Saltar al contenido
← Canción a canciónDel telediario a la parada de la guagua: «Como a mi chihuahua» y el tamaño de lo que duele

Por ·

Del telediario a la parada de la guagua: «Como a mi chihuahua» y el tamaño de lo que duele

Un chico moreno, con el pelo revuelto, bigote fino y la camisa rosa abierta, abraza a un chihuahua blanco contra la mejilla. Los dos miran a cámara. El chico, con esa mirada medio triste medio seductora de los anuncios de colonia. El perro, con los ojos enormes y negros, como si acabara de oír un portazo. Detrás, un fondo de cómic en rosa fucsia y turquesa, unas chispas amarillas y unas letras gordas de cartel antiguo que dicen el título. Al cuello del chico cuelga un ancla pequeña.

Esa es la portada de «Como a mi chihuahua». Y es curioso, porque las dos caras que aparecen expresan lo mismo con estilos opuestos. El chico intenta parecer tranquilo. El perro no puede disimular. Y de eso, en el fondo, va la canción: de alguien que intenta explicarse con calma mientras el corazón le va a mil.

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, y su ficha en el blog ya cuenta el recorrido de la letra, de la retahíla de confesiones a la risa que funciona como remedio. Aquí quiero fijarme en una cosa concreta: el cambio de tamaño. Porque «Como a mi chihuahua» empieza con el mundo entero y acaba en una parada de autobús. Y ese recorrido de lo enorme a lo diminuto es, para mí, el corazón de la canción.

Una letra que empieza por el planeta

Lee los primeros versos y fíjate en de qué hablan. Las noticias. Las injusticias. El mundo real. La gente que llora. Las desgracias importantes. Son temas gordísimos, de editorial de periódico, de tertulia de domingo. Cualquiera diría que se viene una canción de protesta.

Y no. Todo eso es el preámbulo. La persona que habla usa el mundo entero como presentación, como quien enseña su currículum antes de la entrevista. Así soy yo, esto me afecta, esto no lo soporto, de esto prefiero no enterarme. Te está dando el contexto para que entiendas lo que viene después.

A mí esa manera de empezar me parece muy de verdad. Cuando alguien se va a declarar y está nervioso, casi nunca va al grano. Da rodeos. Habla de otras cosas. Te cuenta su vida, su semana, lo que le preocupa del mundo. Y tú escuchas con paciencia, sabiendo que todo eso es la pista de despegue de otra frase que todavía no se atreve a decir.

Desconectado del mundo real

Hay otro verso de la primera parte que me interesa mucho. La persona que habla dice que está totalmente desconectado del mundo real. Y lo dice como quien confiesa un defecto, pero a mí me parece casi una estrategia.

Mucha gente queer ha crecido así, con un pie fuera del mundo real. Porque el mundo real, el del patio del colegio, el de la mesa de Navidad, el del vestuario, no siempre era un sitio amable. Te refugiabas en otra parte. En las canciones, en las series, en los libros, en una habitación con la puerta cerrada. Y de esa costumbre de refugiarse a veces queda algo para siempre: una cierta distancia con lo que pasa ahí fuera.

No digo que la canción vaya de eso. La letra no da explicaciones y yo no quiero inventarlas. Pero cuando la escucho pienso en toda esa gente que vive un poco en su planeta, y que precisamente por eso nota con muchísima más fuerza cuando alguien de fuera consigue tocarla. Si vives desconectado, el que te conecta se vuelve importantísimo. Aunque sea con una risa.

Te voy a contar, te voy a contar, te voy a contar

La estructura es una anáfora de manual. «Te voy a contar» se repite al principio de casi todos los primeros versos, como una promesa que se renueva en cada línea. Te voy a contar por qué no veo las noticias. Te voy a contar por qué me afectan las injusticias. Te voy a contar por qué estoy desconectado.

Fotogramas del videoclip oficial de «Como a mi chihuahua», de Mike Sain't Louis

Lo gracioso es que, en realidad, no cuenta nada. Anuncia lo que va a contar, pero nunca llega a explicar los porqués. Es una lista de titulares sin noticia debajo. Como esos amigos que te dicen «te tengo que contar una cosa» y luego tardan veinte minutos en contártela porque no saben por dónde empezar.

Esa repetición crea una tensión muy bonita. Cuanto más se repite el anuncio, más claro tienes que lo importante todavía no ha llegado. Y cuando por fin cambia la fórmula, cuando el te voy a contar se convierte en te voy a preguntar, sabes que ha llegado el momento.

