Saltar al contenido
← Canción a canción«Me dijiste no busco nada»: los diálogos dentro de mis canciones

Por ·

«Me dijiste no busco nada»: los diálogos dentro de mis canciones

«Me dijiste “no busco nada” y yo dije “yo tampoco”.»

Son dos versos de «Me mola Zeus», una canción del tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación». (La letra completa está en gayfolkplanet.com.) Zeus Vargas es un personaje, un chico que aparece en el «para ti» de TikTok y trastoca todo. Y en esos dos versos hay una conversación entera. Él dice una frase. El narrador contesta otra. Y los dos mienten.

Lo sabemos porque el verso siguiente lo desmiente todo: llevo tres días sin comer, viendo tu TikTok con los ojos rojos. El «yo tampoco» era una pose. Lo que dice el personaje y lo que hace no coinciden, y la canción no necesita explicarlo. Basta con poner las dos frases una al lado de la otra.

Este texto va de eso: de los diálogos que hay dentro de mis letras. De las frases que no dice el narrador, sino otra persona: un ex, una amiga, un ligue, una psicóloga, un funcionario. Muchas de mis canciones no son un monólogo. Son una escena con varios personajes, y el estilo directo, el «me dijo», el «le dije», es lo que las convierte en teatro.

Una conversación en vez de un monólogo

La mayoría de las canciones pop son monólogos. Alguien habla a otra persona, o a sí mismo, o al mundo. Ya escribí en otro texto sobre ese «tú» al que le hablan mis letras. Pero hay un paso más, que es cuando el «tú» contesta. O cuando aparece un tercero que mete baza. Entonces la canción deja de ser una carta y se convierte en una escena.

Me gusta mucho ese paso, porque cambia la relación con quien escucha. En un monólogo, el oyente solo tiene una versión de los hechos. En un diálogo, tiene dos, y puede juzgar por su cuenta. Cuando en «Me mola Zeus» él dice que no busca nada y el narrador dice que él tampoco, quien escucha sabe más que los personajes. Sabe que uno de los dos, al menos, está mintiendo. Esa ventaja es la base de la comedia y también de la tragedia.

El diálogo, además, trae otras formas de hablar a la canción. Cada personaje tiene su registro. El funcionario habla como un funcionario. La amiga habla como una amiga. El ligue habla como un ligue. Y esa mezcla de registros es una de las cosas que más vida dan a una letra. Ya no suena solo el narrador. Suena el barrio entero.

El romancero ya lo hacía

En la tradición española, contar historias con diálogo dentro de una canción no tiene nada de nuevo. Es, de hecho, una de sus formas más antiguas.

El romancero, esas canciones narrativas que se transmitieron de boca en boca durante siglos, está lleno de conversaciones. Los romances empiezan muchas veces en mitad de una escena, sin presentaciones, y los personajes se hablan directamente: un caballero pregunta, una dama contesta, un rey ordena. El gran estudioso del romancero, Ramón Menéndez Pidal, insistió en el carácter dramático de estos poemas, en cómo saltan al momento decisivo y dejan que hablen los protagonistas.

Más tarde, en el teatro popular madrileño, el sainete y el género chico llevaron ese gusto por el diálogo a los escenarios. Personajes de corrala, de verbena, de mercado, que hablan como se hablaba en la calle, con sus frases hechas y sus pullas. La zarzuela alternaba partes habladas y partes musicales, y el público se sabía de memoria las réplicas más ingeniosas.

Me gusta pensar que cuando una letra mía mete un «me dijo» y una réplica, está haciendo algo muy viejo. No tan distinto de un romance en el que dos personajes discuten. Solo que ahora el caballero es un follamigo de Toledo y la dama es una amiga que te dice que tienes mala cara.

Me dijiste, pero te vi

Vuelvo a «Me mola Zeus», porque tiene otro diálogo todavía más claro.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me mola Zeus», de Mike Sain't Louis

«Me dijiste que odiabas el drama pero te vi llorando con Lana.» Aquí la estructura es la misma que en los versos del principio: una frase de él, citada, y luego la prueba de que no era verdad. Él dice que odia el drama. El narrador le ha visto llorar con una canción. La contradicción no se comenta. Solo se enseña.

Este recurso me parece una de las formas más eficaces de hacer un retrato. En lugar de decir que alguien es incoherente, o que va de duro pero es sensible, se pone su frase y después lo que hizo. El oyente saca la conclusión solo. Y la saca con una sonrisa, porque todos conocemos a alguien que dice que odia el drama y luego llora con cualquier balada.

