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«Ya sabes lo que hay»: la pastilla gay que se inventaron los otros

Un móvil en alto. Una mano que no apunta al escenario, sino al público. Y una orden que suena a ama de casa en una boda que se está torciendo:

Grábales las caras Juan, las caras

Así empieza «Me he tomado una pastilla gay». Antes de que pase nada, antes de cualquier estribillo, la canción ya sabe que va a escandalizar a alguien y pide que quede constancia. No le interesa tanto lo que se va a decir como la cara que se le va a poner al que lo escuche.

En la ficha de la canción ya conté el descaro de la letra, la pulla del ácido hialurónico y la frase de la mujer perfecta. Aquí quiero quedarme con el título, que es donde está el chiste más gordo y también la herida más vieja. Una pastilla gay. Como si ser marica fuera algo que se toma. Como si alguien, en algún sitio, vendiera eso en cápsulas.

Pues hay gente que lo ha creído toda la vida. Y la canción, en vez de discutir con ellos, se toma la pastilla delante de sus narices.

Grábales las caras, Juan

Empiezo por el móvil, porque me parece un gesto muy de ahora y muy de siempre a la vez.

Lo de grabar la reacción es el género más visto de internet. Vídeos de gente escuchando algo por primera vez, de abuelas probando comida picante, de padres viendo el videoclip de su hijo. La cara del otro como espectáculo. Y esta canción le da la vuelta: no graba la cara del que se sorprende con cariño, sino la del que se escandaliza. La del señor que se atraganta con el vermú. La de la tía que mira a su marido como diciendo «¿has oído eso?».

Juan, por cierto, es un personaje. No sé quién es Juan y la canción tampoco lo explica. Es el cámara de la boda, el amigo del móvil, el que siempre está grabando. Todos tenemos un Juan.

Lo que me gusta de este arranque es que cambia quién es el raro. Normalmente, en una fiesta, la marica es la que da la nota y el resto la mira. Aquí la cámara apunta al revés. El espectáculo son ellos, los que se escandalizan. Sus caras quedan grabadas para la posteridad, como prueba de una época en la que una canción con la palabra «gay» en el título todavía hacía que alguien escupiera el canapé.

De esa vuelta de tortilla hablo más despacio en De la risa ajena a la risa propia: durante décadas el chiste éramos nosotros, y ahora el chiste lo contamos nosotros. «Grábales las caras» es exactamente eso. Ya no somos el vídeo. Somos el que graba.

El escándalo también es un número

Y aquí va una sospecha que tengo desde hace años: el que se escandaliza también actúa.

Piénsalo. La señora que se lleva la mano al pecho en la boda no está sufriendo de verdad. Está haciendo su papel. Lo ha visto en la tele mil veces, en los platós de las tardes, en las tertulias donde alguien se levanta de la silla indignadísimo justo antes de la publicidad. El escándalo es un género con sus gestos fijos: el resoplido, el «¡hay niños delante!», la mirada al cielo, la servilleta que se dobla con rabia. Y quien lo hace sabe, en el fondo, que tiene público.

Por eso la orden de la canción es tan buena. Grábales las caras. Si van a hacer su número, que por lo menos quede grabado. Que se vea que el drama de verdad no estaba en el micrófono sino en las sillas. Y que dentro de veinte años alguien lo vea y se ría como nos reímos hoy de los telediarios que hablaban de nosotros como de una plaga.

Hay un placer muy marica en eso de devolver la mirada. Hemos sido mirados toda la vida: en el patio, en el vestuario, en el metro cuando ibas con la camisa demasiado estampada. Que por una vez la cámara apunte hacia el otro lado no es venganza. Es justicia poética de bolsillo, de esas que caben en la pantalla de un móvil.

La pastilla que se inventaron ellos

Ahora, el título. Vamos a ponernos un momento serios, que la canción lo merece aunque no lo parezca.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me he tomado una pastilla gay», de Mike Sain't Louis

Toda mi vida he oído teorías sobre de dónde salimos los maricas. Que si es una moda. Que si es por la tele. Que si es culpa de la madre, que lo sobreprotegió. Que si es por las malas compañías. Que si ahora con internet los chavales se confunden. Que si eso se pega, y por eso mejor que el niño no vaya a casa de ese amigo. Hay quien todavía lo dice bajito en las comidas familiares de Navidad, entre el turrón de Jijona y el cava de oferta.

