com, y el resto de mis canciones, en mis letras. Si buscas otra historia de citas que no salen como se esperaba, en «No quiero ver tus fotos» hablo de la seguridad en las apps de citas, y en «Primer aniversario», de lo que pasa cuando una historia cumple un año.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «El anillo de casado»? Cuenta una historia de amor a escondidas con un hombre casado que presume de heterosexual. Empieza con una cita de cinco jarras en un bar de cadena y sigue con la duda de qué hacer cuando uno empieza a enamorarse. Es una ficción: los personajes son inventados.
¿Quién escribe las canciones de Mike Sain't Louis? Mike Sain't Louis es el letrista, compositor y productor musical de sus canciones. La música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial.
¿Quién debería pagar en una primera cita? No hay una regla única. Hay quien sigue la norma de que paga quien invita, quien prefiere pagar a medias y quien alterna. Lo importante es hablarlo con naturalidad y que nadie sienta que invitar le da derecho a algo.
¿Qué hago si alguien me hace sentir que le debo algo por invitarme? Invitar no da derecho a nada. Si alguien te presiona por haber pagado, márchate y cuéntaselo a alguien de confianza. Si te sientes en peligro, en España puedes llamar al 112.