Y luego está el remate: «me hiciste un café aguado y fue la mejor cita de la semana». Después de tanto diálogo, la acción. Un café malo, un detalle mínimo, que vale más que todas las frases. Es una lección que me gusta mucho: en una canción, lo que los personajes dicen importa, pero lo que hacen importa más. El diálogo sirve, sobre todo, para que se note la distancia entre las palabras y los hechos.

Me dices baby no pasó

El diálogo puede ser cómico, pero también puede ser una herramienta para desenmascarar a alguien.

En «Gaslighting», una canción del segundo disco, el primer verso es una cita: me dices baby no pasó. Y el segundo la completa: que lo soñé, que todo fui yo. Es la frase típica de la luz de gas, la técnica de manipulación que consiste en negar lo que el otro ha vivido hasta que el otro duda de su propia memoria. La canción empieza poniéndola en boca de quien manipula, tal cual, con su «baby» incluido.

Lo interesante es lo que viene después. La respuesta no es un contraargumento, sino una afirmación: yo sé bien lo que vi, lo que sentí también. Frente a la frase del otro, la propia experiencia. El diálogo aquí es una pelea entre dos versiones de la realidad, y la canción decide desde el principio cuál gana.

Más adelante aparece otra cita del mismo personaje: me dices you're too much to love, eres demasiado para que alguien te quiera. Es una frase cruel, de esas que se quedan clavadas años. Y meterla en una canción de pista de baile tiene algo de exorcismo. Lo que el otro te dijo para hundirte se convierte en un verso que se baila. La frase ya no te pertenece a ti. Le pertenece a la canción, y en la canción la que gana eres tú.

En «No te vuelvo a mirar más» pasa algo parecido: me dijiste que un día me iba a arrepentir. La amenaza del otro, citada, para dejar claro que no se cumplió. Las canciones de despedida tienen mucho de eso: devolver las frases que nos dijeron, como quien devuelve un paquete que no pidió.

Mi amiga la sincera me dice

No todos los diálogos de mis canciones son con un ex. Algunos son con las amigas, y esos son de mis favoritos.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Me dijiste que odiabas el drama pero te vi llorando con Lana.» de «Me mola Zeus»

En «Toxina coreana» hay dos amigas que hablan, y cada una tiene su apodo: mi amiga del alma me dice, oye tía, tienes mala cara. Mi amiga la sincera me dice, oye tía, las ojeras se te marcan. Es un diálogo de terraza, de café a media mañana. Las frases son las de toda la vida, las que cualquiera ha oído de una amiga que no tiene filtro.

Y la protagonista contesta como se contesta en esas situaciones: no me toques la raja, es que no he dormido nada. La réplica tiene ese tono de quien está harta pero no se enfada del todo, porque sabe que la amiga tiene razón.

Lo mejor de esa canción es el giro final, cuando el diálogo se da la vuelta. Llega el momento de confesar: la amiga soy yo. La que se había pinchado, la que tenía la ceja levantada, no era la otra. Era la narradora. Todo el diálogo anterior cambia de sentido. Esto solo funciona porque antes ha habido diálogo. Si la canción hubiera sido un monólogo, el giro no tendría dónde apoyarse.

Las amigas que hablan en las canciones tienen algo de coro griego. Dicen lo que el público está pensando. Te dicen que tienes mala cara cuando tú no te atreves a mirarte al espejo. Y en la cultura queer, donde tantas veces la familia que importa es la que se elige, las amigas tienen ese papel de testigo y de juez cariñoso.

El consejo del follamigo de Toledo

Hay una canción en la que el diálogo ocupa casi una estrofa entera: «Buscando el polvo perfecto», del primer disco.

La canción empieza con una lista de rechazos crueles, los que se leen en cualquier aplicación de ligue. Y de repente aparece un personaje nuevo: un buen follamigo que tuve en Toledo hasta que me fui de allí. Y el follamigo habla. Me dijo sincero: te daré un consejo que yo aprendí aquí. Si buscas casarte, esta no es la aplicación. Y si no te cuidas, tendrás que bajar el listón.

Lo que me encanta de esa estrofa es que es una conversación de verdad, con su ida y vuelta. El narrador contesta: yo le dije que eso me parecía deprimente. Y el otro replica: no lo digo yo, es evidente. Tres turnos de palabra, como en una escena de teatro. El consejo, la queja y la sentencia.