Todas esas teorías tienen algo en común: imaginan que ser gay viene de fuera. Que alguien te lo ha metido. Que es una sustancia, un contagio, una pastilla. Y si viene de fuera, se puede quitar. De esa idea salieron cosas muy feas: curas para la homosexualidad, campamentos, psiquiatras con electrodos, terapias de conversión que hoy están prohibidas por ley en España y que aun así hicieron mucho daño a mucha gente.

La pastilla gay, entonces, no la inventé yo. La inventaron ellos. Es la fantasía del homófobo: la idea de que hay una sustancia que convierte a un chico normal en un mariquita. Yo solo la he puesto en el título de una canción y me la he tomado.

Y aquí está el truco que me encanta. La canción no dice «eso no existe, señor, se lo explico con datos». No pierde el tiempo. Hace lo que hacemos los que hemos crecido oyendo tonterías: coger la tontería, exagerarla hasta el absurdo y bailarla. ¿Que ser gay es una pastilla? Perfecto. Me la he tomado. Y mira qué bien me ha sentado.

Fíjate además en el verbo. No dice «me han dado», ni «me han obligado», ni «me han convertido». Dice «me he tomado». Primera persona, pretérito perfecto, decisión propia. Si la pastilla existiera, la canción se la toma porque le da la gana, como quien se pide otra caña. Le quita al mito su parte de víctima: aquí nadie ha corrompido a nadie, aquí hay un señor que ha elegido pasárselo bien y que lo cuenta con la boca llena.

Es una forma de desactivar el insulto que conoce cualquiera que haya convertido «maricón» en una palabra de cariño. Coges la piedra que te tiran y te haces un collar.

Ojo, que la pastilla de la canción es una metáfora, no un consejo para la noche. Nada de pastillas de verdad. La única que recomiendo es esta, la imaginaria, que no tiene efectos secundarios salvo las caras que se le ponen a los demás.

Ya sabes lo que hay

El estribillo es corto y lo dice todo:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «No soy activo ni pasivo» de «Me he tomado una pastilla gay»
Ya sabes lo que hay / Me he tomado una pastilla gay

«Ya sabes lo que hay». Esa frase es castellano de bar, de madre, de cuñado. Es lo que se dice cuando no hay nada más que explicar. Ya sabes lo que hay: no hay más cera que la que arde, es lo que tiene, no me pidas más.

Y me parece la forma más sana posible de salir del armario. Sin discurso. Sin carta. Sin reunión familiar con el corazón en la boca. Ya sabes lo que hay. Punto.

Durante mucho tiempo salir del armario era un acontecimiento. Había que prepararlo, elegir el momento, ensayar las frases, prever las reacciones. Yo mismo escribí sobre eso con mucho más cuidado en Carta a quien todavía no se lo ha dicho a nadie, porque para quien está en ese momento no hay nada de chiste en ello, y lo respeto muchísimo.

Pero esta canción imagina otra cosa. Imagina el día en que ya no haga falta. El día en que alguien diga «me he tomado una pastilla gay» igual que dice «me he tomado un ibuprofeno», y la otra persona conteste «vale, ¿quieres agua?». Ese es el planeta Gayfolk. Un sitio donde el anuncio no necesita ceremonia.

Me gusta también que la frase sea en segunda persona. Ya sabes. Tú ya lo sabes. No estoy dando una noticia, estoy confirmando algo que el otro sabía de sobra y hacía como que no. Porque esa es la verdad de muchas salidas del armario en España: la madre lo sabía, la abuela lo sabía, el portero lo sabía, el del quiosco lo sabía desde que tenías nueve años y le comprabas el Superpop. Lo único que faltaba era decirlo en voz alta. Y la canción lo dice con la desgana de quien comenta el tiempo, que es justo la desgana que se merece algo tan normal.

Mientras ese día llega, la frase sirve de entrenamiento. Repítela delante del espejo. Ya sabes lo que hay. A ver qué cara se le pone a tu tía.

Ni activo ni pasivo

Hay una pregunta que todo gay ha oído alguna vez, a veces de otro gay en una aplicación, a veces de un hetero curioso con dos cervezas encima. ¿Tú qué eres? Y no se refieren a tu signo del zodiaco.