Enterarse tarde a propósito

Hay un verso en esa primera parte que es de los más modernos que he escrito. La persona que habla dice que de las desgracias importantes prefiere enterarse por Twitter dos meses más tarde. Me parece una forma perfecta de retratar una cosa que hace muchísima gente y casi nadie confiesa.

Vivimos rodeados de malas noticias a todas horas. El móvil vibra con alertas, la televisión del bar está siempre puesta, el grupo de WhatsApp de la familia manda vídeos de catástrofes a las ocho de la mañana. Y hay gente que, sencillamente, no puede con ello. No por indiferencia, sino por todo lo contrario. Porque le afecta tanto que necesita ponerse una barrera.

Enterarse dos meses después es esa barrera. Cuando la noticia ya ha perdido el filo, cuando ya se sabe cómo acabó, cuando duele un poco menos. Hay quien lo llamaría cobardía. Yo lo llamaría supervivencia. Y me gusta que la canción lo cuente sin juzgar, como un rasgo más de alguien que siente demasiado.

El giro: te voy a preguntar

Y entonces cambia el verbo. Te voy a preguntar a ti directamente, dice. Ya no es contar, es preguntar. Ya no habla de sí mismo ni del mundo. Habla contigo. Y la pregunta es la más vieja de todas: «si tú también lo sientes».

Ese paso de contar a preguntar es el paso de la confesión a la declaración. Mientras cuentas, controlas. Decides qué dices y qué no. Cuando preguntas, te expones. Le das al otro el poder de responder lo que quiera, incluido un no. Y eso da muchísimo más miedo que hablar de las injusticias del mundo.

Por eso la canción tarda tanto en llegar ahí. Porque hablar de las noticias es fácil. Lo difícil es preguntarle a alguien si le pasa lo mismo que a ti cuando os miráis. Todo el preámbulo sobre el telediario es, en el fondo, una forma de reunir valor.

Un corazón del tamaño de un perro

Y llega la imagen que da título a la canción. La persona que habla pregunta si al otro también le late el corazón a mil por hora cuando le ve, como a él. Y añade: como a mi chihuahua.

Cualquiera que haya tenido un chihuahua cerca sabe de qué va esto. Son perros que tiemblan, que tienen el pulso disparado todo el rato, que se asustan con una bolsa de plástico y se emocionan con el ruido de las llaves. Su corazón va siempre más rápido de lo que parece razonable para un cuerpo tan pequeño.

Me encanta esa comparación porque es lo contrario de una metáfora romántica. Nadie ha escrito nunca un soneto comparando su corazón con el de un perro diminuto. Lo normal sería hablar de tambores, de caballos desbocados, de fuego. Aquí no. Aquí el corazón enamorado es un chihuahua nervioso. Y es tan ridículo que acaba siendo exacto.

Lo pequeño duele más

Ese es el cambio de escala del que hablaba al principio. La canción empieza con problemas del tamaño del planeta y aterriza en un perro de dos kilos. Y lo interesante es que el dolor no disminuye con el tamaño. Al contrario. Lo que de verdad le quita el sueño a la persona de la canción no son las injusticias del telediario. Es lo que pasa en una parada de autobús.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «tu risa es el antídoto contra mi soledad» de «Como a mi chihuahua»

Creo que esto le pasa a todo el mundo. Puedes estar preocupado por una guerra, por la crisis, por el clima, y aun así lo que te tiene sin dormir esa noche es que alguien no te ha contestado un mensaje. No es frivolidad. Es que lo pequeño es lo que te toca directamente. Lo grande lo miras. Lo pequeño lo vives.

Y la canción es muy honesta con eso. No pretende que la persona sea una activista que también se enamora. Pretende que es alguien que siente mucho, todo, a todas las escalas, y que al final, cuando le preguntas qué es lo que más le afecta, la respuesta es un beso que no llegó.

Ni un beso antes de la guagua

Ahí está el pellizco. Justo después del corazón de chihuahua viene la queja: tú no me dabas ni un beso, «ni antes de coger la guagua». Ni siquiera en ese momento, el de la despedida rápida, el del autobús que ya está llegando a la parada.

La palabra guagua lo cambia todo. Es como se llama al autobús en Canarias, y con una sola palabra la canción se va de la sala de estar con el telediario a una parada concreta, con su marquesina y su horario. Ya no estamos en un sitio abstracto. Estamos en una calle con sol, con alguien que se sube a la guagua sin despedirse como es debido y alguien que se queda en la acera con el corazón dando saltos.