El follamigo de Toledo es un personaje muy reconocible. Es el que ya ha pasado por todo y te da su lección sin anestesia. No es malo. Es realista, de un realismo un poco triste. Y su consejo, en el fondo, es la crítica más dura de toda la canción, porque no viene de un enemigo, sino de alguien que te aprecia. Ya no se lleva ir de inocente, te dice. Y tú sabes que tiene razón, y por eso duele.

Es interesante que, justo después de ese diálogo, la canción salte a otro sitio: al planeta GAYFOLK, donde no hay aplicaciones ni complejos. Como si la única respuesta posible al consejo del follamigo fuera inventar un mundo en el que ese consejo no hiciera falta.

La psicóloga me dijo

A veces quien habla dentro de la canción es una profesional.

En «Forocoches» aparece una frase que cualquiera que haya ido a terapia reconoce: la psicóloga me dijo que empezara a hacer deporte. Es un consejo razonable, de esos que se dan con la mejor intención. Y la respuesta del narrador es la de quien está en el fondo del pozo: pero estoy sin fuerzas, he perdido el norte.

Ese desajuste entre lo que se recomienda y lo que uno puede hacer es muy verdadero. El consejo no es malo. El problema es que hay días en que ni siquiera se puede levantar uno de la cama, y el deporte suena a otro planeta. La canción no se burla de la psicóloga. Solo deja constancia de la distancia entre la consulta y la vida.

«Forocoches» es una canción sobre una noche muy oscura. Si alguna vez te sientes así, sin fuerzas, pedir ayuda importa. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, a cualquier hora y gratis. Si hay peligro inmediato, al 112. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país.

Me dice el funcionario

En el otro extremo del drama está el diálogo con la burocracia.

Collage con un detalle de la carátula de «Me mola Zeus» y las carátulas de «Gaslighting», «No te vuelvo a mirar más», «Toxina coreana», «Buscando el polvo perfecto»

En «3 años de garantía», el narrador ha comprado un novio con garantía, el novio empieza a fallar, y él va a reclamar a la oficina de consumo. Y allí habla con un funcionario: me dice el funcionario que con el moreno no se puede hacer mucho. La frase tiene el tono exacto de una ventanilla: amable, resignado, sin solución.

Me hace mucha gracia ese diálogo porque mezcla dos mundos que no se tocan nunca: el desamor y la administración pública. El funcionario contesta a una queja sentimental como si fuera una lavadora estropeada. Y la canción sigue con el lenguaje de los formularios: hoja de reclamación, número de referencia, la comunidad que lo firma desde Madrid.

Es un diálogo con muy poca emoción por un lado y mucha por el otro, y de ese contraste sale el humor. El narrador está desesperado. El funcionario, tranquilo. Cualquiera que haya hecho una gestión en una ventanilla reconoce esa asimetría.

Le dije: tranquilo, estoy bien

Hay diálogos en los que lo que se dice es justo lo contrario de lo que se siente.

En «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería» el policía invita al narrador a un café por cortesía. Y él, tan colorado que no puede disimular, le dice: tranquilo, estoy bien. Es una de las frases más falsas del idioma, y la canción la usa con mucha gracia. Nadie que dice «tranquilo, estoy bien» con la cara roja está bien.

Este tipo de réplica me parece muy humano. Cuando alguien nos gusta y no podemos decirlo, contestamos cualquier cosa. Lo primero que sale. Y lo primero que sale suele ser una frase hecha que no significa nada, solo sirve para salir del paso. La canción convierte ese momento de torpeza en un pequeño chiste. Pero es un chiste con ternura, porque todos hemos dicho alguna vez un «estoy bien» que era un «me muero».

La vecina said

Y luego están los diálogos con el mundo exterior, con los que miran y opinan.

En «Marica chill» hay una escena de calle llena de frases ajenas. La vecina said: that boy's too much. Un turista pregunta si puede besar la mano. Y el narrador contesta: le dije, only if you dance flamenco, man. Es un diálogo en dos idiomas, en spanglish, como la canción entera, y tiene el ritmo de una comedia de verano en la costa.

Lo que me gusta de esos diálogos es que el narrador no se defiende. La vecina opina, el turista se acerca, y el protagonista contesta con humor, sin entrar en guerra. Si me critican desde el balcón, les mando besitos y pongo reguetón. La réplica a la crítica no es un argumento. Es un gesto. Y ese gesto lo dice todo sobre el personaje: alguien que ya no necesita justificarse.

