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«Te voy a contar»: los verbos de hablar en mis letras

Hay canciones que empiezan con un beso, otras con un portazo. «Como a mi chihuahua» empieza con un anuncio: «Te voy a contar por qué no veo las noticias». Y luego lo repite, una y otra vez, como quien coloca las sillas antes de que llegue la visita. Te voy a contar por qué me afectan las injusticias, te voy a contar por qué estoy desconectado, te voy a contar por qué me afecta ver a alguien llorar. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)

Lo curioso es lo que pasa después. El verbo cambia. Primero cuento, luego pregunto: «Te voy a preguntar a ti directamente». Y al final, cuando ya no queda nada que esconder, confieso: «Y te voy a confesar algo más personal». Contar, preguntar, confesar. Tres verbos de hablar en fila, y cada uno pide un poco más de valor que el anterior.

No sé si lo planeé así. Me di cuenta al releer la letra de que la canción entera es una escalera. Y a partir de ahí empecé a fijarme en algo que hasta entonces me pasaba desapercibido: en mis letras se habla muchísimo. Se cuenta, se dice, se calla, se contesta, se jura, se pone verde a alguien. Los verbos de hablar son el andamio de casi todo lo que escribo.

Este texto va de esos verbos. De lo que hacen, de lo que esconden y de por qué elijo uno y no otro cuando la canción me pide que alguien abra la boca.

Contar: el verbo que cuenta dos veces

Empiezo por el que da título a todo esto, porque tiene una historia preciosa. Contar viene del latín computare, que significaba calcular, hacer cuentas. De ahí sale computadora, y de ahí sale también cuento. En español el mismo verbo sirve para contar monedas y para contar lo que te pasó anoche.

A mí esa doble vida me parece muy reveladora. Cuando alguien te cuenta algo, en el fondo está haciendo inventario: ordena los hechos, decide cuál va primero, cuál se queda fuera, cuánto vale cada uno. Narrar es una forma de contabilidad. Por eso hay gente que cuenta su ruptura como si presentara un balance de cuentas, con el debe y el haber muy claros, y por eso a mí me salen tantas letras con cifras, listas y recuentos.

En «Como a mi chihuahua» el te voy a contar funciona como una lista numerada sin números. Uno: no veo las noticias. Dos: me afectan las injusticias. Tres: estoy desconectado. Cuatro: me afecta ver llorar. Cinco: prefiero enterarme de las desgracias por Twitter dos meses más tarde. Cada te voy a contar es un punto del orden del día. Y la persona a la que se lo cuento tiene que escuchar la lista completa antes de llegar a lo que de verdad importa.

Esa es otra cosa que me gusta del verbo contar: promete. Te voy a contar no es todavía contar. Es un anuncio, una perífrasis de futuro que deja al otro esperando. Ya escribí sobre la canción y su parada de guagua en «Del telediario a la parada de la guagua», pero no me había detenido en ese verbo que la sostiene.

Preguntar: cuando el que habla cede el turno

El segundo peldaño es preguntar, y aquí la canción cambia de temperatura. «Te voy a preguntar a ti directamente / si tú también lo sientes». Hasta ese momento hablaba yo y la otra persona escuchaba. Al preguntar, le paso el turno. Y eso siempre da un poco de vértigo.

Contar es cómodo porque controlas lo que dices. Preguntar es arriesgado porque no controlas lo que te van a contestar. Por eso la palabra directamente pesa tanto en ese verso. No es una pregunta lanzada al aire, ni una indirecta, ni un estado de WhatsApp para que lo lea quien tenga que leerlo. Es una pregunta con destinatario, con nombre y apellidos, aunque en la canción no los diga.

Me hace gracia que el español tenga tantas formas de no preguntar. Insinuar, dejar caer, tantear, sondear, lanzar un globo sonda. Todos son verbos para obtener una respuesta sin tener que hacer la pregunta. Y casi todos son más frecuentes en la vida real que el preguntar a secas. Todos hemos tanteado alguna vez. En las canciones, en cambio, me obligo a preguntar directamente, porque una canción no tiene tiempo para rodeos.