En mi catálogo Canarias aparece más veces, por ejemplo en un título como «En Canarias no existen las sirenas». Pero aquí aparece de la forma más humilde posible: en una palabra de autobús. Y me gusta que sea así. Porque los paisajes que de verdad importan en una historia de amor no son los miradores famosos. Son las paradas donde esperas.

El beso como medida

Fíjate en cómo está construida esa frase. No dice que el otro no le quería. No dice que le engañaba. Dice que no le daba ni un beso. Y el ni es importantísimo. Ni un beso. Ni siquiera eso. Es la unidad mínima del cariño, lo más pequeño que se le puede pedir a alguien, y ni eso llegaba.

Me parece una forma muy precisa de medir un desamor. No hace falta una gran traición para que algo duela. Basta con la ausencia de un gesto mínimo, repetida día tras día, en todas las despedidas. El beso que no llega antes de la guagua es como el mensaje de buenas noches que nunca aparece, o la mano que no se coge por la calle. Pequeñas ausencias que, sumadas, pesan más que una bronca.

Y aun así, la persona de la canción sigue ahí, preguntando si el otro también lo siente. Esa es la parte más tierna y más triste. Que el corazón de chihuahua no aprende. Sigue latiendo a mil aunque no le den ni un beso.

La risa como antídoto

Y al final llega la frase que lo resume todo, la que la ficha también destaca, y que no puedo dejar de mencionar. La persona que habla dice que va a confesar algo más personal. Y lo que confiesa es esto: «tu risa es el antídoto contra mi soledad».

Collage con un detalle de la carátula de «Como a mi chihuahua» y las carátulas de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», «En Canarias no existen las sirenas», «Punto muerto», «El segundo exacto»

Lo que me fascina de esa frase es que llega después de todo lo anterior. Después de las noticias insoportables, de las injusticias, de la gente llorando, del beso que no llega. Y en medio de tanto, aparece una cosa que funciona: la risa del otro. Ni siquiera su amor, ni su presencia, ni sus besos. Su risa.

Es una declaración muy humilde. No pide gran cosa. Le basta con que el otro se ría. Y creo que cualquiera que se haya enamorado de alguien que no le correspondía del todo reconoce esa sensación: no te daba lo que necesitabas, pero cuando se reía, por un momento, el mundo dejaba de pesar.

Algo más personal

Me hace mucha gracia ese anuncio de la penúltima línea. Te voy a confesar algo más personal. Como si todo lo anterior no lo fuera. Como si contar que no puedes ver llorar a nadie, que te escondes de las noticias y que el corazón te late como a un perro asustado fuera información de dominio público.

Pero tiene sentido. Para la persona de la canción, hablar de su sensibilidad es lo fácil, lo que ya tiene ensayado. Lo verdaderamente íntimo es decirle a alguien que su risa le salva. Porque eso implica admitir que hay soledad. Y la soledad, de todas las cosas que uno puede confesar, es la que más vergüenza da.

Hay una honestidad muy bonita en eso. La canción no cierra con un estribillo fuerte ni con un grito. Cierra con una confesión casi susurrada, que deja al otro con la pelota en su tejado. Y ahí se acaba. No sabemos qué responde.

Me gusta mucho que no lo sepamos. Una canción de amor que termina con respuesta es una historia cerrada: o sale bien o sale mal, y tú ya sabes qué sentir. Una que termina con la pregunta en el aire te deja a ti en la parada. Te obliga a imaginar la cara del otro, a decidir si se ríe, si se encoge de hombros o si por fin, esta vez, se acerca antes de subir a la guagua. Cada vez que la escucho elijo un final distinto. Hay días en que el otro le da el beso. Hay días en que la guagua se va y ya está. Y los dos finales me parecen igual de verdaderos, porque la canción no se ha atrevido a decidir por mí, y eso es una forma de respeto hacia quien escucha.

El chico del ancla

Vuelvo a la portada, porque hay un detalle que me gusta mucho. Al cuello del chico cuelga un ancla pequeña. Y un ancla es justo lo que le falta a la persona de la canción: algo que la sujete cuando el mundo se mueve demasiado.