Para mucha gente LGTBI, los comentarios de los vecinos, de los desconocidos, de los que miran desde la ventana, han sido durante años una forma de control. Meter esas frases en una canción y contestarlas con un guiño es una manera de quitarles poder. La vecina sigue diciendo lo mismo. Pero ahora la que tiene la última palabra es la canción.

Cómo cabe una conversación en tres versos

Escribir un diálogo en una canción tiene un problema práctico: quien escucha no ve las comillas. En un libro, el guion o las comillas avisan de que habla otro personaje. En una canción, todo llega por el oído, seguido, sin señales tipográficas. Así que el diálogo tiene que anunciarse de otra manera.

Ficha de la canción «Me mola Zeus» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La forma más sencilla es el verbo: me dijo, le dije, me dice, me contestó. Son palabras humildes, casi invisibles, pero hacen un trabajo enorme. Avisan de que lo que viene ya no es la opinión del narrador, sino la frase de otro. En «Buscando el polvo perfecto» se encadenan varias seguidas, me dijo, le dije, me contestó, y gracias a ellas el oyente sigue la conversación sin perderse.

Otra forma es el vocativo. «Oye, tía» es una señal clarísima de que alguien se dirige a alguien. En «Toxina coreana», cada vez que aparece ese «oye, tía», sabemos que habla una de las amigas. No hace falta decir quién. El vocativo funciona como un cambio de plano en una película.

Y la tercera forma es el registro. Cuando el funcionario habla, suena a ventanilla. Cuando habla la vecina de «Marica chill», suena a cotilleo de balcón, y además en inglés. Cada personaje tiene su manera de decir las cosas, y esa manera es su carné de identidad. Si la frase suena a otro, el oído entiende que la ha dicho otro.

Me gusta pensar en estas herramientas como en las de un dramaturgo con muy poco espacio. Una canción tiene pocos versos, y cada uno tiene que hacer varias cosas a la vez: contar, rimar, sonar bien y, si hay diálogo, decir quién habla. Por eso los diálogos de las canciones son tan cortos. Una réplica, dos como mucho. Lo suficiente para que se vea la escena, y nada más.

Hay también un placer especial en la economía. En una novela, una conversación puede durar páginas. En una canción, «me dijiste no busco nada, y yo dije yo tampoco» cuenta en dos líneas lo que en prosa ocuparía un capítulo: el primer encuentro, las precauciones de los dos, la mentira compartida y, por debajo, las ganas. Que todo eso quepa en dos versos es una de las cosas que más me siguen sorprendiendo del oficio de escribir letras.

¿Recuerdas lo que te dije?

Termino con un tipo de diálogo especial: el que remite a otra conversación anterior.

En «El narcisista» aparece una pregunta que parece sacada de una película: ¿recuerdas lo que te dije sobre el karma? No sabemos qué le dijo. No hace falta. La pregunta implica que hubo una advertencia, que no se escuchó y que ahora se cumple. Es un diálogo con un pasado que no aparece en la canción, pero que se intuye.

Y en «Envejecer» hay otro eco parecido, esta vez triste: por qué me preguntabas si me imaginaba a los dos viejitos cogidos de la mano. La pregunta del otro, recordada. Ya no hay diálogo, porque el otro ya no está. Solo queda su frase, repetida en la cabeza de quien se ha quedado.

Me parece que estas dos canciones muestran los dos extremos de lo que puede hacer el diálogo en una letra. En una, la frase del pasado es un arma: te lo advertí. En la otra, es una herida: tú me lo preguntabas, y ahora no estás. En ambos casos, lo que se dijo una vez sigue hablando. Y eso es, quizá, lo que mejor saben hacer las canciones: guardar las frases que la gente se dice, para que sigan sonando cuando ya nadie las dice.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones de Mike Sain't Louis tienen diálogos? Entre otras, «Me mola Zeus» («me dijiste no busco nada»), «Gaslighting» («me dices baby no pasó»), «Toxina coreana» (la amiga del alma y la amiga sincera), «Buscando el polvo perfecto» (el consejo del follamigo de Toledo) y «3 años de garantía» (el funcionario de consumo).

¿Quién es Zeus Vargas? Es un personaje de la canción «Me mola Zeus», un chico que aparece en el «para ti» de TikTok. No es una persona real.

¿Por qué meter diálogos en una canción? Porque convierten la letra en una escena: el oyente escucha varias versiones, cada personaje habla con su propio registro y se nota la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Es un recurso muy antiguo, presente ya en el romancero.

¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.

Compartir