Confesar: la palabra que pide arrodillarse

El tercer peldaño es confesar. «Y te voy a confesar algo más personal». Confesar es un verbo con mucha carga. Viene del mundo religioso y del mundo judicial: se confiesa ante un cura o ante un juez. Siempre hay alguien que escucha desde arriba y alguien que habla desde abajo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Como a mi chihuahua», de Mike Sain't Louis

En una canción de amor, ese verbo convierte una declaración en algo casi delictivo. No te digo que me gustas; te lo confieso, como si fuera una culpa. Y lo que confieso en «Como a mi chihuahua» es muy pequeño y muy grande a la vez: que su risa es el antídoto contra mi soledad.

Me gusta que la confesión llegue al final, después de todas las listas. Es como si hubiera necesitado contar cinco cosas impersonales para ganarme el derecho a decir una personal. Creo que mucha gente funciona así en la vida. Hablamos del tiempo, del trabajo, de las noticias, hasta que el cuerpo se relaja lo suficiente como para soltar lo que veníamos a decir.

El mismo verbo aparece en «Toxina coreana», pero en clave de comedia: «Y ahora ha llegado el tiempo de confesar». Allí la confesión es el giro final de la canción, el momento en que descubres que la amiga del bótox, la que tiene la ceja levantada, soy yo. Confesar, en las dos canciones, es quitarse la máscara. En una con ternura, en la otra con una carcajada. Sobre ese dedo que se da la vuelta escribí en «La amiga soy yo».

Ya no me callo: el verbo que más pesa es el que no se dice

En esa misma frase de «Toxina coreana» hay una cadena de verbos que me parece de lo mejor que he escrito en cuanto a ritmo: «voy a decir la verdad, ya no me callo, yo ya no me callo, ¿para qué desmentir?». Decir, callar, desmentir. Tres verbos de hablar, y uno de ellos, callar, es precisamente el de no hablar.

Callar es un verbo extraño. Es un verbo de hablar que significa lo contrario de hablar. Viene de un verbo del latín tardío que quería decir bajar, aflojar, y algo de eso conserva: callar es bajar la persiana. Y fíjate que en español casi siempre lo usamos en forma pronominal cuando importa. No es lo mismo callar que callarse. Callar es no decir algo concreto. Callarse es apagarse entero.

Ya no me callo es una frase que se ha convertido casi en consigna. La he oído en manifestaciones, en redes, en boca de gente que por fin cuenta lo que le pasó. En «Toxina coreana» la uso para una tontería, para admitir que me he pinchado la cara. Pero el peso de la frase está ahí, y creo que por eso funciona el chiste: uso una fórmula solemne para confesar algo frívolo.

En «Gaslighting» el mismo verbo vuelve, ahora en serio: «Tu mentira no me va a callar». Aquí callar es lo que el otro intenta hacerme, no lo que yo decido. Es la diferencia entre el silencio elegido y el silencio impuesto. El primero puede ser prudencia. El segundo es una mordaza.

Y luego está el refrán que cito en «¿Me hago una folclórica engañada?»: oír, ver y callar. Tres infinitivos, tres consejos, y el último es el que más se espera de nosotros. A muchas personas LGTBI nos educaron en ese tercer verbo. Callar en casa, callar en el colegio, callar en el trabajo. Escribir canciones, para mí, ha sido en parte desobedecer ese refrán.

Te lo he dicho muchas veces: decir como reproche

El verbo decir es el más común de todos, y por eso mismo el más difícil de usar bien. Casi nunca llama la atención. Pero hay una construcción con decir que en mis letras aparece como un latigazo: te lo he dicho.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Te voy a preguntar a ti directamente si tú también lo sientes» de «Como a mi chihuahua»

En «El panda del acoso sexual» está «Te lo he dicho muchas veces», y un poco antes «como ya te he dicho». En «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara» está «Te lo dije en otra canción una vez», que es una manera muy mía de citarme a mí mismo como prueba. Ya te avisé. Está por escrito. Hay hemeroteca.