La letra contesta sin rodeos:

No soy activo ni pasivo

Y luego sigue con lo que sí es, que no voy a repetir aquí porque cada uno lo puede leer en la letra completa y porque mi madre, como ya he dicho otras veces, podría estar leyendo esto.

Lo que me interesa es la negativa. Esa necesidad que tiene el mundo de meternos en dos cajones, como si el sexo entre hombres fuera una copia mal hecha del sexo entre un hombre y una mujer, con un papel para cada uno. Activo o pasivo. Arriba o abajo. Él o ella. Es una pregunta que en el fondo dice mucho más de quien la hace que de quien la recibe.

Y la canción se ríe de la pregunta con el arma más eficaz que hay: dar una respuesta que no estaba en el menú. Ni una cosa ni otra. Otra cosa. Y encima con detalle, para que no quede duda.

Hablar del cuerpo sin pedir perdón es algo que me tomo bastante en serio, aunque lo haga con chiste. Lo expliqué en Escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón. Si a alguien le escandaliza una palabra sobre sexo en una canción y no le escandaliza que haya gente a la que le pegan por ir de la mano, el problema no está en la canción.

Mejor ácido hialurónico

En la ficha ya hablé de la pulla política, esa rima facilona que prefiere el retoque estético a la corrupción. Aquí solo quiero añadir una cosa: la jerarquía del escándalo.

Collage con un detalle de la carátula de «Me he tomado una pastilla gay» y las carátulas de «Un político español», «Soy marica sideral», «Ay Chavoro», «Holy Stillness»

Me fascina qué cosas escandalizan a la gente y cuáles no. Una canción con la palabra «chocho» en la letra provoca más cartas al director que un concejal pillado con un sobre. Un hombre con los labios rellenos da más que hablar en la peluquería que un político que lleva veinte años viviendo del cargo. Y la canción lo pone en dos versos, sin moraleja, con una rima de las que se aprenden a la primera.

No es la única vez que me meto con la política en una letra. En «Un político español» la cosa va más a fondo. Aquí es solo una pedrada de paso, un comentario de barra entre chupito y chupito. Pero creo que funciona precisamente por eso. La gente que se escandaliza por la pastilla gay es muchas veces la misma que vota sin pestañear a quien les roba. Grábales las caras, Juan.

Sobre lo de Sonia y Selena, por cierto, la letra lo plantea como una apuesta absurda, con un «si» delante, de esas que se hacen en una barra. No digo nada de ellas, ni de su cara, ni de su vida. Las nombro como se nombra a las divas en una fiesta: porque son parte del paisaje de la canción del verano de toda una generación.

La mujer perfecta

Y llegamos a la frase que más se queda en la cabeza, la del final, la que convierte la canción en un himno de pista con sus dos palabras más rotundas. La mujer perfecta, con todo lo que tiene. No la voy a citar entera otra vez, porque ya lo hice en la ficha y porque funciona mejor oída que leída.

Lo que sí quiero decir es esto. Esa frase es camp, es exageración, es broma de pista. Pero también es una forma de decir que los cuerpos no caben en las casillas que les asignaron. Que hay mujeres con pene. Que hay hombres sin él. Que hay gente que no quiere ser ninguna de las dos cosas. Y que la perfección, si existe, no tiene nada que ver con encajar en el molde.

No lo escribo como quien da una lección sobre identidades, porque no me corresponde dar lecciones sobre la identidad de nadie. Lo escribo como lo escribe la canción: desde la fiesta, con el brazo en alto, con la pluma fuera. Las mujeres trans han sido la primera línea de nuestra historia, desde las que se jugaban la vida en la calle hasta las que salían en la tele cuando nadie más se atrevía. Una línea de pista que diga «soy la mujer perfecta» con todo el cuerpo entero me parece, como mínimo, un pequeño homenaje de verbena.

En «Soy marica sideral» hay algo parecido: la pluma subida al máximo, el volumen de la identidad puesto en once. Es una familia de canciones mías que no piden permiso para ocupar espacio.

Humor que no pide perdón

Me preguntan a veces si este tipo de canciones no se pasan. Si no hay que tener cuidado. Si no estoy reforzando estereotipos. Y es una pregunta legítima, que me hago yo también.