El chico abraza al perro como quien se agarra a algo. No lo sostiene en brazos para lucirlo, como se lleva un perro de bolso. Lo aprieta contra la cara. Hay algo protector en ese gesto, pero también algo de necesidad. No queda claro quién consuela a quién.

Y los colores lo dicen todo. Rosa chillón, turquesa, amarillo, chispas de cómic. Es una portada que grita alegría pop. Pero las caras no gritan nada. Las dos están serias, quietas, con los ojos muy abiertos. Es la misma tensión de la letra: un envoltorio que parece fiesta y dentro alguien con el corazón acelerado esperando una respuesta.

Entre «Punto muerto» y «El segundo exacto»

En la lista de singles, «Como a mi chihuahua» está entre «Punto muerto» y «El segundo exacto». Y las dos vecinas dicen mucho de ella.

Ficha de la canción «Como a mi chihuahua» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Punto muerto» es una canción de alguien que se siente insignificante entre tantas constelaciones y galaxias, que piensa que solo molesta y que hace perder el tiempo a todos con su lamento. Es la misma sensibilidad de «Como a mi chihuahua», pero sin la salida de la risa. Alguien atascado, sin antídoto.

«El segundo exacto» es todo lo contrario: rabia pura contra los que desprecian las canciones hechas con inteligencia artificial y dicen que a quién le importan tus emociones. Y me hace gracia que esa frase esté justo al lado de una canción que es todo emociones, de principio a fin. Como si la lista respondiera sola. ¿A quién le importan? A la persona del chihuahua, por lo menos.

Una canción para declararse en pequeño

«Como a mi chihuahua» es una canción para declararse sin grandes discursos. Para mandársela a alguien que nunca te da un beso en la parada y ver si pilla la indirecta. Para escucharla en la marquesina mientras esperas el autobús de vuelta a casa, con el móvil en la mano y sin atreverte a escribir.

También es para la gente que siente demasiado. Para quien apaga la tele cuando empiezan las noticias. Para quien llora con los anuncios de Navidad. Para quien se entera de las tragedias tarde y con alivio. Esa gente a la que el mundo le parece demasiado ruidoso y que, a cambio, tiene un radar finísimo para las cosas pequeñas.

Y es para cualquiera que tenga un chihuahua y lo haya visto temblar. Porque después de escuchar la canción ya no vas a poder mirar a tu perro sin pensar que, a lo mejor, está enamorado.

Exagerar para decir la verdad

En castellano hablamos exagerando todo el rato. Me muero, me mata, a mil por hora, el corazón en la boca. Lo cuento en la exageración del habla cotidiana española y mis letras. Y «Como a mi chihuahua» está construida con ese material. El corazón no late rápido, late a mil por hora. No te afectan algunas cosas, te afectan tanto las injusticias que te desconectas del mundo.

Pero lo bonito es que en medio de tanta exageración hay una frase que no exagera nada. Tu risa es el antídoto contra mi soledad. Es una frase medida, exacta, sin adornos. Y por contraste con todo lo demás, suena todavía más verdadera.

Esa mezcla es muy mía. Escribir con brocha gorda para que se note la línea fina. Las voces y la música las hago con herramientas de inteligencia artificial, como explico cuando hablo de presentarme como «el primer cantautor IA». Pero decidir dónde va la exageración y dónde la frase limpia es trabajo de letrista. Es lo que más me gusta de escribir.

Si te apetece seguir por este lado del catálogo, tengo un texto sobre por qué hacen falta canciones de amor gay que salen bien, aunque esta, la verdad, no sabemos cómo sale. Y si te interesa por qué me río tanto de mí mismo en las letras, está de la risa ajena a la risa propia. Porque la risa, ya lo dice la canción, es un antídoto.

Preguntas frecuentes

¿En qué disco está «Como a mi chihuahua»? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿De qué habla «Como a mi chihuahua»? De alguien muy sensible que, antes de declararse, explica por qué le afectan tanto las noticias y las injusticias. Luego pregunta al otro si también siente que el corazón le late a mil por hora, como a un chihuahua, y confiesa que su risa es el antídoto contra su soledad.

¿Qué es una guagua? Es la palabra con la que se llama al autobús en Canarias. En la letra aparece en la queja de que el otro no le daba ni un beso antes de coger la guagua.

¿Qué aparece en la portada? Un chico moreno con bigote y camisa rosa abierta que abraza a un chihuahua blanco contra la mejilla, sobre un fondo de cómic rosa y turquesa con chispas amarillas.

¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.

Compartir