Lo interesante de te lo he dicho es que no informa de nada. Si te lo he dicho muchas veces, ya lo sabes. La frase no sirve para transmitir un dato, sino para señalar que el otro no ha hecho caso. Es decir como reproche. Es decir como cansancio. Y ese muchas veces es una exageración que todo el mundo entiende: no he llevado la cuenta, pero han sido demasiadas.

Hay también un matiz entre te lo dije y te lo he dicho. Te lo dije apunta a un momento concreto del pasado, casi siempre para presumir de haber acertado: te lo dije, ya sabía yo que acabaría mal. Te lo he dicho apunta a una acumulación que llega hasta hoy. Sobre la diferencia entre esos dos pasados escribí en el texto sobre los tiempos del pasado, así que no me alargo.

Contestar y nadie contesta: hablar con el vacío

Contestar es un verbo que necesita a dos. Uno pregunta, otro contesta. Cuando falta uno de los dos, el verbo se queda cojo, y eso es justo lo que me interesa en algunas canciones.

En «Envejecer» hay una frase que me sigue dando escalofríos: «Te voy a contestar / cuando ya es demasiado tarde». Otra vez el voy a, otra vez el anuncio. Pero aquí la promesa llega tarde. La respuesta existe, pero el que preguntaba ya no está para oírla. Es una de las cosas más tristes que se pueden hacer con un verbo de hablar: contestar a nadie.

Y en «Como en la matanza de Texas» el mismo verbo aparece con signos de exclamación: «Como en la matanza de Texas, ¡nadie contesta!». La escena es la de la película: alguien corre pidiendo ayuda por un paisaje vacío y nadie responde. En la canción la uso para hablar de algo muy real, de lo que se siente cuando cuentas lo que te ha pasado y no te creen, o no te escuchan, o tardan tanto en hacerlo que ya da igual.

Por eso quiero dejar aquí algo claro. Si estás pasando por algo que te pesa y sientes que nadie contesta, sigue llamando a otras puertas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, también si simplemente lo estás pasando mal y necesitas hablar con alguien. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Si estás fuera de España, busca el número de emergencias o la línea de crisis de tu país. Hablar de esto no tiene nada de raro. Escribí más sobre ello en «Hablemos del suicidio sin tabú».

Poner verde: el chisme como deporte nacional

No todos los verbos de hablar son nobles. Algunos de mis favoritos son los de hablar mal. Criticar, despellejar, poner a parir, rajar, poner verde. El español tiene una riqueza asombrosa para describir el acto de hablar de alguien que no está delante.

Collage con un detalle de la carátula de «Como a mi chihuahua» y las carátulas de «Toxina coreana», «El panda del acoso sexual», «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», «Envejecer»

En «Igual que en las pelis slasher» aparece uno de ellos: «y de poner verde a las espaldas». La expresión es redundante a propósito. Poner verde a alguien ya implica casi siempre que no está presente. Añadir a las espaldas es subrayar la cobardía. Y la canción hace después una lista larga de a quién pone verde ese personaje: a la jefa, a la madre, a la compañera, a la mejor amiga. Otra vez el inventario, otra vez el contar como hacer cuentas.

Hay una teoría que me encanta sobre esto. El antropólogo británico Robin Dunbar publicó en 1996 un libro titulado «Grooming, Gossip, and the Evolution of Language», en el que proponía que el lenguaje humano pudo desarrollarse en buena parte para cumplir la función que en otros primates cumple el despiojarse unos a otros: mantener unido al grupo. Según sus estudios sobre conversaciones reales, una parte muy grande de lo que hablamos trata de otras personas. Es decir, que el chisme no sería un defecto del lenguaje, sino una de sus razones de ser.