Mi respuesta corta es que el humor se mide por a quién apunta. Esta canción apunta a los que se escandalizan, a los que creen en la pastilla, a los corruptos crónicos, a los que preguntan si eres activo o pasivo como quien pregunta si eres del Madrid o del Atleti. No apunta a nadie que ya esté en el suelo.

Lo desarrollé con calma en Hacer humor gay sin hacer daño, y ahí están mis reglas, que no siempre cumplo pero que intento. La principal: ríete primero de ti, luego de los poderosos, y nunca de quien no puede defenderse.

Con esta canción, me río de mí primero. Soy el que se ha tomado la pastilla, el que presume de sus gustos en la cama delante de toda la boda, el que monta el número. El primer ridículo es el mío. Y eso me da permiso para el resto.

Y ahora lo serio, una sola vez: hay chavales que todavía hoy oyen en su casa que ser gay es una moda, una fase o algo que se cura. Para ellos, una canción que se toma la pastilla a carcajadas puede ser lo primero que les dice que el problema no son ellos. No digo que la canción les salve. Digo que puede hacerles reír en un día malo. A veces basta con eso.

Pista 258, entre Ay Chavoro y Holy Stillness

En la lista de singles de Planeta Gayfolk, esta canción ocupa la pista 258 de 273, dentro del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Y sus vecinos me hacen mucha gracia.

Ficha de la canción «Me he tomado una pastilla gay» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Justo antes está «Ay Chavoro». Justo después, «Holy Stillness», que por el título ya te imaginas que va por otro lado: quietud sagrada después de la pastilla. Me encanta ese contraste. Del escándalo de la boda al silencio de la capilla. Como esas noches que empiezan con la música a tope y acaban con alguien mirando el techo a las seis de la mañana.

El segundo disco de la trilogía es el disco del deseo de irse a otro sitio. Ojalá se pudiera viajar a un planeta donde las cosas fueran de otra manera. Y en ese planeta, me imagino, la pastilla gay se vendería en las farmacias sin receta y nadie pondría cara rara al pedirla. O mejor todavía: no haría falta pastilla, porque nadie creería que hace falta tomarse algo para ser lo que ya eres.

La parte de la fiesta en que alguien sube el volumen

Toda fiesta tiene un momento en que la cosa cambia. Alguien sube el volumen, alguien se quita los zapatos, alguien que llevaba toda la noche sentado de repente está en medio de la pista. Esta canción es para ese momento.

Es para el Orgullo, claro. Lo conté en Qué pide una pista de baile en el Orgullo: estribillos fáciles, frases para gritar con los amigos, algo que se entienda a la primera aunque estés en la calle Hortaleza con cuatrocientas personas alrededor. «Ya sabes lo que hay» se entiende a la primera.

Pero también es para la boda de tu prima, si eres valiente. Para la cena de empresa, si eres muy valiente. Para el coche con tus amigas camino de Benidorm. Para cualquier sitio donde haya alguien a quien le vendría bien ver tu cara de felicidad mientras tú ves la suya de susto.

Y es para cuando estés solo en casa, también. Que a veces la fiesta más necesaria es la que te montas un martes en el salón, con el volumen a tope y las persianas bajadas, después de un día en el que alguien te ha mirado raro en el trabajo. Esa fiesta no la graba nadie. Pero cuenta igual.

Yo tengo claro que no me la tomé. La pastilla, digo. Vine así de fábrica. Pero la canción me deja jugar a que sí, y en ese juego hay una libertad que me gusta mucho: la de reírme de la explicación que otros se inventaron para mí.

Y si alguien te pregunta qué te ha pasado, por qué estás tan contento, por qué bailas así, ya sabes qué contestar. Ya sabes lo que hay.

Y tú, Juan, graba.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Me he tomado una pastilla gay»? Del mito de que ser gay se pega, se elige o se toma. La canción coge esa idea absurda y la convierte en estribillo de fiesta.

¿La canción habla de drogas? No. La pastilla es una metáfora de la fantasía homófoba de que la homosexualidad viene de fuera. No es un consejo para la noche.

¿Quién es Juan? Un personaje. Es el amigo del móvil al que se le pide que grabe las caras de los que se escandalizan.

¿Quién escribió esta canción? La letra es mía. Soy letrista, compositor y productor musical. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿En qué disco está? Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK, y ocupa la pista 258 de los 273 singles.

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