Lo cual no quiere decir que todo chisme sea inocente. Hay una diferencia enorme entre comentar la vida de los demás y dedicarse a destruirla. El personaje de «Igual que en las pelis slasher» no cotillea; usa la palabra como un cuchillo. Sobre el cotilleo más amable, el de la terraza y la mirada, escribí en «Te han visto la mirada».

Gritar y explicar: el volumen como argumento

Hay verbos de hablar que no dicen qué se dice, sino cómo se dice. Gritar, susurrar, murmurar, chillar, balbucear. Son verbos de manera, y en las peleas de pareja son los que más aparecen.

En «La dieta del cucurrucho» hay una pregunta que se repite: «¿No me puedes explicar sin gritar como una loca a / que viene el numerito de Eduardo Casanova?». Me encanta porque enfrenta dos verbos de hablar que no pueden convivir. Explicar exige calma, orden, un argumento que avance paso a paso. Gritar lo arrasa todo. Quien grita no explica; quien explica no necesita gritar.

Y luego está el como una loca, que es una forma muy de nuestro ambiente de describir la intensidad. No hay insulto ahí, o no del todo. Es la manera en que muchas veces nos hablamos entre nosotros, con un femenino exagerado que es a la vez burla y cariño.

Elmore Leonard, el novelista estadounidense, dejó una famosa lista de reglas para escribir, y una de ellas decía que para introducir un diálogo no se use otro verbo que dijo. Nada de exclamó, susurró, rugió o espetó. Entiendo por qué lo decía: los verbos de manera pueden convertirse en una muleta, una forma de decirle al lector cómo tiene que sentir. Pero en una canción no tengo narrador que me ayude, y a veces el gritar es la única acotación posible. En una letra, el verbo de manera es la dirección de escena.

Jurar y prometer: cuando hablar es hacer

En 1955 el filósofo británico John L. Austin dio en Harvard unas conferencias que se publicaron después de su muerte, en 1962, con el título «How to Do Things with Words», que en español se tradujo como «Cómo hacer cosas con palabras». Su idea central era sencilla y revolucionaria: hay frases que no describen el mundo, sino que lo cambian. Cuando digo te prometo, no estoy informando de una promesa; estoy prometiendo. Cuando un juez dice queda usted absuelto, no describe una absolución; la produce.

Austin llamó a esas frases realizativas o performativas. Su discípulo John Searle desarrolló la idea y propuso después una clasificación de los actos de habla en cinco tipos: los que afirman algo, los que piden u ordenan, los que comprometen a quien habla, los que expresan un sentimiento y los que cambian una realidad con solo pronunciarlos.

Mis letras están llenas de esos verbos que hacen cosas. En «Gofio de calcetín» y en «No quiero otro novio cojín» aparece el mismo reproche: «Que juras hasta por la memoria / de tus padres». Jurar es el acto de habla por excelencia. Pones algo sagrado como garantía de que dices la verdad. Y el chiste amargo de la frase es que, si alguien jura hasta por eso y miente igual, ya no queda nada en el mundo que garantice sus palabras.

Con prometer pasa lo mismo. Prometer es comprometer el futuro con una frase en presente. Por eso una promesa rota duele más que una mentira cualquiera. La mentira falsea lo que fue. La promesa rota falsea lo que iba a ser.

Me dijiste, le dije: la diferencia con los diálogos

Ya escribí un texto sobre los diálogos que meto dentro de mis canciones, «Me dijiste no busco nada», y otro sobre las respuestas que di y las que me guardé, «Palabras con pinchos», a propósito de «El castigo más duro». Este no va de lo que dicen los personajes, sino de los verbos que usan para anunciar que van a decirlo.

Ficha de la canción «Como a mi chihuahua» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La diferencia me parece importante. Un diálogo es la frase entre comillas. El verbo de hablar es la puerta que se abre antes. Y muchas veces el verbo dice más que la frase. No es lo mismo me dijiste que me soltaste, me echaste en cara, me reprochaste, me confesaste o me juraste. La frase entre comillas puede ser idéntica en todos los casos; el verbo cambia por completo la relación entre los dos.

Los gramáticos llaman a estos verbos verba dicendi, verbos de decir, con una expresión latina que se sigue usando en los manuales. Y una de las primeras cosas que aprendes escribiendo es que elegir el verba dicendi adecuado es elegir de qué lado estás. Si escribo me soltó, ya he decidido que lo que me dijo fue brusco. Si escribo me confesó, ya he decidido que había algo que esconder.

Hablar viene de fábula

Termino con el verbo más básico de todos, que guardé para el final porque esconde una sorpresa. Hablar viene del latín fabulari, que significaba conversar, charlar, y que está emparentado con fábula. En el castellano antiguo se decía fablar, con efe, y de esa misma familia salen palabras como confabular o fabuloso.

Me hace mucha gracia pensar que, en el origen, hablar y contar fábulas eran casi lo mismo. Que la palabra que usamos para el acto más cotidiano de todos tenga dentro la semilla de la ficción. Como si cada vez que abrimos la boca estuviéramos, un poco, inventando.

Y charlar, por cierto, viene del italiano ciarlare, que sonaba ya en su origen a parloteo. Otra vez el chisme colándose en el diccionario.

Mis canciones son eso. Fábulas que se cuentan, con personajes inventados y nombres propios que no son de nadie, pero que nacen de cosas que sentí de verdad. Cuando escribo te voy a contar, estoy haciendo dos cosas a la vez: prometer una historia y hacer cuentas con lo que me pasó.

La escalera completa

Si vuelvo a «Como a mi chihuahua» después de todo este recorrido, la escalera del principio me parece todavía más clara. Contar es ordenar el mundo. Preguntar es dejar que el otro entre. Confesar es quedarse sin defensas.

Entre esos tres peldaños caben todos los demás verbos de los que he hablado. Decir y callar, que son la luz y la sombra de cualquier conversación. Contestar, que necesita a alguien al otro lado. Poner verde, que es hablar de quien no está. Gritar, que es hablar sin escuchar. Jurar y prometer, que es hablar para comprometerse.

Creo que por eso me cuesta tanto escribir canciones donde nadie habla. Casi todas mis letras tienen a alguien que se dirige a otro, que le cuenta, le pregunta, le reprocha o le confiesa. Es mi manera de entender la música: no como algo que se escucha, sino como una conversación en la que tú también tienes turno.

Así que, si has llegado hasta aquí, te toca a ti. Te voy a preguntar a ti directamente: ¿cuál es el verbo que más usas cuando por fin te atreves a decir algo?

Preguntas frecuentes

¿Qué son los verbos de habla o verba dicendi? Son los verbos que introducen o describen un acto de hablar, como decir, contar, preguntar, contestar, gritar, susurrar o confesar. La expresión latina verba dicendi se sigue usando en gramática para referirse a ellos.

¿De dónde viene el verbo contar? Del latín computare, que significaba calcular o hacer cuentas. Por eso en español contar sirve tanto para enumerar como para narrar, y de la misma raíz viene la palabra cuento.

¿Qué es un acto de habla performativo? Es una frase que no describe una acción, sino que la realiza al pronunciarla, como te prometo, te juro o queda usted absuelto. El concepto lo propuso el filósofo John L. Austin en «Cómo hacer cosas con palabras», publicado en 1962.

¿Qué canción de Mike Sain't Louis dice «Te voy a contar»? «Como a mi chihuahua», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». La letra pasa de te voy a contar a te voy a preguntar y termina con te voy a confesar algo más personal.

¿Dónde pedir ayuda si sientes que nadie te escucha? En España, en el 024, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, en el 112. Fuera de España, en el número de emergencias local o en la línea de crisis de tu país.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

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